La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 13. ¡Que vienen los Sioux!
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13. ¡Que vienen los Sioux!

A ún quedaban tres días para llegar a Nueva York. Los primeros tres días habían servido para reflexionar y debatir. ¿Debían seguir el juego de Vértigo o enfrentarse a él? Si se enfrentaban a él, ¿de qué manera podrían hacerlo?

El inmenso Oeste americano había sido un espectáculo para todos.

Fogg y Passepartout no paraban de repetir que nunca habrían imaginado que su vuelta al mundo terminaría siendo así, mientras Telmo miraba una y otra vez el arma que había arrebatado a Fedallah.

Vio que la empuñadura llevaba grabada las siglas ALBA.

Mía llevaba días defendiendo la idea de conectar con su abuelo, el capitán Bebo, o Valentina Luz, a pesar de que Aou da aconsejaba lo contrario. Los únicos que de verdad podían asesorar y tenían información de primera mano eran ellos y sus equipos de inteligencia en Etérea.

—Créeme, Mía —dijo Aouda—. Conectaremos con ellos. Pero ahora sería peligroso. Para nosotros y para ellos.

—Repites lo mismo una y otra vez —contestó Mía—. A veces pienso que no quieres que hablemos con ellos.

Hubo un silencio largo y frío. Aouda bajó la cabeza y luego miró a través de la ventana.

—Estoy aquí para protegeros y tratar de encontrar una salida a todo esto.

—Si lo que queremos es encontrar una salida, hablemos y busquemos una solución —insistió Mía.

Aouda asintió, se levantó y salió del compartimento.

Estaban todos muy cansados. La tensión durante tanto tiempo les estaba pasando factura. Fogg y Passepartout estaban deseando llegar a Londres y ellos, estar en casa con sus padres y evitar la última locura de Vértigo: volar por los aires su casa en Bona Fide.

El tren de la Union Pacific Railroad continuaba impasible su camino hacia su destino final.

El compartimento en el que viajaban se había convertido en un pequeño apartamento.

El humo negro que desprendía la chimenea de la locomotora viajaba por el aire, pero el polvo y el carbón caían sobre todo en la zona de los vagones de tercera, donde viajaban, y les obligaba a abrir y cerrar la ventana cada dos por tres.

Sammy se mostraba inquieto; Mía barruntaba lo que acababa de hablar con Aouda; Carmina intentaba escribir en su pequeño diario, pero no conseguía pasar de la primera línea, mientras Telmo no hacía más que mirar por la ventana.

Le venían una y otra vez las imágenes de lo que hasta ahora habían vivido y pensaba: «si mis amigos del cole pudieran ver todo esto, entenderían muchas cosas».

Todo aquel silencio le parecía extraño. Su sexto sentido llevaba un rato llamando a la puerta.

—Cuánta tierra. Qué inmensidad —comentó Fogg para sí mismo.

—Pienso en el norte de Francia —dijo Passepartout—. Las montañas y el verde. Si quieres, te puedes refugiar. Pero aquí, ¿dónde te escondes?

Como si lo hubiesen oído, el vagón sufrió un movimiento violento. La alarma entre los pasajeros del tren de la Union Pacific Railroad fue en aumento. Se oyó un grito de alarma.

—¡¡¡Están aquí!!!

Passepartout había bajado un poco la ventana hacía unos minutos sin sospechar que por ese pequeño espacio entraría una flecha que se clavó en la pared.

Los pasajeros echaron a correr, asustados, por el tren. Los cristales de algunas ventanas saltaban por los aires.

Entonces vieron a un ejército de indios cabalgando cerca del tren.

—¡Son indios sioux! —gritó alguien desde una esquina del vagón.

Eran, efectivamente, los guerreros de una tribu sioux. Impresionaba verlos con sus pinturas de guerra, sus arcos, flechas y lanzas, cabalgando sin monturas con sus plumas ondeando al viento.

—¡No corráis, todos al suelo! —ordenó Fogg.

—¡Pero de dónde han salido! —dijo Passepartout asustado.

Algunas flechas continuaban impactando contra el tren, mientras otras entraban y se clavaban en los asientos o en las paredes de los vagones.

—¡Cada vez hay más! ¡Los hay por la izquierda y por la derecha! —alertó Carmina—. ¿Qué hacemos?

El tren silbaba una y otra vez, como si cada flecha que lo golpeaba o se clavaba le hiciera daño. Entonces notaron que la velocidad de la locomotora disminuía. Fogg se acercó a Telmo.

—¡Seguramente estén intentando frenar el tren desde atrás!

—¿Desde atrás? —respondió Telmo, sin comprender.

—En el último vagón viaja el guardafrenos. Si el maquinista de la locomotora frenara bruscamente, en el último vagón hay un operario preparado para también frenar y que no se rompan los enganches.

Los siete se movieron deprisa hacia el último vagón. Mientras cruzaban, vieron a personas que lloraban, otras que rezaban en voz alta. Si el olor a carbón y humo era cada vez más fuerte, aún lo era más el olor a miedo.

Cuando llegaron al último vagón, se encontraron al guardafrenos tirado en el suelo junto a la manivela del freno. El hombre estaba herido, pues uno de los guerreros había intentado entrar y él se lo había impedido.

—¡No es la primera vez que sucede! —dijo el hombre fatigado por el esfuerzo—. ¡Suelen cortar la vía con lo que encuentran, rocas, madera, lo que sea! ¡El tren podría descarrilar si lo consiguen!

Mía, Carmina y Sammy cogieron unas pequeñas toallas que encontraron en un armario y curaron las heridas del hombre como pudieron.

—¿Cómo podemos defendernos de ellos? ¿Tienen algo aquí en el tren? —preguntó Fogg, nervioso.

El hombre negó con la cabeza.

—Hemos dicho muchas veces que necesitamos protegernos de estos ataques y no nos escuchan.

—Tiene que haber una manera de poder defendernos y evitar que detengan el tren.

Telmo salió corriendo hacia su vagón.

—¡Esperadme aquí!

Al llegar a los primeros vagones, se asomó con cuidado y vio que la vía no estaba bloqueada y estaba libre. Fue a su compartimento y volvió con el arma de Fedallah.

—Ten cuidado, Telmo —dijo muy seria Aouda—. Esta arma tiene mucho retroceso.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Passepartout.

—Os dije que trabajé para el Imperio del Odio —contestó con gravedad.

Entre todos descorrieron la puerta, que se quejó con un chirrido. El aire entró con fuerza en el vagón y se resguardaron deprisa, pues los guerreros sioux los seguían de cerca.

—¿Cuántos disparos puedo hacer? —preguntó.

—La carga es ilimitada. Se alimenta del oxígeno —respondió Aouda.

Telmo sabía que no iba a dispararles a ellos, pero tenía que asustarlos.

El primer disparo fue a unos cinco metros del líder.

Al impactar contra el suelo, una enorme llamarada de fuego asustó a los caballos, que relincharon y se asustaron.

El líder levantó su escudo de cuero, momento que Telmo aprovechó para disparar contra él.

El escudo se prendió fuego y el líder tuvo que desviarse. Los demás continuaron asustados.

Sammy, Carmina y Mía, con la ayuda de Aouda, empujaron unas cajas que, al caer, saltaron por los aires. Telmo disparó contra las cajas y estas se incendiaron, lo que hizo que los sioux desistieran.

El conductor de la locomotora aprovechó el momento para forzar la máquina y alejarse del lugar tan rápido como pudiera. El tren volvió a alcanzar velocidad y los jinetes se quedaron atrás. Minutos después solo eran un mal recuerdo.

Recorrieron los vagones ayudando a los pasajeros y atendiendo a los heridos. Cuando llegaron a su compartimento, se sentaron en silencio y así estuvieron mucho tiempo.

—No sé si voy a soportar otra situación parecida —comentó en voz baja Passepartout.

Sammy miró a sus hermanos y con una pequeña mueca que pretendía ser una sonrisa lo dijo todo.

Jean Passepartout era todo un adulto hecho y derecho y ellos, que solo eran unos niños, habían vivido toda clase de peligros en un barco ballenero y en una isla perdida, además de estar sentenciados por el Imperio del Odio.

Mía abrazó a su hermano mayor y no pudo evitar derramar una lágrima.

—¿Cuándo crees que parará todo esto? A veces sueño con que tengo cuarenta años y Vértigo sigue persiguiéndonos.

Sammy y Carmina se sentaron junto a Mía.

—Ya sabes lo que siempre nos decía el abuelo: «la vida es física y química». Todo el daño que nos hace Vértigo, tarde o temprano se volverá contra él —respondió Sammy, con una madurez que asombró a Fogg, que se inclinó hacia Mía.

—Vuestros padres estarán muy orgullosos de vosotros —dijo el inglés mientras palmeaba en su rodilla.

El tren silbó varias veces. Era la señal inequívoca y el aviso para los guardas de la siguiente estación de que el tren se acercaba.

La estación era una pequeña caseta en la inmensidad del Medio Oeste norteamericano, pero era suficiente para que los pasajeros pudieran estirar las piernas y comprar algo de comida o bebida antes de continuar el viaje.

El conductor de la locomotora comunicó al jefe de estación el ataque que habían sufrido, y este envió un telegrama a la oficina central de la Union Pacific Railroad, para que enviaran un regimiento en el caso de un nuevo ataque.

Hacía frío y los siete decidieron sentarse junto a una fogata que acababan de encender. Todos miraban el fuego como si fuera lo único que les pudiera tranquilizar después de lo que acababan de vivir. Mía acercó las manos y habló como si el fuego le hubiese ayudado a reflexionar.

—Y yo que pensaba que el aprendizaje en la vida era ir al colegio, estudiar, los entrenamientos, las clases. Pero aprender…, aprender también es sobrevivir.

Fogg sonrió. Le caía bien Mía. Siempre era acertada en sus comentarios y era cariñosa con todos.

—Sin duda, querida Mía. Aunque no quieras, cada ataque, cada idea oscura de Vértigo, te hará pensar, pensar mejor. Es un aprendizaje duro, pero sin duda único.

—Tienes toda la razón, Phileas. Cada día aprendemos algo nuevo. Pero no soporto la idea de que gracias a él estemos creciendo —dijo Carmina.

Telmo, Sammy, Passepartout y Aouda escuchaban ensimismados y con la mirada en el fuego. Esta última se movió hacia Mía y Carmina.

—A ese miserable no le debéis nada —apuntó Aouda—. El objetivo de Vértigo en cada acción es conseguir que nos duela, sobre todo emocionalmente. Lo importante es saber manejar ese dolor.

—Mi abuelo siempre me decía: «Sammy, el miedo siempre va a estar ahí, acechando. Siempre. Solo tienes que aprender a dominarlo».

El olor a leña ardiendo los trasladaba a Santa Fe: la playa, los amigos, Bona Fide de noche.

—Vértigo y los suyos piensan que nos tienen dominados. Que conseguirán quebrarnos. Pero algo tengo claro… —dijo Telmo.

Todos lo miraron interesados en su respuesta.

—Que no solo crecemos y aprendemos a conocernos más, sino que cada vez lo conocemos más. Al menos yo empiezo a entender cómo funciona su cerebro retorcido.

Todos asintieron.

—Vosotros echáis de menos a vuestra familia y vuestra casa. En este viaje estoy aprendiendo lo que tengo que cuidar como si fuese un tesoro, y eso es mi familia —dijo Passepartout, que no pudo ocultar que se había emocionado.

Carmina le pasó un brazo por el hombro, mientras Sammy atizaba el fuego. Fogg encendió su pipa y, mirando el fuego, habló.

—Todo viaje, sea malo, desastroso, bueno o maravilloso, tiene algo incuestionable: nunca seremos los mismos después de esto. Creo que esa será nuestra victoria.

—¡Brindo por eso! —dijo Mía mientras levantaba una copa imaginaria. Todos la imitaron y chocaron las «copas» en el aire.

—Cualquier cosa, menos parecernos a él —comentó riendo Aouda.

Todos rieron y el fuego chisporroteó como si quisiera participar en la conversación.

—Me apuesto una bebida de zarzaparrilla a que mañana intentará atacarnos de nuevo —dijo Fogg.

—¿Zarzaparrilla? ¿Eso qué es? —preguntó riendo Sammy.

—¿No la has probado nunca? —contestó el inglés—. ¡Mañana te invito a una sin falta!

El conductor del tren hizo sonar el silbato, que anunciaba que debían partir.

—Hay algo que tengo muy claro —dijo Telmo—. Mientras estemos juntos, nosotros seguimos ganando, y él pierde.

—¡Buena reflexión, muchacho! ¡Buena reflexión!

Mientras se subían al tren vieron sombras que anunciaban la antesala de lo que sería una noche muy larga.