La aventura contra el tiempo (Telmo Lobo 3) 2. Hoy comienza todo
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2. Hoy comienza todo

L as redes sociales ardían. Las portadas de los periódicos digitales no daban respiro. Los informativos de las radios y televisiones solo comentaban el insólito suceso: dos chicas y dos chicos de la isla de Santa Fe habían cometido uno de los robos más increíbles de la historia.

Telmo estaba de pie frente a la ventana de la cocina.

Periodistas venidos de todos los rincones del mundo querían más respuestas a tantas preguntas sin contestar.

Ezequiel Avellaneda, el alcalde, se sentía sobrepasado.

No había conseguido contener la oleada de curiosos que llenaban las calles de Bona Fide y ahora intentaba normalizar la vida de sus habitantes como podía.

—Tenemos que encontrar la manera de demostrar que no fuimos nosotros —comentó Telmo, enfadado y al borde de la impotencia.

—Llevo toda la noche dándole vueltas —dijo Mía mientras tecleaba en su portátil intentando encontrar alguna idea con la ayuda de la AGI (Inteligencia Artificial General) y Sammy se preparaba un sándwich de pastrami casero descomunal.

—Para poder pensar, necesito comer —comentó mientras le daba un bocado.

Alonso miró, a través de la ventana, a los periodistas que estaban apostados en su jardín y volvió a sentarse.

—Necesitamos ayuda legal, pero no podemos permitirnos pagar un buen abogado. Así que creo que voy a tomar las riendas del asunto.

Paula miró a su marido como si estuviera loco.

—Supongo que bromeas, ¿no?

—Hablo completamente en serio —contestó el padre de los Lobo.

Paula miró a sus hijos y después a Alonso, desconcertada.

—¡Pero si no eres abogado!

—¡Pero me encantan las películas de abogados! —contestó muy seguro de sí mismo Alonso—. ¡En eso no hay quien me gane!

¡Y tenía razón! Alonso amaba las series y películas sobre juicios y despachos de abogados.

Se sabía todas las películas sobre juicios y las tramas de memoria.

No solo eso, podía repetir como un loro los diálogos completos de muchas de ellas.

Nunca había ejercido como abogado, pero siempre había deseado llevar un caso.

—Cartagena, el jefe de la policía, nos ha dicho que los niños no pueden salir de casa hasta que el juez nos diga cuál es el siguiente paso. ¿No es así?

Todos asintieron. Entonces Alonso dio dos pasos y miró muy serio a todos y habló como si fuera un actor interpretando un personaje:

—«¿Y usted vio a los acusados salir con un saco lleno de latas de atún? No. ¿Los vio con un arma? No. ¿Los vio con sangre? No. ¿Entonces cómo sabe que eran ellos?».

Enseguida cambió el gesto y volvió a su tono normal.

—Joe Pesci en Mi primo Vinny , una película de 1992.

Telmo, Mía y Sammy se miraron sin poder evitar una sonrisa. Adoraban a su padre. De lo que no estaban del todo seguros era de si estaba lo suficientemente preparado para defenderlos en este caso.

—Tenemos que demostrarles que no fuimos nosotros, papá. Que estábamos durmiendo y que no salimos de casa —comentó Telmo decidido.

Alonso caminó por el comedor mientras pensaba.

—Vamos a ver… ¿Alguien hizo algo distinto esa noche?

Todos se miraron sin comprender.

—¿Estuvisteis todo el tiempo en vuestras habitaciones?

—Sí —contestó Mía de inmediato.

—Yo también —se sumó Telmo.

Todos miraron a Sammy, que se hizo el despistado, hasta que no pudo sostener más el silencio.

—Eh…, yo sí —dijo.

—¿Tú sí? —preguntó Paula, sorprendida—. ¿Qué quieres decir con «yo sí»?

Sammy miró a todos algo avergonzado.

—A las tres de la madrugada me desperté con mucha hambre y bajé a la cocina. Me hice un sándwich de atún, pimientos de piquillo y lechuga. Cogí también un refresco de naranja y una bolsa de patatas fritas y lo subí a mi habitación. El vaso y el plato están debajo de la cama.

Paula y Alonso miraron a Sammy asombrados.

—¿Dónde comiste el sándwich? —preguntó su padre.

Sammy miró entre preocupado y sorprendido a todos y, tras suspirar, confesó.

—Lo comí sentado en la ventana, con los pies hacia afuera. ¡Lo siento! Sé que nos habéis prohibido comer en la ventana porque es peligroso, pero no lo puedo evitar.

Alonso dio una palmada sonora que asustó a todos.

—¡Pues gracias a no haber obedecido a tus padres podrías tener la coartada!

—¡Pero qué dices! ¿La coartada? ¿Cómo? —preguntó Paula, que no entendía nada.

Alonso se puso de nuevo serio y los miró entornando los ojos.

— «No estaba en la lista, señoría. Pero estaba en la escena del crimen.

Y lo que vio, lo cambia todo» — dijo con firmeza.

Se quedó unos segundos con la vista perdida mientras los demás no sabían qué hacer ni qué decir.

Hasta que finalmente salió del trance—. Paul Newman en El veredicto . Gran película. La frase no es exacta.

Alonso acercó su cara a la de Mía, que no salía de su asombro al ver a su padre actuar así, y le habló en voz baja.

—Hay algo de mi cosecha, hija.

Alonso guiñó un ojo y subió las escaleras hacia la habitación de Sammy saltando los escalones de dos en dos mientras todos lo seguían. Al entrar en la habitación, se dirigió a la ventana y la abrió con decisión. Luego miró como un perro sabueso en todas direcciones.

—¡Allí, allí y allí! —gritó.

—¿Allí qué? —preguntó desconcertada Paula.

—¡Cámaras de seguridad! —contestó eufórico.

Mientras bajaban las escaleras con urgencia, Alonso continuó con su argumento.

—Nadie te vio en casa, pero quizá alguna de esas cámaras tenga algo grabado. ¡Vamos a casa de los Carpintero!

—¡Qué! —exclamó Paula algo desubicada.

Salieron por la parte de atrás para evitar a los periodistas y llamaron a la puerta que daba a la cocina de la casa de los Carpintero.

Telmo, Mía y Sammy se miraron preocupados, y Paula se dio cuenta.

Conocía muy bien a sus hijos y sabía que, tras esa mirada de complicidad, había algo más.

Algo importante ocultaba Sammy en su relato.

—¿Hay algo que debo saber que no sepa? —preguntó Paula con intención, mientras Alonso reaccionaba al comentario.

—No. Nada que debamos comentar —contestó Telmo mirando a sus hermanos.

— Niente en Poniente —se sumó Mía, enseñando los dientes con algo parecido a una sonrisa.

Sammy se sumó al gesto de su hermana.

—Nada en la ensalada, madre.

La puerta se abrió y apareció Chantelle, la hija de Dalia y Atanasio Carpintero. Al ver a los tres hermanos se quedó petrificada.

—¿Están tus padres? —preguntó Alonso.

Pero Chantelle seguía sin reaccionar. Unos segundos después apareció Dalia, quien, al verlos, salió corriendo mientras gritaba.

—¡Son ellos, están aquí! ¡Son ellos!

Todos se miraron y suspiraron.

—En el fondo, los entiendo. Con todo lo que han dicho de nosotros, creo que reaccionaría igual que ellas —comentó Telmo.

Por el fondo del pasillo apareció Atanasio. Llevaba puesta una camiseta con una leyenda impresa en letras grandes: M I NOMbrE ES B OND. J AMES B OND , y en la mano portaba una silla, como si fuera un domador de leones. Solo le faltaba el látigo.

—¿Qué quieren? —preguntó nervioso mientras se defendía con la silla.

—Queremos ver las imágenes de sus cámaras de seguridad —pidió Alonso—. Usted podría tener información sensible para el caso de «El Estado contra los hermanos Lobo».

—¿Información que podría ayudar a su defensa? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—¡Absolutamente! —contestó Alonso.

La respuesta de Atanasio Carpintero fue implacable.

—¡Ni en mis mejores sueños ayudaría a esos tres monstruos! —Y cerró la puerta de un portazo.

—¡Oiga! ¡Atanasio! ¡Oigaaa! —gritó impotente el padre de los Lobo.

Telmo, Mía y Sammy resoplaron con disimulo; algo que no pasó desapercibido para Paula. Pero Alonso no se arredró.

—¡Pasamos al plan B!

Salieron los cinco por la pequeña puerta trasera del jardín, sin que los vieran los periodistas, y se dirigieron a una de las casas cercanas que tenía cámara de seguridad.

Era la casa de la familia Mata. El abuelo de la familia, don Patricio, era un hombre muy querido en Bona Fide, porque su panadería era un referente no solo en la capital, sino en toda Santa Fe.

—¡Paula! ¡Alonso! ¿Qué os trae por aquí?

Estoy muy preocupado por todo lo que estoy leyendo en la prensa — miró a los tres hermanos y sonrió—.

Os conozco bien y sé que tiene que haber algo oscuro detrás.

Sé que vosotros no habéis sido. Lo que no entiendo son las imágenes que han sacado en los informativos en las que se ve muy claro que sois vosotros.

—Eso es lo que queremos demostrar, que no han sido ellos —contestó Alonso con decisión—. ¡Necesitamos ver las imágenes grabadas anoche por su cámara de seguridad!

Don Patricio les hizo pasar y fueron directamente al módulo que grababa las imágenes.

Sacó un teclado y entró en el disco duro que guardaba lo que la cámara había registrado las últimas veinticuatro horas.

Fue buscando mientras rebobinaba, hasta que, en torno a las tres de la madrugada, vieron cómo se abría la ventana de la habitación de Sammy y este pulsaba algo en su antebrazo.

Pasados unos segundos, un holograma aparecía frente a él.

Poco después aparecían Mía y Telmo. Estuvieron los tres hablando con el holograma unos veinte minutos.

Luego el holograma desapareció, cerraron la ventana y la luz se apagó.

Paula y Alonso comprendieron que habían estado ha blando con su abuelo, el capitán Bebo, y no les habían dicho nada. Los tres hermanos miraron a sus padres avergonzados.

—¡Sabía que no habíais podido ser vosotros los del robo al Banco Central de la Bahía! Pero ¿qué era ese holograma? ¿Con quién hablabais? —preguntó Patricio.

—Es… —Telmo intentaba encontrar una respuesta fácil y rápida.

—Es un juego nuevo que nos han regalado. Aún no ha llegado a Europa —contestó Mía, resolutiva.

Alonso miró serio a sus hijos, pero después volvió con Patricio.

—Lo importante es que tenemos unas imágenes que os dan la razón. Vosotros no habéis sido. Eso es lo que ahora nos importa y es lo que tenemos que hacer llegar a las autoridades y a los medios de comunicación.

Todos asintieron, mientras Patricio hacía una copia del momento en un pequeño disco duro y se lo entregaba a Alonso.

—Lo que vais a tener que explicar bien es lo del holograma. Ya podéis empezar a pensar qué vais a decir, porque yo no me lo trago.

—Pues yo sí me lo trago —dijo con firmeza don Patricio, mientras los tres hermanos asentían.

—Puedes pensar lo que quieras, papá, pero eso es así — respondió serio Sammy.

Alonso miró a Sammy y se acercó a él. Luego adoptó una postura de actor exagerada.

—«Me gustaría pensar que lo que dices es cierto. En serio. Pero no soy tu amigo, soy tu abogado. Y mi trabajo no es creer. Es probar».

Todos cruzaron miradas y luego esperaron el remate.

—Es lo que dice Martin Vail, el personaje que interpreta Richard Gere, en La raíz del miedo , una película de 1996. Bueno, no dice exactamente eso, pero lo piensa. Ya me diréis de qué va todo esto del holograma.

Cuando volvieron a casa, fueron directos a la cocina; era el lugar de las reuniones en la casa de los Lobo. Fueron a sentarse cuando llamaron a la puerta.

—Yo abro —dijo Alonso, y se levantó como un cohete. Al abrir, se encontró a Carmina, que entró con cara de preocupación en la cocina.

—Han dejado esta nota en el buzón de casa.

Abrieron el sobre y pudieron leer, escrito a mano, lo siguiente: HOY COMIENZA TODO.

Telmo miró a Carmina. Sabía que era un mensaje de Vértigo.

Fue a hablar, cuando se oyó un impacto fuerte.

Al asomarse, vieron que una de las ventanas del salón se había hecho añicos y en el suelo reposaba algo envuelto en papel de estraza.

Parecía un libro. Lo abrieron y descubrieron un ejemplar original de una novela única: La vuelta al mundo en ochenta días , de Julio Verne.

Los tres hermanos y sus padres se miraron entre cómplices y preocupados, porque sabían que un nuevo capítulo de esa novela acababa de comenzar.