14. Frío
- ¡ Q ué pesadillas he tenido! —comentó Mía mientras abría la ventana del tren—. Recuerdo que pasaba un frío tremendo, y aparec ían trineos y esquíes.
—¡Yo también he soñado con nieve y con frío! —comentó Carmina.
—No me gusta nada la idea, porque yo también he soñado que me congelaba —dijo Telmo al tiempo que recogía el compartimento—. Sigue jugando con nuestras mentes.
Mientras desayunaban, intentaban planificar la llegada a Nueva York. Aouda tenía un par de sitios en su lista. Uno de los dos podía ser un centro de control de ALBA.
—Tenemos que abrigarnos bien y ocultar todo lo que podamos nuestras caras. Recordad que nos pueden estar bus cando también aquí en Nueva York —compartió Fogg mien tras mordía un trozo de pan duro con jamón que habían conseguido en la última estación.
Passepartout se giró hacia él.
—Me taparé tanto, amigo mío, que ni mi madre me reconocerá.
Sammy miró a través de la ventana.
—Está empezando a nevar. Me encanta la nieve, pero en la montaña, no aquí.
Aouda tenía la mirada perdida. Telmo se acercó a ella.
—¿En qué piensas?
—Intento darle sentido a todo esto. Adelantarme a cualquier movimiento de Vértigo y los suyos.
Al llegar a la estación de Nueva York, la nieve comenzó a caer con más fuerza. El viento fue en aumento y pronto se creó una cortina que difuminaba la ciudad.
—Me habían dicho que aquí hacía frío, pero no me esperaba esto —dijo Mía mientras descendía del tren.
—Como en las pesadillas —murmuró Carmina mientras la miraba.
Cuando salieron de la estación, un enorme telón de nieve blanca lo cubría todo, creando una gran sensación de desorientación. Aouda lideraba el grupo; sus botas se hundían en la nieve recién caída.
—Me temo que este es el recibimiento que nos ha preparado Vértigo. Su empeño en intentar retrasar nuestra llegada a Londres no tiene límites.
Aouda se ajustó su mochila mientras los conducía como podía a la central del plan Homo Novus en Nueva York: un edificio en la zona de Lincoln Park. Era, aparentemente, una fábrica abandonada que había servido de enlace de comunicación.
El viento comenzó a arreciar y caminar por Chicago se hacía cada vez más complicado. Poco a poco, las calles empezaron a convertirse en laberintos de nieve y viento.
Caminaban frente al río Hudson cuando oyeron un ruido seco y, en una fracción de segundo, el suelo se hundió y todos cayeron por una pendiente hasta que segundos después pudieron frenar la caída.
—¡Agarraos! —gritó Fogg.
Una zanja bajo sus pies había sido la culpable de la caída. El final de la zanja los dejaba expuestos ante el viento que procedía del lago. El viento, unido a la ropa mojada al caer, provocó que la sensación de frío fuera el doble.
—Esta zanja estaba preparada —gritó Telmo.
—Lo siento mucho, no la vi —contestó Aouda.
—No es culpa tuya —dijo Mía mientras continuaban el camino.
Sammy daba saltos, se abrazaban y daban palmadas para quitarse el frío, cuando Passepartout oyó una voz.
—¡Frío, vais a sufrir tan terrible, que no lo olvidaréis nunca! —dijo la voz.
El francés se detuvo tiritando.
—¿Habéis oído eso?
Todos se giraron y asintieron.
—Es él. Es Vértigo.
Entonces el cielo nublado se iluminó y aparecieron las cuatro letras como si un reflector gigante las estuviese proyectando.
FRÍO .
—¡No sé si voy a poder soportar esto mucho más tiempo! —dijo Mía—. ¿Cuánto nos queda para llegar, Aouda?
—Unas cuantas manzanas…
Telmo buscó alrededor con la mirada.
—Allí…
Señaló un callejón.
—Seguidme…
Era casi imposible caminar. El viento y la nieve dificultaban cada paso. Una vez protegidos, recordó las frases de su abuelo, el capitán Bebo:
—«Siempre busca refugio, luego tienes que recolectar hojas secas, ramas finas y encima otras más grandes. Cuando tengas la estructura hecha, recuerda que tienes que dejar algo de espacio para que el aire se pueda mover entre las ramas».
Cogió la piedra que siempre llevaba en el bolsillo y tomó prestado un llavero de metal que llevaba Fogg encima.
Comenzó a golpear el metal contra la piedra junto a las hojas secas que había conseguido en el fondo de una hojarasca cerca del callejón.
Golpeó y golpeó hasta conseguir que una chispa encendiera las hojas.
—«No apures el fuego». —La voz de su abuelo volvía a resonar en su cabeza—. «Una ligera llama prende. Ve soplando con cuidado hasta conseguir hacer fuego».
—Cuando entremos en calor, seguimos.
Mía besó a su hermano y luego miró a Fogg y a Passepartout.
—Es mi hermano. —Y les guiñó un ojo.
Cuando continuaron el camino, la nieve casi les llegaba a las rodillas.
Tenían que llegar a la antigua fábrica y seguramente iban a tener que pasar la noche allí si seguía nevando de esa manera.
La nieve y la ventisca hacían la travesía muy incómoda.
La nevada era ahora tan fuerte que costaba abrir los ojos.
Por eso no vieron cómo, de la nada, aparecieron dos figuras que se abalanzaron sobre ellos.
Vestían completamente de blanco y llevaban unos turbantes en la cabeza.
Comenzaron a lanzar puñetazos y empujones.
La confusión era tal que no sabían qué era lo que estaba pasando.
Los hombres no llevaban armas, pero eran rápidos y fuertes.
Hasta que, en un movimiento violento, algo salió despedido y cayó sobre la nieve.
Telmo, que se dio cuenta inmediatamente, lo cogió antes que el hombre.
Este se iba a lanzar contra él, pero antes se apartó el turbante de la cara.
Era Fedallah, que miraba fijamente la mano de Telmo.
—¿Es esto lo que buscas? —dijo Telmo con una tranquilidad pasmosa.
El otro hombre, viendo la situación, se quitó también el turbante. Era John el Largo.
Los dos esbirros de Vértigo los miraban a todos estudiando la situación. Eran siete contra dos. Aouda se acercó a Telmo y buscó con la mirada lo que el mayor de los Lobo tenía en la mano.
—¡Es un regulador del tiempo! ¡No se lo des! —gritó Aouda.
—¿¿¿Regulador del tiempo??? —preguntó Mía.
La mirada de Fedallah estaba cargada de odio.
—¡Cállate, traidora! —le espetó a Aouda—. ¡Tarde o temprano caerás!
John el Largo hizo un amago de atacar, cuando oyeron un silbato cerca de ellos. Era un policía que lo había visto todo a unos metros de ellos y corrió a socorrerlos. Al ver al policía, los dos sicarios de Vértigo huyeron y se perdieron tras la cortina de nieve.
—¿Estáis bien? —gritó el hombre. Todos asintieron, confundidos, entre jadeos—. ¡Venid, que sé cómo podéis es capar sin que os vuelvan a atacar!
El policía tenía un trineo con perros.
—¿A dónde os llevo?
Aouda asintió.
—Llévenos a la cafetería más cercana, por favor.
Diez minutos en la cafetería y unas tazas de chocolate caliente bastaron para entrar en calor. El frío había pasado a un segun do plano, ahora lo que más les importaba era ese regulador del tiempo que tenían ante sus ojos en el centro de la mesa.
Aquel trozo de metal, o del material que fuera, era inquietante.
Emitía una pequeña señal y un ligero temblor que parecía hipnotizarlos.
Era como si aquella cosa tuviera vida propia.
Te nía la forma de un ojo humano. Incluso a veces parecía parpadear.
Cambiaba de color y hasta de forma puntualmente.
A veces parecía de acero, otras veces líquido.
Era como si, dependiendo del estado de ánimo, adquiriese una u otra forma.
—¡Nunca había visto algo parecido! ¡Es fascinante! — comentó Fogg.
—Esta es la situación —dijo Aouda sin quitar la vista del regulador—, ellos tienen un problema, y nosotros también. No podemos devolverlo, pero, por otro lado, quedárnoslo nos podría traer problemas.
Fogg y Passepartout se miraban preocupados.
—¿Pero para qué sirve exactamente esto? —preguntó el inglés.
El dispositivo se movió, como si lo hubiese escuchado. Una luz verdosa comenzó a parpadear y a hacer pequeños ruidos. Ahora empezaban a tener calor, después del enorme frío que habían pasado, y no sabían si era aquel cacharro o la preocupación por lo desconocido.
—Sirve para saltar —contestó Aouda.
—¿Saltar? ¿Cómo que saltar? —insistió Passepartout.
Sammy se incorporó.
—¿Estás diciendo que podemos ir al pasado o al futuro?
—No —contestó Aouda—. Puedes saltar planos temporales.
—Ahora sí que no entiendo nada —comentó el pequeño de los Lobo.
Fogg se rascó la cabeza.
—¿Podrías ser un poco más clara?
Aouda miró el regulador del tiempo.
—Imagina que el tiempo no es una línea en la que hay pasado, presente y futuro. Imagina que es un edificio enorme, colosal, con muchos pisos. Ahora imagina que cada piso es un plano temporal.
Todos asintieron incapaces de hablar.
—Ellos lo utilizan para entrar en nuestro plano y volver con Vértigo.
El problema de llevarlo encima es que se puede activar y arrastrarnos…
a otro momento. —Aouda carraspeó—. O a otro mundo.
Pero hay algo incalculable en este regulador del tiempo, y es que, al estar conectado al sistema, tiene mucha información. ¡Mucha!
El dispositivo volvió a soltar otro sonido que los asustó. Mía, que llevaba mucho rato callada, se puso de pie, entre seria y preocupada.
—Tengo una pregunta, Aouda.
—Dispara… —contestó esta.
—¿Este aparato nos podría llevar hasta Vértigo?
Todos miraron a Aouda esperando la respuesta con interés y preocupación.
—Ese es uno de los problemas, porque entrar en su plano nos dejaría muy expuestos.
Hubo un silencio pesado.
—Pero, por otro lado, él también quedaría expuesto. No sabría decirte quién gana y quién pierde.
El aparato comenzó a temblar y un potente haz de luz salió de él. Passepartout se dispuso a tocarlo, pero Aouda le gritó:
—¡No lo toques!
Entonces en la cafetería apareció la cara del infame, mientras el resto de los clientes se congelaron en el tiempo. La odiosa cara de Vértigo.
—Sabía que no tardarías en aparecer —dijo Telmo, muy serio.
—¿Todos tus ayudantes son tan torpes como Fedallah y John el Largo? —soltó Sammy.
El gesto de Vértigo se endureció.
—Creo que no sois conscientes del peligro que corréis. Ese regulador del tiempo es algo que no entendéis. Devolvedlo y no sufriréis más de lo que estáis sufriendo.
La tensión llenaba la habitación.
—Nosotros no empezamos todo esto —contestó Carmina, con aplomo.
Vértigo estudió unos segundos la situación.
—Mira, niñata, no estoy aquí para negociar. Estoy para daros una salida.
—Dar una salida en mi casa lo llamamos negociar —dijo Sammy.
Vértigo miró al pequeño de los Lobo. Había algo en Sammy, su desparpajo, que lo ponía muy nervioso.
—O entregáis el dispositivo o vais a sufrir las consecuencias.
Telmo se puso de pie.
—Seamos sinceros, Vértigo, tanto tú como nosotros estamos en una situación complicada. Sabemos que nuestra situación es vulnerable.
Entonces, Telmo sonrió levemente.
—Pero creo que tú estás en una situación algo más complicada que nosotros: podríamos entrar en tu plano.
El infame lo miró entre preocupado y calculador.
—Sabes que tarde o temprano contactaremos con Etérea, y en cuanto sepan que tenemos un regulador del tiempo que os pertenece, pues…
Vértigo guardó silencio durante unos segundos que parecieron una eternidad.
—Sabes que el regulador está activo.
El dispositivo se movió en la mesa como si lo hubiera escuchado de nuevo.
—Sabes que podría abrir planos. —El miserable se dirigió ahora a Aouda—. Tú, traidora, sabes que, si uno de esos planos se abre, estaréis a merced del Tiempo, que es soberano. Si eso ocurre, me sentaré a disfrutar del espectáculo.
Entonces Mía se puso de pie.
—También sabes que, si mi abuelo tuviera ese regulador del tiempo en sus manos, podrían pasar muchas cosas, y to das ellas no muy buenas para ti.
Vértigo se puso de pie. Desapareció por unos instantes, para después volver a sentarse.
—Os doy veinticuatro horas para que lo devolváis. Si no lo hacéis, os prometo que os arrepentiréis.
La comunicación se interrumpió bruscamente y los clientes de la cafetería volvieron a la vida.
Los siete se miraron en silencio. Al cabo de un rato, Telmo lo rompió.
—Creo que tenemos un problema —miró a Aouda, preocupado—. ¿Corremos peligro si lo llevamos encima?
—No lo sé —contestó esta de inmediato—. No sé si puede activarse a distancia.
Fogg dio un sorbo a su taza de chocolate.
—Lo que sí tengo claro es que uno de esos dos ayudantes de Vértigo no tiene su regulador del tiempo.
Así que, si lo quiere recuperar, tiene que encontrarnos y no podrá viajar de un plano a otro.
Tiene que seguir en este plano, y en este año: 1872.
Mi opinión es la siguiente: salgamos cuanto antes de aquí y tracemos un plan.
Le dio otro trago al chocolate.
—Y, por supuesto, nos llevamos el regulador del tiempo…