La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 9. Que empiece la búsqueda
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9. Que empiece la búsqueda

E l Rangoon llegó a Hong Kong a duras penas. Aouda lideraba el grupo, mientras se ajustaba la cazadora verde de mil bolsillos que parecía una segunda piel. Caminaba con decisión buscando un lugar seguro antes de continuar con su misión. Parecía conocer aquel lugar como la palma de su mano.

—Cualquiera diría que no habías estado nunca en Hong Kong —comentó Mía.

—En Etérea preparé el viaje a fondo. Lo tengo bien estudiado —contestó Aouda.

El café Kings Tavern no era un lugar que invitara a quedarse.

El local estaba hasta arriba de marineros, comerciantes y oficiales británicos que fumaban y desayunaban mientras los camareros iban y venían con bandejas que portaban jarras de té, galletas secas, huevos duros o bollos al vapor. El calor era insoportable.

La mesa que encontraron estaba en una esquina. Fogg y Passepartout se habían quedado en la entrada, pues el francés creía haber visto al inspector Fix.

Aouda aprovechó para conectar su escudo acústico y así evitar que Vértigo y los suyos los escucharan.

—Nuestro objetivo, antes de que logremos escapar de esta novela, es encontrar la central que controla todas las conexiones y en la que se encuentra el Octógono.

Mía cerró los ojos y se sujetó la cabeza.

—Hay algo que no logro entender. Ahora que no están Fogg y Passepartout: ¿cómo es posible que estemos dentro de una novela y aun así podamos intentar encontrar o destruir algo que pertenece a ALBA y al Imperio del Odio? ¿No debería ser algo que estuviera fuera de la novela, algo real y tangible?

—Todo está conectado en el mundo de Vértigo y los suyos.

La realidad y la ficción se mezclan. Por eso no debemos desaprovechar cualquier oportunidad para localizar la central de control, el núcleo.

Podría estar aquí o en cualquiera de las ciudades que visitemos.

Hasta el sitio más abandona do po dría ser la central del núcleo —contestó Aouda.

—Empezaremos buscando en la sede de aquí.

Tras el breve desayuno, salieron por la puerta de atrás que daba a un callejón, siempre guiados por Aouda, que se había aprendido de memoria los posibles centros de control de ALBA en cada ciudad.

Una hora después llegaron a un edificio antiguo lleno de faroles colgantes que parecía abandonado por el tiempo. No se veía ni oía un alma en el entorno. Telmo siguió a Aouda con aparente tranquilidad, pero sabía que el peligro podía estar oculto en cualquier rincón.

—Intentemos hacerlo lo más rápido posible —dijo—. El tiempo es oro.

Entraron a paso ligero. Abrieron puertas y bajaron escaleras.

—Esto no me gusta nada —comentó Fogg—. Esta ciudad es muy activa y aquí no se ve a nadie.

Siguieron hasta una puerta. Allí, Aouda, como si hubiera estado antes, sacó un pequeño dispositivo que colocó junto al quicio hasta que oyeron un clic y la puerta cedió.

Frente a ellos encontraron un pasillo oscuro iluminado por un pequeño farol. Aouda sacó una pequeña linterna y, tras avanzar unos pasos, vio unas escaleras que descendían hacia un sótano.

—Si hay algo, debe de estar abajo —comentó.

La escalera era larga y profunda. Bajaron todo lo deprisa que pudieron. Mientras más descendían, más pesado era el silencio. Al llegar abajo vieron un cuadro con botones en la pared. Había huellas de dedos.

—Aquí ha estado alguien hace poco —dijo Sammy.

Passepartout miraba a todos, nervioso.

—Démonos prisa, por favor. No me gusta nada esto.

Finalmente llegaron a una habitación muy grande repleta de pantallas.

Algunas estaban encendidas, sin imágenes, y otras apagadas.

En una esquina, en un lugar que parecía el centro de control, había una gran mesa llena de botones y palancas.

Una luz que parpadeaba en el techo le daba al lugar un aspecto tétrico.

Un pequeño y antiguo cartel con el nombre de ALBA rotulado en él descansaba en la gran mesa.

—¿Crees que algo de aquí sirve? Todo parece tan antiguo —susurró Mía.

—Lo es —contestó Aouda—. Pero ya sabes lo que dice el refrán: aunque creas que son restos, pueden ser oportunidades.

Aouda se puso a conectar cables y a tocar botones ante el asombro de los demás.

—Algunos chips están dañados, pero creo que podremos reconstruir algo.

Tras unos minutos que parecieron siglos, Aouda logró que aquellos cacharros volvieran a funcionar. La habitación se llenó de ruidos, bips y pantallas con códigos.

Telmo miraba todo aquello intranquilo.

—¿Quién te entrenó para esto? —preguntó Telmo.

—Los mismos que te entrenaron a ti —contestó seria Aouda—. Salvo que yo ya venía aprendida —continuó Aouda con algo de soberbia—. Ahora debemos averiguar si el Octógono está aquí.

Pasaron algunos minutos buscando. De repente, el gesto de Aouda cambió.

—Creo que he conseguido algo —murmuró para sí.

Algo parecido a un corazón que latía y un cerebro en 3D apareció en una de las pantallas.

—No me gusta nada lo que veo —dijo Telmo.

—Alguien sabe que estamos manipulando estas máquinas.

Sammy miró a Mía preocupado. Aouda los miró a todos, alarmada.

—¡No pueden descubrir que estoy aquí!

De inmediato, se puso la redecilla en la cara y salió de la habitación.

Telmo se quedó delante de las pantallas, pero todas se apagaron de repente. Unos segundos después volvieron a encenderse una a una. Habían desaparecido el corazón y el cerebro que giraba sobre sí mismo, para dar paso a un rostro. El de Vértigo.

La desagradable cara del infame inundó todas las pantallas.

—Cómo me gusta veros tan atentos a las pantallas —comentó con su desagradable tono de voz—. Aquí os esperaba y aquí estáis.

Mía dio un paso al frente enfurecida.

—¿Cómo sabías que estábamos aquí?

El miserable sonrió falsamente.

—Solo tengo que dejar que sigáis el plan establecido. Pensáis que actuáis porque vuestro instinto os lo indica. Pero poco a poco vais haciendo lo que yo deseo.

Vértigo se acercó a la cámara, y su imagen se hizo más grande.

—Me encanta mirar. Me encanta ver que en este tablero de ajedrez sois mis peones y que solo hay un jugador en esta partida y ese jugador soy yo. Cada paso que dais os lleva a donde yo quiero.

Carmina sonrió. Estaba muy tranquila.

—Te veo demasiado seguro de tu poder. El capitán Bebo siempre dice que la vida a veces es caprichosa: el poder puede cambiar de manos en un santiamén.

Vértigo miró a Carmina con cara de asco.

—Escucho el nombre de ese abuelo y se me revuelven las tripas.

El gesto del infame cambió. Ahora sonreía.

—Me encanta la juventud, porque es rebelde. Pero qué pena que no sirva para nada.

Se inclinó ligeramente hacia delante, su rostro volvió a llenar las pantallas.

—Recordad que tenéis que ir a Yokohama. El reloj no se detiene.

Después, Vértigo miró a Carmina.

—Hablando de poder. Aquí va una pequeña muestra del mío.

La habitación se quedó a oscuras.

Telmo fue a hablar, pero una explosión descomunal hizo temblar el suelo y las paredes cayeron como si fueran arena fina.

—¡Hay que salir de aquí! —gritó Aouda, que acababa de entrar.

Una segunda detonación movió el suelo y provocó que partes del techo cayeran sobre ellos.

Mientras subían por las escaleras, la barandilla cedió.

Mía, que se sujetaba a ella con fuerza, cayó por el hueco.

La mano de Fogg fue providencial, ya que la agarró por el brazo, antes de que se precipitara al vacío.

—¡Te debo una! —gritó Mía, al tiempo que salían a la superficie como si el horror los persiguiera.

Corrían por el último pasillo hacia la puerta principal cuando una explosión final provocó una onda expansiva que los lanzó hacia la calle.

Mientras se ponían de pie, vieron como cientos de personas salían huyendo de los edificios contiguos.

—¿Estáis bien? —gritó Telmo, incorporándose como podía.

Afortunadamente, habían sufrido solo algunos rasguños.

Entre toses y polvo, continuaron camino del puerto. Mientras corrían, Sammy se detuvo.

—¿Es este el camino que va al puerto?

Todos se miraron, aún conmocionados, incapaces de orientarse. Entonces Telmo comenzó a sentir algo extraño. Como si no pudiera darle órdenes a su cuerpo. Segundos después, sintió una presión muy fuerte en la cabeza y empezó a dar vueltas en círculo.

—¿Estás bien? —le preguntó Carmina mientras él seguía dando vueltas y se echaba las manos a la cabeza. Una voz comenzó a hablarle.

— Eres un líder de pacotilla —le dijo la voz, mientras Telmo se llevaba una mano a la sien.

Todos lo miraban preocupados. Aouda se acercó a él, pero Telmo la apartó y señaló con la mano.

—¡Por allí! ¡Tenemos que ir por allí!

— ¡Espera! —dijo Sammy, pero el tono de voz que le salía era igual que el de Vértigo. Era como si el infame se hubiese metido en su cabeza— ¿Cómo sabes que es por allí?

Mía, Fogg, Carmina, Passepartout y Aouda miraban a Sammy horrorizados.

— ¡Porque hemos estado varias veces en esta ciudad! — contestó Telmo con la misma voz de Vértigo.

Mía miraba asustada a sus hermanos.

—¡Se ha metido en sus cabezas! —gritó, a punto de llorar.

Aouda se acercó a los dos y abrió su pequeña mochila.

—Es una interferencia. Vértigo está utilizando sus canales para intentar dominar vuestros impulsos. Igual que hizo con Danko.

De la mochila, Aouda sacó una cajita de metal. Se la dio a Telmo e hizo que este se acercara a Sammy.

—Agarrad esta caja con las cuatro manos. Es un antídoto compartido. Cuando lo active, tenéis que estar en sincronía los dos.

Sammy y Telmo intentaban mirarse. Era como si estuvieran librando una batalla interior por evitar la interferencia de Vértigo.

—Solo conseguiréis bloquear la señal de Vértigo si os sincronizáis mentalmente.

La voz de Vértigo comenzó a martillear el cerebro de los dos hermanos.

— A ver ahora, hermanitos, si sois lo suficientemente fuertes para bloquearme. No importa el número de antídotos que uséis, siempre estaré aquí. Nunca os libraréis de mí.

Telmo y Sammy respiraban desacompasadamente. Se miraban, cerraban los ojos, se volvían a mirar. Era una lucha interna terrible.

—¡No podrás con nosotros! —gritó Telmo—. ¡Mírame, Sammy, respira conmigo! ¡Recuerda que los corazones pueden latir al mismo tiempo!

La voz insolente de Vértigo martilleaba sus cerebros.

— ¡Los corazones pueden latir al mismo tiempo! ¡Menuda estupidez!

—¡Cállate! —le gritó Sammy.

Ambos comenzaron a respirar de forma sincronizada. Entonces Aouda activó la caja, y una paz aislante inundó sus almas compartidas. La voz de Vértigo continuaba golpeando sus oídos, pero poco a poco fue desapareciendo, hasta que finalmente se apagó.

Los dos cayeron al suelo extenuados, y los demás corrieron a abrazarlos.

Aouda guardó la cajita.

—El problema de este antídoto digital es que, si lo vuelve a intentar, lo más seguro es que no funcione. El sistema que haya utilizado Vértigo para conectar con vuestros cerebros habrá aprendido cómo funciona el antídoto.

Los siete se levantaron y comenzaron a caminar hacia el puerto.

—Tenemos que embarcar cuanto antes. Debemos llegar a Yokohama en dos días —dijo Fogg.

—Espero que solo sean dos días —ironizó Passepartout mientras se sacudía el polvo de encima.

Carmina se acercó a Aouda.

—¿Crees que en Yokohama podremos encontrar algún centro clandestino de ALBA? No sé si podré soportar este ritmo.

—Esta noche intentaré conectarme de una manera segura con Etérea. Quiero saber si han conseguido averiguar algo que no sepamos.

El puerto de Hong Kong era un hervidero a esas horas. El Carnatic, el barco que debía llevarlos hasta Yokohama estaba en plena maniobra de carga.

Al llegar a la escalera y mirar hacia arriba, Fogg y Passepartout vieron que el inspector Fix estaba asomado a la barandilla del barco. Al verlos, se giró y desapareció.

—Me extraña que Fix no nos haya abordado aún —comentó Fogg.

—Yo no me fiaría —dijo Sammy—. Podría ser Fix, o podría ser un nuevo miembro del Imperio del Odio reclutado por Vértigo.

Todos se miraron preocupados.

Solo ellos podían averiguar la respuesta.

Dos días después, en pleno noviembre, Yokohama los esperaba con los brazos abiertos.

Y con él, el peligro en cada esquina.