17. ¡Al ataque!
E l interior del carruaje aparcado en el puerto de Dublín estaba helado. La lluvia golpeaba los cristales con fuerza. Aouda había activado el bloqueador para evitar que los localizaran. No lo podía usar durante mucho tiempo, pero al menos les daría algo de ventaja.
Desde que Ciro se había « incorporado» al grupo, todo había cambiado, tanto para bien, como para mal. Ahora sus vidas y las de sus padres, Paula y Alonso, dependían de la astucia con la que actuaran en los próximos días. Era una partida de ajedrez en la que el final podía ser fatal para todos.
En el corto espacio de tiempo que habían convivido con Ciro, habían desarrollado una comunicación con él que cualquiera que los viera interactuar pensaría que estaban locos.
Ciro no hablaba, pero por medio de la luz de colores que emitía, la intensidad, además de los pequeños ruidos y sonidos que hacía, era como si hablara.
—Que uno de los centros importantes del plan Homo Novus se encuentre en los sótanos de un teatro me parece algo típico de Vértigo y los suyos —dijo Carmina.
—Recuerdo haber venido de niño al teatro Gaiety con mis padres. Volver a él treinta años después en una situación tan peligrosa parece una broma —murmuró Fogg.
Ciro emitió un sonido que a Sammy le sonó familiar.
—¿Has dicho «absolutamente»?
Ciro cubrió de verde el interior de la cabina.
—¡Tú y yo nos entendemos perfectamente, amigo! —dijo Sammy mientras le pasaba la mano por encima.
—Podemos decir que este centro es uno de los tres importantes, ¿verdad?
Entonces Ciro hizo algo que hasta entonces no había hecho. Una pequeña proyección de un mapa apareció en el interior del carruaje. Debajo del mapa, un texto.
—Este tipo de proyecciones me pueden exponer, pero con el bloqueador que ha activado Aouda, estoy a salvo.
Sé que estáis buscando el núcleo del Homo Novus para destruir el Octógono y con él su plan.
Yo sé dónde está el Octógono. O mejor dicho, los Octógonos.
Si nada ha cambiado, las sedes de Liverpool y Londres son el corazón y el cerebro del plan.
En cada una de ellas hay un Octógono. Si destruís uno de ellos, destruiréis el plan de ALBA.
Tenéis dos oportunidades. Si falláis en Liverpool, la red de sistemas de Londres aprenderá de vosotros y se reforzará.
Todos miraron a Ciro, entre curiosos y preocupados.
—Antes de salir debo deciros algo. En esta nueva vida que comienzo, quiero ser lo más sincero posible. Vértigo ha estado intentando entrar en mi sistema. Llevo defendiéndome desde que lo abandoné.
Aouda miró a Telmo preocupada.
—Lo siento mucho —continuó Ciro—. Todo esto es culpa mía y Vértigo quiere ahora que vuestros padres paguen por ello.
—Eso no es verdad. Tú eres más humano que él —dijo Telmo mientras lo ponía en la palma de su mano—. Ahora quiero que seas honesto con nosotros y nos digas la verdad. Conoces bien a Vértigo. ¿Es capaz de hacerle algo a nuestros padres?
Ciro estuvo callado mucho tiempo, hasta que volvió a proyectar una respuesta.
—Es capaz de conectarlos al sistema…
Estuvo un rato sin escribir. Hasta que, finalmente, proyectó.
—El sistema puede llegar a anular sus personalidades.
Mía, Sammy y Carmina se abrazaron desconsolados.
—Os digo algo: Vértigo está más asustado que vosotros.
Os abrazáis y sufrís porque amáis. Este sufrimiento a algunos los podrá doblegar, pero a vosotros os tiene que recordar que la lucha sigue y que no os podéis rendir.
Más cuando tenéis personas que os quieren y que están luchando junto a vosotros.
Cuando el camino está demasiado claro, alguien lo iluminó por ti.
Todos se miraron emocionados por las palabras de Ciro, que hicieron que las lágrimas de Mía, Carmina y Sammy se convirtieran en lágrimas de coraje y determinación.
—Me encanta eso último que acabas de decir —dijo Telmo.
—Es mi frase favorita.
Impossible, el nombre del barco de vapor que los llevaba de Dublín a Liverpool, parecía un presagio de todos los problemas que los hermanos Lobo y Carmina aún no se atrevían a nombrar.
Un grupo de pasajeros jaleaban a tres músicos que tocaban violín, acordeón y pennywhistle , una pequeña flauta irlandesa, ajenos a las inquietudes y el desasosiego de los siete, que no hacían más que darle vueltas a posibles salidas, o me jor dicho: cómo acabar con Vértigo y los suyos.
Tenían poco tiempo y la imagen de Paula y Alonso era algo que no podían quitarse de la cabeza.
Telmo miraba el ancho mar a través de la ventana del salón del Impossible .
En cualquier otro momento de su vida, habría comentado y compartido su grandeza y su belleza.
Sí, era majestuoso, pero ahora le importaba un rábano.
La vida de sus padres estaba en juego y el tiempo se les acababa.
La preocupación se respiraba en el aire.
—El reloj va tan despacio que es desesperante —dijo Mía con la mirada perdida.
Fogg se sentó junto a ella.
—Pensarás que soy un hombre hecho y derecho, Mía. Pero aún hoy, oigo la voz de mi madre aconsejándome y guiándome. Esta noche, la escuché en sueños. Creerás que estoy loco, pero no sabría decirte si fue un sueño o realmente fue ella.
El inglés hizo una pequeña pausa, movido por el recuerdo.
—«La esperanza puede solo ser una pequeña luz, pero es suficiente para romper la oscuridad». Eso me dijo.
—Y si algo necesitamos ahora, es eso: esperanza —se unió Carmina.
Aouda dirigió su mirada hacia Ciro, que desde la noche anterior no había escrito nada. Podía sentir su preocupación.
—Ciro, llevas en silencio desde anoche. ¿Te encuentras bien?
El regulador del tiempo estuvo un rato en silencio.
—Todo lo bien que se puede estar en una situación así.
Volvió a estar en silencio, hasta que proyectó su siguiente comentario.
—Creo que me deberíais entregar.
Telmo, Mía, Sammy y Carmina se miraron sorprendidos por el comentario. Sin duda, en algún momento habían pensado en ello. Ciro, un trozo de metal, por sus padres.
—¡Ni hablar, es una locura! —dijo Aouda.
—Perdona, Aouda, eso es algo que deberían decidir ellos. Tienen secuestrados a sus padres —contestó Fogg.
Entonces Passepartout se puso de pie de un brinco.
—¡Bastaaa! ¿No os dais cuenta? ¿No lo veis?
Los demás lo miraron sin entender.
—Vértigo está consiguiendo lo que quería. Enfrentarnos.
La música alegre seguía sonando de fondo y algunos pasajeros bailaban y cantaban, mientras ellos seguían indiferen tes a toda aquella felicidad.
—Intentaré ser lo más clara pos ible —dijo Aouda mirando a los tres hermanos—. Haréis lo que tengáis que hacer, pero si pensáis que, entregando a Ciro, todo esto va a acabar, estáis muy equivocados. Sé lo que estáis sufriendo. No quiero ni pensar si algo parecido me sucediera a mí.
Aouda respiró y continuó.
—Si entregáis a Ciro, él gana. Mostraréis una debilidad que no merecéis. Ya os digo que, al minuto de entregar a Ciro, lo destruirá y le dará más fuerza para atacaros. Además, os aseguro que, aunque lo entreguéis a cambio de vuestros padres, no los soltará.
Telmo, que llevaba mucho tiempo en su universo, dándole vueltas a posibles salidas, habló.
—No hay nada mejor, Aouda, que ser claros. No vamos a sacrificar a nuestros padres, como tampoco vamos a sacrificar a Ciro.
—¿Entonces qué queréis hacer? —preguntó confundida Aouda.
—Si él quiere jugar con nosotros, jugaremos a su juego. Si nos miente, le mentiremos. Si nos engaña, le engañaremos. Esperaremos a que contacte con nosotros. Cuando contacte, Ciro hará su trabajo y tratará de sacar toda la información que pueda durante la conexión.
Carmina siempre había admirado la determinación de Telmo ante los problemas que la vida le iba planteando. Pero, ahora, hablaba con tanta madurez que no podía estar más enamorada de él.
Aouda, Passepartout y Fogg se miraron y asintieron con una medio sonrisa. Si antes los siete estaban unidos, ahora los estaban más que nunca. Hasta Ciro, que había estado callado, cambió su color a un azul celeste. Pero eso no le impedía ser claro.
Sammy suspiró.
—Todo esto me suena muy bien, pero primero tenemos que llegar y ver qué nos encontramos. Lo que me extraña es que aún no se haya puesto en contacto con nosotros. Solo pienso en mamá y papá.
Ciro proyectó su respuesta a Sammy.
—Haremos todo lo posible, Sammy. Tenlo por seguro. Cuando lleguemos a la zona, tengo un plan B para poder entrar al núcleo.
Nadie quiso preguntar cuál era el plan B. Si la idea venía de Ciro, seguramente sería buena.
Al llegar al puerto de Liverpool, bajaron deprisa y hablaron con un cochero para que los llevara. La situación apremiaba y no tenían tiempo que perder. Tras pedirle la dirección a Ciro, arrancaron.
El cochero, que llevaba un abrigo negro lleno de remiendos, hizo un chasquido con la lengua y los caballos comenzaron a trotar mientras cruzaban los muelles de Mersey, que parecía un bosque de mástiles y cabos en un bamboleo sin fin.
El humo y el hollín formaban parte de la atmósfera cotidiana de Liverpool, una nube oscura que teñía los ladrillos de la ciudad.
Al pasar por el número 10 de la calle Mathew, Telmo no pudo evitar sonreír.
—Aquí comenzarán a tocar dentro de unos años Paul, Ringo, John y George, el grupo preferido de mi abuelo.
—The Beatles —subrayó Carmina.
—¿The Beatles? —preguntó Fogg.
—Te encantarían —se sumó Mía.
La ciudad comenzó a quedarse atrás, así como sus recuerdos y nostalgia. Los caballos seguían galopando hacia la dirección que Ciro les había dado, mientras el sol se iba poniendo.
—Hay una entrada que muy pocos en ALBA conocen. He tenido acceso a esa información desde hace tiempo. Iremos allí.
—¿Dónde está exactamente? —preguntó Passepartout.
—Bajo tierra.
Después de un par de horas de viaje, el carruaje los dejó en una posada que además tenía un almacén que vendía material para los trabajadores de la comarca. Se hicieron con unos monos y gabardinas negras y se alojaron en una habitación hasta que llegó la hora marcada por Ciro.