La asistente voluptuosa del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 1) 8
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ADDIE

Y lo descubro muy pronto.

Demasiado pronto, de hecho.

Y mucho más de lo que jamás quise saber.

—Entonces, ¿ahora soy un... un dragón? —digo, con los brazos extendidos y los dedos curvados como garras de pájaro—. ¡Mierda, me rompí una uña en tu cara cuando te di el puñetazo! Vas a pagarme la manicura, tío.

—Las manicuras son tirar el dinero. Cuando estemos casados no habrá presupuesto para vanidades.

Vivirás como yo: con el pecho al aire y siempre lista para tu compañero —dice Arthur desde el otro lado de la cocina, donde está haciendo algo en la esquina.

Desplumando un pollo o algo igual de cavernícola, creo.

La verdad es que no quiero saberlo. Lo único que sé es que tengo hambre y quiero proteína. Quiero carne.

Noto que el corazón me late tan fuerte que me rebotan los pechos como bongós en un crucero.

No es que el corazón me vaya acelerado por ansiedad o estrés (aunque ahora mismo hay ansiedad y estrés de sobra...).

No, el ritmo cardíaco no me está alterado por la adrenalina.

De hecho, es lento y constante, solo que más fuerte y más ruidoso que nunca.

—La Esencia del Dragón va de la vena directa al corazón. Luego el corazón la bombea a cada célula del cuerpo. No te preocupes. Las cosas se estabilizarán —me dice Arthur alzando la voz, mientras arranca un puñado de plumas de algo mucho más grande que un pollo.

—Gracias, Doctor Arthur —le suelto. Luego entrecierro los ojos ante lo que está haciendo. Una parte de mí está asqueada, pero otra está salivando como un animal de caza—. Y esa ave, ¿qué es?

—No te preocupes por eso —dice con naturalidad. Levanta la vista del desastre de plumas y me guiña un ojo.

—Dios mío, ¿eso es sangre? —digo cuando noto que las plumas están manchadas de rojo.

—No, el Fénix no tiene sangre. Ni huesos, en realidad.

Solo un montón de molestas plumas rojas.

Aun así, no son suficientes para volar hasta el sol, por desgracia.

El pobre cabrón ni siquiera se acercó lo bastante para quemarse, lo cual es un destino jodidamente sombrío, la verdad: que toda tu existencia gire en torno a volar hacia el sol y acabar hecho cenizas.

—Se limpia una gota de sudor de la frente y se echa hacia atrás.

Luego levanta la vista—. Claro que tú no tendrás que preocuparte por quemarte.

Los dragones no se queman. Nosotros somos los que quemamos.

Noto que el ritmo cardíaco me sube un poco mientras intento procesar todo lo que este hombre acaba de decir. Una cosa cada vez, Addie. Despacio. Respira.

—Vale, así que acabas de asesinar a un ave mítica que no existe y nos la vamos a comer para cenar —digo lentamente, con los ojos como platos mientras la incredulidad y el pánico me destrozan por dentro—.

Además, estás hablando de cómo voy a convertirme en otra criatura mítica que echa fuego por el culo.

Arthur se encoge de hombros mientras remueve una enorme olla de acero inoxidable donde chapotea algo que huele a calor y sal incluso desde el otro lado de la cocina.

—Supongo que bromeas sobre de qué orificio sale el Fuego de Dragón, pero lo que poca gente sabe es que, si practicas, puedes llegar a dispararlo desde tu...

—Vale, por ahí no vamos —digo con firmeza, aguantándome la risa ante ese humor de colegio que me resulta tan cálido y reconfortante como el caldo que mi compañero sin camiseta está removiendo.

Arthur deja caer el ave ya desplumada en la enorme olla de caldo y se lava las manos en el fregadero.

—Además, yo no asesiné a este Fénix. Mueren por docenas cada domingo en el tejado de la Torre Este.

Agotamiento de tanto intentar volar hacia el sol.

Elijo el más jugoso para cenar, congelo unos cuantos para la semana y luego incinero el resto y esparzo sus cenizas al viento a mediodía.

Total, todos renacen. Estoy casi seguro de que a este tío ya me lo he comido antes. ¡Hola, colega!

—Qué raro —digo, tocándome el pecho y dándome cuenta de que el ritmo cardíaco me ha vuelto lento y constante, aunque más ruidoso que una banda de heavy metal. También estoy más tranquila de lo que debería, más contenta de lo que debería, y acepto esta situación mucho mejor de lo que debería.

Mantengo la mano en mi corazón «nuevo» mientras observo a Arthur (sin camiseta, con los músculos marcándose) revolver el caldo de Fénix, y a través del vapor mágico veo que me está mirando.

Es esa misma mirada que vi en él la primera vez que nos conocimos.

La mirada de posesión.

La mirada que dice que ya ha decidido que soy suya, que no hay duda, ni discusión, ni debate posible. Soy suya y punto.

—Ven aquí —dice a través del vapor, con voz suave pero autoritaria de una manera que hace que se me enrosquen los dedos de los pies como mimosas.

Voy hacia él con pasos suaves sobre el cálido suelo de madera, y para cuando llego ya estoy húmeda bajo la bata.

Las bragas están hechas jirones en algún sitio (o puede que el pervertido se las haya comido, quién sabe...), y la humedad me chorrea sin pudor, dejándome toda pegajosa mientras los muslos gruesos se me rozan.

El corazón me late tan fuerte que apenas oigo el rugido del mar por las ventanas abiertas.

Ya estoy junto a la isla de la cocina y apoyo una mano sobre el fresco granito negro. La piedra fría me envía un cosquilleo por todo el cuerpo, como si hasta este granito mudo estuviera impregnado de magia, rebosante de vida, lleno de fantasía.

—¿Tienes hambre? —dice en voz baja, removiendo la sopa mágica mientras veo cómo sus pantalones de seda negra se tensan por el dragón que lleva dentro.

—No —susurro, con la respiración entrecortada mientras se me endurecen los pezones.

—Mentirosa —dice con una sonrisa—. Pero tendrás que esperar. La sopa aún no está lista.

—No me importa esperar —digo encogiéndome de hombros, echando un vistazo a la tienda de campaña en su pijama y luego mirándole a los ojos—. ¿Y tú? ¿No te importa esperar?

Su Dragón se retuerce y me lanza un zarpazo desde sus ojos, y jadeo al sentir algo en los míos.

Parpadeo confundida, y cuando vuelvo a mirar a Arthur a los ojos me doy cuenta de que la vista se me ha agudizado de repente hasta un nivel de precisión increíble.

Es imposible que un humano pueda ver con ese grado de aumento y nitidez, pero cuando enfoco, puedo ver literalmente cada detalle de mi propio reflejo en los ojos de Arthur, ¡hasta mis propios globos oculares con una claridad asombrosa!

Y entonces lo veo.

Veo a mi Dragón.

Y lo siento.

Siento a mi Dragón.

Y sé que no hay vuelta atrás al viejo mundo, a la vieja vida. Me dije que estaba entrando en un mundo nuevo, y joder, esto sí que es nuevo.

Todo nuevo.

Y todo mío.

Mi destino.

Mi sino.

Mi Dragón.

Mi pareja.

—Es el momento, Arthur —susurro mientras rodeo la isla y me acerco a él.

Una parte de mí sabe que todavía le duele haberse dado cuenta de que Convertirme sin preguntar fue una violación.

Y por eso, aunque veo cuánto necesita tomarme, no lo hará sin preguntarme.

Se está sometiendo a mí a su manera, esperando a que yo tome esta decisión, a que me entregue a él, a que permita que me reclame—. Es el momento.

Y sin mediar palabra, se abalanza sobre mí, me atrae hacia él y me besa con necesidad desesperada, me estrecha con amor salvaje, me abraza como si fuera suya.