La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 10. La verdad
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10. La verdad

L a preciosa bahía de Yokohama brillaba gracias al imponente sol de la mañana.

La luz se colaba entre los mástiles de los barcos, que parecían largas agujas de madera.

El puerto era un hervidero de marineros y comerciantes japoneses, británicos, alemanes y chinos que realizaban una coreografía de movimientos tan perfecta que era como si la hubieran ensayado.

Tras un desayuno rápido, bajaron del Carnatic.

—Dejaremos una falsa señal en el puerto antes de ir al centro que ALBA tiene aquí en Yokohama —dijo Aouda.

—¿Falsa señal? ¿Cómo? —preguntó Mía.

—Es un pequeño dispositivo que dejaré en alguna carretilla. Si nos buscan, pensarán que seguimos aquí en el puerto.

El templo de Iseyama Kotai se encontraba en la colina de Iseyama, cerca de la estación de Sakuragichō. Fogg encendió su pipa y observó el lugar.

—Este templo es maravilloso, pero dudo que nuestros amigos de ALBA tengan ese centro de comunicaciones expuesto al público.

—El acceso puede estar en el lugar más insospechado —comentó Telmo mientras caminaba por el templo buscando una respuesta.

Mía se detuvo y, con disimulo, sacó la tableta de su mochila.

—¡Esperad! ¡Tengo una idea! Podemos usar el Doppler que me dieron en Etérea.

—¿Doppler? ¿Qué es un Doppler? —preguntó sorprendido Passepartout.

—Es un sistema que… —Mía cerró los ojos y luego los abrió de inmediato como si hubiera encontrado la respuesta—.

Imagina que gritas contra esta pared. Tu grito es una onda que rebota contra la pared y vuelve.

Mi tableta emite un sonido que va desde aquí hasta la pared y registra la distancia que hay entre la pared y mi tableta.

—¡Impresionante! —contestó Fogg.

—Pero ¿qué tiene que ver eso con el lugar que buscamos? —preguntó el francés.

—Pues que, si está bajo tierra, el Doppler nos lo podrá decir.

Sammy le dio un beso a su hermana.

—¡Eres un fenómeno, Mía!

Todos la seguían con la mirada mientras ella iba y venía y daba vueltas por la zona. De repente, se detuvo.

—¡La distancia que marca en esta zona es muy diferente al resto! Debe de estar aquí debajo.

Todos se pusieron a buscar sin llamar mucho la atención, hasta que Aouda les hizo un gesto disimulado con la mano. Cuando se acercaron, vieron una trampilla. Una vez que vieron que estaban solos y que nadie los miraba, la abrieron y entraron.

Tras bajar unos peldaños, dieron con un rellano de construcción más moderna que el templo.

Una segunda escalera los llevó hasta las profundidades del santuario.

Allí se encontraron una gran puerta oxidada que se resistía a ser abierta, hasta que todos la empujaron y finalmente cedió tras un largo chirrido.

Bajaron por una escalera estrecha y al llegar al final unas luces se encendieron con el movimiento e iluminaron una gran sala octogonal, que lucía un enorme cartel de la organización en una de las paredes.

Debajo del cartel de ALBA , en otro más pequeño ponía SALA DE ESTUDIO Y ESPERIMENTACIÓN .

Había mesas de todo tipo, con ordenadores antiguos y teclados llenos de polvo.

En una zona contigua, otro cartel decía OBSERVATORIO DE LAS MENTES .

—Creo que este podría ser el Núcleo Central. ¡Busquemos el Octógono! —los animó Telmo.

Se acercó a una consola grande y tocó algunos botones has ta que las pantallas se encendieron.

En ellas aparecieron dis tintas imágenes: personas caminando por las calles, otras en sus casas comiendo, alumnos estudiando, así como otras traba jando en hospitales, cocinas u oficinas.

De vez en cuando salían rótulos en los que se leía APROBADO o SUSPENSO , y en otros, ADMITIDO o NO ADMITIDO .

En una pantalla se veía a chicas y chicos participando en algo parecido a un juego. Pero al terminar de jugar, aparecieron unos científicos con batas y el logo bordado de ALBA. Más que un juego, aquello parecía un experimento científico.

En otras imágenes aparecían niños que llevaban auriculares ante un panel con botones de distintos colores y carteles en los que se leían palabras como MIEDO , RISA , REACCIÓN , y pulsaban los botones a medida que las imágenes iban saliendo.

—Pensándolo bien, creo que no tiene pinta de que el Octógono vaya a estar por aquí… —dijo Sammy sin apartar la mirada de las pantallas.

—Esto no me gusta nada —dijo Mía—. Está utilizando a los niños para hacer pruebas.

Carmina frunció el ceño.

—Es como si midieran a la gente.

Telmo miró a sus hermanos y a Carmina, muy preocupa do. No sabía por qué, pero en momentos así recordaba el daño que hacían Charlie Sander y su compinche Tito Infante a otros compañeros del colegio y a él. No soportaba la injusticia y las imágenes que mostraban las pantallas lo removían por dentro.

En una pantalla apartada, apareció una nueva imagen. Los siete se acercaron a ver de qué se trataba. Unas imágenes de Londres del año 1840.

La cámara seguía a un niño de unos diez años durante un día en la ciudad.

—Esa cara me suena —dijo Carmina.

—Y a mí —contestó Sammy.

Aouda miró algo inquieta a Telmo y a Mía. El gesto de Fogg cambió por completo. Su rostro palideció. Se acercó a la pantalla y sin dejar de mirarla susurró:

—Ese niño soy yo.

Una corriente de aire frío pareció recorrer el lugar.

Era, efectivamente, Phileas Fogg con diez años.

Pero a continuación comenzaron a aparecer más imágenes de él de niño y en distintas etapas de su vida: con sus padres, en el colegio, con sus amigos.

Después, un científico sentado a una mesa comenzó a hablar a la cámara.

—Me llamo Q 17. Llevo años experimentando con personajes de ficción, aplicando uno de mis métodos sobre cómo niños y adultos toman decisiones en su día a día y cómo podemos conseguir que hagan lo que nosotros queremos sin que ellos lo perciban.

Se veían imágenes de Fogg de niño, con su madre, en la cocina haciendo un bizcocho. Luego con su padre en el cam po jugando al croquet o pescando en el río. Imágenes que no pudieron evitar que Phileas se emocionara.

—Como pueden ver, las pruebas que realizamos con Phileas Fogg han tenido un resultado excelente: ha sido arcilla en nuestras manos.

Los estímulos, los mensajes, las recompensas que le hemos ido enviando, han moldeado al personaje hasta conseguir ser la persona que nosotros queríamos que fuese.

Ha sido diseñado a nuestra imagen y semejanza.

Passepartout miraba a Fogg y a la pantalla una y otra vez. No entendía eso de «personaje de ficción». Fogg se tuvo que sentar en una silla.

—¿Qué demonios quiere decir con « personaje de ficción»? ¡Soy una persona! ¡Como todos vosotros!

Mientras Fogg y Passepartout hablaban entre ellos y observaban las imágenes, el resto dio un paso atrás.

—Es lo que me temía: ALBA ha estado primero haciendo pruebas con personajes virtuales de ficción. Una vez que han tenido resultados, han dado el paso con nosotros, los humanos —comentó Aouda en voz baja.

—Por eso Vértigo nos introduce en las novelas. Es otra manera de seguir haciendo pruebas —dijo Telmo.

Fogg y Passepartout se giraron, enfurecidos.

—¡Que alguien nos dé una explicación! ¡Qué demonios significa todo esto!

Tras unos segundos de silencio, Mía dio un paso al frente.

—No os podemos mentir. Lo que dicen es verdad.

—Habéis sido creados por Julio Verne, un grandísimo escritor italiano.

—Mi favorito —continuó Carmina.

—El mejor —remató Sammy.

Fogg se puso de pie y comenzó a dar vueltas intentando encontrarle sentido a todo aquello, mientras Passepartout los miraba boquiabierto. Una vez Fogg se tranquilizó, los miró a todos, abatido.

—Entonces… ¿solo somos eso? ¿Unos personajes de ficción? ¿Solo somos un juego para unos y para otros?

Telmo se acercó a Fogg.

—¿Qué sientes ahora, Phileas? —le preguntó.

El inglés no pudo ocultar su ira.

—¡¿Que qué siento?! ¡¡¡Siento una rabia que no cabe en esta habitación!!!

Telmo lo sujetó por los hombros.

—Pero sientes, ¿verdad? Si no sintieras, no estarías aquí.

Algo hizo clic en la cabeza de Fogg. El resto miró a Telmo con una sonrisa.

—Lo importante es que sientes —continuó el mayor de los Lobo—. Si te duele es porque te importa, si te importa es porque sientes y si sientes es porque estás aquí con nosotros. Existes.

Fogg miró a Telmo, emocionado.

—No solo soy. ¡Somos!

Los siete se abrazaron con fuerza.

—Passepartout y tú ya sois de la familia, Phileas —dijo Mía, emocionada.

—Nos espera San Francisco. Deberíamos volver al puerto. Este capítulo ya está llegando a su fin —comentó Sammy mientras guiñaba un ojo a Fogg y a su compañero.

—Nunca he estado en San Francisco. Va a ser curioso conocerlo en 1872 —afirmó Carmina mientras salían.

Oyeron un blip y, al girarse a mirar, vieron que eran ellos los que salían en las pantallas. Les estaban grabando. Pero en las demás pantallas comenzaron a ver como una veintena de samuráis con katanas y espadas cortas bajaban por las escaleras.

—¡Rápido, bloquead la puerta! —gritó Aouda.

Entre todos cerraron la puerta con una cruceta y empujaron muebles pesados para evitar que entraran.

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —preguntó nervioso Passepartout.

Todos comenzaron a buscar posibles puertas de emergencia o trampillas, hasta que Telmo llamó la atención de todos.

—¡Allí! —gritó señalando un ventilador industrial ubicado en el techo que servía para ventilar y renovar el aire del sótano—. ¡Es nuestra única salida!

—Pero ¿¡cómo vamos a salir si el ventilador está en movimiento!? —preguntó Passepartout, histérico.

Las voces de los samuráis ya se oían tras la puerta.

—¡Ayudadme! —gritó Telmo mientras empujaba una mesa para ubicarla debajo del hueco del ventilador.

Tras poner un par de mesas más encima y alguna silla, rompió la pata de una mesa.

—¡Sujetad las sillas y las mesas! —suplicó.

Luego subió con cuidado y en un movimiento peligroso, metió el palo de la silla, que bloqueó la enorme aspa del ventilador.

—¡Rápido, id saliendo!

Los samuráis golpeaban con fuerza la puerta intentando derribarla.

Sammy, el más ágil de todos, subió el primero para luego ayudar desde arriba.

Fueron subiendo todo lo deprisa que pudieron uno a uno.

Telmo fue el último. Estaba a punto de agarrar una de las aspas del ventilador para coger impulso, cuando el palo de madera se quebró y el ventilador volvió a girar peligrosamente con toda su fuerza.

Los samuráis estaban a punto de derribar la puerta y la posibilidad de bajar a coger otro trozo de madera para bloquear el ventilador era una locura.

En eso, Carmina, en un acto desesperado, se quitó la chaqueta y la introdujo entre la punta de una de las aspas y la pared, provocando que el ventilador frenase.

—¡Ahora, Telmo, ahora! ¡Sube! —gritó angustiada Carmina, momento que Telmo aprovechó para impulsarse hacia el exterior.

En el último instante, la chaqueta cedió y provocó que el ventilador volviera a girar con toda su energía.

Cuando los samuráis entraron, los siete ya corrían hacia el puerto, como si el suelo fuera fuego y la libertad un deseo que se encontraba al otro lado del Pacífico.