La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 4. Ochenta días #2
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4. Ochenta días #2

—¡Por favor, no disparen, no disparen!

En eso, se escuchó una voz grave.

—¡Quietos, no disparéis!

La guardia real hizo un pasillo y apareció el sultán Ab dülaziz con la niña que había despertado a Sammy, que resul tó ser Nazime, una de las hijas del sultán.

Abdülaziz se acercó y miró a los seis con gesto serio.

—¿Quién os ha enviado aquí? ¿Huseyin? El ministro de Guerra no me soporta y estoy empezando a cansarme. ¿O ha sido Rustu Pasa, el ministro del Interior?

—No, señor —contestó Telmo todo lo tranquilo que pudo—. Solo estamos de paso.

—¿De paso? ¿Dentro de mi palacio?

Telmo fue a contestar, cuando Nazime se acercó a él.

—¿Por qué vestís así? —La niña tocó la camiseta de Telmo—. ¡Y ustedes visten de otra manera!

—Venimos de Santa Fe, una isla del Mediterráneo —se apresuró a contestar Carmina.

El sultán señaló a Fogg y a Passepartout.

—¿Y ustedes dos, por qué visten ropas distintas a las de estos chicos?

—¡Eso me gustaría saber a mí! —contestó el inglés.

El sultán fue a contestar cuando un zumbido penetrante recorrió el lugar. Todo se oscureció y un frío electrizante llenó la atmósfera.

Telmo miró a sus hermanos y a Carmina.

—Me temo que este no nos va a dejar en paz esta vez.

Fogg miró a Telmo confundido.

—¿A qué te refieres, muchacho? —preguntó gritando.

Entonces la voz de Vértigo resonó como si saliera del suelo.

—¡QUE LA HISTORIA SE REESCRIBA Y QUE MI IMAGINACIÓN OS DESTRUYA!

De la oscuridad del cielo aparecieron unas mantas voladoras.

Eran de un color blanco intenso, con manchas negras y de alas muy largas y delgadas.

Los ojos eran de un rojo vivo que parecían desprender fuego.

Volaban en formación, cruzándose de vez en cuando, provocando la confusión entre los miembros de la guardia real.

En un movimiento inesperado, cayeron en picado mientras soltaban bolas de fuego al pasar cerca del sultán, lo que provocó la huida de la guardia.

—¡Tenemos que refugiarnos en el palacio! —gritó Carmina.

Mía y Sammy agarraron del brazo a la princesa Nazime, mientras Telmo hacía lo mismo con el sultán, y corrieron todos hacia el interior, donde se lanzaron al suelo, y rodaron tras unos enormes muebles de madera.

En un movimiento inesperado, las mantas entraron en el palacio lanzando chipas eléctricas en todas direcciones.

—¿Qué pensáis: es un holograma o son reales? —preguntó Telmo a Carmina y sus hermanos. Passepartout y Fogg se miraron sin entender.

—¿Hologramas? ¿Qué es eso, de qué estás hablando? —preguntó el francés.

Sammy se apresuró a contestar.

—¡Solo hay una manera de averiguarlo! —Y a renglón seguido, cogió un cenicero dorado que tenía cerca y lo lanzó contra una de las mantas voladoras. El cenicero impactó con tal violencia contra una de ellas, que la desestabilizó y terminó chocando con una columna, cayó al suelo y se desintegró.

—¡Son tan reales como tú y como yo! —gritó Mía—. Y por lo que veo tienen algo de metal, como si fuesen máquinas hechizadas. Seguro que se alimentan de energía.

Telmo se acercó al sultán y a su hija mientras señalaba una puerta.

—Majestad, huya con su hija por esta puerta. —Luego señaló unas rejillas que estaban en una esquina—. ¿A dónde dan esas rejillas?

—¡A las cocinas de palacio! ¿Por qué? —preguntó intrigado.

—¡Luego se lo explico, ahora salga de aquí con su hija!

El sultán agarró a su hija Nazime y corrió hacia la puerta más cercana, mientras Telmo se acercaba a Carmina y sus hermanos, que seguían parapetados tras el gran mueble, y las mantas comenzaban a lanzar unas bombas de humo asfixiante.

—¡Creo que tenemos que usar las lámparas de gas! —gritó Telmo.

Sammy, Mía y Carmina comprendieron perfectamente lo que Telmo pretendía. Phileas Fogg y Jean Passepartout miraban a Carmina y a los hermanos hipnotizados por el grado de compenetración que tenían.

—¡No sé lo que van a hacer estos chicos, mi querido Passepartout, pero lo tienen muy claro! —comentó el inglés con los ojos muy abiertos.

Telmo cogió varios objetos de metal contundente que tenía alrededor y los repartió. Arrancó unos trozos de cortina, que ataron a las puntas de unos bastones que encontraron junto a un sofá. Luego encendieron las telas con el fuego de una lámpara de gas.

—¡Ahora! —gritó Telmo mientras se ponían de pie y lan zaban los objetos contra las lámparas de gas de cristal.

El gas que escapaba fue llenando el lugar de un olor desagradable.

Después, lanzaron con fuerza los bastones, que habían prendido con fuego previamente, contra las lámparas que aún desprendían gas.

En unos segundos, una enorme columna de fuego atravesó el gran salón del palacio, lo que provocó que las mantas se desorientaran y terminaran chocando entre sí o con las columnas del interior.

—¡Rápido, todos fuera!

Los seis corrieron hacia el exterior, pero, antes de cerrar la gran puerta del palacio, una bola negra lanzada por la única manta que volaba maltrecha impactó en Passepartout.

Tras cerrar la gran puerta quedaron todos a salvo menos el francés, que comenzó a temblar. Pero segundos después algo terrible sucedió. Algo muy difícil de explicar.