11. Se buscan criminales
San Francisco
E l General Grant, el barco de vapor transpacífico de la compañía Pacific Main Steam, navegaba estable rumbo a San Francisco gracias a la mano firme del capitán Newville, que había entablado amistad con los hermanos Lobo, Carmina, Aouda, Fogg y Passepartout.
La niebla cubría el barco como si quisiera formar parte de él.
Las luces de la costa de California comenzaban a distinguirse en el horizonte.
El viaje había sido incómodo por momentos, pero por muy cansados que estuvieran sabían que aún tenían que atravesar Estados Unidos de costa a costa en esta vuelta al mundo que ellos no habían buscado.
Passepartout tenía fiebre y miraba la inmensidad del mar con abatimiento.
—Si estuviéramos en casa, sacaría del botiquín de mi madre todo tipo de medicamentos que te quitarían la fiebre en un pis pas —le dijo Mía mientras le traía una taza de té con miel.
—Me chiflaría conocer el futuro — comentó el francés con cara de pesar. Carmina le pasó el brazo por el hombro.
—No sé qué decirte, Jean. Hay cosas que te gustarían mucho. Pero hay otras que tengo muy claro que no.
Se oyeron unos pasos acelerados en la cubierta del barco que resultaron ser los del capitán Newville. Era un hombre seguro de sí mismo, pero su semblante no prometía buenas noticias.
—Por favor, Telmo, todos, venid conmigo al puente de mando. Deprisa.
Siguieron al capitán, que subió las escaleras de dos en dos y, al llegar, cerró la puerta y los miró con preocupación.
—Acabamos de recibir un mensaje de la policía del puerto. Os están esperando.
Telmo miró a los demás.
—No esperaba menos de Vértigo.
—En el mensaje nos dan las descripciones de los pasajeros que debemos entregar a las autoridades, y coinciden con vosotros.
—Creo que vamos a tener que bajar del barco antes de atracar —comentó Carmina.
Passepartout protestó.
—¡El agua está helada y estoy enfermo! ¡Cómo vamos a saltar!
—No tienen por qué saltar —comentó Newville, diligente—. Tenemos unos botes auxiliares que podemos usar. Os bajamos antes de llegar al puerto y remáis hasta el muelle del sur. Nadie lo usa; está abandonado. Además, la niebla os ayudará a que no os detecten.
Mía agarró la mano de Newville.
—Desde el principio intuí que era buena persona y ahora lo está demostrando.
El capitán sonrió.
—¿Quién en su sano juicio creería que sois unos delincuentes? El mundo está loco, pero yo estoy muy cuerdo. Me habéis demostrado durante la travesía que sois buenos. Para eso tengo buen olfato.
Un suboficial le recordó a Newville que tenían que virar. El capitán dio la orden de parar motores.
Con el movimiento de las olas, los botes golpeaban ligeramente el casco del barco.
Sammy, que era el más ágil de los siete, bajó por la escalerilla lateral con soltura, saltó dentro del bote y logró estabilizarlo.
Detrás descendieron los demás, ayudando todos a Passepartout que, debido a la fiebre, estaba mareado y desorientado.
Telmo descendió el último. Antes de subir al bote, quiso despedirse del capitán. Al mirar hacia arriba, se encontró con la mirada de Newville, que le sonrió y le devolvió un saludó militar.
Una vez en el agua y ocultos por la niebla, comenzaron a remar hacia el muelle sur. El ruido del gran barco de vapor tapaba el chapoteo de los remos. Aouda llevaba una pequeña brújula digital.
—¡No puedo ver nada con la niebla! —murmuró Mía.
Aouda compartió con ella su brújula.
—Vamos bien. Debemos de estar muy cerca.
Sammy levantó la mano.
—¡A dos metros el muelle!
Passepartout se asustó cuando el bote golpeó en el pantalán. Aquel lugar parecía sacado de una película de misterio. La estructura del muelle, de maderas viejas y podridas, lo convertía en algo fantasmagórico.
Fogg bajó a tierra y sujetó la embarcación.
—Antes de que nos vean, tenemos que salir de aquí.
—Hay un par de sitios donde podemos refugiarnos y trazar un plan. Hice una buena lista antes de venir —contestó Aouda—. Es una antigua bodega.
Tras caminar por callejones, llegaron a la puerta de la bodega, que se encontraba en el antiguo barrio del puerto. Tenían que refugiarse antes de que amaneciera. La policía había enviado una orden de arresto contra los siete y debían replantear su estrategia.
Aouda dio una patada a la puerta y entraron en el lugar, que olía a todo menos a limpio. Mesas y muebles desperdigados, antiguas tinajas y botellas por todos lados.
Acomodaron a Passepartout en un viejo sofá y buscaron agua fría, mojaron trapos y se los pusieron en la frente.
El sonido de caballos los alertó. Telmo y Mía se asomaron a la puerta y vieron que un carruaje que repartía periódicos pasaba frente al local.
Telmo corrió sin que lo viera el conductor y consiguió coger un par de ejemplares al vuelo.
Cuando se acercó a Mía y vieron la portada se quedaron de piedra. Al entrar de nuevo en la antigua bodega, desplegaron los periódicos sobre la mesa y todos pudieron leer, boquiabiertos, los titulares.
«SIETE CRIMINALES EUROPEOS EN SAN FRAN CISCO», «EL GOBIERNO PAGARÁ UNA GRAN RECOMPENSA A QUIEN LOS ENCUENTRE».
Sammy dio un golpe en la mesa, fruto de la impotencia y el enfado.
—¡No puedo con este tío! ¿Por qué nos hace esto? ¿Por qué no acaba con nosotros de una vez por todas?
Aouda se acercó a Sammy y le cogió las manos.
—Ahora es cuando más fuerte tienes que ser, Sammy.
Has estado en situaciones peores. Tienes que resistir.
—Lue go se giró hacia los demás—: Creo que deberíamos ir direc tamente al centro de control de ALBA en San Francisco, antes de que la policía comience nuestra búsqueda, y creo que sé cómo podemos hacerlo.
Fogg se removió en la silla.
Telmo caminó hacia la puerta. Después se giró con energía.
—Pues como dice mi abuelo: quien ve venir el peligro, ha ganado la mitad de la batalla. ¡En marcha!
Passepartout, aún atontado, se puso de pie con la ayuda de Mía.
—¡Me encanta esa frase!
Tras comprar ropa de segunda mano, gorros, sombreros y pañuelos para pasar desapercibidos, viajaron escondidos en la parte trasera de un carruaje hasta que llegaron a la dirección que tenía apuntada Aouda.
El lugar parecía un edificio común y corriente.
Fisgonearon un rato la entrada principal y, al ver que no había nada que les llamara la atención, decidieron ir al callejón que se encontraba detrás.
Una vez allí, vieron una trampilla en el suelo y, al abrirla, descubrieron una escalera que no parecía de esa época: era demasiado moderna para ese edificio.
Llegaron a una puerta que, curiosamente, estaba entre abierta. Era una sala que tenía ordenadores, pantallas (¡de masiadas pantallas!) de todos los tamaños, papeles y documentos con claves y fórmulas matemáticas.
Telmo lo observó todo, desconfiado. Entonces, las luces se apagaron, y quedaron a oscuras.
Un sonido grave y molesto inundó la habitación y las pantallas volvieron a encenderse.
Apa recieron unos rótulos en los que se leía ALBA y, a continuación, la cara de Vértigo.
Telmo buscó a Aouda, pero esta no estaba.
—Veo que estáis donde yo quería. ¡Bienvenidos!
Los seis guardaron silencio durante un buen rato. El infame volvió al ataque.
—¡Uy, uy, uy, vaya, vaya, vaya! ¡Qué serios estamos!
—¡Estamos hartos de ti! —gritó Sammy—. ¡Por qué no acabas con nosotros de una vez!
Vértigo miró a Sammy con curiosidad.
—¿Te estás empezando a quebrar, muchacho, o son imaginaciones mías?
Telmo salió inmediatamente en defensa de su hermano pequeño.
—No soporta ver tu cara. Ese es el único problema que tiene, y, por cierto, es lo mismo que nos ocurre a todos.
—¡Bravo! Me encanta ver como los hermanos se defienden los unos a los otros mientras yo disfruto observando como todo el daño que les hago hace mella y funciona.
—Déjate de chácharas y dinos qué quieres —le soltó Mía.
Fogg y Passepartout, a quien se le había pasado el mareo después de ver a Vértigo, se miraron impresionados por el arrojo de los hermanos.
Vértigo hizo una pausa larga y comenzó a hablar.
—Quería hablar con vosotros por dos asuntos importantes.
En primer lugar, me llama mucho la atención que estéis en este centro que nos pertenece.
No sé cómo habéis llegado a él. Supongo que todo el equipo de inteligencia y tecnología de Etérea os está echando una mano.
Lo deben de estar haciendo muy bien, porque no conseguimos romper su sistema de seguridad.
Los seis se morían por hablar entre ellos, pero guardaron silencio, dejando que el infame continuara hablando. Telmo volvió a rastrear con la mirada buscando a Aouda, sin éxito.
—Te veo incómodo y nervioso, Lobo —dijo Vértigo mientras miraba fijamente a Telmo.
—Sí, incómodo porque no soporto tu timbre de voz.
Sammy, Carmina y Mía no pudieron evitar soltar una pequeña risa, y Fogg y Passepartout los miraban asombrados. Vértigo volvió al ataque.
—Ya que os parece tan divertido, lo siguiente que os quería contar es esto.
La cara de Vértigo desapareció de las pantallas, y aparecieron unas imágenes de Paula y Alonso, los padres de los hermanos Lobo.
Se les podía ver, tristes y serios, subiendo a un tren.
A continuación, unas imágenes de la casa de los Lobo, en Bona Fide.
La casa estaba rodeaba de obreros, que habían levantado todo el suelo que rodeaba el jardín.
Entre los trabajadores, dando órdenes, se encontraban Fedallah y John el Largo.
—¿A dónde van mis padres? —preguntó Telmo, nervioso—. ¿Qué hace toda esa gente en nuestro jardín?
La voz de Vértigo se escuchó, esta vez, con un tono de burla.
—Tus padres van a visitar a tus abuelos Gilda y Astor. Tu madre está muy triste porque no estáis y tus abuelos le han dicho que vayan a pasar unos días con ellos a Oslo.
Mía y Sammy contenían su rabia como podían, mientras Carmina los abrazaba. Fogg y Passepartout observaban la situación con cautela.
—¿Por qué han levantado el suelo del jardín que rodea nuestra casa?
La imagen de la casa de los Lobo desapareció y la desagradable cara de Vértigo volvió a ocupar todas las pantallas.
—Esta es la parte que más me apetece contar. Estoy seguro de que os encantará.
Vértigo se frotó las manos y se acercó a la cámara.
—Esos señores van a enterrar explosivos en toda esa zan ja que rodea vuestra casa. Si llegáis a Londres el día impues to, el 22 de diciembre, la casa seguirá intacta. Pero si no estáis en la fecha convenida…
El infame hizo un gesto con las manos como si algo explotara.
—¡Pufff! ¡Vuestra querida casa, la que os ha visto nacer, volará por los aires!
Mía no pudo contener más su rabia.
—¡Eres un ser despreciable!
—¡Cobarde! —gritó Sammy—. ¡Solo sirves para vivir escondido como una rata!
Vértigo rio a carcajadas.
—Me encanta veros así.
A continuación, ninguno habló. Hubo un silencio largo y pesado. Entonces Telmo intervino.
—Si algo les pasa a mis padres, tarde o temprano te en contraré. No habrá rincón en el universo donde puedas es conderte.
El despreciable asintió y luego suspiró.
—¡Ay, juventud, divino tesoro! —Después volvió a inclinarse hacia delante—.
Querido mío, grabad en vuestras cabecitas la fecha y la hora: si no llegáis a Londres cuando os he dicho, vuestra casa saltará por los aires.
Espero que vuestros padres sigan en Oslo, porque si no, me iba a dar mucha pena. ¡Adióóósss!
Un ruido seco sonó en toda la habitación. Seguido de un chorro de gas que comenzó a entrar por unas rendijas del techo.
—¡Rápido, fuera de aquí! —La voz de Aouda, que había estado escondida, se oyó como un salvavidas.
Corrieron hacia las escaleras de subida, mientras se ayudaban unos a otros, en especial a Passepartout, ya que todo aquello estaba siendo demasiado para él.
—¡Rápido, salgamos! —gritó Fogg—. ¡Esto puede explotar!
Entre toses y como pudieron, lograron salir al callejón y, mientras se alejaban todo lo deprisa que podían, una explosión retumbó en toda la manzana.
Un ruido seco, seguido del estallido de cristales y un calor tremendo les golpeó en la espalda.
Estaban a 3 de diciembre. La cuenta atrás definitiva acababa de empezar.