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ADDIE
—Vale, hay un tipo raro sin camiseta plantado en esa escalera de caracol que me mira fijamente —murmuro mientras junto los talones y me pongo lo más recta que puedo.
El trasero hacia fuera, los pechos erguidos, los muslos bien apretados igual que los dedos de los pies.
No tengo ni idea de por qué estoy aquí como la criada esperando a que el señor de la casa la inspeccione.
De hecho, ¡no tengo ni la menor idea de por qué estoy aquí siquiera!
—Seguro que aceptas este trabajo —había dicho Bonnie.
Al principio pensé que bromeaba, que solo me estaba tomando el pelo.
Y luego, cuando me enseñó la foto en el móvil, estuve convencida de que bromeaba.
En la foto salía Brogan, el hombre que me contrató para este trabajo: un puesto de asistente temporal súper bien pagado para ayudar a quien él llamaba su «hermano anciano» a organizar sus «cosas».
—Guapo —había dicho—. Pero no me va. Quizás deberías aceptarlo tú, Bonnie.
—Quizás lo haga —había murmurado Bonnie, mirando la foto de Brogan y lamiéndose los labios—. Pero en el anuncio pone que es para el hermano, no para Brogan. Se llama Arthur. No encuentro ninguna foto suya.
—Hermano anciano —había dicho yo, señalando la vaga descripción del puesto que Brogan había enviado con la oferta—. Arthur seguro que es una reliquia decrépita encerrada en algún ático, haciéndose pajas con porno todo el día.
—Vamos, es justo tu tipo —había dicho Bonnie con un sarcasmo que casi podía saborear—. Te encanta limpiar semen de las paredes, ¿a que sí?
Me había doblado de risa mientras nos picábamos la una a la otra, con las puyas cada vez más guarras a medida que nos soltábamos. Pero cuando paramos a respirar, la pregunta seguía en el aire:
¿Iba a hacerlo?
¿Iba siquiera a contestar?
—Así compruebas si es legítimo o no —había dicho Bonnie—. Pídeles un adelanto desorbitado a tu PayPal. Apuesto a que no vuelves a saber nada de Dead Sea Drilling.
Había parpadeado y ladeado la cabeza. Todavía me sentía un poco atontada, pero al menos responder era bastante seguro.
Todo se hacía a través de la web, y mi nombre real y mi ubicación estaban ocultos hasta que yo decidiera compartirlos.
Lo único que Brogan habría visto era mi perfil público y una foto muy profesional, totalmente seria.
(Bueno, dentro de lo que me permiten mis atributos, claro: sobre todo un par de tetas que no hay quien las dome...)
—A ver la pasta, ¿no? —había dicho antes de encogerme de hombros y mandar un mensaje—. Ya está. Hecho.
—¿Cuánto has pedido?
—Cuarenta mil —respondí como si nada.
—¿Cuarenta mil? —había chillado Bonnie.
Y otra vez nos habíamos partido de risa solo con la idea de que alguien pagara un adelanto de cuarenta mil dólares por un currículum y una foto.
Pero entonces me pitó el móvil.
Y me llegó una notificación de PayPal.
Y me quedé muerta.
Las dos semanas siguientes pasaron como en un sueño.
El dinero era real, y como ya lo había aceptado, ¡eso significaba que aceptaba el trabajo!
No me esperaba para nada que el tal Brogan respondiera, pero ahora que lo había hecho, estaba comprometida a volar al puñetero Mar Muerto para ayudar a un hermano anciano a organizar sus «cosas».
—En el peor de los casos acabo en el fondo del mar cuando hayan terminado conmigo —le había dicho a Bonnie cuando me llevó al aeropuerto.
Pero Bonnie no se reía.
—Me siento culpable —había murmurado—. Te convencí para que fueras, y ahora no te voy a volver a ver. Devuelve el dinero y déjalo correr.
—No puedo —había dicho con firmeza—. Pedir el adelanto fue básicamente prometer que si él pagaba, yo aceptaba el trabajo. Y yo no rompo mis promesas.
—¿Desde cuándo? —había dicho Bonnie arqueando una ceja—. Has roto como un millón de promesas en los veinte años que llevamos de amigas.
Había resoplado y me había encogido de hombros.
Bonnie tenía razón. Cumplir y perseverar no son precisamente mis puntos fuertes.
Pero me había quedado callada mientras entrábamos en el aeropuerto, donde me esperaba un billete.
La verdad era que no sabía por qué estaba haciendo esto.
Sí, cuarenta mil dólares es mucho dinero.
Pero cualquier mujer con dos dedos de frente sospecharía que nadie paga cuarenta mil por adelantado a menos que haya algo muy raro. O muy peligroso. O muy ilegal.
Aun así, había algo en lo raro de todo aquello que me intrigaba, o al menos despertaba mi curiosidad. ¿Quién era ese hermano misterioso? ¿Qué «cosas» había que organizar? Si Brogan tenía tanto dinero, ¿por qué contratar a una freelancer anónima? ¿Por qué contratarme a mí?
—Ya sabes que las coincidencias raras me atraen irresistiblemente, Bonnie —había dicho—. Es todo tan inesperado y casual que no puede ser casual.
—Eh, eso es precisamente lo que significa casual —había dicho Bonnie.
Pero sabía que ella lo entendía aunque no viera el mundo de esa manera, o al menos no lo admitiera.
Aunque he pasado buena parte de mi vida a la deriva, en el fondo nunca me he sentido perdida.
Es como si hubiera ido a la deriva hacia algo, y no puedo evitar pensar que esto es ese algo.
Al fin y al cabo, así funciona el destino, ¿no?
Una coincidencia demasiado rara para ser casual.
Decides dar un paso adelante. Y entras en un mundo nuevo.
—Un mundo raro —murmuro mientras intento no mirar a la silueta sin camisa que se recorta en las sombras a lo lejos—. ¿Qué demonios está haciendo?
—Me acercaría más, pero no llevo camisa y es de mala educación —me grita desde donde está, unos metros por encima del frío suelo de piedra.
Su voz es profunda, resonante, grave y masculina. Pero las palabras salen despacio, casi como si le costara hablar. Conozco esa sensación. Pasa cuando pasas la mayor parte del tiempo a solas y apenas hablas.
—Prefiero que seas maleducado a raro —le grito—. Además, cuando dices que no tienes camisa, ¿quieres decir que no tienes ninguna? ¿Ni una sola?
—Tengo mil camisas de la seda más fina —dice despacio, y su voz resuena en las paredes mientras baja por la escalera de caracol—. Pero no soporto ponérmelas, no vaya a ser que se manchen.
El hombre se acerca hasta quedar bajo una enorme araña que puede que tenga bombillas o puede que no. Brilla en verde y dorado, y tardo un momento en darme cuenta de que está diseñada para captar la luz del sol que entra por las ventanas del castillo y reflejarla. No tiene bombillas.
De hecho… pienso mientras recorro las paredes con la mirada buscando enchufes por si necesito cargar el iPhone (ya sabes, por si el 911 responde aquí en medio del mar Muerto. Dios mío, estoy tan muerta).
—Soy Arthur —dice, y me quedo mirándolo mientras su pecho desnudo se tensa, los músculos de su abdomen ondulan como el océano, sus pantalones de pijama de seda negra se levantan justo donde…
—¿Por qué no hay enchufes? —suelto—. ¿No necesitas electricidad aquí?
Me obligo a mirarlo a los ojos e ignorar lo que se levanta en sus pantalones. Pero menudo error mirarle a los ojos.
Ojos verdes que arden como lunas de otro universo.
Oscuros pero salpicados de una luz dorada que me hace estremecer.
Ojos de un sueño que nunca tuve.
Ojos de un sueño en el que acabo de adentrarme.
—El sol da luz durante el día. La luna ilumina la noche —dice Arthur, dando otro paso, con esos ojos fijos en mí, una expresión en su rostro lleno de cicatrices y devastadoramente atractivo que no logro descifrar por más que lo intente—. Y tú iluminas todo lo que hay en medio.
—Perdona, ¿qué? —digo, parpadeando como cien veces mientras caigo en que ¿este es el hermano «anciano»?—. ¡Espera, ¿tú eres el hermano anciano?! —suelto, sacudiendo la cabeza para quitarme de encima ese comentario tan raro.
Arthur ladea la cabeza y frunce el ceño. Se gira a medias hacia lo alto de las escaleras y resopla.
—¿Hermano anciano? ¿Así es como me describió Brogan?
—Finalmente se encoge de hombros y abre los brazos de par en par.
Sus tríceps son gruesos y tonificados, los bíceps le sobresalen con venas que parecen serpientes.
Tiene el cuello más grueso que mi muslo, y el tipo es todo músculo, todo poder, todo… hombre.
Asiento, todavía atónita por el tamaño de este hombre, y más atónita aún porque, no sé cómo, no me siento amenazada en absoluto.
De hecho, me siento segura.
Me siento protegida.
Me siento como si fuera… ¿suya?
«Dios mío, esa es la expresión que no podía descifrar antes, ¿verdad?», pienso de repente. La forma en que se quedó lejos y me miró antes de decidir bajar, acercarse a mí, incluso hablarme. Tomó una decisión después de mirarme. Lo veo en sus ojos.
Sí, tomó una decisión con solo mirarme.
Decidió que soy suya.
Es una locura, pero lo siento con tanta claridad que casi me desplomo.
Y entonces siento su brazo rodearme la cintura.
Siento su poder, que me atrae hacia él.
Siento su cálido aliento contra mi pelo.
Y ahora me abraza, me acaricia el pelo, me mira a los ojos como si me conociera, como si me deseara, como si… ¿me amara?
—Eh, ¿qué estás haciendo? —murmuro, parpadeando atónita mientras su caricia tierna envía oleadas de pura excitación por todo mi cuerpo.
Mis pezones se endurecen hasta convertirse en puntas rígidas.
Mis muslos se tensan de la forma más deliciosa.
Mis bragas están empapadas con la humedad que brota de lo más profundo de mi sexo.
—Estoy reclamando a mi compañera —dice con suavidad.
—Por supuesto. Qué tonta por no darme cuenta —murmuro, con la cabeza dándome vueltas porque, no sé cómo, estoy excitada y aterrada al mismo tiempo—. Y… ¿y qué significa eso, exactamente?
—Sabes lo que significa —responde, sin dejar de acariciarme el pelo. Apenas le llego al pecho, y su corazón suena como un bombo desde aquí. Fuerte. Poderoso. Casi irreal.
—No, de verdad que no —digo, obligándome a hablar mientras mi cuerpo se pega más al suyo y mi deseo crece como nunca antes.
—Te lo explicaré más tarde —gruñe—. Mi Dragón se agita en mi interior. Sabe que eres su compañera y está impaciente porque te reclame. Cuando lo haga, mi Dragón resurgirá. Trescientos años de energía acumulada surcando los cielos en llamas de nuevo. Será magnífico.
Lo miro, sin saber cuál de los dos está más loco: él por hablar así o yo por no alejarme de esta bestia que podría partirme en dos sin ni siquiera proponérselo.
—¿Tu dragón? —digo, sintiendo su erección clavada contra mi vientre, gruesa y larga, pesada y dura—. ¿En serio estás hablando de tu polla en tercera persona?
Me mira y frunce el ceño, como si de verdad estuviera desconcertado. Luego gime y sacude la cabeza.
—Joder, olvidé que eres humana. Lo siento.
—¿Olvidaste que soy humana? —digo—. ¿Qué pensabas que era? ¿Una alienígena? ¿Un fantasma?
—Daba por hecho que mi compañera predestinada sería una Metamorfa, pero no percibo tu animal —dice Arthur con naturalidad—. Tendré que tener cuidado con tu frágil cuerpo cuando te haga mía. Dime si soy demasiado brusco. Ven. ¿Empezamos con un beso?
—Creo que yo... —murmuro, intentando apartarme aunque por alguna razón inexplicable sigo sin sentirme amenazada, sigo sin sentir que esté en peligro, sigo sintiéndome protegida por este hombre a pesar de que habla como un psicópata, uno de esos psicópatas inquietantemente «cuerdos» que se creen toda la mierda que sueltan—. Creo que necesito...
—No pienses. Solo siente. Es la única forma de entender esto siendo humana.
No pienses —susurra Arthur, y su aliento sobre mi pelo envía remolinos de aire cálido entre mis mechones, como el viento atravesando un bosque.
Casi me corro en las bragas al sentir su aliento en mi piel, y cuando desliza lentamente su enorme mano por la curva de mi espalda y me agarra el trasero, igual de generoso, abarcándolo con la palma, dejo escapar un gemidito mientras la humedad me baja por los muslos como un río en crecida.
—No hay peligro de eso —jadeo, preguntándome si acabo de correrme o si simplemente estoy tan jodidamente mojada que es como si me hubiera meado encima—.
Si estuviera pensando, no me habría subido a ese avión.
Si estuviera pensando, ni siquiera habría respondido a un anuncio tan ridículo. Si estuviera pensando, yo...
—Creo que estás pensando otra vez —dice sonriendo—. Así que para. Para ya. Para o te hago parar yo.
Abro la boca para seguir con mi perorata casi histérica, pero cierro los labios en cuanto me fijo en esos ojos verdes, oscuros pero sembrados de luz, sembrados de fuego.
Y lo veo.
Lo veo en lo más profundo de sus iris llameantes.
Un dragón.
¡Un maldito dragón!
Y entonces mi mundo estalla en llamas cuando Arthur me levanta en vilo, me atrae hacia él y me besa.
Por Dios, me besa.