17. ¡Al ataque! #2
Salieron como siete sombras de la posada. Según se iban acercando, vieron a lo lejos una inmensa fábrica antigua iluminada bajo la espesa niebla. Cinco chimeneas exhalaban humo como si fuera la respiración de un animal dormido.
Decenas de mujeres y hombres uniformados y armados vigilaban el edificio.
—Va a ser imposible entrar ahí —dijo Telmo—. Hay seguridad por todas partes.
— Por ahí no podremos entrar —escribió Ciro— .
Debe mos seguir UN KILÓMETRO hacia el norte.
Dejaré una señal de se guimiento falsa que viajará con varios minutos de retraso: los de ALBA recibirán una dirección equivocada —proyectó Ciro, que fue guiándolos hasta el punto exacto que estaba en el centro de un pequeño bosque.
Después, activó unas claves y el suelo se abrió. Una larga escalera que descendía unos cincuenta metros los llevó hasta un punto en el que había un gigantesco cristal. Vieron movimiento dentro de la gran sala subterránea y se escondieron tras una esquina que daba a un largo pasillo.
—Este punto de seguridad es nuevo. Dejadme hacer un reconocimiento rápido.
— Me temo que lo tenemos crudo —dijo Sammy.
Allí estaba, en el centro de la gran sala, uno de los octógonos. Tan cerca de ellos y a la vez, tan lejos.
—Acabo de ver todas las posibilidades. Esto es infranqueable físicamente. No vamos a poder entrar — dijo Ciro.
Aquellas palabras cayeron como una pesada losa sobre los siete. Tanto esfuerzo y tanto riesgo para nada.
—No todo está perdido —soltó Fogg—. Aún nos queda Londres, que es la más importante.
—Estoy de acuerdo con Phileas —apoyó Telmo—. Nos jugamos todo a una carta. Es nuestro destino.
Carmina abrazó a Telmo.
—Estamos juntos, que es lo importante.
—Así se habla, Carmina —dijo Aouda.
—Pues no perdamos tiempo. ¡A Londres!
Todos iban a salir cuando Mía no pudo reprimir unas lágrimas.
—Lo siento, lo siento... —comentó desconsolada—. Solo pensar que, si fallamos en Londres, no volveré a ver a mis padres, es algo que no podría soportar.
Telmo besó a su hermana.
—Tenemos que confiar, Mía.
Entonces Ciro proyectó lo que sentía.
—No podemos entrar físicamente, pero estoy lo suficientemente cerca como para infiltrarme en el sistema.
Nadie apartaba la mirada de Ciro. Mía se acercó más.
—Si lo haces y lo consigues, ¿qué podrías hacer?
—Podría infectar el Octógono y destruirlo con un virus: Colapso.
Entonces Mía le hizo la pregunta cuya respuesta nadie quería escuchar.
—¿Corres peligro?
Ciro tardó en contestar. Cambió de color y forma varias veces.
—Si me pillan, no podré salir. Quedaría en manos de Vértigo y los suyos.
Telmo cogió a Ciro.
—Vamos a pensar en un plan…
Pero Ciro no le dejó continuar.
—Si me quedo dentro, prometedme que destruiréis el Octógono y a ALBA. Es una orden.
Telmo fue a hablar de nuevo, pero Ciro ya no contestó. En el aire aparecieron fórmulas y códigos de todas las formas y colores.
—¡Ciro, Cirooo! —gritó Telmo, pero más y más códigos aparecían hasta que, en letras grandes, leyeron:
VÍNCULO .
—¡Está dentro! —exclamo Mía, al tiempo que la sala y el Octógono desprendían unos rayos cegadores.
Ciro, que seguía «físicamente» en las manos de Telmo, comenzó a vibrar con violencia y su color cambió a un rojo muy intenso.
Telmo seguía intentando comunicarse con él, pero Ciro ardía tanto que tuvo que dejarlo en el suelo.
Em pezó a despedir chispas desde su interior y un sonido grave intenso se oyó tras la gran pared de cristal.
Cuando se asomaron, vieron miles, millones de caras, mujeres, hombres, niñas y niños de todas las edades que iban y venían dentro del Octógono.
Hasta que, durante unos segundos, pudieron ver las caras de Paula y Alonso.
—Además de infectar el sistema, se está ocupando de vuestros padres —dijo Carmina, emocionada.
Entonces todo se detuvo. Un silencio que casi se podía oír lo inundó todo. Dentro de la gran sala, aparecieron en letras grandes y rojas las dos palabras que menos deseaban leer.
PROCESO ABORTADO .
—¡Ciro, sal! ¡Sal del sistema! —rogó Mía.
Una alarma muy aguda comenzó a sonar. Escucharon gritos del equipo de seguridad de la central que procedía del final del pasillo. Una gran columna de humo cubrió el Octógono.
—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Aouda.
Telmo fue a coger a Ciro, pero estaba al rojo vivo.
—¡Rápido, que estarán aquí en segundos! —insistió Fogg.
Una pequeña proyección de Ciro, que Mía apenas pudo leer, fue su despedida.
—Lo intenté. Os quiero.
Entonces una gran explosión los lanzó contra las paredes. Tras la conmoción, echaron a correr hacia la salida.
—¡¿Y Ciro?! ¡Dónde está Ciro! —insistió Mía.
—¡No te detengas, Mía! ¡Ahora no! —urgió Aouda.
No podían volver atrás. Tras la explosión, el ejército de soldados de ALBA los perseguiría sin piedad.
Estuvieron huyendo un par de kilómetros, hasta que llegaron a una pequeña posada en la que un carruaje aparcado con unos caballos fue su salvación. Se subieron sin pensarlo y pusieron rumbo a Liverpool.
Estuvieron en silencio un bueno rato, hasta que Passepartout estalló.
—¡Un desastre! ¡Un auténtico desastre!
Mía miraba a sus hermanos, ajena al comentario del francés.
—Nunca pensé que se podía llegar a querer tanto a un trozo de metal.
Fogg miraba a través de la ventana del carruaje.
—Qué pena. Estuvimos cerca.
—¿Cómo puedes estar seguro de que fracasó? —preguntó enfadado Passepartout.
—Dijo «lo intenté». Más claro, el agua —contestó Aouda.
Telmo se pasó las manos por la cara.
—No todo está perdido. Tenemos una última oportunidad. Nos queda Londres.
—En peores hemos estado —exclamó Sammy.
Mía miró a sus hermanos y a Carmina.
—Todo es mejor si estamos juntos.
Y los cuatro se abrazaron, ante la mirada emocionada de Fogg, Aouda y Passepartout.
En un rincón del universo, Vértigo era informado de lo sucedido, pero, sorprendentemente, sonrió. Como si el final de la partida estuviera ya decidido. Como si él, y nadie más que él, supiera que hay juegos que solo se ganan con las cartas marcadas.