5
ARTHUR
El beso hace que el fuego me recorra las venas, ruja por cada músculo y tendón, cada nervio y hueso. Siento a mi Dragón despertar con un grito en mi alma, y aúlla en mi cabeza mientras anhela salir.
Casi no puedo detenerlo, pero el entrenamiento de mi juventud sigue vivo, y fortalezco mi voluntad para obligarlo a permanecer en segundo plano hasta que lo invoque. Una parte de mí anhela volar de nuevo, pero eso debe esperar.
Debe esperar al destino.
El destino que está en mis brazos ahora mismo, apretado contra mi piel.
El sabor de sus labios me inunda la boca.
El calor de sus curvas rivaliza con el fuego en mi sangre.
El aroma de su sexo me llama como las sirenas de antaño, atrayendo al hombre y al dragón, al humano y a la bestia, al bueno y al malo, al manso y al salvaje.
Con un gruñido, rasgo la cinturilla de sus vaqueros, rompiendo también su cinturón de cuero mientras la fuerza de mi dragón me recorre.
Se estremece al sentir mis grandes manos deslizarse por su magnífico trasero, y casi me corro en mis pantalones de seda cuando aprieto con fuerza y le separo las nalgas para pasar dos dedos a lo largo de su divina hendidura.
—Supe que eras mía desde la primera mirada —murmuro, besándola de nuevo y luego lamiendo sus nalgas suaves y redondas mientras paso la lengua por su cuello.
Quiero marcar cada parte de su cuerpo, saborear cada centímetro, reclamar cada curva, conquistar cada contorno—.
Mi Dragón lo supo en cuanto percibió tu aroma.
Ella murmura algo y sus párpados se abren con un aleteo.
Rápidamente le apago la mente con un beso feroz que casi hace que mis malditas rodillas cedan mientras ella gime contra mí.
También me obligo a callar, aunque hay tanto que decir.
Tanto que contarle. Tanto que ella debe entender, tanto que aceptar.
Eso es solo el papeleo, solo los toques finales de una pintura que comienza con una coincidencia, avanza con una mirada y culmina en la locura de nuestra unión. Así que cierra tu propia maldita mente también, Arthur. Toma a tu compañera y recuerda quién fuiste una vez, quién vuelves a ser:
Una criatura de alas y garras.
Una bestia de fuego y destrucción.
Todopoderoso.
Inmortal.
Invencible.
Salvaje como una tempestad en el mar.
Indómito como un río desbordado.
Y ahora estoy perdiendo el control, y con un rugido la empujo contra la pared y le arranco los jirones de vaqueros y bragas, hundiendo la cara en su pubis con tal fuerza que grita y me tira del pelo mientras se restriega contra mi boca.
Hundo la lengua en su coño, la curvo hacia arriba y la muevo de un lado a otro, vibrando, pinchando, retrocediendo y penetrando hondo.
Por detrás le separo las nalgas y deslizo el dedo corazón directamente en su ano, deleitándome con cómo jadea, se tensa y luego se somete, como si su cuerpo ya supiera que yo mando, que yo tengo el control, que aquí no hay lugar a dudas:
La estoy reclamando.
Tomando posesión.
Haciéndola mía.
¡Mía!
Mi Dragón ruge de aprobación, su necesidad de poseer y dominar crece junto con la mía.
Sonrío ampliamente antes de darle un lametón a su clítoris rígido y luego recorrer su raja con largas y ásperas pasadas de lengua mientras la llevo al orgasmo, que me empapa la cara y la barbilla.
Bebo de ella y trago su dulzura como si me diera más poder del que mi animal puede darme.
Sonrío como un idiota mientras le hundo el dedo en el trasero y la hago correrse otra vez, hasta que gime y se retuerce contra el pilar de piedra donde la mantengo en pie.
Y entonces me incorporo, me arranco los pantalones de seda y los lanzo por encima de mi cabeza. Con un gruñido le quito el top rojo y luego le arranco el sujetador, liberando el par de tetas más hermoso de este lado del cielo. O del infierno, ya puestos.
—Esperé trescientos años por estas —murmuro, acunando sus grandes pechos y apretando hasta que los pezones se endurecen en puntas largas y eróticas que provoco con la lengua hasta que brillan como cumbres de montaña bajo la lluvia—. Habría esperado otros trescientos.
—Tres... ¿trescientos? —murmura ella, y casi me maldigo por decir cosas para las que su cerebro aún no está preparado.
—Es una metáfora —murmuro justo antes de meterme su teta izquierda en mi enorme boca y chupar tan fuerte que grita.
Deslizo la mano entre sus muslos y la penetro profunda y duramente con los dedos, apagándole la mente de nuevo y casi haciéndome explotar cuando se corre y me empapa la mano—. Como lo del Dragón. Solo una metáfora.
—Dragón —susurra mientras paso a su otro pecho y me aseguro de que reciba la atención que merece—. Yo... lo vi.
—¿Qué viste? —murmuro, babeándole las tetas y luego lamiéndolas hasta dejarlas limpias, como el dragón sucio que siempre fui. Me gusta ensuciarme con mi pintura, y voy a ensuciarme mucho con mi compañera en cosa de un minuto. ¡Por los Dioses, qué bueno es volver a ser un animal!
—Un... un dragón —dice suavemente, jadeando y tensándose mientras presiono mi «dragón» palpitante contra su monte y deslizo su enorme cabeza entre sus rizos, esparciendo mi humedad por su clítoris, cubriendo sus labios oscuros y secretos, haciendo brotar más de su dulzura de donde se oculta tras sus pliegues.
Ella gotea por mi verga, hasta mis malditas pelotas, y me estremezco y gimo mientras presiono la cabeza de mi polla en su abertura y empiezo a abrirle la raja.
Quiero rugir a los cielos y embestir hasta el fondo, pero uso la voluntad (y el maldito sentido común...) del hombre en mí para comprender que podría hacerle daño si le doy demasiada rienda suelta al Dragón que llevo dentro.
Le advertiste que sería rudo, susurra mi sucio Dragón desde dentro.
No te contengas. Tómala con fuerza y profundidad.
Llénala con toda nuestra semilla. Luego dale la vuelta y hazlo de nuevo, como el animal que llevamos dentro necesita.
Reclámala por cada abertura. Llénala por cada agujero.
Y luego déjame salir, Arthur. Déjame salir para que podamos teñir los cielos de rojo sangre con fuego de Dragón.
Déjame salir y anunciaremos al mundo que los Dragones han regresado.
Regresado para invadir. Regresado para saquear.
Regresado para apoderarse del oro, los diamantes y todo lo demás.
Sonrío y luego aprieto los dientes mientras el calor de su coño me invita a empujar hasta el fondo. Tardo un momento en procesar las palabras de mi Dragón, pero cuando lo hago, un escalofrío me recorre la espalda desnuda hasta los dedos de los pies.
—Sabes, yo mismo he estado un poco desconectado del mundo moderno —digo en voz baja a mi estúpido Dragón, que claramente se está emocionando demasiado con la idea de salir de nuevo—. Pero hasta yo sé que hoy en día nadie acumula oro y diamantes.
Es una puta metáfora, sisea mi Dragón. Ahora penétrala y acaba con esto, Arthur. Acaba con esto para que podamos empezar.
—¿Empezar qué? —gruño mientras la provoco con mi polla sin llegar a penetrarla del todo—. ¿De qué coño hablas? ¿Empezar qué, lagartija gigante?
Mi Dragón guarda silencio, pero al final debe responderme. Y lo hace, y en su siseo etéreo percibo su energía, su poder salvaje, su necesidad incontrolable de dominar, de conquistar, de destruir lo que no puede reclamar, de arrasar con todo lo que se interponga en su camino, en nuestro camino.
—El mundo ha cambiado en los últimos trescientos años, colega —susurro—.
Vamos a mantener un perfil bajo. Nada de grandes espectáculos pirotécnicos.
Desde luego, ninguna jodida destrucción.
Nada de estragos como en los viejos tiempos.
Y siento aguarte la fiesta, ¡pero no vamos a conquistar el maldito mundo!
Pero mi Dragón permanece en silencio, y parpadeo mientras ese escalofrío se apodera de mi cuerpo hasta que ardo de la forma más extraña.
Hace mucho que no hablo con mi Dragón. La bestia no estaba muerta ni aletargada.
Estaba viva, en su propio mundo. Y del mismo modo que yo tengo necesidades e instintos reprimidos durante siglos, la bestia también los tiene.
El animal de un Metamorfo no es un simple sirviente sin voluntad.
Es un ser propio, unido al humano. Tiene su propio destino, y a veces ese destino diverge del destino del humano.
Por eso el Metamorfo vive en un estado de lucha, de conflicto, siempre un poco al límite.
Y por eso un Metamorfo necesita una compañera.
—Pero debo parar —susurro, parpadeando con desesperación mientras contemplo su bonito rostro, el rostro de mi compañera predestinada, aquella por la que he esperado siglos—. Al menos hasta que esté seguro de poder controlar a mi Dragón cuando regrese a este mundo.
—¿Me hablas a mí? —murmura ella, abriendo los ojos y mirándome.
Tiene el rostro surcado de lágrimas por la intensidad del orgasmo que le provoqué, y casi gimo en voz alta al imaginar cómo sus grandes ojos marrones se pondrán en blanco cuando la penetre hasta el fondo, la llene hasta desbordarla, la posea una y otra vez hasta que...
Sí, eso es, Arthur, susurra mi Dragón. Reclámala y luego invócame.
Se te acaba el tiempo, Arthur. Ya no quedan tantos Dragones.
Al final, un Dragón separado demasiado tiempo de su humano muere.
Y después, el hombre también morirá. Lo has visto suceder con familiares y amigos a lo largo de los siglos.
Hemos encontrado a nuestra compañera y no debes demorarte. No pienses, Arthur. ¡No pienses!
Todos los músculos de mi duro cuerpo se tensan hasta que siento que mi jodida cabeza va a explotar. Puedo oler el aroma de su coño cálido, dispuesto y anhelante, esperando a su compañero. Pero si la reclamo ahora podría desatar algo incontrolable.
Podría liberarme.
Me detengo, parpadeo, y con un gemido de angustia me aparto de mi compañera, arqueo el cuello y dejo escapar un rugido lento y profundo mientras mi Dragón chilla en mi cabeza, se agita en mi corazón, ruge en mi alma.
Me ordeno alejarme, salir de la habitación, mantenerme lejos de la tentación hasta saber que estoy haciendo lo correcto.
Pero no puedo soltarla. Es mi compañera y, aunque no la reclame todavía, jamás se apartará de mi jodido lado.
De hecho, ahora es extremadamente vulnerable: nos hemos vinculado pero la unión no se ha sellado, he desafiado al destino al elegir retrasar lo que debe suceder.
—¡El Dragón! —dice ella, sacándome de lo que habría sido una espiral de dudas—. ¡Ahí está! ¡En tus ojos, Arthur! ¿Qué es eso?
—Es una enfermedad —murmuro, negando con la cabeza y forzando una sonrisa—. Y quizá tengamos que hablar un poco antes de que te contagie. Por cierto, ¿cómo te llamas, Compañera Predestinada?