15. El regulador
A ouda tomó el mando y se hospedaron en una antigua pensión, algo alejada del centro. Tras matar el hambre con un poco de pan, quesos y embutidos, pusieron el regulador encima de la mesa.
Aquel aparato de metal parecía tener vida y comprender lo que estaba pasando. Mía, la científica de la familia, lo miraba concienzudamente al derecho y al revés. Passepartout, que llevaba mucho tiempo callado, habló con tono de preocupación.
—Nos hemos llevado el regulador del tiempo y John el Largo no puede saltar de plano temporal. Muy bien. —El francés se pasó una mano por la barbilla—. ¿A costa de qué? ¿Era necesario traerlo con nosotros?
—¿Te parece poco? —contestó Carmina—. Vamos a poder ir por delante de él.
—Tiempo, amigo mío —intervino Fogg—. Nos da tiempo, y esto, en nuestra situación, es oro.
—Os recuerdo que toda parte positiva tiene una negativa —insistió Passepartout.
Telmo, que miraba a través de la ventana, se giró y se acercó a la mesa.
—No hay que ser muy listo para pensar que, si lo activamos, el regulador deja un rastro que cualquiera puede localizar. Ellos, que lo saben utilizar, quizá sepan la manera de evitar el rastreo. Nosotros no.
Sammy cogió papel y lápiz y se sentó a la mesa. A veces necesitaba tener las cosas muy claras y le gustaba escribirlo.
—Prefiero ponerlo todo en un papel. Pros y contras. Seamos sinceros.
—A favor —comenzó Aouda—: John el Largo y Fedallah deberán perseguirnos con los mismos transportes que nosotros usamos.
Podemos ser más rápidos que ellos. Si logro conectar con Etérea de forma segura, quizá nos puedan ayudar si lo podemos usar a favor nuestro o en contra de ellos.
Imaginaos que podamos hacer saltos nosotros también.
Todos se miraron entre ilusionados y preocupados con la idea. Sammy continuó escribiendo.
—Muy bien. Ahora, en contra.
Carmina tomó la palabra con gesto preocupado.
—No quiero meter miedo, pero… ¿y si al usar ese aparato equivocadamente, el tiempo cambiara de tal manera que, al volver a nuestras casas, nuestros padres fueran otros y nuestros amigos también?
—Ya nos dijo Valentina Luz en Etérea que algo así podía pasar si jugabas con los planos temporales… —dijo Telmo.
Fogg respiró y no pudo ocultar su preocupación.
—Pues para mí, lo peor de todo es que estos pesados tie nen un motivo más para perseguirnos, y es que nosotros te nemos el maldito regulador del tiempo —soltó Sammy.
Mía seguía observando minuciosamente el aparato, esta vez con un pequeño dispositivo de Aouda llamado Ojo Di gital. Con él podía aumentar el tamaño de lo que veía e inclu so traspasar objetos opacos y ver el interior.
—¡Tenéis que ver esto! —dijo Mía, sorprendida—. Están los saltos que han hecho: Hong Kong, Yokohama, San Francisco… Pero aparece varias veces Londres y el último Londres que aparece es para dentro de unos días.
—Tiene sentido, es donde empieza y acaba el viaje por el mundo. Pero ¿por qué estarán yendo tanto a Londres? ¿Estará allí la central con el Octógono? —comentó Carmina para sí.
Telmo cruzó una mirada con sus hermanos.
—Yo lo activaría un par de segundos. A ver qué pasa.
La cara de Passepartout era un poema.
—¡Yo quiero seguir aquí! No me gustaría aparecer de repente en el año 525 en Constantinopla rodeado por soldados de Justiniano.
—¿Te parece que estamos en una situación mejor? —contestó Telmo—. Estamos en una pensión de Nueva York en el año 1872, perseguidos por Vértigo y los suyos, sin saber si vamos a poder volver a casa y a nuestro tiempo. ¿Te parece poco?
Mía, Sammy y Carmina asintieron.
—Hemos pasado por cosas más complicadas —dijo Mía.
Se separaron de la mesa, menos Telmo que se acercó y pulsó el botón principal del regulador, que comenzó a moverse y a vibrar, mientras las luces parpadeaban sin parar.
Entonces algo increíble sucedió: la habitación comenzó a dar saltos en el tiempo.
Año 1900, 1959, 1929, 1961, ahora aparecía una familia, ahora vacía, después una mujer con niños.
Era como si se proyectaran imágenes en una superficie de agua en movimiento.
Las personas, que aparecían y desaparecían en fracciones de segundo, los miraban entre asustados y sorprendidos.
Telmo volvió a pulsar el botón y el regulador dejó de funcionar, aunque continuaba «palpitando» sobre la mesa.
Passepartout respiró agotado por la tensión y se tuvo que sentar. Sammy no pudo evitar una sonrisa.
—¡Esto ha sido muy fuerte! ¡He sentido lo mismo que cuando me subí a la montaña rusa por primera vez!
—Tengo que decir que si no fuera por mamá y papá y por vosotros —Mía señaló a Carmina y a sus hermanos—, yo le daba al botón y saltaba a otro plano.
Está claro que no podemos usar el regulador, a no ser que estemos en un callejón sin salida —dijo Telmo.
El francés abrió los ojos como platos.
—¡Espero que eso no suceda nunca!
Aouda se sentó junto al regulador.
—Cuando me reclutaron para el Imperio del Odio, un maestro en el tema de los saltos temporales nos comentó que todo ser humano que dé saltos en el tiempo necesita un vín culo con un lugar.
Un sitio a donde volver. Como una casilla de salida y llegada.
Un lugar que le dé seguridad, que le haga sentirse fuerte y seguro.
Aouda seguía mirando aquel aparato como hipnotizada.
—Si Londres se repite mucho, podría ser que la sede principal del plan Homo Novus con el Octógono esté allí.
Sammy asintió mientras miraba a Aouda.
—¿Estás diciendo que en Londres podría estar la central de ALBA?
Aouda se encogió de hombros.
—No lo sé. Es una idea que me ha venido de repente.
Telmo comenzó a pasear por la habitación, hasta que se detuvo y habló con decisión.
—No podemos dejar pasar más tiempo sin hablar con Etérea. Estamos en una situación demasiado peligrosa. Este regula dor del tiempo , bien usado, puede ser maravilloso. Pero al mismo tiempo, se convierte en algo demasiado peligroso.
Aouda miró a Telmo con gravedad y luego asintió.
—Está bien. Está bien…
Sacó de su mochila un pequeño cilindro.
—Cuando intentéis conectar con vuestro abuelo o con Valentina activaré este cilindro, que intentará rastrear posibles conexiones por parte de Vértigo. Es muy peligroso que el Imperio del Odio consiga entrar en los sistemas de Etérea. Pero entiendo que estamos en una situación demasiado peligrosa.
Fogg y Passepartout observaban todo aquello sin pestañear.
Los tres hermanos y Carmina asintieron con la cabeza, y entonces Telmo activó lo que deseaban desde hacía mucho tiempo: el canal de conversación con el capitán Bebo.
Aouda hizo lo propio con el cilindro que interceptaría cualquier intento de conexión por parte de Vértigo y los suyos.
Tras unos minutos de incertidumbre y nervios, apareció el holograma del capitán Bebo y Valentina Luz.
—¡Abuelo! ¡Cómo estás! ¡Te echamos de menos! ¡Solo pienso en vosotros!
Los saludos se entremezclaban, ante la emocionada mirada de Fogg y Passepartout. El capitán saludó con cariño a Fogg y a Passepartout.
—Es un placer conocerlos, señores. ¡Soy un gran admirador! —dijo el capitán ante la sorpresa de los dos.
Valentina interrumpió la conversación algo nerviosa.
—Tenemos poco tiempo, chicos. Estamos intentando conseguir información sobre la ubicación del Octógono. ¿Cuál es el motivo de vuestra llamada? ¿Qué ha pasado?
Le hablaron del regulador del tiempo y sus temores, ante la falta de ataques o agresiones por parte de Vértigo.
—No pueden enviar a un especialista, ni a un ejército, porque… porque no pueden —repitió—. Aunque no lo creáis, no se atreve.
Mía frunció el ceño.
—¿No se atreve? ¡Sigo sin entender!
—Si Vértigo acaba con vosotros, él desaparece, y al desaparecer, quiebra el plano cósmico. Por eso vosotros no podéis eliminarlo y él a vosotros tampoco. Pero eso no lo libra de haceros sufrir. Estáis atrapados en una fórmula cruel. Una ecuación inhumana.
—Entonces… ¿todo este sufrimiento es para sostener a Vértigo?
—Forma parte del equilibrio cósmico —concluyó Bebo.
—¡Equilibrio para mantenerlo a él! —gritó Telmo, enfadado—. ¡Por eso nunca ganamos! ¡Ni él, ni nosotros!
Los seis miraron a Telmo consternados.
—Somos una excusa. Eso es lo que somos…
Fogg, que era un hombre tranquilo y reflexivo, intentó aportar algo de luz.
—Estás vivo —le dijo—. Eso es lo más importante.
Telmo miró al inglés y no pudo evitar asentir.
—Os aseguro que, sea quien sea el que impone este orden, lo tiene crudo. Nadie tiene derecho a imponer un orden equivocado, un orden perverso. Las reglas del juego también se pueden cambiar. ¡Se deben cambiar!
El capitán Bebo esbozó una sonrisa ante el comentario.
Mía se removió en su silla.
—Estamos en inferioridad de condiciones. Pueden atacarnos cuando quieran.
—Por supuesto, aunque si supierais cómo utilizar todo el poder que el regulador tiene …
—Pero ¿por qué el regulador es peligroso para Vértigo y los suyos? —preguntó Sammy.
Valentina miraba preocupada un reloj digital que marcaba el tiempo que llevaban hablando. Si los del Imperio del Odio lograban interceptar esta llamada, el sistema de seguridad de Etérea corría peligro.
—El regulador del tiempo está abierto —dijo Valentina.
Todos se miraron. Phileas Fogg se puso de pie.
—Eso es normal, ¿no?
—No. No lo es, Fogg —contestó el capitán—. Ese regulador es un aparato muy sofisticado. Nuestro equipo de contraespionaje lo ha estudiado.
El capitán Bebo midió sus palabras. No quería preocupar a sus nietos, pero al mismo tiempo debía ser claro.
—Si ese regulador del tiempo siente que corre peligro, puede responder.
—¿De qué forma, abuelo? —preguntó Telmo, preocupado.
Valentina, al ver que el capitán Bebo intentaba escoger las palabras y tardaba en responder, intento ser clara.
—Para protegerse, podría arrastrar con él a quien tenga en su entorno, podría alterar el tiempo o multiplicar a las personas. El problema es que la organización ALBA ha ligado ese regulador a Vértigo.
Los siete se miraron sin entender bien.
—Vértigo vive actualmente en varios planos del tiempo. Imaginad que John el Largo o Fedallah intentaran recuperar el regulador por la fuerza. En esa situación violenta, el dispositivo se defiende…, pero nadie sabe predecir « cómo se defiende». Os podría afectar a vosotros… y a Vértigo.
—¿Podría morir? —preguntó asustada Carmina.
—Algo peor: podría volverse loco. Pero hay una información muy importante que debéis tener en cuenta: el regulador, aunque esté ligado a Vértigo y sea de un material desconocido, es un ente vivo.
Siente y padece. Para bien o para mal. Sé que es muy difícil entender que un trozo de metal pueda sentir como nosotros, pero según la última información que nos ha dado nuestro equipo, es así.
Mía miró el dispositivo, que ahora se había convertido en un objeto terriblemente peligroso.
—Pero, abuelo, entonces… ¿Vértigo piensa que nosotros lo sabemos? ¿Que sabemos todo lo que nos estás contando?
El capitán asintió.
—Por eso no ataca. Porque tiene miedo.
Entonces unos pitidos continuos alertaron a Valentina y al capitán Bebo. En la habitación el cilindro de Aouda empezó a emitir al mismo tiempo un sonido agudo.
—¡Tenemos que cortar la comunicación! ¡Están intentando entrar en nuestro canal! —gritó Valentina.
—¡Os quiero mucho! ¡Estoy pendiente de vosotros todo el tiempo! —dijo el capitán, y la comunicación se cortó.
Un silencio profundo se apoderó de la habitación. Todas las miradas estaban ahora depositadas en el dichoso regulador del tiempo.
—Creo que deberíamos ir pensando en salir de esta pensión y poner rumbo a Europa —soltó Passepartout.
—Antes de salir tenemos que derretir las velas que tenemos en la habitación y hacer una caja para el regulador.
Alguien llamó a la puerta. Todos se miraron preocupados.
—¿Quién es? —preguntó Telmo.
—Alguien a quien deberían abrir, si son inteligentes.
Fogg les hizo un gesto para que se retiraran y abrió. Un hombre muy delgado y pálido, que vestía de negro, con camisa blanca, corbata negra y un sombrero negro en la mano, entró y se sentó en una de las sillas. El hombre jugaba con el sombrero mientras los miraba, con una pequeña sonrisa siniestra.
—¿Quién es usted y qué quiere? —preguntó Fogg, sin miramientos—. ¿Trabaja para Vértigo?
—Digamos que me envían para solucionar problemas desagradables.
Sammy carraspeó un par de veces desde la ventana.
—¿Se puede saber cuál es el problema?
—Pues que alguien tiene algo que no le pertenece. Peor aún, es como si a un mono le dan una granada y no sabe que, si tira de la anilla, puede explotar.
Mía soltó una pequeña carcajada.
—Si nos está llamando primates, quiero que sepa que me encantan los monos.
De repente, el hombre se puso serio y dejó de jugar con el sombrero.
—Voy a ser muy claro: sigan su camino y dejen el regulador del tiempo aquí. Si lo hacen, nada pasará.
Telmo cogió una silla y se sentó frente al hombre.
—Le voy a hablar más claro aún: sabemos que Vértigo no envía a sus sicarios porque los efectos que tendría, si el regulador reacciona mal ante un posible ataque, serían terribles para él y, por supuesto, para nosotros.
—Creo que el viento sopla a nuestro favor ahora, señor… —dijo Carmina mirando seriamente al hombre.
—No, Carmina, no se confunda —comentó el hombre subiendo el tono.
A Carmina se le erizó la piel al ver que el hombre sabía su nombre.
—El viento puede cambiar de dirección en un santiamén. Se imaginan viviendo cada uno en una línea temporal y que no se puedan reencontrar nunca.
—¿Y se imagina a Vértigo sin poder, perdido en alguna línea del tiempo? —soltó con firmeza Aouda.
—Si no me equivoco, todos tenemos un problema. Unos más que otros —dijo Carmina para rematar.
El hombre se puso de pie.
—Si piensan que esto es una victoria para ustedes, están muy equivocados. Esto no le va a gustar nada a Vértigo y saben que cuando se enfada, busca otras salidas.
—Estaremos encantados de ayudarle a encontrar otras salidas —comentó Sammy con ironía.
El hombre caminó hacia la puerta y se giró hacia ellos antes de salir.
—No olviden que les di una oportunidad y la desaprovecharon.
Entonces sacó un sobre del bolsillo de la chaqueta y se lo entregó a Telmo.
El hombre salió y su presencia quedó flotando en el aire como una nube negra.
Telmo abrió el sobre y lo que vio le heló la sangre: una foto de Paula y Alonso, sus padres, maniatados y con una mirada asustada. Debajo había un texto: «El regulador del tiempo a cambio de ellos. Tenéis hasta el 21 de diciembre». Era el 11 de diciembre. Tenían diez días para decidir.