4. Ochenta días
—Según testigos, la descripción del ladrón no deja espacio para la duda: es Phileas Fogg.
El subordinado se dirige al inspector con educación.
—Es solo una suposición señor. No hay pruebas.
—¿Pruebas? —exclamó el inspector, molesto. Tras pasear por su despacho, volvió a preguntar a su subordinado, aún más nervioso—. ¿ Dónde está Fogg en estos momentos?
—Subiéndose a un tren camino a Dover. Me han dicho en el Reform Club que va a dar la vuelta al mundo. Parece ser que es una apuesta.
—¿Una apuesta? —gritó Fix—. ¿Pero no se da cuenta, pedazo de salmón? —Y dio un manotazo en la mesa—. ¡Está huyendo!
—Con todos mis respetos, señor: no tenemos pruebas — insistió educadamente el muchacho.
El inspector se acercó al ayudante y pegó su nariz a la del subordinado.
—¿Queréis pruebas? ¡Pues tendréis pruebas! Seguiré a Fogg hasta el fin del mundo, pero traeré las evidencias. ¡Na die se ríe de Fix!
Tren Londres-Dover
Un hombre de porte distinguido y tranquilo, junto a otro más pequeño que tenía una cabeza tan desarrollada que parecía no pertenecer a ese cuerpo, además de un acento francés y una vitalidad que lo convertía al momento en una persona agradable y simpática, caminaban por el pasillo del tren de Londres a Dover.
Eran Phileas Fogg y Jean Passepartout. Al llegar a la altura del revisor, se detuvieron.
—Querido amigo, tenemos reservado un compartimento en primera clase —comentó amablemente Fogg al hombre.
—Vamos a dar la vuelta al mundo, monsieur , en ochenta días —agregó algo presumido Passepartout.
El revisor les pidió que lo acompañaran. En ese momen to, por una de las puertas del fondo entró decidido el inspec tor Fix, quien disimuló y se sentó en uno de los asientos cercanos. Phileas y Jean seguían al revisor cuando de pronto todo se congeló.
Como si alguien hubiese parado el tiempo.
Todo permaneció igual, salvo Fogg, Passepartout y Fix, que se desintegraron en un abrir y cerrar de ojos.
Un rayo de luz, que anunciaba un nuevo día, se proyectaba a través del cristal de un enorme reloj.
El tictac insistente y pene trante de un mecanismo que se encontraba en la sala los despertó.
Telmo, Carmina, Sammy y Mía abrieron los ojos, como si despertaran de un largo sueño, pero, al mirar a su alrededor, supieron que el desafío de Vértigo no tenía marcha atrás.
Sammy se echó las manos a la cabeza y se puso de pie como pudo.
—¿Dónde estamos? ¿Qué ruido es este?
Telmo miró a su alrededor y luego se dirigió a sus hermanos.
—Me temo que estamos en Londres y esto es el Big Ben.
Los cuatro se miraron entre nerviosos y preocupados. Tras una de las puertas, escucharon unas voces que los aler ta ron. Cuando esta se abrió, entraron dos hombres enfrasca dos en una conversación. ¡Eran Fogg y Passepartout!
—¡Por aquí, señor Fogg!
Al entrar los hombres no pudieron evitar un gesto de sorpresa. Tras un momento de silencio algo incómodo, habló Telmo.
—Buenos días. Usted debe de ser Jean Passepartout. — Lue go se giró hacia el hombre más alto—. Y usted Phileas Fogg.
Los dos hombres se miraron, y el gesto de Fogg cambió en un segundo. Parecía enfadado. Era alto y su traje y sombrero de copa eran símbolo de su riqueza. Esa que ahora podía perder si no ganaba la apuesta.
—¡Qué demonios está pasando aquí y cómo saben nuestros nombres!
Hace un momento estábamos mi querido ayudante y yo en el tren a Dover y ahora, por obra de algo misterioso que no quiero ni saber, nos encontramos en el interior del Big Ben con dos chicos y dos chicas que visten de una manera extraña. ¿¡Qué broma es esta!?
—¿Tiene que ver con la apuesta del señor Fogg en el Reform Club? —apuntó Passepartout. Era más bajo y menos serio que su jefe. Su apariencia reflejaba su inocencia.
—¿Qué día es hoy? —preguntó Telmo, algo intranquilo.
—Hoy es 2 de octubre, muchacho —contestó Phileas.
—Y el año es 1872, supongo… —volvió a inquirir Lobo.
—¡Por supuesto! —contestó molesto Fogg—. ¿Qué cla se de pregunta absurda es esa?
Algo parecido a un fogonazo deslumbró a todos. Al abrir los ojos de nuevo, lo que antes era la enorme esfera del reloj del Big Ben se había convertido en una holografía de la cara de Vértigo.
—Aquí tenéis la respuesta a vuestra pregunta —respondió Mía.
—Con solo verle la cara, podéis imaginaros que algo bue no no va a ser —subrayó Carmina.
La enorme cara de Vértigo sonreía mientras los miraba desde lo alto.
—Hubiese preferido otra introducción algo más agradable, pero ya ve, señor Fogg. Permítame presentarme, soy Vértigo.
—La escoria del universo —continuó Sammy.
Telmo puso una mano sobre el hombro de su hermano, pidiéndole calma.
Vértigo asintió mientras continuaba sonriendo.
—Desecho, basura, ser despreciable… Para estos chicos soy la representación del mal.
Fogg dio un paso al frente y miró a Vértigo con cierta fascinación. Esa enorme cara que tenía frente a él no podía ser la de un mindundi.
—Si no es un desecho, ni escoria, ni un ser despreciable, ¿quién es usted?
Vértigo cerró los ojos un instante. Parecía cansado. Luego suspiró y volvió a mirar a Phileas Fogg con interés.
—Pues verás, mi querido Phileas, estos pobres chicos si guen pensando en estas cosas del bien y del mal. Como si solo esas dos cosas definieran el comportamiento del ser humano. El bien y el mal son solo ilusiones. Lo que verdaderamente existe en este mundo son los resultados.
Vértigo se miró las uñas y, tras unos segundos, continuó con su discurso.
—La traición es lo que ha convertido a esta sociedad en lo que hoy es: escoria. La traición solo se arregla reparando. Y yo soy el «reparador».
—¿De qué traición está hablando? ¡Yo no he traicionado a nadie!
Telmo interrumpió la conversación.
—Nosotros somos los traidores. Pero lo curioso, señor Fogg, es que Vértigo vendió al mejor postor información clasificada cuando estaba en la Marina.
Y lo peor es que este hombre que ahora nos habla, ha sido acusado de haber vivido toda su vida una gran mentira: creció en un orfanato y lo expulsaron por ladrón.
Años después fingió ser el hijo perdido de los condes de San Juan y, tras ganarse su confianza, provocó la muerte de los condes para quedarse con su título y su fortuna.
Jean Passepartout y Phileas Fogg miraban a Telmo boquiabiertos. Los dos volvieron a mirar a Vértigo y hablaron al mismo tiempo.
—¿Es eso verdad?
Vértigo no pudo evitar una pequeña carcajada.
—¿Qué es verdad y qué es mentira en esta vida? Ya lo he dicho: todo es una ilusión y el mago … soy yo.
Abrió una pequeña caja y sacó un caramelo.
—Me encantan los caramelos ácidos. ¿Sabéis por qué?
Por su contraste con el dulce. Todos esperan algo agradable cuando prueban un caramelo.
Mientras que, para cualquiera de vosotros, el caramelo dulce es algo placentero, para mí, lo amargo y ácido lo convierte en algo agradable y a la vez perturbador.
Passepartout hizo un gesto de desagrado.
—¡Este señor está enfermo!
Mía empezaba a impacientarse.
—¿Podrías dejar de hablar y decir qué quieres de nosotros?
—Es un actor fracasado, Mía. ¿No ves que le encanta escucharse? —respondió Sammy.
—¿Por qué no nos dejas en paz? —continuó Carmina.
Vértigo sonrió y, a continuación, miró a Telmo.
—¿No vas a decir nada?
Telmo miró al infame con firmeza.
—Te pido por favor que los dejes volver a casa. Yo participaré en lo que pidas.
Carmina, Mía y Sammy comenzaron a hablar al mismo tiempo y a negarse a la propuesta de Telmo. Hasta que Vér tigo cortó la conversación.
—Os voy a decir lo que va a pasar. Pero primero le explicaré al señor Fogg y a su ayudante Passepartout qué hacen aquí.
Vértigo terminó de masticar el caramelo ácido como si nada.
—Verá, señor Fogg, usted siempre me ha caído mal. Me parece un engreído y su ayudante, un tonto al cubo. A los dos les tenía ganas desde hace mucho tiempo.
—Pero ¡cómo se atreve! —contestó furioso Phileas Fogg.
—Dentro de unos segundos, vosotros seis vais a participar en una carrera. Si conseguís llegar a la meta, no ganaréis nada. Y si perdéis, vais a desear no haber nacido.
Un enorme reloj digital flotante apareció ante ellos: 80:00:00:00.
Vértigo continuó.
—Tendréis que estar de regreso el 21 de diciembre. Tenéis ochenta días para llegar a la meta, o para… escapar. ¡Como queráis!
Phileas Fogg se apoyó en una barandilla del mecanismo del reloj, con la tranquilidad que le caracterizaba.
—Todo esto supongo que es una broma.
—Desgraciadamente, no lo es, Phileas.
Fogg miró desafiante a Vértigo.
—¿Y cómo sé que esto no es una broma?
Vértigo entornó los ojos y sonrió. Su sonrisa ahora era perversa. Un fogonazo de luz inundó el lugar. Fue una fracción de segundo.
Al volver a la normalidad, todos habían desaparecido.
El sol despuntaba en el horizonte. Una niña se acercó a Sammy, que seguía inconsciente. Al ver que no se movía, lo zarandeó con energía. El menor de los hermanos Lobo se despertó de sopetón, y asust ó a la niña, que corrió despavorida, alejándose del lugar.
Sammy se levantó algo mareado. Poco a poco todos se fueron desperezando. Fogg se giró nervioso buscando a Jean Passepartout, su ayudante.
—¿Habéis visto a Jean?
Passepartout murmuró algo; era la señal que Fogg necesitaba para saber que estaba bien.
Carmina se acercó a Mía, Sammy y Telmo.
—Este lugar no me suena a la novela —dijo en voz baja— . En el libro todo arrancaba en Londres, y luego navegaban desde Dover hasta Suez.
—Y pasaban por Calais y Bríndisi —remató Sammy.
Mía, que no se separaba de su minimochila, sacó la tableta que llevaba dentro y utilizando el mapa Geo-Cronos que le habían instalado en Etérea, se situó.
—Estamos en el palacio Beylerbeyi.
Fogg escuchó el comentario de Mía.
—¿Beylerbeyi? ¿Estambul? ¿Me estás diciendo que estamos en Estambul?
Los miembros de la guardia real del sultán aparecieron de inmediato. Eran quince hombres que vestían unas chaquetas cortas de color azul oscuro, pantalones y sombreros (fez) rojos y en la faja azul, un sable curvo, que llamaban kilij . Portaban pistolas y rodearon a los seis.
Passepartout levantó los brazos.