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DOS SEMANAS DESPUÉS
CASTILLO EN MEDIO DEL MAR MUERTO
ARTHUR
—Me vendría bien una fregona de cocina —le digo a Brogan, que lleva todo el día actuando raro. Inquieto y evasivo, como se pone cuando está tramando algo complejo, complejo para él, al menos—. Ah, espera, no tengo ningún jodido fregadero en mi castillo. Así que no. No hay vacantes en mi castillo.
Resoplo y sacudo la cabeza mirando a mi hermano idiota, que claramente piensa que soy lo bastante tonto como para caer en su patético plan.
—¿En serio, Brogan? ¿Ese era tu plan? ¿Contratar a una tía para que aparezca con un disfraz de criada y me haga un estriptís? ¿Y luego qué? ¿Mi polla decide que es mi compañera predestinada, así que me caso con ella y vivimos felices para siempre?
Brogan parpadea e intenta parecer inocente. Pero el cabrón parece culpable incluso cuando está dormido.
—¡Oye, yo no tuve nada que ver con que esta mujer apareciera aquí buscando trabajo! ¡Ha sido de lo más inesperado!
Abre mucho los ojos y jadea.
—¡Madre mía, debe de ser el destino! Sí, eso es. El destino ha traído a tu compañera justo a tu puerta. Ahora enciérrala en tu torreón y enséñale tu... dragón.
Esboza una sonrisa boba, pero yo no me río. Una cosa es gastarme una broma; he visto de todo a lo largo de los siglos. Pero esto involucra a otra persona. Alguna pobre mujer que probablemente sea una estríper o una prostituta de la agenda de Brogan.
—En serio, ¿ese era tu plan? ¿Hacerme creer que los dioses me enviaron a esta mujer, que apareció en mi puerta como en un mito o un cuento de hadas, que en cuanto la vea decidiré que es mi compañera predestinada?
—No es una estríper y no es una prostituta —dice Brogan, que por fin deja caer la fachada y suspira—.
Mira, hermano. Necesitas compañía femenina.
No es sano pasar cientos de años sin sentir el interior de un coño caliente, chupar pezones tan grandes como la luna, azotar un culo grande y redondo y abrir unas buenas nalgas como el sucio dragón que eras en tus buenos tiempos.
Contengo una sonrisa porque Brogan está consiguiendo hacerme gracia. Pero no voy a ceder. Creo en el mito y esperaré a mi compañera.
—Eso fue hace trescientos años. Las cosas eran diferentes entonces. Podíamos Cambiar a voluntad, ir y venir entre formas. Éramos dragones libres, poderosos como el sol, majestuosos como la luna.
Brogan entrecierra los ojos; ahora mi seriedad le afecta a él. Es cien años más joven, pero recuerda cuando sucedió: cuando todos los Dragones que quedaban perdieron sus alas, perdieron sus escamas, perdieron su fuego.
Perdieron su camino.
—Bueno, eso fue entonces, esto es ahora —dice Brogan, removiéndose incómodo.
Sabe que lo estoy juzgando, juzgándolo igual que me juzgué a mí mismo cuando los Dragones cayeron en desgracia.
Al principio no podía entender por qué nuestros Dragones se habían retirado, se habían alejado, se negaban a salir incluso cuando ordenábamos, cuando llamábamos, ¡cuando les suplicábamos, joder!
Tardé décadas en entenderlo, y solo lo comprendí cuando estaba limpiando la vieja biblioteca y hojeé aquel libro de los Antiguos Usos, encuadernado en piel de dragón:
¡Nuestros Dragones se habían retirado llenos de ira, de frustración, en señal de protesta!
Ella no es nuestra compañera, solía recordarme mi Dragón hace siglos, cuando Brogan y yo salíamos de juerga como los alborotadores que éramos en nuestra juventud.
Cada vez que te acuestas con una mujer que no es nuestra compañera, pierdes un poco de ti mismo.
Pierdes un poco de mí. Pronto habré desaparecido, y solo serás un hombre.
—Pues date prisa y encuentra a nuestra compañera, viejo gruñón —le respondía bruscamente—. Estaré en el callejón de atrás.
Hago una mueca al recordar; esos recuerdos me persiguen, recuerdos borrosos oscurecidos por la nube de embriaguez que siempre se cernía sobre mí en aquel entonces.
Ignoré las señales de que mi Dragón se estaba alejando, de que lo mismo le estaba pasando a Brogan, y a los pocos Dragones que quedaban en todo el mundo.
Y entonces un día no pude Cambiar.
—Brogan, escucha —digo mientras niego con la cabeza y cruzo los brazos sobre mi pecho desnudo (nunca llevo camisa en mi casa)—.
Aprecio la intención. Pero esta no es la manera.
He dejado de intentar controlar cómo vives.
Pero no vacilaré en mi fe. Un día mi compañera predestinada entrará en mi vida.
Entonces verás que tenía razón, y podrás hacer lo mismo que yo.
—¿Te refieres a sentarme en un castillo salpicado de pintura como un bicho raro? No, gracias.
Suspira y se da la vuelta como si estuviera resignado a su destino: perder contra mi voluntad.
—Está bien. Tú ganas. Los dos somos demasiado tercos para convencer al otro de que tenemos razón.
No sé en qué demonios estaba pensando cuando contraté a esta mujer y la traje aquí en avión.
Aunque, la verdad, no sé qué estaba pensando ella para decir que sí cuando apenas le di una descripción del trabajo.
—Espera, ¿de verdad no es una estríper ni una prostituta? —digo—. ¿Es una mujer normal y corriente? ¿De dónde es? Y, oye, ¿por qué demonios una mujer normal aceptaría un trabajo ofrecido por tu culo sospechoso?
Brogan se detiene y mira por encima del hombro, un extraño brillo en sus ojos.
—¿Por qué no se lo preguntas tú mismo, Arthur? Después de todo, ya está aquí.
Luego se gira del todo para mirarme de frente.
—Y ya que estamos con el cursi tema de las compañeras predestinadas y esa mierda, déjame preguntarte una cosa: ¿cómo funciona el destino, a todo esto?
—¿Qué quieres decir? —pregunto frunciendo el ceño mientras un escalofrío me recorre mi larga y dura espalda.
—Quiero decir, ¿cómo aparece la Compañera Predestinada de un Dragón en su vida? ¿Magia? ¿Simplemente surge de la nada?
Me froto la nuca y me muevo inquieto.
—Bueno, no. No magia. Simplemente aparecería, supongo. Creo. Quizá una extraña coincidencia haría que nuestros caminos se cruzaran, y en cuanto la viera sabría que es mía.
—Entonces, ¿esto no cuenta?
—¿Qué es lo que no cuenta? —digo desconcertado.
—Esto —dice Brogan, abriendo los brazos—.
Mi estúpido plan de traer a una mujer a tu castillo y emparejarte es la «extraña coincidencia» que puso a esta mujer en tu camino.
Ahora lo único que tienes que hacer es mirarla y decidir si es tu jodida conejita del destino o no.
De hecho, ¡tienes que mirarla ahora! O sea, ¿cómo puedes no mirarla, hermano? Vamos, ¿y si ella es—?
—¡Vale, vale! —grito, cortándole con una sonrisa—. Solo un vistazo.
Sigo sonriendo, pero me hierve la sangre, y juro que siento a mi Dragón removerse dentro de mí. O tal vez sea solo mi polla —al fin y al cabo, soy un hombre con pelotas del tamaño de Júpiter, una polla que sí anhela invadir y saquear, reclamar y coronar, tomar y poseer.
Ya he salido y bajo por la escalera de caracol de piedra cuando oigo que Brogan me llama.
—Eh, ¿y si te pones una puta camisa primero, friki?