3. Una experta a bordo
E l comisario Cartagena y su ayudante miraban sin pestañear las i mágenes de la grabación que Alon so había traído.
Su acusación se desmoronaba por completo.
Ahí estaban los tres hermanos sentados en la ventana de su casa, hablando con la holografía de un muñe co a la misma hora que se perpetraba el robo en el Banco C entral de la Bahía.
Cartagena se puso de pie, serio y descompuesto.
—Pero ¡cómo puede ser! Todos hemos visto que miran claramente a la cámara de seguridad y se regodean. ¡Hemos visto sus caras y estaban también en el banco!
El comisario miró serio a Alonso.
—Tenemos un problema grave.
—Mucho más que grave —apuntó Ariel Finidi.
—¡No empiece, Finidi! —reprendió el comisario a su ayudante mientras secaba su frente con un pañuelo.
—Se equivoca, comisario. Nosotros no tenemos un problema. El problema lo tienen ustedes.
Alonso Lobo se puso de pie, adquirió una postura teatral y se dirigió al comisario.
—«No vamos a ganar. Estamos tratando con alguien que tiene la paciencia y la planificación necesarias para hacer algo tan elaborado. Es más inteligente que nosotros» .
Cartagena y su ayudante miraron a Alonso confundidos. Este recobró la postura anterior y comenzó a guardar sus cosas.
—Mítica frase del personaje que interpreta Morgan Freeman en Se7en , la película.
Una vez guardado todo, se inclinó ante el comisario y se despidió.
—Que ustedes sigan investigando bien.
Y se marchó.
Wilma Lisner, la directora del Colegio Elcano, se paseaba en silencio por su despacho, mientras Telmo, Carmina, Mía y Sammy la observaban preocupados. Tras enseñar el vídeo a Román Cartagena y su ayudante, su acusación había perdido fuerza, pero seguían siendo sospechosos.
—Pero ¿cómo es posible que alguien os haya suplantado? ¿Por qué alguien querría hacer algo tan horrible contra vosotros?
Tras un silencio incómodo, Telmo habló.
—Un antiguo compañero de mi abuelo ha jurado hacernos la vida imposible. Ahora que él no está, nosotros somos su objetivo.
—Pero ¿quién es esa persona?
—No lo sabemos —respondió Mía sin pensarlo.
—Nunca lo hemos visto —añadió Sammy.
Wilma se giró hacia Carmina.
—¿Y por qué a ti también? —preguntó, mientras Carmina se movía en su silla.
—Todo lo que tenga que ver con la familia Lobo: familia res, amigos cercanos, cualquiera de su entorno, es un objeti vo para él. No podemos contarle más.
Wilma torció el gesto.
—Caramba, eso me convierte a mí en una víctima más de ese personaje.
Telmo se puso de pie.
—Señorita Lisner, queremos pedirle un favor. Sabemos que su hermana Selma es una especialista en Julio Verne.
—Especialista, no. ¡Creo que ella ES Julio Verne! —contestó con una mueca.
Mía se acercó a la directora. La admiraba mucho y ella también a Mía.
—Necesitamos que alguien nos dé una clase magistral sobre La vuelta al mundo en ochenta días .
—¿Sobre la novela? ¿Por qué? ¿Para qué? —preguntó Lisner.
Sammy dio un paso al frente.
—No lo pediríamos si nuestra vida no estuviera en peligro —comentó Sammy con aplomo.
Wilma Lisner se alarmó y negó con la cabeza varias veces.
—Pero ¿quién puede ser tan malvado como para querer haceros daño?
Un destello, de una insoportable luz blanca, inundó el despacho de Wilma Lisner. Los cuatro tuvieron que cerrar los ojos. Al volver a abrirlos, vieron que la señorita Lisner se había convertido en una estatua. No se movía.
Entonces apareció Vértigo. Su enorme cara, fría y desagradable, flotaba en el aire.
—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Qué ganas tenía de veros después de estas pequeñas vacaciones de verano! —comentó sonriendo falsamente.
Ninguno de los cuatro pudo evitar un gesto de asco al verlo de nuevo.
—De todas las caras desagradables que imaginaba que podría encontrarme, la tuya era la última de ellas —contestó Telmo con sarcasmo.
—Echaba de menos la mala educación de los Lobo. Será este carácter guerrero mío, que hace que me guste vuestra hostilidad.
Sammy soltó una enorme carcajada.
—Guerrero, dice. ¡Se cree hasta sus propias mentiras!
Vértigo cambió el gesto. Ahora lo miraba serio.
—Creo, pequeño Lobo, que olvidas muy pronto quién soy y el poder que tengo.
—Si de verdad tuvieras el poder que dices, dejarías de hablarnos desde un holograma —dijo Mía mirándolo fijamente.
—Da igual lo que digas, Mía, nunca se enfrentará a nosotros de igual a igual —se sumó Carmina.
Vértigo volvió a sonreír.
—¡Cómo me encanta el empeño que ponéis y lo bien que os defendéis los unos a los otros! —Dio dos palmadas y se frotó las manos—. Bueno, ¡qué! ¡No me habéis dicho nada del robo del banco! ¿No os ha parecido genial?
—Hemos desmontado todo tu plan. Supongo que ya lo sabes —contestó Telmo.
Vértigo arqueó las cejas.
—¡Ya! Ya me enteré. Solo era un pequeño aperitivo. Quería que supierais que estaba por aquí.
Hubo un largo silencio. Hasta que el infame volvió a hablar.
—Veo que no queréis hablar del regalito que os envié.
—Nos podemos imaginar tu propuesta, pero ya te decimos que no pensamos participar en tu juego. No vamos a dar la vuelta al mundo en ochenta días —contestó Telmo.
Vértigo soltó una pequeña carcajada, comió algo pareci do a unos frutos secos y luego le dio un sorbo a una bebida de un color extraño.
—Aquí el que decide si participas o no soy yo, muchacho. Soy yo quien decide. A partir de mañana comienza una carrera.
Vértigo acercó su cara a los cuatro. Entornó los ojos, que ahora parecían dos estiletes.
—Vais a entrar en la novela de Julio Verne y os daré ventaja.
Pero el argumento cambiará ligeramente. No será una carrera: será una persecución.
Fedallah y John el Largo están deseando que comience la historia, porque tienen carta blan ca.
¿Qué significa tener carta blanca? Que van a ir a por vosotros sin contemplaciones.
Los cuatro se miraron, intentando disimular su preocupación. Vértigo continuó con su discurso.
—En algunas regiones, el lobo teme al tigre. En otras, teme al oso. Pero en todas, teme al principal depredador de todos: el ser humano. Vosotros seréis el lobo temeroso. Yo seré el ser humano cuyo único deseo será cazar a su presa.
Sammy resopló y se dio la vuelta para salir del despacho de Wilma Lisner.
—No aguanto más a este tío, es insoportable.
Un resplandor molesto volvió a aparecer y en un abrir y cerrar de ojos Sammy comenzó a flotar en el aire. Vértigo hizo un gesto con su mano y Sammy comenzó a sentir que le faltaba el aire. Telmo, Mía y Carmina comenzaron a gritar.
—¡Para, paraaa! ¡No le hagas daño!
Telmo dio un paso al frente.
—¡Haremos lo que digas! ¡Participaremos en tu juego!
De repente, la luz desapareció y Sammy cayó al suelo ex hausto. Vértigo miró a Sammy, que no se arredró y le devolvió una mirada retadora.
—¡No soporto tu osadía, mocoso! ¡Estoy cansado de que me faltes al respeto! —dijo Vértigo masticando cada palabra. Pero Sammy volvió a ponerse de pie y se enfrentó a él, a pesar de que Carmina y Mía intentaron impedirlo.
—¡Mil veces me lo podrás hacer y mil veces me enfrentaré a ti de nuevo! —contestó el pequeño de los Lobo mientras se recuperaba.
Vértigo ahora cambió el gesto y una pequeña sonrisa de loco se le dibujó en la cara.
—Tengo que admitir que, o eres un imprudente, o eres muy valiente. Tarde o temprano lo averiguaré. —Vértigo volvió a beber la extraña bebida y luego los miró en silencio—. Como os he dicho, os daré ventaja. Pero esta vez no tendré piedad.
Luego sonrió falsamente y movió sus dedos en señal de despedida.
—¡Chao, chao, pequeños lobos!
Y su imagen desapareció, dejando en el aire una sensación repulsiva.
La casa de Selma Lisner era todo un espectáculo. La estética era de mediados del siglo XIX , con hierro y molduras de madera entremezcladas. En el tejado tenía una falsa escotilla de submarino con un periscopio, desde el que fisgoneaba a todo el que pasaba por delante.
Los cuatro entraron por el jardín y vieron que había esculturas de metal imitando naves futuristas, flechas con leyendas del tipo POR AQUÍ SE VA AL CENTRO DE LA TIERRA , y un invernadero repleto de plantas extrañas.
Cuando llamaron a la puerta, una escotilla se abrió y asomó la cabeza Selma.
—¡Adelante, mi tripulación! ¡Os estaba esperando! ¡Qué ilusión me hace saber que os gusta Julio Verne! ¡Pasad, pasad!
Selma era una mujer llena de vida. Decía que la vida había que vivirla plenamente, como si fuera una novela de Verne.
Siempre estaba tarareando, silbando o cantando una melodía.
Vestía unos pantalones de cuero marrón con tirantes, camisa de cuello victoriano y chaleco de cuadros con tres relojes de bolsillo.
En la frente, sujetas con una goma, llevaba unas gafas de maquinista de tren de principios de siglo.
El interior de la casa no se diferenciaba mucho del exterior.
Su despacho estaba inspirado en el interior del Nautilus , el submarino de la novela Veinte mil leguas de viaje submarino, lleno de mapas y antiguos instrumentos científicos.
La pantalla de su ordenador estaba dentro de lo que antes había sido un aparato marino.
Había lámparas con bombillas de Edison, fósiles de presuntos meteoritos y una réplica en miniatura del submarino en el centro del salón.
Tras los saludos, Selma trajo una bandeja con tazas de té y galletas, y Telmo le explicó lo que necesitaban.
—Pero ¡qué divertido! Si no he entendido mal, será como una especie de carrera emulando a Phileas Fogg y a Jean Passepartout.
—Bueno, no es exactamente una carrera, Selma —contestó Mía.
—Tampoco será divertido —añadió Carmina.
Selma frunció el ceño y los demás miraron a Carmina sorprendidos por el comentario. Telmo le dio una patada por debajo de la mesa.
—Pero ¡cómo no va a ser divertido! Hacer una carrera alrededor del mundo, emulando la historia de mi querido Julio Verne. ¡Sería el sueño de cualquier persona! —comentó Selma, confundida.
—¡Eeeh, quiero decir que sería más divertido hacerlo más adelante, porque ahora tenemos exámenes! —se apresuró a contestar Carmina.
—¿Pero qué necesitáis concretamente?
Los cuatro intentaron explicar, sin desvelar mucho, que querían información sobre la novela que pudiera ayudarles en momentos complicados, ya que el reto era «recrear la historia» en la vida real y sabían que algunos participantes «harían trampa».
—¿Me podéis dar más información? —preguntó Selma.
—¡No! —contestaron al unísono los cuatro.
Selma frunció el ceño.
—Mi instinto me dice que hay algo que no me queréis contar.
Los cuatro guardaron silencio mientras la miraban fijamente. Tras el momento incómodo, la hermana de Wilma cabeceó.
—Está bien, no insistiré. Sea lo que sea que me ocultáis, tened cuidado.
La mujer los invitó a sentarse en torno a una mesa de madera en cuyo centro se distinguía la firma del mismísimo Verne.
Una pantalla digital bajó del techo y, tras dos palmadas de Selma, la luz se apagó.
Dio una serie de órdenes al ordenador y comenzaron a aparecer imágenes relacionadas con la novela.
Les recordó que los personajes principales eran Phileas Fogg, Jean Passepartout (su fiel ayudante), el inspector Fix (que está convencido de que Fogg es un ladrón de bancos) y la princesa india Aouda, a quien Phileas Fogg rescata.
En la novela el viaje comienza en Londres y pasan por S uez (Egipto), Bombay y Calcuta (India), Hong Kong (China), Yokohama (Japón), San Francisco y Nueva York (Estados Unidos) y, finalmente, regresan a Londres.
—Fogg está obsesionado con el tiempo en la novela.
Selma se puso de pie e hizo un gesto con las manos, como queriendo que todo se detuviera.
—Un momento. ¿Quién va a hacer de Fogg? ¿Uno de vosotros?
—Puede que sí —contestó Mía con una media verdad.
—O puede que no —remataron al unísono Sammy, Carmina y Telmo—. No sabemos con qué nos vamos a encontrar.
Selma los miró entre seria y preocupada.
—Escuchadme bien. Soy una mujer curtida en mil batallas. Aquí hay algo que me estáis ocultando. No le tengo miedo a nada ni a nadie. Solo podré ayudaros si me dais información. Si no, no puedo hacer nada.
Telmo miró al techo y suspiró.
—No es una carrera, Selma. Es una persecución. Imagina una cacería en la que unos perros rabiosos persiguen a unas liebres. Pues bien, nosotros somos las liebres y el hombre más odioso del universo y sus ayudantes son los perros rabio sos.
Un sonido grave, seguido de un enorme crac , provocó una oscuridad total. Sintieron que el suelo se movía. Cuando la luz volvió, Telmo, Carmina, Mía y Sammy ya no estaban. En su lugar solo se oían unas campanadas lejanas, anunciando el inicio de una carrera.