6. La infiltrada
E l Mongolia atracó en el puerto de Bombay cuando el sol comenzaba a despuntar.
En cuanto los marineros terminaron de amarrar aquel coloso de hierro y vapor, bajaron al puerto.
El puerto parecía una enorme colmena, un hervidero de gente de lenguas distintas que iban y venían.
Hombres descalzos llevaban en sus cabezas fardos de arroz o algodón; otros dirigían la carga y descarga de mercancías.
Unas mujeres, envueltas en saris —los vestidos tradicionales indios— de vivos colores, se acercaron a Sammy y a Mía a venderles frutas y flores.
Llevaban unos brazaletes que al hablar y al caminar sonaban como cascabeles, creando un ambiente único.
Fogg y Passepartout se acercaron a un carro ambulante que vendía té y pidieron seis vasos, junto a unos platillos de mango recién cortado.
—Es aún más impresionante de como lo había soñado —comentó Fogg.
—Cuando leí la novela, sentí lo mismo —comentó Carmina, dándose cuenta inmediatamente del error.
—¿Novela? —preguntó Passepartout—. ¿Qué novela?
Telmo le echó un capote de inmediato.
—Una sobre la India que nos dio nuestra madre. ¡Adora esta cultura!
Un hombre, con un turbante que solo dejaba ver sus ojos, se acercó a Telmo con unos relojes de bolsillo en la mano.
—Le vendo un reloj. Muy barato.
—No, gracias. No necesito reloj —contestó el mayor de los Lobo.
—Puede ver su futuro. Es un reloj muy bueno. Se lo regalo.
El hombre le dio el reloj a Telmo y se perdió entre la multitud.
Telmo observaba el reloj e intentaba localizar al hombre, pero este ya se había esfumado. Al volver a mirar el reloj, vio que en la tapa había una inscripción que decía: ÁbrEME .
—Esto no me gusta nada —dijo Telmo.
Todos se miraron y pensaron lo mismo: ¿sería una nueva treta más de Vértigo? ¿Qué peligro podía llevar el reloj en su interior?
—No sé si deberíamos abrir la tapa de este reloj —dijo Fogg, preocupado.
—Podría ser una pequeña bomba —añadió Passepartout, también preocupado.
Telmo miró a sus hermanos y luego a Carmina.
Entonces un recuerdo fugaz lo iluminó. Su abuelo, el capitán Bebo, mientras daban un paseo un día por la playa cuando era niño, le dijo: « A veces el corazón habla más claro que la cabeza.
Guíate por él en los momentos complicados » .
No sabía por qué, pero el corazón le estaba indicando que abriera la tapa del reloj.
Sin pensarlo un instante, la abrió. Fogg y Passepartout dieron un respingo hacia atrás. Entonces vieron que en el interior de la tapa había un mensaje:
BAZAR ANTIGUO. ME ENCONTRARÁS.
Mía sacó la tableta y buscó.
—¡Por aquí!
El bazar era un laberinto de callejuelas estrechas, casas de adobe y tenderetes de todo tipo que convivían pegados uno tras otro.
Los rayos se colaban por los únicos huecos que encontraban entre lona y lona.
El olor a café tostado, aceite y especias se mezclaba con otro menos agradable: el olor a peligro.
—Tiene que ser aquí —comentó Mía.
—Mantened los ojos bien abiertos. En un lugar como este, puede pasar cualquier cosa. Si tenemos que huir, lo tenemos complicado —dijo Telmo mientras miraba de un lado a otro como si su cabeza fuera un periscopio.
Entonces vio a alguien dentro de un viejo café que lo miraba fijamente.
Era una chica con un sari que los contemplaba inmóvil.
Destacaba, precisamente porque aquel bazar era una locura de gente comprando, vendiendo y cruzando de un lado a otro.
Pero ella los observaba como si fuera una estatua de piedra.
Entonces, aquella estatua movió ligeramente una mano indicándoles que fueran hacia allí.
—Seguidme —dijo Telmo, seco y firme.
El café era un pequeño local oculto tras un puesto de alfombras. Un gran abanico que colgaba del techo era operado por un punkah wallah , una persona que accionaba manualmente un sistema de cuerdas y poleas, refrescando el lugar con su movimiento.
La chica estaba sentada en una esquina ante un pequeño vaso de té.
—Habéis tardado mucho —dijo, casi sin mirarlos.
—Perdona, pero esto es un laberinto enorme y no ha sido fácil llegar hasta aquí —contestó Sammy, algo molesto.
La chica asintió.
—¿Quién eres y por qué estamos aquí? —preguntó Fogg sin dilación.
Entonces ella sacó un pequeño dispositivo y lo activó.
—Es un pequeño escudo acústico. Es invisible y nadie podrá escucharnos.
Passepartout y Fogg se miraron sorprendidos.
—Me llamo Aouda y llevo mucho tiempo en contacto con vuestro abuelo el capitán Bebo, con Valentina Luz y todo su equipo.
Las caras de los tres hermanos y la de Carmina se iluminaron. Pero el gesto de Telmo cambió de inmediato.
—¿Cómo sabemos que es verdad y no trabajas para Vértigo?
La chica sonrió y a continuación descubrió el sari, dejando a la vista una cazadora verde completamente llena de bolsillos, de donde asomaban todo tipo de artilugios.
Pese a todo, en una esquina se podía distinguir un pequeño pájaro de papel bordado.
Telmo lo reconoció al instante: era el mismo que llevaba Valentina Luz.
—Ya me dijo tu abuelo que habías sido un buen alumno. —Aouda bebió un poco de té—. Si trabajara para Vértigo, ya habría hecho algo contra vosotros.
Hubo un momento de silencio grave. Aouda volvió a hablar.
—Tendréis que decidir en quién creer. El tiempo corre.
Todos se miraron y entendieron que no tenían muchas opciones.
—Habla —dijo Telmo.
—Para vosotros, en esta historia, soy Aouda. En realidad, soy una infiltrada. Vosotros pensáis que Vértigo quiere acabar con vosotros por celos y porque odia a vuestro abuelo. Pero eso es solo una pequeña parte de su plan.
—¿Plan? ¿Qué plan? —preguntó Carmina.
Aouda suspiró.
—Yo trabajé para Vértigo.
Sammy se puso de pie. Telmo le hizo un pequeño gesto a su hermano para que se sentara.
—No os preocupéis, hui hace tiempo y ya no tengo nada que ver con él ni con ninguno de los suyos. Vengo desde Etérea para ayudaros a luchar contra algo que es mucho más grande de lo que imagináis. Hay algo que no sabéis, pero no es seguro que os lo cuente aquí.
Aouda pidió que se acercaran.
—En cuanto desconecte el escudo acústico, me seguís. He reservado habitaciones en una pensión en la que estaremos seguros. Os prometo que allí os lo contaré todo.
Aouda desconectó el escudo acústico. Se levantó y la siguieron, desapareciendo como sombras entre la multitud.
Caía la noche en Bombay. La Cueva del Tigre, la pensión que había conseguido Aouda, iba a ser el refugio de todos, al menos por una noche.
En torno a una mesa en una de las habitaciones, daban buena cuenta de unos platos que habían subido de la cocina del lugar: bhakri , que eran unas tortas de mijo con curri y vegetales, junto a unas lentejas amarillas con arroz.
Para beber, solkadhi , una bebida digestiva hecha con leche de coco y una fruta ácida de la zona.
Aouda era la única que estaba sentada cerca de la venta na: parecía estar siempre esperan do que alguien la atacara.
Telmo apenas había comido. Estaba en la mesa leyendo en la tableta de Mía algunos documentos que le había dad o Aouda sobre Vértigo y los suyos.
—Pero… ¿quiénes son? ¿Tienen un nombre?
Aouda asintió mientras seguía mirando por la ventana.
—Quienes dirigen todo esto se hacen llamar la Asociación de la Lucha por la Búsqueda de la Aniquilación.
En resumen, ALBA. Vértigo forma parte de ella.
Siempre me ha parecido una ironía. Operan en la oscuridad, en las sombras y llaman a su tenebrosa organización ALBA, que significa todo lo contrario. Hasta en eso son retorcidos.
—O listos. Si algo sabemos sobre aquellos que manejan y utilizan el mal, es que de tontos tienen lo justo —contestó Fogg mientras apuraba su bebida. Telmo, tras leer más información en la tableta, se sentó, confundido.
—Esto que nos has pasado es un modelo de comportamiento humano. Es un mapa de pasos y decisiones que están tomando. ¿Cómo has conseguido todo esto?
—Yo hui de todo aquello y Valentina me acogió.
Ellos tienen mucha información que he podido conseguir y mi objetivo ahora es tratar de sacaros de aquí sin que se den cuenta de quién soy.
También llevo conmigo algo de información en mis chips cuánticos.
Pero antes de sacaros, vamos a utilizar este viaje como excusa para intentar sabotear los sistemas que utilizan para el plan Homo Novus.
— ¿Homo Novus? —preguntó Sammy, confuso.
—Así es —contestó Aouda—. Homo Novus es como le llaman a su retorcido plan. ALBA lleva experimentando muchos años con países enteros, con regiones del mapa. Todo forma parte de un gran experimento. Influyen a través de las redes sociales del entretenimiento, de la música.
—¡Un momento! ¿Chips? ¿Redes sociales? ¿Qué es todo eso? —preguntó Passepartout.
—Te lo explicaremos más adelante, Jean —dijo Mía.
Aouda continuó con la explicación.
—Todos pensamos que llevamos vidas corrientes: colegio, trabajo, familia.
Pero ellos están utilizando todos los elemen tos posibles para infectarnos.
A través del móvil, la tableta, la radio, la tele, la música…
Atacan nuestras neuronas y poco a poco nos van infectando, hasta conseguir manipularnos del todo y lograr que seamos simples marionetas o robots.
Telmo se incorporó.
—Y nosotros creyendo que nuestro único enemigo era Vértigo… ¡Es todo un Imperio del Odio! ¿Cómo piensan cambiar al ser humano?
Fogg se pasó las manos por la cabeza.
—Perdonad, pero mi cabeza va a estallar. Móvil, tableta, tele, radio… ¡No entiendo nada! ¡Necesito la verdad ahora mismo!
Entre todos, intentaron explicar a Jean Passepartout y Phileas Fogg lo que estaba pasando. Quiénes eran, de dónde venían y cuáles eran los peligros.
Lo que no les dijeron, a ninguno de los dos, es que eran personajes de ficción que habían salido de la imaginación de un gran escritor como Julio Verne y que formaban parte del imaginario de millones de personas.
Sammy escuchaba a todos desde una esquina, muy serio.
—Estos de ALBA, con sus «infecciones neuronales», ¿crees que también ahora nos están controlando?
—Vosotros, por decirlo de alguna manera, tenéis anticuerpos. Habéis tenido, sin que lo supierais, la ayuda de Etérea en todo momento —contestó Aouda.
Sammy asintió.
—Si conocieras a mi abuelo, lo entenderías todo —dijo Sammy, orgulloso.
—Lo sé —contestó con una sonrisa Aouda—. Lo admiro mucho.
Aouda volvió a mirar hacia todos lados.
—Vértigo y los suyos no deben saber que estoy con voso tros. Mi reloj emite continuamente una señal descodificado ra, para evitar que me localicen. Además, llevo esto.
Sacó del bolsillo una especie de mascarilla de red.
—Es una mascarilla de red tecnológica. Me la puedo poner cuando lo crea conveniente, para evitar que puedan reconocerme con cualquier dispositivo que tengan Vértigo y los suyos.
Aouda se lo puso en un pis pas. Era un pequeño aro que se ajustaba a la frente y delante de su cara caía una redecilla.
—¡Fascinante! —dijo Fogg.
—Nos controlen o no, nosotros seguimos aquí. Aunque ellos escriban la historia, nosotros siempre podemos improvisar. Incluso el final —dijo Carmina.
Todos intentaban descansar, pero la noche se les hacía muy larga. Había algo anormal en el aire: como una amenaza si lenciosa que les impedía dormir. Por eso todos estaban despiertos cuando bajo la puerta de la habitación comenzó a entrar humo.
—¡Mirad! —gritó Passepartout.
Aouda pulsó la pantalla del reloj que llevaba mientras se acercaba a la puerta.
—Es gas Neurox-99. Sirve para alterar la percepción de las cosas —comentó nerviosa mientras miraba la pantalla de su reloj.
Telmo intentó abrir la puerta, pero fue incapaz. Alguien la había bloqueado. Carmina intentó abrir la ventana. Tampoco pudo. Era como si les hubieran sellado la pensión.
—Nos quieren aislar.
Una luz roja intensa comenzó a recorrer las paredes, el techo y el suelo.
—¡Están alterando el espacio para poder bloquear nuestras mentes!
El aire era irrespirable. Todos comenzaron a sentir que no podían pensar, que el mundo se ralentizaba y que las cosas se deformaban.
Mía se frotó los ojos.
—¿La habitación tenía dos puertas? —preguntó asustada.
—¡Yo veo tres! —dijo Carmina respirando con dificultad.
Phileas Fogg comenzó a ver que las ventanas, que antes eran cuadradas, ahora eran redondas, y las lámparas le hablaban.
Cuando lograron abrir la puerta, salieron todos al pasillo. Pero este también había cambiado. Era completamente diferente.
—Todo está cambiando —gritó Passepartout.
—No, el espacio no cambia. Es tu sensación. Me temo que están jugando con nosotros. Nos están poniendo a prueba.
Telmo miró a Aouda, y comprendió al instante lo que pretendían.
—Quieres decir que, si no sabemos dónde estamos, el gas, el algoritmo o lo que demonios nos estén enviando, obli ga a nuestro cerebro a ver otra cosa.
—¡Exacto! —contestó Aouda.
—Pues pensemos en algo real, algo que hayamos vivido todos. ¡La conversación en el café! Voy a repetir imágenes en voz alta y las recordamos con toda nuestra fuerza: ¡Taza de té! ¡Camarero! ¡Mesa de mármol! ¡Taza de té! ¡Camarero! ¡Mesa de mármol!
Telmo siguió nombrando cada cosa una y otra vez, mien tras uno a uno se unían a esa especie de mantra. Una y otra vez repetían las palabras, con el mismo ritmo y la misma cadencia, hasta que poco a poco, todo dejó de moverse. Tanto el pasillo como la habitación volvieron a ser como antes.
Passepartout se sentó en el suelo, agotado.
—¿Y esto va a ser así todos los días?
Un ruido seco se escuchó al fondo del pasillo y la luz se apagó. Una puerta se abrió y un par de siluetas aparecieron a contraluz, para luego dejarse ver dando un paso al frente bajo una luz roja de guardia. Eran Fedallah y John el Largo.
—Os pisamos los talones, pequeños lobos —dijo con voz grave Fedallah.
—Es solo un juego. Por ahora… —remató John el Largo.
Y tal como aparecieron, se esfumaron en la oscuridad, dejando en el aire un cubo transparente de color verde que flotaba y en el que se leía: « Quedan setenta y cuatro días». Fogg los miró a todos desorientado.
—Esto va a ser más duro de lo que pensaba.