La asistente voluptuosa del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 1) 12
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NUEVE MESES DESPUÉS

ADDIE

—Parece que ha pasado una eternidad desde que pude Cambiar —refunfuño mientras me sostengo el enorme vientre de embarazada y me dejo caer sobre la hierba para extender la manta de picnic.

¿De quién fue la estúpida idea de cruzar el océano volando para hacer un picnic estando embarazada de nueve meses de un par de bebés dragón?

Mía, por supuesto. Porque necesitaba largarme de esa maldita isla rocosa en medio del Mar Muerto y sentir algo de hierba bajo los pies—.

Me tiene harta. ¡Quiero volver a volar, Arthur!

¡Sentir el viento en mis alas! ¡El sol en mis escamas!

Quiero oler Fuego de Dragón y Humo de Dragón en el aire como en una barbacoa.

—Bueno, lo único que tenemos es Fénix hervido —dice Arthur, dejando caer la cesta de picnic junto a mí. Se queda de pie en el borde de la manta a cuadros que no sé cómo he conseguido extender para nuestro picnic perfecto.

Pero picnic patético aparte, los últimos nueve meses han sido perfectos. Nos casamos en primavera, y aunque fue una boda muy pequeña e íntima (ya que Arthur no tiene a nadie salvo a su hermano Brogan, y a mí ni siquiera me dejaron invitar a Bonnie...), fue perfecta. Simplemente perfecta.

—Perfecto —digo con una sonrisa mientras nuestros bebés me dan patadas por dentro—. Me encanta la sopa de Fénix. ¿Cómo lo sabías?

Arthur sonríe, pero está fingiendo. Está inquieto. Estoy tan cerca de dar a luz que sus instintos protectores se han descontrolado por completo. No me pierde de vista. Ni siquiera me deja bañarme sola, de lo jodidamente obsesionado que está con mi seguridad.

—¿Y si te resbalas en la ducha? —me había dicho malhumorado.

—No tienes duchas en tu castillo —le había recordado—. Solo esas bañeras enormes en las que podría hacer largos. Aunque lo de ahogarme sí que es un riesgo real.

Craso error, porque después de meterle en la cabeza el miedo a que me ahogara en un baño de burbujas, Arthur fue a todos los baños y los modificó para que las enormes bañeras solo pudieran llenarse con un par de centímetros de agua.

Al final me harté, y aunque tenía sentido esperar a dar a luz, ¡simplemente necesitaba tierra firme y un poco de maldita hierba! Por no hablar de un viaje a América. Al culo del mundo, por supuesto, ya que tenemos que pasar desapercibidos, pero aun así mi hogar.

Y lo primero que se me pasó por mi mente enloquecida por las hormonas fue: ¡Picnic!

—¿Vas a sentarte? Me pones nerviosa ahí plantado como un guardaespaldas —le digo mirándolo—. Venga. Estamos en un prado verde. Hace sol. Tomémonos un momento para relajarnos, Arthur. Baja la guardia. A ver qué se siente al soltar el control.

Gira la cabeza hacia mí y me fulmina con la mirada.

—Este no es momento de ver qué se siente al soltar el control, Addie. Sales de cuentas en cualquier momento. De hecho, en cualquier instante. Ya deberíamos estar en un hospital. Deberíamos habernos instalado allí hace una semana por si acaso.

—Ya te lo dije, creo que puedo tener al bebé yo sola, quizá incluso sin tu ayuda.

Me siento con fuerzas de sobra, Arthur. Antiguamente las mujeres daban a luz en casa constantemente.

Los animales paren a sus crías como si tal cosa —me doy palmaditas en las caderas y sonrío—.

Nací con estas caderas por algo, ¿sabes?

Por fin consigo una sonrisa genuina de mi temible protector, que sé que no desearía otra cosa que Cambiar a su Dragón y patrullar los cielos sobre su pareja y sus crías por nacer, para poder escudriñar el horizonte kilómetros a la redonda. En busca de qué, no tengo ni idea.

—En serio, ¿qué crees que me va a pasar para que estés tan tenso y protector? —digo—. O sea, ¿tenemos enemigos que yo no conozca o algo así?

—No —dice Arthur con estoicismo—. Destruimos a nuestros enemigos hace siglos.

—Genial —digo con indiferencia—. ¿Enemigos destruidos? Listo. Hecho. Buen trabajo.

Me fulmina con la mirada de nuevo.

—¿Te estás burlando de mí?

Resoplo.

—Lo haría, pero ni te enterarías.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Déjalo —digo—. ¿Sabes qué? Este picnic ha sido una idea estúpida.

—De acuerdo —dice Arthur—. ¿Podemos volver volando al castillo ya?

—Creo que iré andando —digo con firmeza, sin saber muy bien por qué me he puesto borde de repente.

—Ni hablar. Apártate mientras Cambio.

—Ojalá pudiera Cambiar a mi Dragón —refunfuño, intentando levantarme despacio pero haciendo una mueca cuando siento que los bebés se mueven dentro de mí de forma inquietantemente deliberada—. En serio, ¿qué tiene de malo?

—Somete a tu cuerpo a demasiada tensión —dice Arthur—. Tu Dragón no saldrá aunque se lo ordenes. Normalmente obedecería tus órdenes, pero sabe que su descendencia tiene prioridad sobre todo lo demás.

Suspiro y me dejo caer de nuevo con un gemido por esa sensación extraña, como si algo fuera mal. O como si algo estuviera a punto de pasar.

—Así que por eso llevas nueve meses en guardia día y noche —digo—. Crees que, como no puedo Cambiar a mi Dragón estando embarazada, no podré protegerme si pasa algo.

—Exacto. ¿Podemos irnos ya? No me gusta este sitio. Está demasiado expuesto.

—¡Vale! —digo, intentando ponerme de pie otra vez, pero no puedo. Frunzo el ceño sorprendida y luego decido que quizá solo sea un calambre. Sé que salgo de cuentas, pero estaba convencidísima de que conocía mi cuerpo y de que aún quedaba al menos una semana.

—¿Qué pasa? —dice, mirándome por fin a mí y no a algún enemigo imaginario listo para abalanzarse sobre su esposa y devorar a sus crías directamente del puñetero vientre.

—Se me ha dormido el pie —digo, sin saber muy bien por qué miento—. Dame un minuto.

Gruñe y sigue con su vigilancia, el rostro sombrío como un centinela en las puertas.

—El destino siempre guarda una última sorpresa, Addie —dice en voz baja—. Solo para asegurarse de que estés verdaderamente preparada para lo que viene, verdaderamente digna de tu destino.

—Estás loco —digo con otra mueca de dolor. Ahora sé que estoy cerca, pero creo que hay tiempo suficiente para llegar a casa. Eso sí, ni de broma voy a ir andando.

—¡Allí! —grita Arthur de repente, señalando hacia algún movimiento a lo lejos.

No alcanzo a ver qué ha visto, pero ya es demasiado tarde: en un destello negro y dorado, su Dragón emerge de él como una explosión y sale disparado hacia su objetivo con un rugido, que probablemente sea algún pobre conejo o ciervo que ya ha puesto pies en polvorosa.

—Madre mía, Arthur, ¿estás loco? ¡Para! ¡Alguien te verá volando tan cerca del suelo! ¡Es solo un pobre animal! ¡Déjalo en paz, Arthur! ¡Escúchame y ven...!

Pero de repente rompo aguas, un torrente que me empapa las piernas, ¡y jadeo impactada al darme cuenta de que estoy a punto de dar a luz!

El pánico empieza a apoderarse de mí, pero respiro hondo y rápido para controlarme. Puedo hacerlo. Siempre me preparé para esto. Estaré bien. Los bebés estarán bien.

Otra respiración profunda, me apoyo sobre las manos, separo las piernas y empujo tal como llevo nueve meses preparándome.

Empujo de nuevo, y otra vez más.

Me detengo.

Ladeo la cabeza.

Frunzo el ceño.

Y casi me desmayo cuando oigo los chillidos saludables de tres (¡tres!) recién nacidos con los ojos de su padre y el pelo de su mamá.

El instinto toma el control mientras acuno a mis bebés en brazos. Les doy un beso a cada uno, pero ya me están arañando los pechos, así que me río y me abro la blusa para que puedan mamar.

—Vale, sois tres y solo hay dos de estos —les digo a mis pequeños dragones hambrientos mientras todos intentan agarrar el mismo pezón—. Tendréis que compartir.

Entonces oigo una risita.

Y percibo movimiento.

Y huelo a hombre.

Hombre sin lavar, sucio, enfermizo.

No mi hombre.

—Joder, a nosotros también nos gustaría compartir un poco de esa crema, Mamá Osa —dice la voz, y me cierro la blusa y abrazo a mis recién nacidos mientras recuerdo lo que Arthur acaba de decir sobre cómo el destino siempre lanza un último giro, una última prueba, una última oportunidad de quizás enviar las cosas por un camino totalmente diferente, un camino más oscuro.

Me giro hacia las voces, y veo que son tres tipos de mediana edad con barrigas cerveceras y barbas, botellas en las manos, rifles colgados de los hombros. No les tengo miedo. No le tengo miedo a nadie.

—Hola, chicos —digo con calma pero con firmeza. Ignoro el comentario asqueroso y cómo me miran el escote.

—Oh, no se tape por nosotros, señora —se queja el segundo tipo, tragándose su cerveza y limpiándose la boca—. Esos bebés tienen que comer.

—No se come leche. Se bebe, imbécil —añade el tercer idiota.

—Bueno, yo tengo algo de sed —dice el primer tipo de nuevo, dando otro paso hacia mí.

Su último maldito paso.

Arthur fríe al hombre donde está, disparando una ráfaga de Fuego de Dragón perfectamente apuntada, de precisión absoluta, tan incandescente que resulta invisible bajo la luz del sol.

El hombre se convierte en ceniza antes siquiera de caer, y sus restos simplemente se desintegran como si nunca hubiera existido.

Los otros dos hombres se quedan como zombis durante un largo momento, boquiabiertos y boqueando como peces fuera del agua. Entonces salen corriendo, moviéndose más rápido que aquel conejo que distrajo a mi nervioso compañero protector.

Dos ráfagas más de llama incandescente, y los que huían ahora flotan: su polvo suspendido en el aire hasta convertirse en simple vapor.

Observo con horror mudo mientras el Dragón de Arthur da vueltas sobre mí, casi arrastrándonos a mí y a los niños con el viento de sus enormes alas negras y doradas. Es hermoso en esta forma, y puedo sentir lo abrumado que está al ver a sus recién nacidos a la luz del día, bajo el calor del sol.

Es un momento de una belleza sobrecogedora...

Hermoso aunque sé que mi marido acaba de matar a tres hombres.

Y mientras un escalofrío me recorre, miro a los ojos verdes ardientes del Dragón de mi marido y veo que todavía está consumido por la rabia, por esa necesidad de destruir propia del Dragón.

Ver una amenaza contra su compañera y su descendencia es lo más grave que puede existir para un Dragón Alfa, y solo ahora me doy cuenta de que la aparición fortuita de unos idiotas borrachos no fue el giro final que el destino nos lanzó:

Esto es el giro final.

Esto es lo que preocupaba a Arthur cuando decidió que necesitaba Convertirme, darme un Dragón, asegurarse de que yo fuera un ser lo suficientemente poderoso como para estar a su altura, para incluso superarlo en poder si llegaba el momento.

Porque este pequeño incidente ha desatado la rabia de su Dragón.

Ha hecho que la bestia que habita en mi marido entre en una espiral de destrucción.

Lentamente me pongo de pie, asombrada del poder y la compostura que ser un Dragón me ha dado. Sostengo a mis bebés contra el pecho, sabiendo instintivamente que están más seguros conmigo, que mi Dragón moriría antes de hacer daño a su propia descendencia.

—Tú, sin embargo, querido esposo —murmuro mientras respiro hondo y siento a mi Dragón emerger a mi orden silenciosa—. Puede que salgas un poquito malparado.