7. Una pista misteriosa
Era mediodía y la humedad caía a plomo. Se detuvieron en un callejón para que Aouda activara su escudo acústico y así evitar que los escucharan.
—Nuestro contacto está cerca de aquí.
—Pero ¿quién es exactamente ese hombre? —preguntó Mía.
Aouda tardó unos segundos en responder.
—Danko trabajaba conmigo. Era un hombre brillante, una mente privilegiada.
Era director de Reprogramación Cuántica del Cerebro.
Fue el responsable del desarrollo del sistema de comunicación cuántica que utiliza ALBA.
Los de arriba querían conectar el mundo entero a través de ese sistema y tener acceso a toda la población mundial.
Danko siempre pensó que lo que hacía era por el bien de la humani dad, pero cuando se enteró de lo que realmente querían Vértigo y el Imperio del Odio casi se vuelve loco. Huyó y desapareció. Igual que yo.
A Aouda se le aguaron los ojos.
—Danko es nuestra esperanza. Tiene datos secretos de muchas cosas que solo él sabe y que pueden ser muy valiosos para nosotros. Un contacto en Etérea me pasó su ubicación actual secreta. Él es uno de tantos, como nosotros, que lucha en la clandestinidad contra ALBA.
Telmo se puso de pie.
—El tiempo es oro. ¡En marcha!
Mientras se adentraban en el campo, no podían evitar sentir que los vigilaban. No había casas cerca y solo ellos pisaban aquel suelo, pero era como si algo los estuviese midiendo y estudiando paso a paso.
El camino los llevó a una encrucijada: o iban por un pasadizo de paredes altas o tomaban un camino de piedras.
—Es por aquí —dijo Aouda, y se dirigió al camino de las paredes altas. Era tan estrecho que los hombros casi rozaban las paredes.
—Vaya, ya empezamos con las estrecheces —murmuró Mía, recordando los angustiosos pasadizos de La isla del tesoro .
Cuando pensaban que aquel camino no se terminaría nunca, apareció ante ellos el templo.
El lugar era un pequeño templo, abandonado y escondi do en un bosque a las afueras de Calcuta.
La enorme puerta de lo que antes había sido un esplendoroso lugar para la meditación, crujió.
Un aire frío e intenso escapó del lugar, como si llevara tiempo deseando salir.
Tras el crujido de la puerta, una combinación de sonidos extraños les hizo estar todavía más en alerta.
—No me hace ninguna gracia este sitio —dijo Carmina en voz baja.
—Esos sonidos son como voces de otro lugar —comentó Fogg mientras caminaba casi a oscuras.
Primero fue un pequeño golpe contra las zapatillas de Sammy.
Después algo parecido a un pequeño chillido.
Un segundo después, un ejército de ratas salió de entre las grietas del suelo intentando escapar, mientras Telmo, Mía, Sammy, Carmina, Passepartout y Fogg, se las quitaban de encima como podían.
Al avanzar se dieron cuenta de que un pequeño resplandor salía de uno de los laterales del templo.
Al llegar y girar, lo que vieron los dejó atónitos.
Danko estaba sentado en una especie de altar improvisado y murmuraba frases inconexas.
Las paredes estaban empapeladas de mapas, coordenadas y consignas, además de aparatos de radio y transmisores antiguos que no dejaban de emitir sonidos de todo tipo.
Aouda se acercó a Danko, mientras el resto intentaba descifrar qué era todo aquello.
—Danko, soy yo, Aouda.
El rostro de Danko parecía marcado por los días sin descansar, el hambre y el miedo. Una barba poblada acentuaba su deterioro. Tenía la mirada perdida y repetía frases una y otra vez, como si fuera un mantra.
—Obedece y estarás seguro… El enemigo está cerca de ti, identifícalo… El orden es libertad… Solo el líder te podrá ayudar…
Aouda le cogió la mano.
—Danko, mírame a los ojos, por favor.
Pero Danko continuaba repitiendo las frases una y otra vez.
—¿Qué querrá decir? —preguntó Mía.
Telmo miraba a Danko tratando de encontrar una explicación.
—Es… es como si le hubieran lavado el cerebro. Como si hubiesen utilizado lo que él ha creado… ¡contra él!
—¡Buen argumento, muchacho! —dijo Fogg con ímpetu.
Carmina se arrodilló junto a Danko y Aouda.
—Leí hace poco una técnica que llaman El hilo de Platón. Si recuerdas un momento único que Danko y tú hayáis vivido y que él recuerde con cariño, su mente se agarrará a ese hilo y podrá volver a la realidad. Tienes que recordar paso a paso aquel momento.
Passepartout miró a Aouda con esperanza.
—¡No perdemos nada!
Aouda volvió a coger la mano de Danko y comenzó a hablarle al oído.
—Danko, ¿recuerdas el día que cumpliste cincuenta años y te organicé una fiesta sorpresa en La Posada, el restaurante que más te gustaba?
Siempre lo recordabas como uno de los momentos más felices de tu vida.
Te comenté que teníamos que ir a una reunión muy importante, que venían jefazos y que te iban a preguntar muchas cosas, porque no estaban contentos.
Estabas muy nervioso. En el coche, de camino a la «reunión», me dijiste que, si te despedían, no me olvidara de ti.
Al entrar en La Posada, la sorpresa fue que estaban todos nuestros amigos.
Fue un día inolvidable. Cada dos por tres decías: « nunca olvidaré este momento».
Mientras Aouda le hablaba al oído, Danko parecía estar abducido por algo, pero poco a poco sus ojos fueron despertando hasta que, en un momento dado, su cabeza giró lentamente hacia Aouda y, tras mirarla fijamente, habló.
—¡Aouda!
La emoción invadió el lugar. No podían creer lo que estaban viendo. ¡La técnica que había propuesto Carmina funcionaba! Telmo no dudó y la abrazó con fuerza.
—¡Aouda, qué alegría verte! —exclamó Danko—. ¡Ten cuidado, están en todas partes! Desde que me escapé, mi vida ha sido una huida constante. Cuando por fin encuentro un lugar seguro, ellos me localizan y me torturan con sus ideas.
A Danko se le aguaron los ojos.
—Yo siempre pensé que nuestro trabajo ayudaría a la humanidad, pero ellos poco a poco, como un terrible manto negro, lo van contaminando todo y al final consiguen lavar nuestros cerebros sin que nos demos cuenta.
Bit tras bit, pulso cuántico tras pulso cuántico, van infectando nuestra conciencia con la tecnología, hasta que dejamos de pensar por nosotros mismos.
El hombre respiró profundamente.
—Nos van apagando la voluntad poco a poco para que nunca podamos luchar. Llegará un día en el que ya no quedará nada de nosotros. Seremos un solo cerebro controlado por ellos.
Un escalofrío recorrió el grupo. Telmo se arrodilló junto a Danko.
—Cuando te refieres a ellos, ¿hablas de Vértigo y los suyos?
Danko miró a Telmo, y el mayor de los Lobo vio el miedo y el dolor en sus ojos.
—¿Vértigo? Ese es solo un peón. Un mandado. No os imagináis lo que hay por encima de ellos. Es una corporación que no tiene límites.
Los tres hermanos Lobo y Carmina se miraron preocupados.
—Tenemos que hablar con el capitán Bebo y con Valentina Luz —dijo Carmina, asustada.
—¡No! —gritó Danko—. ¡Tened mucho cuidado! Los canales de comunicación aquí son peligrosos. Si interceptan vuestra llamada, puede ser muy peligroso para ellos.
Los ojos de Danko cambiaron de color y comenzó a tener unas pequeñas convulsiones.
—¡Ya están aquí…, ya están aquí!
Una explosión que venía de fuera los alertó.
—Tenemos que salir —dijo Fogg, nervioso, mirando hacia la puerta de entrada.
Danko agarró la mano de Telmo y lo miró con una intensidad que le erizó la piel.
—Des… desco…
Mía le habló al oído implorando.
—¡Dinos, Danko!
—Des… conectadlo… —dijo en un hilo de voz.
—¿Está aquí? ¿Dónde?
Danko apenas podía hablar. Era como si una fuerza superior estuviera, en ese momento, dominando su cerebro.
—El Octógono…
—¿El Octógono? ¿Qué es eso? —preguntó Sammy mientras las voces se acercaban.
Danko iba a decir algo más, pero entonces volvió a recuperar un tono calmado y comenzó a repetir el mantra como nada hubiese pasado.
—Obedece y estarás seguro… el enemigo está cerca de ti, identifícalo… el orden es libertad… solo el líder te podrá ayudar…
Passepartout dio un salto y gritó.
—¡Tenemos que salir de aquí!
Aouda besó en la frente a Danko, que seguía repitiendo como un robot las consignas y salieron del templo por una puerta trasera. El brillo de la luz del sol les obligó a cerrar los ojos y encontrar una salida, un camino para huir.
—¡Por aquí! —gritó Sammy, que acababa de ver que de trás de una arboleda había un río y un pequeño embarcade ro. Unas viejas barcas de remo estaban amarradas entre sí.
—¡Sammy, tú con Fogg y Passepartout! ¡Mía, Aouda, Telmo y yo en otra! —dijo Carmina.
Jean Passepartout se subió de un salto a la barca y no se cayó al agua de milagro, gracias a que Sammy lo agarró en el último momento. Las voces de los hombres se oían cada vez más cerca.
—¡Remad con fuerza! —gritó Telmo mientras las dos barcas se alejaban del embarcadero.
A lo lejos, vieron cómo se acercaban los hombres. Llevaban todos unos turbantes altos de color azul oscuro con un emblema de un león. La casaca era también de color azul oscuro y portaban espadas curvas y lanzas cortas, además de arcos y flechas.
El otro lado del río parecía estar cerca, pero se les estaba haciendo interminable.
Los remos chapoteaban con torpeza contra el agua mientras avanzaban y veían como los hombres se subían a las otras barcas.
En cuanto estos se subieron, comenzaron a lanzar flechas que pasaban cerca de ellos hasta que una impactó en la barca al lado de Passe partout, quien, tras mirarla, comenzó a remar con una fuer za endiablada.
Al llegar a la otra orilla, corrieron hacia un poblado que en ese momento bullía de gente.
Mujeres cargando cestas, hombres golpeando metales, mulas llevando verdura y fruta.
Una mujer que vendía especias reparó en ellos y, al ver sus caras de desesperación, les hizo un gesto con la mano, apuntando hacia un pequeño pasadizo que tenía detrás.
La mujer abrió una puerta trasera que daba a un almacén lleno de sacos y mientras les dirigía con las manos y les hablaba en rarhi bengalí, un dialecto de la zona, los animó a que se escondieran detrás de unos sacos.
Los hombres llegaron al poblado y comenzaron a hacer preguntas a los lugareños.
Gritaban aquí y allá, pero nadie contestaba.
Hasta que uno señaló con la mano una dirección opuesta a la casa de la señora.
Los hombres corrieron hacia el lugar y desaparecieron.
Tras agradecer a la mujer, los siete subieron de nuevo a las barcas en silencio y remaron con fuerza para escapar del peligro.
Mientras remaban, Telmo no pudo evitar soltar lo que les había pedido Danko.
—Desconectar el Octógono. ¿Qué habrá querido decir Danko?
—Se refiere a desconectar la fuente que él creó.
El núcleo de control que está en poder de esta corporación —contestó Aouda—.
Lo primero que tenemos que averiguar es dónde tiene ese núcleo de control o como demonios se llame esa máquina del mal.
Va a ser complicado averiguarlo sin la ayuda del capitán Bebo.
—Debemos seguirle la corriente a Vértigo, por ahora — comentó Telmo al tiempo que llegaban al embarcadero—. Pero no descansaremos hasta que encontremos ese núcleo.