La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 12. A galope
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12. A galope

A ouda los había llevado a un hotel cercano.

El aviso de búsqueda y captura que había lanzado la policía era muy reciente y debían tener cui dado.

Después de la noticia que acababan de escuchar, Vértigo haría todo lo posible por retrasar la llegada a Londres.

Quería verlos sufrir y no le importaría seguir ese juego cruel el tiempo que hiciera falta.

Passepartout se encontraba algo mejor, aunque aún tenía fiebre. La puerta de la habitación se abrió y entraron Aouda y Sammy, que habían ido a buscar algo de comida.

—Aouda, creo que tenemos que conectar con mi abuelo o con alguien de Etérea. Lo de mis padres y nuestra casa nos preocupa mucho. Vértigo es capaz de lo que sea —dijo Telmo.

Aouda lo escuchaba, mientras le daba un buen bocado al sándwich.

—Aún no, Telmo. Hazme caso. Vértigo sabe que lo que más os importa es vuestra familia. Deben de estar controlando todas las vías de comunicación.

—Lo importante ahora es tener un plan B y un plan C. Vértigo intentará retrasar nuestra llegada a Londres como sea. Hay un tren que sale hacia Chicago en una hora —comentó Carmina.

Mía, que estaba de pie junto a la ventana. Era la única que no comía.

—Yo quiero volver a casa. Tenemos que encontrar la manera de evitar seguirle el juego a este loco. Tenemos que encontrar el núcleo.

Unas voces en la calle los alertaron. Policías de San Francisco comenzaban a organizarse y a entrar en los edificios. Todos se asomaron a las ventanas y vieron que los agentes repartían folletos a la muchedumbre, mientras que otros pegaban carteles en las paredes con las caras de los siete.

—Ya están aquí —musitó Fogg.

Passepartout abrió los ojos como platos.

— Mon Dieu, pero si parece un ejército. ¡Son muchísimos!

Fogg se pasó las manos por la cara, tratando de buscar una salida.

—La policía de San Francisco es de las mejor formadas. Igual que la de Nueva York. Pero ¿por qué tantos policías para solo siete personas?

—Todas las zancadillas que nos puedan poner para retrasar nuestra llegada a Londres nos las pondrán.

Telmo se asomó de nuevo y vio como el dispositivo policial estaba perfectamente ubicado para cortar cualquier salida del hotel, mientras otros comenzaban a entrar en el establecimiento.

—¡No podemos bajar! ¡Tenemos que encontrar una manera de cruzar a otros edificios antes de que suban!

Salieron de la habitación y oyeron que los policías hablaban con el conserje. Subieron las escaleras todo lo rápido que pudieron hasta llegar al tejado. Desde lo alto de un edificio de doce pisos, la cosa daba miedo.

—¡Me dan miedo las alturas! —gritó Passepartout.

—Es solo metro y medio, Jean. ¡Puedes hacerlo!

Sammy saltó al edificio contiguo y todos le siguieron, menos el francés.

—¡Vamos, Jean! ¡No tengas miedo! —insistió Mía.

El francés fue a saltar, pero tropezó y cayó de bruces contra el borde del edificio. Le dio tiempo a agarrarse a una esquina y quedó colgando.

—¡Ayudadme, por favor! —suplicó mientras veía que, a cien metros bajo sus pies, los policías iban y venían.

Entre los seis lo subieron como pudieron.

Echaron a correr esquivando todo lo que se encontraban por el camino: cables, chimeneas, casetas…

Telmo giró la cabeza para ver si los seguían y, a lo lejos, vio que tres policías aparecían en la azotea del hotel.

—¡Por aquí! —gritó Sammy.

Unos metros más adelante, a la izquierda, unos tablones de madera conectaban ese edificio con el siguiente, que era más bajo, aunque la distancia era algo mayor que el anterior.

Pasaron uno a uno todo lo deprisa que pudieron, hasta que le llegó el turno a Passepartout, que se resistía a cruzar los tablones.

—¡No puedo, no puedo!

Entonces Carmina volvió atrás y le agarró las manos.

—Cruza conmigo, Jean. Los dos podemos hacerlo. ¡Hay que pasar antes de que lleguen los policías!

Passepartout se asomó al vacío y negó con la cabeza. Carmina insistió.

—Jean, tienes dos posibilidades: cruzas con nosotros o te quedas aquí.

Fogg, Sammy, Aouda, Telmo y Mía, que los estaban observando, vieron que los policías cada vez estaban más cerca.

Passepartout asintió y comenzó a cruzar. Carmina iba de espaldas dando pasitos cortos, y el francés la seguía.

—¡No mires hacia abajo, Jean! —le ordenó Fogg.

Los agentes estaban a punto de llegar cuando los dos pisaron el otro edificio.

Carmina, en un movimiento rápido, empujó con un pie los tablones y estos cayeron al vacío; así impidió que los policías pudieran cruzar.

Estos se miraron impotentes, guardaron las armas y volvieron deprisa por donde habían venido.

Bajaron por las escaleras de servicio del hotel y, cuando llegaron a la calle, vieron que la multitud estaba a tres manzanas.

—¡Mirad! —gritó Mía.

En una esquina, había varios caballos amarrados que esperaban tranquilos a sus dueños, los policías. Mía miró a sus hermanos y a Carmina con una medio sonrisa y después a Aouda, Passepartout y Fogg.

—No sé vosotros, pero siempre he querido galopar con un caballo por una ciudad. ¿Alguien me acompaña a la estación de tren? ¡El tren sale en veinte minutos!

Todos sonrieron y no hubo que decir nada más. Se subieron a los caballos y empezaron a cabalgar hacia la estación de tren como si escaparan del infierno.

La ciudad de San Francisco se abrió ante ellos. La gente no podía evitar asombrarse ante la imagen de cuatro chicos y tres adultos cabalgando a toda velocidad por las calles de la ciudad.

Un carruaje de policías que estaba bloqueando la calle apareció ante ellos a lo lejos. Telmo vio que a su derecha había una gran entrada a un mercado con puestos de fruta, pescado, carne…

—¡Por aquí! —ordenó mientras espoleaba al caballo, que se lanzó hacia el mercado a toda velocidad. Los siete caballos irrumpieron entre los puestos como una tormenta llevándose por el camino todo lo que se encontraban.

—¡Lo siento, lo siento! —gritaba Telmo mientras todo saltaba por los aires.

Al salir por el otro extremo, vieron que estaban cerca de la avenida que los llevaría a la estación de tren.

Iban a enfilar la avenida cuando sintieron que dos bolas de fuego pasaron cerca de las cabezas. Al girarse vieron que eran John el Largo y Fedallah que, montados en un carruaje de la policía tirado por dos caballos, disparaban con un arma que no era de ese tiempo.

El silbato del tren sonó a lo lejos.

—¡No vamos a llegar! —gritó Passepartout.

—¡Tenemos que llegar! —respondió Mía mientras jaleaba a su purasangre.

Podían sentir como las ruedas del carruaje de los esbirros de Vértigo rebotaban contra los adoquines y en cada pequeño salto daba la impresión de que fuera a desmontarse por completo.

—¡No llegaréis a la estación, pequeños lobos! —oyeron gritar a John el Largo.

Otra bola de fuego pasó cerca de la cabeza de Sammy y fue a impactar contra un edificio donde prendió fuego a unos toldos que cubrían la entrada.

—¡Los tenemos demasiado cerca! —gritó Fogg.

Mía, que entonces lideraba el grupo, siguió cabalgando sin mirar atrás. El tren volvió a silbar y vieron como una gran nube de vapor subía tras los edificios. Estaban cerca de la estación, pero al mismo tiempo, ¡tan lejos!

La locomotora comenzó a moverse sin esperar a nadie.

—¡El tren se va! —rugió Sammy, desesperado.

—¡No nos queda nada! ¡Vamos! —exclamó Aouda animando a todos.

De repente la avenida parecía más concurrida.

Intentaban esquivar y sortear a la gente como podían, mientras John el Largo y Fedallah continuaban azuzando a sus caballos con la fusta.

Fedallah se puso de pie y con su arma sofisticada apuntó a Telmo, que en ese momento giró la cabeza para mirar al sicario de Vértigo y vio como disparaba.

En un movimiento sorprendentemente rápido, el mayor de los Lobo se dejó caer hacia un lado esquivando la bola de fueg o, que impactó contra un gran reloj que estalló en mil pedazos.

Telmo se volvió a agarrar con fuerza al caballo y le susurro al oído mientras cabalgaban más deprisa que antes.

—¡Vamos, amigo, que parece que estos dos tontos han detenido el tiempo!

Fogg, que iba el penúltimo, vio que iban a pasar junto a unos puestos de vendedores ambulantes.

Se abrió paso con su caballo y, al pasar junto a unos barriles de aceite y vino, golpeó con el pie uno de ellos: provocó una caída en cascada de todos los barriles, justo delante de los esbirros, que no pudieron esquivarlos.

El impacto del carruaje fue tremendo. Los relinchos de los caballos se mezclaron con los gritos de la gente y los insultos de John y Fedallah, por haberles provocado el retraso en su persecución.

Esto animó a los siete, que seguían adelante, soñando con subir al tren.

Mía, que iba la primera, cabalgó unos segundos junto al tren, hasta que pudo agarrarse a un lateral para luego impulsarse desde la montura y caer dentro del mismo.

Tras Mía, fueron subiendo uno a uno. El penúltimo en subir fue Passepartout, que no conseguía acercarse lo suficiente al tren.

No dejaba de gritar que no iba a ser capaz de subir, pero Sammy, que había cogido unas sogas del caballo hizo una lazada y consiguió enganchar al francés.

Luego entre todos lograron subirlo al vagón.

El último en subir fue Telmo, que quiso asegurarse de que todos estuvieran a salvo. Pero, al ser el último, el tren había cogido una velocidad considerable y tuvo que espolear al caballo para no quedarse atrás.

Momentos antes, Fedallah, que había conseguido saltar sobre uno de sus caballos y cortar el arnés, cabalgaba con toda su rabia hacia ellos.

Telmo estaba a punto de asirse al tren. Palmeó dos veces a su caballo en señal de agradecimiento, se agarró a un lateral y, entonces, escuchó a Carmina gritar.

—¡Cuidado, Telmo! ¡Detrás!

En el momento en que Telmo se había agarrado al lateral del vagón, Fedallah consiguió enganchar su pierna.

El caballo de Telmo huyó del lugar, pero el mayor de los Lobo quedó colgando: una mano en el asidero del tren y, por otro lado, Fedallah tirando de su pierna mientras cabalgaba poseído por la rabia.

—¡No subirás a ese tren, maldito Lobo! —gritó el esbirro del infame mientras el caballo no daba más de sí y echaba espuma por la boca.

El tren aceleraba más y más, y Telmo intentaba desesperadamente soltarse de Fedallah, ante la impotencia de los otros seis que miraban todo aquello con horror. Las manos de Telmo intentaban aferrarse al tren como podían.

En un movimiento rápido, el ayudante de Vértigo sacó el arma que disparaba bolas de fuego y apuntó a Telmo. Un grito al unísono de los seis atravesó el aire.

—¡Telmooo!

Entonces, en una fracción de un segundo, Telmo recordó el gimnasio de su colegio en Santa Fe, el Elcano, y la voz de Martín Neyman, director de deportes, en una clase de aikido, un arte marcial japonés, mientras le repetía «si estás atrapado por el otro, recuerda siempre que el secreto es el equilibrio.

Usa el equilibrio de tu rival contra él».

Con fuerzas que le salieron de las entrañas, soltó una mano del vagón, giró la cadera y cruzó la pierna que Fedallah seguía sujetando. Bingo. La velocidad del caballo fue sufi ciente para desequilibrar al esbirro. Con el movimiento lan zó el arma al aire y cayó del caballo, que huyó libre.

Telmo agarró el arma al vuelo y aprovechó el momento para subir al tren. La adrenalina hizo que se levantara como un resorte para volver a mirar a Fedallah, que desde lo lejos gritaba y gritaba algo ininteligible mientras movía los brazos.

—Gracias, Martín —dijo en voz baja.

Había algo que no acababa de descifrar. Si tenían la capacidad para eliminar a toda la familia Lobo, ¿por qué no lo hacían?

Habían ganado una batalla más, pero el reloj seguía corriendo contra ellos y nadie lo podía detener.