8. Tormenta a la vista
D ependiendo del estado del mar, el Rangoon, el barco de vapor que los llevaría desde Calcuta hasta Hong Kong tardaría entre seis o siete días.
Fogg y Passepartout paseaban por la proa del barco, mientras el primero fumaba su eterna pipa. Sentados en una esquina, los hermanos Lobo, Carmina y Aouda intentaban organizar sus cabezas y sus corazones.
—Qué curiosa es la vida —soltó Carmina, mirando la inmensidad del mar—. En cualquier otro momento, estaría disfrutando de todo esto: el mar, Estambul, Bombay, Calcuta. Pero lo único que me viene a la mente es volver a casa, aunque mis padres ni se den cuenta de que estoy allí.
Aouda sonrió con pena. Sammy, Mía y Telmo se miraron preocupados.
—Sé que estás cansada, Carmina, como todos —le dijo con dulzura Telmo—. Pero lo importante es que estamos juntos.
Mía se acercó a Carmina y le pasó un brazo por el hombro.
—¡Anda que no hemos pasado cosas peores! Piensa en Estambul y en el ataque de las alfombras. Pensábamos que no íbamos a salir de allí y aquí estamos.
Carmina intentó sonreír.
—Tenías que haber visto tu cara de pánico en el puerto de Bombay. ¡Aún la estoy viendo!
—¡Pues anda que tú! —contestó divertida.
Sammy se puso de pie junto a su hermana.
—¿Lo veis? Hasta en la mitad del océano en este barco de vapor nos reímos de algo que otros lo escucharían con horror. ¿Y qué significa eso?
—Que aún resistís y tenéis fuerza —se sumó Aouda.
La presencia de Aouda les daba seguridad. Habían creído en ella desde el principio, aunque Fogg la mirara con cierta desconfianza.
—Sí, aún tenemos fuerza —contestó Carmina—. Pero no me digáis que no echáis de menos vuestra cama, vuestra al mohada, vuestra habitación.
—¡Todo! —dijo Mía—. A mis padres, mi casa, mis abuelos, mis amigos, mi colegio, Bona Fide, Santa Fe. ¡Todo!
Fogg y Passepartout se unieron a la conversación.
—Demasiada tranquilidad —comentó el inglés mientras miraba a su alrededor—, vuestro amigo Vértigo seguro que está tramando algo.
Passepartout escuchaba a Fogg, pero su verdadera atención estaba en otro lugar.
En la cubierta, a unos veinte m etros de ellos, estaba el inspector Fix.
El ayudante de Fogg, que también le vio, le hizo un gesto con la cabeza al inspector, quien correspondió con otro saludo leve.
La discreción del francés fue deliberada: no quería que su jefe se preocupara.
El segundo día de travesía amaneció nublado. Apenas una brisa suave recorría el Rangoon de proa a popa.
Telmo, Carmina, Mía y Sammy desayunaban en el pequeño camarote, cuando sintieron algo especial. Los cuatro escucharon la voz del capitán Bebo.
—Preparaos, que estamos habilitando una puerta de entrada.
—¿Habéis escuchado lo mismo que yo? —preguntó Sammy, nervioso.
Carmina y sus hermanos asintieron. ¡Iban a poder hablar con su abuelo!
Tras unos minutos que se hicieron eternos, apareció el capitán Bebo en un holograma. Los cuatro se deshicieron en comentarios cariñosos hacia su abuelo, que tras los primeros compases de la conversación entró en materia.
—Desde Etérea hemos estado siguiendo, como hemos podido, vuestros pasos.
Algo de información me ha llegado sobre vuestra conversación con Danko.
Quiero que sepáis que llevamos mucho tiempo localizando ese núcleo, esa central de Vértigo y el grupo ALBA, sin éxito.
No os lo quise decir para no alarmaros ni poneros más en peligro.
—Lo que nos intriga es lo último que nos dijo: EL OCTÓGONO. ¿Qué podrá ser? —preguntó Telmo.
—Hemos estado investigando y creemos que se refiere a la fuente que él creó. El núcleo de control en forma de octógo no en poder de ALBA. Deben de tenerlo escondido en alguna de sus bases conectadas a la novela. Debéis encontrarlo y desconectarlo para acabar con el plan Homo Novus.
Luego miró a Aouda.
—Seguiremos investigando entre los sistemas de Vértigo y ALBA. Por eso, a partir de aquí será muy peligroso que nos llamemos. Aouda, confiamos en ti. Eres nuestro único enlace. Ten mucho cuidado.
—Haré todo lo que esté en mi mano, capitán —contestó la muchacha.
El capitán miró a sus nietos y a Carmina, que para él era una nieta más.
—Cuidaos mucho. Os quiero con el alma. Sed fuertes.
Y la imagen se evaporó.
Al salir a la cubierta del barco, Sammy vio un punto en el horizonte. El punto, minutos después, se convirtió en un barco que parecía moderno, no de esa época. Los pasajeros miraban aquello sorprendidos, pero cuando el interés se había convertido en algo general, el barco desapareció.
Al poco rato, el barco apareció en el punto opuesto a don de antes había aparecido. Los pasajeros comenzaron a comen tar entre ellos el hecho, entre curiosos y nerviosos.
—Es él —dijo Sammy—. Empieza a jugar con nosotros.
Y como si fuera una premonición, el barco volvió a desaparecer.
—¿Pero está jugando con nosotros o utilizando nuestras mentes? —preguntó Mía.
—Con Vértigo, puedes esperar cualquier cosa.
Todos despertaron con una sensación amarga el tercer día de navegación. Habían tenido pesadillas terribles y se sentían cansados.
—Es como si vuestro amigo Vértigo hubiese estado jugando con nuestros cerebros —comentó Fogg.
—Anoche no podía dormir y pensaba: ¿y si no encontramos el Octógono? —preguntó Mía.
—Hay que tener fe —respondió Aouda.
—Solo espero que lo averigüemos antes de que nos aniquile —comentó irónicamente Fogg.
El cielo cambió de color y el viento sopló con más fuerza.
—Parece que el tiempo va a cambiar —anunció Mía.
—Me temo que no solo será el tiempo —apuntó Telmo.
Un trueno descomunal los despertó el cuarto día. El mar se convirtió en una sucesión de olas enormes que el Rangoon sorteaba como podía. Cada golpe de ola parecía resquebrajar el casco del barco, provocando la histeria colectiva de los pasajeros.
Un sonido metálico grave resonó en todo el buque.
—No sé por qué, pero me ha recordado a los sonidos de Moby Dick —dijo Sammy.
El barco vibró con fuerza, como si esa enorme masa de hierro hubiera sentido un enorme escalofrío.
—¿Lo habéis sentido? —preguntó Fogg.
—¡Hasta los huesos! —respondió Mía asustada.
Salieron todos a cubierta, intentando encontrar la causa de todo aquello. Se asomaron por las barandillas y solo vieron el mar embravecido y el viento obstinado. Un rayo atravesó las nubes grises que parecían un enorme y siniestro hongo.
Pero lo que más les preocupó no fue el rayo, ni el viento, ni las olas salvajes. Lo que les puso la piel de gallina fue un sonido insistente que se oía en cada rincón del barco. Era un tictac, tictac… que los puso en alerta.
Fueron corriendo a la proa del Rangoon y vieron como el mar hervía. Entonces, algo salió a flote. Era cuadrado y me tálico, del tamaño de un pequeño baúl. En cada costado te nía algo parecido a un objetivo o el lente de una cámara.
—¿Qué es eso? —preguntó Passepartout, asustado.
—Nos quiere agotar física y psicológicamente —murmuró Telmo.
Pero entonces, como si alguien hubiese abierto una compuerta en el fondo del mar, comenzaron a salir decenas, cientos, miles de cuadrados metálicos idénticos.
—Espero que no sea lo que estoy pensando —dijo Aouda.
—Si estás pensando en minas, creo que has acertado — respondió Telmo, que trataba de encontrar una respuesta a todo aquello.
El Rangoon recibió el impacto de una ola enorme y el barco parecía no avanzar. Entonces todo se calmó y las minas de hierro comenzaron a moverse lentamente creando una geografía en el mar. Como si hubiesen establecido corredores o pasillos de minas.
—¿Qué está pasando? —preguntó Fogg preocupado.
—Nos está obligando a seguir un camino y no sé si es una buena idea —contestó Telmo, y luego se dirigió a su hermano—: ¡Sammy, vete a la proa! —gritó mientras él salía corriendo hacia el puente de mando, ante la mirada de desconcierto de todos.
Al llegar se encontró al capitán bloqueado, sin saber cómo reaccionar. El hombre miraba al frente incapaz de maniobrar.
—Capitán, conozco al desalmado que ha organizado esta locura. Lo que vemos delante de nosotros son caminos en el mar trazados por minas a uno y otro lado. El mar está tranquilo: aunque vayamos muy despacio, siga el camino trazado con mucho cuidado.
—No es fácil, muchacho. Desde aquí solo puedo ver algunas minas, no todas.
El resto del grupo se unió a Telmo, y observaban la maniobra con preocupación. Telmo cogió el megáfono náutico del capitán y salió de la sala.
—¡Sammy, tienes que guiarnos con los brazos! —le gritó a su hermano con todas sus fuerzas.
Telmo sabía que lo que pretendía Vértigo era demorar la llegada al siguiente puerto. Quería disfrutar viéndolos sufrir. Por eso no tenían opción. Si él les ponía obstáculos en el camino, ellos los sortearían como pudieran.
Pero la pregunta que se hacían todos era: ¿esas minas son reales? ¿Si las rozaban, podrían explotar? ¿O solo era un juego para asustarlos?
La única respuesta era que, fuera lo que fuera, no podían tentar a la suerte. Tenían que esquivarlas y avanzar.
—Capitán, sé que es arriesgado, pero si seguimos la ruta, nos llevará una eternidad —dijo Telmo.
Todos se miraron sin saber a dónde quería llegar.
—¿Qué quieres decir, muchacho? —dijo el capitán.
—¿Ve esos huecos que hay entre los caminos que nos han marcado? —señaló Telmo.
El capitán cogió los prismáticos y estuvo unos segundos estudiando la zona.
—Los veo. ¿Qué pretendes?
—La persona que ha creado toda esta locura piensa que seguiremos el camino que nos ha marcado, pero creo que, si atajamos por esos otros huecos, ahora que el mar está más tranquilo, podremos ganar mucho tiempo.
El capitán del Rangoon miró a Telmo preocupado.
—Lo que pretendes es muy peligroso, muchacho.
—Lo sé —respondió mientras miraba el panorama que tenía frente a él.
El capitán se mesó la barba y asintió. Telmo bajó corriendo hacia la posición de su hermano y le explicó lo que iban a hacer.
El capitán puso su mano derecha en los mandos que controlaban la potencia del barco y aceleró un poco, mientras dirigía con absoluta concentración la dirección.
Al pasar entre las minas, y con el movimiento del barco, estas parecían acercarse al Rangoon. Pero Sammy y Telmo dirigían el camino con los brazos en alto.
El primer tramo fue angustioso. Entonces Telmo indicó el giro en la parte peligrosa.
Mientras giraba el barco se iba acercando peligrosamente, por la popa, a las dos últimas minas de un tramo.
Cuando estaban a punto de pasar, la cola de babor del barco rozó una de ellas y escucharon un sonido muy agudo.
—¡Va a explotar! —gritó el capitán.
Todos contuvieron la respiración unos segundos.
Pero no sucedió nada.
—Está jugando con nosotros —dijo Fogg.
—O no… —contestó Mía.
Fueron avanzado durante una hora aprovechando los huecos que Sammy y Telmo veían mientras sorteaban las minas como podían.
Estaban virando en el último tramo cuando una ola repentina arrastró una de las minas contra el casco del Rangoon.
La explosión fue tan violenta que pareció detener el tiempo.
El barco sufrió una sacudida de proa a popa que provoc ó la rotura de cristales y tuberías, y creó un caos absoluto en el interior del barco.
Los pasajeros corrían de un lado a otro y los miembros de la tripulación gritaban desesperados.
—¡La sala de máquinas! ¡Necesitamos ayuda en la sala de máquinas!
—¡Bajad y echad una mano en lo que podáis! —dijo el capitán—. ¡Yo seguiré al mando!
Todos bajaron como pudieron, intentando evitar respirar aquel olor a quemado que provenía de las tripas del barco de vapor.
Al llegar a la sala de máquinas, unos cuantos marineros trataban de apagar el fuego como podían, mientras otros intentaban recomponerse del impacto de la explosión. Mía se acercó a ver los niveles de los manómetros y termómetros.
—¡La caldera puede reventar! —gritó, nerviosa—. ¡Como suba la presión, todo esto saltará por los aires!
Mientras Carmina, Passepartout y Sammy asistían a los heridos, Fogg, Mía y Telmo ayudaban a los mecánicos.
—¡Tenemos que aislar la parte rota y así poder desviar el vapor! —dijo el jefe de mecánicos mientras intentaba cerrar una de las tuberías reventadas por la explosión.
Se pusieron manos a la obra.
Poco a poco, con mucha paciencia, consiguieron neutralizar todo aquello.
Pero cuando salieron al pasillo, un nuevo temblor sacudió al Rangoon.
El corazón se les encogió. Cuando emprendieron de nuevo la subida al puente de mandos, dos figuras se asomaron al final de la escalera.
La luz impedía verlos bien. Los dos llevaban algo metálico en sus manos que no lograron averiguar.
Pero lo que les revolvió las tripas fueron las carcajadas que soltaron, para luego desaparecer.
Las carcajadas de los esbirros de Vértigo.
John el Largo y Fedallah.