16. Ciro
L a niebla en el puerto de Nueva York era tan espesa que casi se podía masticar.
El China, el enorme barco de vapor que l os llevaría hasta Liverpool, parecía mirarlos con pena.
Los siete subían las escaleras conscientes de que ahora se enfrentaban a lo peor: una travesía que, por muy tranquila que fuera, les iba a carcomer el corazón sabiendo que sus padres estaban en manos de ese indeseable y de sus sicarios.
Telmo lideraba el grupo serio y mirando de reojo el muelle, junto a Aouda, que rastreaba con la mirada cada rincón del puerto.
Detrás de él, Mía, que había hecho una caja de cera, llevaba el regulador en un bolsillo junto a su pecho.
Su cara la delataba : no había pegado ojo en toda la noche pensando en sus padres.
Carmina y Sammy cargaban unas bolsas con algo de provisiones, mientras Passepartout y Fogg intentaban comprender todo lo que les estaba pasando.
La sirena de vapor del China sonó grave y profunda, mientras el barco se alejaba del puerto acompañado del ruido de las cadenas del ancla.
Mía sintió que algo vibraba. Era el regulador. Como si supiera que comenzaba una aventura nueva.
Telmo estaba apoyado en la barandilla de popa cuando todos se reunieron.
—No hago más que pensar en mamá y papá. Maldito Vértigo…
Sammy sacó la foto que el hombre les había dado la noche anterior.
—Cualquiera diría que están asustados. Pero conociendo a mamá y a papá, sus ojos nos están diciendo: sed fuertes. Y eso es lo que vamos a ser. Por ellos.
—Estoy deseando llegar, encontrar la central y desactivar el Octógono —murmuró Carmina, con rabia.
Tras la frase de Carmina, el regulador se movió de nuevo en el bolsillo de Mía, quien recordó lo que les había dicho su abuelo: «el regulador es un ente vivo.
Siente y padece». ¿Habría escuchado el comentario de Carmina?
¿Se habría preocupado por el comentario, o todo lo contrario?
No pudo evitar echarle una ojeada al dispositivo que emitía de vez en cuando unos destellos de luz, como queriendo decir en todo momento «¡estoy aquí!
». Desde que el capitán Bebo les dijo que era un ente vivo, no podía dejar de pensar en ello.
—El regulador nos escucha —le dijo Mía a Carmina—. Es como si estuviera preocupado.
Carmina miró a Mía y frunció el ceño.
—¿Tú crees?
—Si mi abuelo y Valentina Luz lo dicen, lo creo cien por cien.
—¿Y por qué iba a estar preocupado? —preguntó Carmina.
—No quiero hacerme la lista, pero cuando no hablamos de Vértigo, está tranquilo. Pero en cuanto lo mencionamos, es como si se pusiera nervioso.
El mar estaba sospechosamente tranquilo.
Como diría Paula, una «calma sospechosa».
Familias que paseaban por la cubierta del barco; señores mayores que tomaban té o café y charlaban amigablemente; parejas que jugaban al shuffleboard : usaban un palo largo con punta curva con el que deslizaban discos pesados por el suelo de la cubierta, intentando que estos se detuvieran dentro de unas áreas numeradas.
Mía los observaba y pensaba: «si supieran que llevamos un regulador del tiempo … ».
Decidieron organizarse, pues Mía no podía ocuparse del dispositivo todo el tiempo; era demasiada responsabilidad. Lo harían por turnos.
En cuanto oscureció, el mar comenzó a agitarse. Como si hubiese estado esperando la noche para empezar su incómodo baile.
Todos dormían cuando Sammy, que custodiaba el regulador, vio unas sombras por debajo de la puerta del camarote. Se aferró a él y pudo sentir cómo el regulador parecía latir. Como si supiera que estaba en peligro.
Dos o tres personas cuchicheaban tras la puerta. Entonces, cuando notó que intentaban manipular la cerradura, saltó hacia la puerta justo cuando estaban girando el pomo y cerró el pestillo, mientras alguien al otro lado de la puerta hacía fuerza.
—¡Quién está ahí!
El grito de Sammy despertó a los demás. Las sombras cuchicheaban ahora más alto y oyeron que los pasos se alejaban por el pasillo.
—Creo que vamos a tener una noche animada, amigos —dijo Fogg—. Estos no van a parar.
—¿Quién ha abierto la ventana? —preguntó nerviosa Aouda, mientras algo se movía detrás de ella. Un brazo se asomó buscando abrir desde afuera.
Sammy abrazó el regulador más fuerte. Entonces el disposi tivo soltó un pitido agudo, a la vez que una luz roja muy potente salió de él, tiñendo el camarote de un color carmín intenso.
La persona que estaba intentando abrir la ventana para saltar dentro emitió un quejido lastimero y cayó al suelo como un fardo.
—¿Ha sido el regulador? —preguntó Passepartout boquiabierto.
Mía asintió sonriendo.
—¡Está de nuestro lado! —contestó Mía—. ¡El regulador nos cuida!
La noche fue larga. Se hicieron fuertes en el camarote, haciendo turnos y alertas en todo momento.
Cuando salió el sol, las olas eran inmensas. Nadie pasea ba por la cubierta del barco. La mayoría de los pasajeros intenta ban como podían soportar en sus camarotes los movimientos bruscos del barco.
Aouda, como experta y conocedora del estilo y los métodos de los agentes de ALBA, consideró que había llegado el momento de volver a hacer una batida por el barco y rastrear a «los depredadores».
Mía y Passepartout se quedaron en el camarote, mientras los demás fueron a inspeccionar.
Al salir a la cubierta, pudieron sentir que la temperatura había bajado, mientras que las olas y el viento habían aumentado.
—Fix de nuevo —dijo Carmina señalando al inspector, mientras este hablaba con unos hombres.
Se escondieron tras unas hamacas y vieron como uno de los hombres escribía en algo parecido a una minitableta.
—Minitableta en 1872. Claramente son hombres de ALBA.
—¿Qué estarán haciendo? —preguntó Carmina.
—Estarán hablando del fracaso de anoche —respondió Sammy, burlón.
Fogg se sentó en el suelo y los miró a todos, buscando complicidad.
—¿No creéis que deberíamos hacer algo? ¿Atacar de alguna manera?
Telmo y Aouda se miraron. Era una decisión complicada. Entonces Sammy los buscó con la mirada, pero ya no estaban.
—¿Dónde están?
Cuando oyeron unos pasos detrás de ellos, era demasiado tarde. Los tres hombres se abalanzaron sobre ellos.
—¡El regulador! ¡Dadme el regulador! —gritó uno de los hombres.
—¡Jamás! —contestó Telmo, siguiéndole el juego al sicario.
Telmo salió corriendo, fingiendo que llevaba el regulador con él. Los tres hombres corrieron tras Telmo, y este esquivaba todo lo que se encontraba en su camino.
Las olas y el viento fueron en aumento y el barco se balanceaba peligrosamente.
En el camarote, Mía y Passepartout vieron cómo el regulador cobraba vida. Se movía sobre la mesa como si presintiera algo grave. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos brotó un destello tan intenso e insoportable que obligó a ambos a cerrar los ojos.
Los hombres que perseguían a Telmo se detuvieron confusos y luego, como si hubieran visto algo terrible, se taparon los ojos y gritaron al unísono:
—¡Noooooo!
Después salieron corriendo y se lanzaron al mar, que los engulló en segundos.
Mía y Passepartout comprendieron que algo grave había pasado, guardaron el regulador, que parecía temblar, y salieron en busca de los demás.
—¿Qué ha pasado? —preguntó inquieto Passepartout.
—El regulador se ha puesto muy nervioso —dijo Mía.
Telmo buscó el dispositivo con la mirada, que ahora reposaba dentro del bolsillo interior de la chaqueta de Mía.
—Es como… como si hubieran visto algo terrible.
Y entonces comprendió y le habló directamente al regulador.
—Sé que me estás escuchando. Supongo que, habiendo trabajado tanto tiempo para Vértigo, has sido testigo de cosas terribles.
El regulador tembló en el bolsillo de Mía, que puso su mano sobre él.
—Ese infame te ha obligado a hacer cosas terribles, pero has dicho basta.
El trozo de metal volvió a temblar.
—Sé… Sabemos que a partir de ahora solo quieres hacer el bien. No te preocupes, con nosotros vas a estar seguro. —El regulador del tiempo vibró suavemente, como si hubiera entendido a la perfección lo que acababa de escuchar.
Una vez en el camarote, Mía sacó el regulador, lo puso encima de la mesa y comenzó a hablarle como si fuera un viejo amigo.
—Tengo la sensación de que te conozco de toda la vida y, aunque no nos puedas hablar, para mí eres uno más del grupo.
Me niego a llamarte el regulador o como demonios te llamen los de Vértigo.
Esta noche te vamos a bautizar con un nuevo nombre.
De ahora en adelante serás… —Mía miró al resto invitándolos a decir un nombre, pero todos prefirieron que fuera ella quien tuviera ese honor—. De ahora en adelante serás Ciro.
El regulador comenzó a parpadear e incluso pareció saltar.
Esa noche volvieron a dormir haciendo guardias. Después de lo que habían vivido y ante el comportamiento de Ciro protegiéndolos, estaban seguros de que Vértigo no se quedaría de brazos cruzados.
Al día siguiente, salieron temprano a la cubierta y algo sorprendente había ocurrido: estaban llegando a Dublín.
¿Cómo era posible? Aún quedaban muchos días y de la noche a la mañana —¡nunca mejor dicho!
— estaban cerca del puerto de Dublín. Los pasajeros que iban saliendo a la cubierta comentaban el hecho, sorprendidos y desconcertados.
El capitán, también confundido, se afanaba en contestar y salir del paso ante las preguntas de todos.
—¡Es imposible que estemos llegando a Dublín! —comentó asombrado Fogg mirando su reloj de bolsillo. Todavía quedaban un par de días para el 20 de diciembre, fecha en la que calculaba que llegarían a Dublín.
—Esto no me gusta nada —dijo Passepartout.
Entonces Ciro vibró en la chaqueta de Mía, que puso la mano sobre él y, tras unos segundos, le habló en voz baja sin que nadie la escuchara.
—¿Has sido tú?
Ciro vibró un par de veces. Mía iba a soltar una carcajada, pero se contuvo y se acercó al resto del grupo.
—Creo que al culpable lo tengo en mi bolsillo.
Aouda estuvo a punto de soltar una exclamación, pero se tapó la boca con la mano.
Mientras todos los pasajeros hablaban entre sí preocupados, los siete sonreían y empezaban a entender que Ciro era una moneda muy valiosa, pero esa moneda también les iba a traer problemas: Vértigo y los suyos no iban a tolerar algo así.
—Qué ganas tengo de encontrar la central de ALBA. Van a pagar por ello. Os doy mi palabra —dijo entre dientes el pequeño de los Lobo.
Ciro vibró y emitió una luz roja intensa, que traspasó la chaqueta de Mía. Entonces todos entendieron que no estarían solos en este viaje.
Ciro también tenía que ajustar cuentas con alguien.
Y ese alguien era Vértigo.