11
ARTHUR
La penetro profunda y duramente, tan hondo que veo a su Dragón rugir en sus ojos, tan fuerte que oigo su corazón a punto de estallar mientras la hago mía.
Con cada embestida siento nuestra unión consumada en una nueva explosión de llama blanca y ardiente que destroza mi mundo, rompe mi cuerpo, abrasa mi alma.
Grita como la Dragona que es, retorciéndose y aullando mientras embisto mis caderas contra ella, arremetiendo contra su monte con una fuerza que destrozaría a cualquier otra mujer.
Pero ella no es cualquier mujer.
Es una Mujer-Dragón.
Mi Mujer-Dragón.
Se corre tan fuerte que siento su néctar chorrear por toda mi polla, cubriéndome hasta que gotea por mis testículos.
Aun así sigo adelante; mi segundo clímax se va formando en la distancia como una avalancha que retumba en la cima de una montaña, lista para precipitarse cuesta abajo con poder imparable.
Agarro los pechos de Addie y los aprieto tan fuerte que grita.
Luego le pellizco los pezones hasta dejarlos en carne viva, y le doy palmadas en las tetas antes de deslizarle tres dedos en la boca.
Se corre de nuevo mientras me arqueo dentro de ella, curvando mi polla hacia arriba para alcanzar ese pequeño punto fibroso que es solo mío.
Seguimos durante lo que parecen horas, y con cada embestida la siento más fuerte, siento a su Dragón elevarse, comprendo cómo está creciendo hasta el punto en que verdaderamente igualará mi poder, equilibrará mi poder, y si es necesario, impedirá que mi poder se descontrole.
—Te amo, Addie —le susurro justo cuando empujo de nuevo y me detengo, con mis testículos golpeando contra ella y contrayéndose de la manera más magnífica, como una preparación a cámara lenta para una explosión que dividirá todo el tiempo en antes y después, pasado y presente, un solo momento y para siempre.
—Para siempre —digo justo cuando mi clímax estalla como un semental que sale disparado de la puerta, lanzándose por la pista con poder y velocidad. Me corro una y otra vez, con furia violenta, torrentes de mi semen llenándola hasta que se desborda como un lago en el monzón.
Se corre debajo de mí, con el cuerpo estremeciéndose mientras sus gritos abrasan el aire.
Empujo de nuevo, haciendo emerger a la mujer-dragón que hay en ella mientras nos corremos durante lo que parece una eternidad, mis testículos vaciándose en ella mientras la reclamo por completo, reclamo a mi compañera y mi destino, mi destino y mi para siempre.
Mi para siempre.
Luego, con un gemido que lleva consigo una paz gestada durante siglos, la atraigo hacia mí, la acuno contra mi pecho, y prometo amarla y protegerla hasta que mis huesos se conviertan en ceniza, hasta que el sol se consuma y desaparezca del cielo.
—Te amo, Addie —digo de nuevo, notando que el dragón en sus ojos es más grande, casi completamente formado, como si estuviera listo para salir, listo para emerger, listo para... ¿volar?
Se acurruca en mi amplio pecho. La levanto en brazos y camino hacia el balcón abierto con vistas al Mar Muerto, que hoy se ve inusualmente brillante, como si algo hubiera cambiado.
—Yo también te amo, Arthur —susurra—. Y creo que ahora soy tuya.
—¿Crees? ¿No te dije que dejaras de pensar? —digo con una sonrisa, besándola en la frente y caminando hasta el borde del balcón. Me asomo por el borde y miro las rocas dentadas que convierten esta pequeña isla en una fortaleza natural—. Mira. Así es como se hace.
Y antes de que pueda agarrarse bien a mi cuello o mis brazos, sonrío y la lanzo desde el balcón como una pluma al viento.
Grita, pero en un destello cegador de rojo brillante y púrpura vibrante, ¡dos alas resplandecientes brotan de su espalda tersa!
Las alas de su Dragón.
Las alas de su destino.
Y con un chillido de puro deleite que enciende mi corazón en llamas, su Dragón la eleva y la aleja...
Lejos, pero siempre volviendo a mí.
Volviendo siempre a mí.