La asistente voluptuosa del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 1) 9
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ARTHUR

—Esta vez no me contendré —gruño, apartándome de un beso salvaje apenas lo justo para tomar aire antes de devorar esos dulces labios de nuevo—. Ahora que la Sangre de Dragón fluye por tus delicadas venas, podrás soportar mi poder.

—Tu poder, sí. Estas proclamas grandilocuentes sobre tu hombría... no sé yo.

Tengo su pecho izquierdo casi entero en mi bocaza cuando escucho su comentario, y muerdo suavemente el pezón lo justo para recordarle que soy una bestia de dientes y garras.

—Ay —susurra, lamiéndose los labios y arqueando ese cuerpo grande y hermoso hacia atrás sobre la isla de la cocina.

La bata está abierta por delante, y la visión de su triángulo perfecto justo en el centro, su hendidura roja y brillante que asoma entre los rizos oscuros...

joder, es demasiado. Simplemente demasiado.

—Necesito saborearte más —gimo, y le doy un último mordisco al pezón antes de deslizar la lengua por su vientre tembloroso.

Coloco ambas manos en sus caderas y beso ese vientre redondo y saludable, y jadeo cuando me asalta una visión de Addie grande y embarazada con nuestro primogénito, hinchada como el sol, brillando como la luna—. Luego pondré un hijo aquí.

—Parece que hoy estás metiendo muchas cosas dentro de mí —murmura, retorciéndose mientras le sujeto las caderas con firmeza e inhalo el aroma almizclado de su sexo—. Dragones. Bebés. ¿Soy solo una cámara acorazada para que guardes tu tesoro?

—Tú eres mi tesoro —digo con una sonrisa, inclinándome para soplar suavemente aire cálido entre sus delicados rizos hasta que el clítoris se endurece y comienza a vibrar como las alas de un colibrí.

Addie jadea, y yo jadeo y gimo al ver una gota espesa de su néctar asomar en lo alto de su coño y rodar lentamente por la hendidura, cubriéndola a la perfección hasta que ese coño brilla como nada en la tierra.

La beso justo encima del monte, haciéndola jadear de nuevo.

Estoy calentándome hasta el punto de erupción, pero quiero que esto se acumule hasta un clímax que reviente los tímpanos de esos ángeles en el cielo, despierte a esos bastardos perezosos en el infierno, provoque una estampida de cojones entre los malditos unicornios del Bosque Encantado.

Porque los Dragones han vuelto a la vida.

Hay un nuevo Rey en la ciudad, nena.

—¿Cómo es que la mitad del tiempo hablas como un aristócrata del siglo catorce y otras veces suenas como un tío de la fraternidad Sigma Nu en la Universidad de Tennessee? —dice, levantando la cabeza y mirándome mientras le cubro el vientre con mi saliva aristocrática.

—Sí que crecí como un aristócrata del siglo catorce, de hecho —murmuro mientras el aroma de su sexo me arrastra la boca hacia el sur del ecuador—. Pero luego pasé los últimos cincuenta años viendo mucha televisión antes de volver a mi arte. Después, lo único que hice fue pintar. Y esperar.

—Me he fijado en que hay un montón de lienzos enrollados por todo el castillo. Las paredes están vacías, eso sí. ¿Por qué no enmarcar algunos y decorar estas paredes de piedra tan lúgubres, Arthur?

—No habrá redecoración —gruño contra su monte, clavándole los dedos en los suaves costados—. No me hagas enfadar, Addie. Este no es el momento. Una vez que desate lo que viene, la embestida será...

—Pues mira, sí que va a haber una reorganización de toda la mierda que hay por este castillo de solterón —dice—. No porque sea tu compañera. Sino porque todavía tengo que hacer el trabajo por el que me pagaron: organizar tus cosas.

Levanto la vista y arqueo las cejas.

—Sabes que todo eso fue inventado, ¿verdad? No hay nada que organizar.

Pero ella continúa, provocándome de una forma extraña que me hace preguntarme por la personalidad de la dragona que está creciendo dentro de ella.

Al fin y al cabo, el animal de un Metamorfo tiñe el carácter del humano.

Por supuesto, será algo acorde con su personalidad esencial, solo que exagerado y amplificado.

Entonces, ¿qué faceta de Addie estoy viendo aquí?, me pregunto con una sonrisa expectante mientras le acaricio los muslos y la dejo seguir, dejo que la energía de su Dragón se manifieste poco a poco como necesite.

—Voy a reorganizar esta habitación, y esa habitación, y el torreón que da al este, y el patio trasero, y...

Desciendo lentamente sobre ella y empiezo a besarle el monte mientras parlotea. Estoy perdido en el momento, en la pura perfección de escucharla hablar mientras disfruto de su sabor, su olor, la sensación de sus curvas, el sonido de su corazón.

—Tú también necesitas controlarlo todo, ¿verdad, Addie? —digo justo cuando se calla porque mi lengua toma el mando con las palabras que voy deletreando en su hendidura—. Más sutil que la mía. Redirigida, casi. Como si fueras muy consciente de ello. Quizás incluso te asusta.

—¿Ahora me lees la personalidad desde ahí abajo? —dice con voz amortiguada. Levanto la vista y veo que se muerde la lengua, como si intentara contenerse para no correrse en mi cara—. ¿Qué más te está diciendo mi coño?

Resoplo y luego le abro suavemente el coño con las yemas de los dedos, haciéndola jadear, gemir y después calmarse en un estremecimiento que ondula por su carne como una serpiente deslizándose justo bajo la superficie de un estanque.

En mi imaginación veo el latigazo de una cola de dragón aparecer y desaparecer en su vientre liso, y sé que su animal está cobrando vida.

Lo que está pasando aquí está acelerando la Transformación.

Presiono la oreja contra su sexo y luego la miro.

—Me está diciendo que es hora de que dejes de hablar, de pensar, de todo. Me está diciendo que ha llegado el momento, Addie. ¿De acuerdo?

Parpadea y abre la boca para decir algo. Luego me mira y asiente, y veo un destello de miedo en sus ojos. No es duda, es miedo.

—No te haré daño —susurro, apartándome y sentándome sobre los talones—. No puedo hacerte daño, Addie. Dejando a un lado toda mi palabrería, no perderé el control. No te daré más de lo que puedas aguantar.

Sus ojos bajan hacia el bulto descomunal en los pantalones de seda, pero este ya no es momento para bromas.

Lentamente me incorporo hasta quedar de rodillas.

Desato el cordón de los pantalones y dejo que la seda suave caiga más allá de las nalgas musculosas.

La polla salta fuera, rociando una línea fina de líquido preseminal por todo el centro de su cuerpo, desde lo alto de su triángulo hasta el hoyuelo de la barbilla.

—Lo siento —digo encogiéndome de hombros mientras mi polla palpita como si quisiera arrastrarme hacia ella—. A veces la naturaleza es una bestia.

Sonríe, pero veo la excitación en sus ojos, cómo su Dragón se retuerce y se agita en sus iris. Ya sabe que soy su pareja y está enloqueciendo.

—Ven aquí —dice. Clava la mirada en mi glande reluciente y luego alza la vista hacia mí, con un ligero rubor en sus mejillas redondas—. Aquí arriba.

Parpadeo y trago saliva, devorándola con la mirada antes de recordar la impresión que tuve de ella: tiene una necesidad sutil de controlar las cosas, igual que yo.

En parte por eso se enfureció tanto cuando la Convertí sin preguntar.

Si le hubiera preguntado, bien podría haber dicho que sí.

Pero no preguntar le quitó el control, y eso la volvió jodidamente loca.

¿Así que quieres algo de control? De acuerdo, pienso mientras me coloco a horcajadas sobre sus caderas y arrastro mi polla por el rastro de líquido preseminal que marca su cuerpo.

Le cubro el ombligo, los pezones, el pecho, la barbilla.

Luego apoyo mi polla contra sus labios, y con un suspiro tembloroso se abre para mí.