18. Un aliado sorpresa
E l tren de Liverpool a Londres solía tardar unas seis horas. Solo pensarlo les parecía una eternidad. No tenían noticias de Paula y Alonso, habían perdido a Ciro y el infame de Vértigo seguía sin dar señales de vida.
Esperaban sentados en el andén, mientras los pasajeros iban y venían bajo un cielo gris plomizo. ¿Cómo era posible que Vértigo no se hubiera puesto en contacto con ellos aún? ¿Estaba dejando que entraran en la boca del lobo porque tenía claro cuál sería el final?
Entonces Telmo se quebró.
—¡Siento haberos metido en todo este lío! ¡Me tenía que haber enfrentado en solitario desde el principio a este impresentable y nos habríamos ahorrado todo este sufrimiento!
Carmina lo abrazó emocionada.
—¡Tú no nos has metido en ningún lío! Fue Vértigo. ¡La culpa no es tuya!
Telmo comenzó a caminar por el andén, desesperado.
—Podemos perder a mamá y a papa. Hemos perdido a Ciro y no podemos conectar con el abuelo. Estamos de camino a Londres y sabemos que no hay nada que hacer.
Mía se acercó a su hermano.
—Te digo una cosa, Emo —dijo usando el mote cariñoso que siempre utilizaba para animar a su hermano en momentos difíciles—: Ciro no se inmoló por nosotros para que ahora tiremos la toalla.
Telmo abrazó a su hermana.
—Si algo aprendí de Ciro es que siempre estás a tiempo de elegir la luz, de elegir el bien, aunque te haya creado el mismo diablo.
El silbato del tren sonó tres veces invitando a los pasajeros a subir al tren.
Se sentaron en los primeros asientos del vagón. Cuando el tren arrancó, vieron como desde el fondo venía hacia ellos… ¡el mismísimo inspector Fix!
Caminó hacia ellos y se sentó en un asiento contiguo.
—Entiendo vuestras caras de asombro. A mí me pasaría lo mismo. De repente aparezco, os ataco, luego desaparezco y cuando vuelvo a aparecer, lo hago después de estar mucho tiempo sin dar la cara.
Fogg y Passepartout pasaron del asombro a la curiosidad.
—Exacto, mi querido amigo, nos gustaría saber a qué está jugando —dijo el inglés.
Telmo lo observó receloso y no pudo evitar dirigirse a él en un tono firme.
—Trabajas para él. Trabajas para Vértigo.
Fix sonrió. Pero no era una sonrisa franca. Llevaba grabada cansancio y dolor.
—Cuando todo esto empezó, suplanté al verdadero Fix. Desde el principio he estado trabajando para Vértigo. Pero cuando me enteré de que el regulador del tiempo cayó en vuestras manos, que os ha estado ayudando y que Vértigo puso un precio por recuperarlo, pues…
El hombre carraspeó y estuvo unos segundos callados.
—He decidido seguir sus pasos. Me uno a vuestra lucha. Me uno a la resistencia.
Mía miró con cierta dureza a Fix.
—Ciro —dijo Mía con decisión—. Se llama… —A Mía se le quebró la voz—. Se llamaba Ciro. Era más humano que muchos de los humanos que conozco.
—Lo sé. Yo también he sido creado por ellos, aunque no sea igual que Ciro.
Fix se abrió la camisa y su pecho estaba hecho de la misma materia que Ciro. Cambiaba de color y forma, pero en apariencia parecía un humano. Los siete se quedaron sin palabras.
—Quizá no sea en apariencia tan sensible como… Ciro, pero lo soy. O puedo llegar a serlo. Lo importante hoy era dar el paso y ganar vuestra confianza.
Sammy, Carmina y Aouda lo miraban desconfiados.
—¿Cómo podemos saber que dices la verdad? —preguntó el pequeño de los Lobo.
—¿Qué tengo que perder? —respondió de inmediato Fix—. Llevo demasiado tiempo viendo el dolor que produce Vértigo y este Imperio del Odio. Viendo y sufriéndolo también. Puedo parecer una máquina, pero siento, me emociono y sufro como cualquiera de vosotros.
El hombre sacó un trozo de papel, lápiz y escribió algo en él.
—Estas son las coordenadas del Núcleo Central de Edimburgo.
—¿Edimburgo? —preguntó Aouda—. ¿No era Londres?
—Londres era un señuelo. No hay nada en Londres.
Sabe que la última parada de la novela es esa y que os dirigís allí en busca del Octógono.
Es una trampa de Vértigo para atraparos.
Si vais a Edimburgo, él no os verá venir y podréis destruir el segundo Octógono que se encuentra allí y rescatar a vuestros padres.
El silencio y las miradas lo decían todo. ¿Cómo era posible que fuera Edimburgo? ¿Cómo pudo ser engañado Ciro? ¿A quién debían creer, a Ciro o a Fix?
Entonces Telmo miró al hombre fijamente.
—Cuando el camino está demasiado claro…
El hombre le sostuvo la mirada en silencio. Los demás entendieron perfectamente lo que intentaba Telmo, que insistió.
—Cuando el camino está demasiado claro…
El mayor de los Lobo se puso de pie.
—Solo alguien que conociera muy bien a Ciro sabría terminar la frase.
El hombre se puso de pie.
—… alguien lo iluminó por ti —concluyó.
La tensión en el ambiente desapareció.
—Siento haberle dado suspense al momento, pero hay algo que nunca he llevado bien y es la desconfianza. Pero lo entiendo perfectamente.
Telmo le dio la mano a Fix y tras él los demás.
—Bien, manos a la obra. —Fix volvió a coger papel y lápiz—. Y os preguntaréis, ¿por qué lo escribo en un papel? En la era de la tecnología, todo se puede rastrear. Pueden quedar huellas. Un papel se quema y desaparece para siempre.
Los siete miraron el papel con interés.
—Vértigo mandó clausurar una de las entradas hace dos años.
Le dio la vuelta al papel y comenzó a dibujar en él.
—Edimburgo está atravesada por túneles de sus alcantarillas. Sé que no es la mejor manera para entrar al edificio, pero os aseguro que entraréis si seguís mis instrucciones.
—¿Por qué lo haces? ¿Por qué nos proteges y nos das toda esta información? —preguntó Aouda.
De nuevo la sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Soy un esclavo. Lo he sido desde mi creación. Si conseguís destruir el plan Homo Novus, nos haréis libres. A mí y a todos mis hermanos. Si no lo conseguís, seré un fugitivo toda mi vida. Pero no me importa. Cualquier cosa es mejor que esta vida que me ha tocado vivir.
—¿Eres ahora un fugitivo de ALBA? —preguntó Telmo.
—Sí, me desconecté. Hay una orden de búsqueda y captura contra mí. El sistema intenta localizarme continuamente, pero hasta ahora he conseguido bloquearlos. Si el Núcleo Central sigue vivo, tarde o temprano me cogerán.
Fix se puso de pie e hizo una pequeña reverencia.
—Me voy, no quiero arriesgar y poneros en peligro más tiempo. He tenido dos intentos de rastreo hace poco y no quiero exponeros. Pero antes de irme, os diré algo. No es una buena noticia. Tiene que ver con vuestros padres.
A Mía, Carmina, Sammy y Telmo se les encogió el corazón.
—El lavado de cerebro de vuestros padres continúa.
Mía se llevó las manos a la boca.
—Gran parte de la información está en sus cerebros. El Octógono debe ser destruido de una manera concreta. Si lo hacéis incorrectamente, no podréis recuperar los cerebros de vuestros padres: su memoria, su personalidad, sus recuerdos…
La noticia cayó como una bomba. Fogg se adelantó.
—¿Existe alguna manera de evitarlo? ¿Cómo hacemos para no equivocarnos?
—Si seguís las instrucciones que os he escrito en el papel, lo conseguiréis.
Telmo vio que al final de la nota Fix había escrito una serie de números, códigos desconocidos y gráficos.
—¡Pero esto es muy complicado! —contestó Carmina.
—Es lo único que podrá salvarlos. Tenéis tiempo para memorizarlo y estudiarlo. Si no lo hacéis correctamente, los perderéis para siempre —respondió.
Fix caminó hacia la puerta, mientras el tren se detenía en una estación.
—Sé que acostumbráis a decir entre vosotros «todo es mejor si estamos juntos». En el futuro espero poder repetirlo también.
El tren se detuvo y Fix desapareció entre la niebla del andén. Nadie habló durante un buen rato. La nota que acababa de escribir Fix pasaba de mano en mano. Leían una y otra vez lo que había escrito, pero nadie abría la boca. Hasta que Telmo rompió el silencio.
—Todo lo que ha dicho tiene sentido. He intentado descifrar cada gesto y cada palabra, pero no hay nada que me haga desconfiar.
Y todos sabemos bien que Vértigo sería capaz de cambiar el final del libro para ganar la partida.
Por supuesto que todo podría ser un engaño.
Desde que era pequeño he seguido mi instinto, algo que siento aquí en el centro del pecho.
Es como si fuese algo que me animara a confiar. Igual me pasa cuando no confío.
Telmo se tocaba el pecho con la palma de la mano.
—El futuro es imposible de predecir. Si hemos llegado hasta aquí será por algo. Creo que debemos tener fe en nosotros y que lo que hagamos, lo hagamos juntos y sin miedo. El miedo en este momento es nuestro mayor enemigo.
El mayor de los Lobo miró a los demás sin pestañear. Volvió a recordar la frase de su abuelo que le ayudó a confiar en Aouda en su momento: « A veces el corazón habla más claro que la cabeza. Guíate por él en los momentos complicados » .
—Quiero pensar que mi corazón está en lo cierto esta vez también. Poco más podemos hacer.
Fogg miró a Telmo y sonrió.
—Si fueras mi líder, iría contigo a mil batallas.
El inglés puso la mano en el centro y los demás lo imitaron. Passepartout fue el último.
—Permitidme que sea yo quien diga la frase: ¡todo es mejor si estamos juntos!
Los demás la repitieron ante la mirada del resto de los pasajeros del tren.
Se sentaron de nuevo y Sammy sacó algo de comer. Telmo cogió una libreta y comenzó a escribir.
—No hay mejor improvisación que la más ensayada — dijo.
Empezaron a planificar en voz baja, sin saber que, en algún lugar, el ser más despreciable del universo disfrutaba esperando el desenlace.
Un desenlace que tenía nombre y apellido, y cuyo resultado lo sabía de antemano.
Vértigo supo llenar de esperanza el alma de los siete con medias verdades.
Conocía muy bien el valor de los Lobo y por eso los dejó seguir avanzando.
Pero él había amarrado bien los hilos y ahora manejaba a sus marionetas a placer.
Él, Vértigo, sabía que no comenzaba un camino hacia la victoria final de los Lobo, sino su derrumbamiento.
Y es que los finales más trágicos no se comunican en voz alta: la bestia siempre espera en silencio hasta el último momento para cobrar su pieza.