La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 5. El mapa del viaje
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5. El mapa del viaje

P assepartout temblaba como si una gran carga de electricidad recorriera todo su cuerpo.

Era incapaz de controlar sus brazos y sus piernas, que se movían como un muñeco sacudido por hilos invisibles.

Sus ojos brillaban como dos bolas de fuego que parecían querer salir de sus órbitas.

Pero segundos después, dejó de temblar y lo que ocurrió a continuación fue estremecedor.

Jean Passepartout comenzó poco a poco, literalmente, a envejecer.

—¡Dios mío, está envejeciendo! —gritó Mía.

—¡Haced algo! —suplicó Fogg mientras miraba a Telmo que, sin pensárselo dos veces, y llevado por su intuición, agarró las manos del francés y lo miró fijamente.

Entonces, algo increíble sucedió.

El mundo, de pronto, se detuvo.

El aire pareció congelarse en mitad de la respiración y la luz del sol se volvió gris, como si el tiempo hubiera dejado de respirar.

Los dedos de Passepartout, que antes comenzaban a arrugarse, cambiaron de color.

La piel se volvió de nuevo tersa, las arrugas de la cara fueron desapareciendo y el mundo retomó de nuevo su pulso.

Pero Telmo sintió que algo no iba bien. Algo frío comenzó a recorrer sus venas, algo eléctrico que lo atravesaba desde sus manos hasta cada poro de su piel.

Era como si todo aquello que estaba sintiendo quisiera habitar su cuerpo a la fuerza, como si el tiempo quisiera robarle minutos, días o años de su vida.

Sammy se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Cogió una mano de Telmo, con la otra agarró a Fogg y luego urgió a Carmina y a Mía.

—¡Agarraos todos y haced un círculo!

Una corriente eléctrica fue pasando de mano a mano, de cuerpo a cuerpo.

La piel de Passepartout, así como la de Telmo, recobraban poco a poco su tono y sus ojos volvieron a la normalidad, sobre todo los de Telmo.

Todo parecía equilibrarse. Cuando la corriente eléctrica cesó, cayeron al suelo los seis extenuados.

Los tres hermanos y Carmina se abrazaron con fuerza. Carmina miró a Telmo.

—¡Pensé que te íbamos a perder! —le dijo con los ojos brillantes.

Jean y Phileas se acercaron y se unieron a los abrazos.

—Me has salvado la vida, muchacho —le dijo el francés, emocionado, a Telmo; luego miró a Fogg, que asentía impresionado.

—Una persona se mide por sus actos, y no por sus palabras. Tú lo acabas de demostrar, Telmo. Sea quien sea el que quiere acabar con nosotros, te aseguro que lo tendrá muy difícil.

Mientras se abrazaban y felicitaban, Sammy se dio cuenta de algo muy curioso.

—¡Eh! ¿Os habéis fijado? ¡Mirad!

Sammy señaló el pelo de Telmo y el de Mía: ambos tenían un mechón de canas. Entonces comenzaron a señalarse los unos a los otros mientras hacían comentarios divertidos. No solo Mía y Telmo tenían mechones: ¡todos tenían uno!

Mía miró a Telmo y le agarró la mano.

—Esta será nuestra prueba irrefutable de que los seis luchamos contra el tiempo, ¡y vencimos!

El barco se desplazaba lentamente por el canal de Suez.

Los seis miraban a lo lejos el puerto como algo inalcanzable.

El mar era una paleta de reflejos y colores, mientras el sol caía sobre la cubierta como un gran manto dorado.

No habían dormido mucho, pero la inquietud seguía muy despierta en cada uno de ellos. El peligro se podía masticar.

—Creo que ha llegado el momento de que seamos sinceros. ¿Qué está pasando de verdad? —preguntó Fogg.

El mayor de los Lobo suspiró y se sentó.

—Todo lo que te contamos en el Big Ben es verdad. Vér tigo quiere acabar con nuestra estirpe, con nuestra familia.

Mía sacó su tableta y comenzó a teclear. Fogg y Passepartout se miraron asombrados. Sammy se dio cuenta de que el inglés y el francés miraban la tableta de Mía sorprendidos y se adelantó.

—Lo sé, os va a explotar la cabeza. Creo que os vais a tener que ir acostumbrando a estas cosas.

En los muelles de Suez, la vida era un hervidero incesante de gente. Las grúas mecánicas de vapor parecían enormes dinosaurios de metal. Convivían carretillas con camellos y marineros.

Aquello era el lugar perfecto para pasar desapercibido… o todo lo contrario: una enorme ratonera. Sammy, siempre inquieto, bajó rápido mientras observaba cada rincón. Carmina iba unos pasos detrás, alerta.

—Tengo la sensación de que todos nos miran —dijo Sammy.

—Esto no me huele nada bien —comentó Telmo.

Fogg sacó un mapa perfectamente doblado de uno de sus bolsillos y lo extendió sobre un barril que estaba junto a ellos. Era el mapa que había preparado para su vuelta al mundo, que seguramente se vería alterado por los últimos acontecimientos.

—Pues sí, señor, aquí estamos. En Suez, nada más y nada menos. Parece mentira que vayamos a viajar desde aquí hasta aquí.

Su dedo índice se movió por el mapa hasta señalar Lon dres. Los seis rodeaban el mapa bajo un sol sofocante. Cer ca de uno de los barcos había un hombre apoyado en un baúl, que llevaba un sombrero de paja.

—No os quiero asustar… —dijo Carmina—, pero el hom bre del sombrero de paja nos lleva mirando un buen rato.

—¡No os giréis! —ordenó Telmo—. Sigamos con nuestra conversación, como si nada…

Todos obedecieron mientras Fogg comenzaba a repasar las ciudades que visitarían si todo seguía su curso.

—Primero Bombay. Después iremos a Calcuta. —Su dedo índice siguió marcando la ruta—. Y desde allí en barco a Hong Kong.

Mía no pudo evitar un gesto de desagrado.

—Todo lo que he leído sobre navegar por el Pacífico me da miedo.

Passepartout se unió al comentario.

—Si te sirve de consuelo, ya somos dos. Ir de Hong Kong a Yokohama y luego cruzar el Pacífico hasta San Francisco me quita el sueño.

—Demasiado océano. Demasiado mar —comentó el pequeño de los Lobo—. ¡Y eso que a mí me apasiona!

Fogg miró el mapa y estuvieron callados unos segundos.

—Es cierto que todo lo que nos ha sucedido hasta ahora es… demasiado. Solo ver que, después de San Francisco, vendrán Chicago, Nueva York, Dublín, Liverpool y Londres, me parece casi imposible.

—Londres es el objetivo, pero me temo que esta carrera será partido a partido —dijo Telmo.

Todos entendieron que aún les quedaban muchos muros que escalar y muchas trampas que esquivar.

—El hombre del sombrero de paja se ha acercado unos metros —comentó en voz baja Carmina.

El hombre miraba hacia el mar, pero todo hacía pensar que su interés no estaba allí, precisamente.

Fogg decidió que todo lo relacionado con el mapa estaba hablado, así que lo dobló escrupulosamente y lo guardó en uno de sus bolsillos.

—Ahora tenemos que encontrar la manera de averiguar dónde está el barco que nos llevará hasta Bombay —comentó Telmo con disimulo.

Passepartout le habló al oído al mayor de los Lobo.

—No será complicado averiguar dónde está amarrado el Mongolia. Me han dicho que es un magnífico barco de vapor.

La brisa del mar se antojaba fría y pesada. Al fondo, amarrado y esperando a que subieran los pasajeros, les esperaba el Mongolia.

Mientras se dirigían a la escalerilla del barco, Carmina se fijó en alguien que le llamó la atención. Con un gesto disimulado, alertó a los suyos, que comprendieron al instante.

Fogg se dio cuenta y miró buscando el objeto que interesaba a Carmina.

Bajo la luz de un viejo farol, un hombre con una gabardi na y un sombrero mostraba fotos de Fogg y Passepartout.

Era el mismísimo inspector Fix.

—Dios mío, es el inspector Fix. Juraría que desapareció con nosotros en el tren a Dover.

Passepartout no daba crédito.

—Me temo que nos sigue a nosotros. Lo más seguro es que se haya pasado al bando de Vértigo —comentó Mía mientras caminaban hacia la escalerilla del Mongolia con decisión.

Fogg asintió preocupado.

Sammy se acercó a su hermano.

—No teníamos suficiente con Vértigo. Ahora este tío, también…

La sirena del barco rugió grave y prolongada. El Mongolia comenzó a moverse rumbo a Bombay. Hasta el momento habían sobrevivido a la primera cacería de Vértigo.

Por ahora.