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ADDIE
—¡Mía! ¡Es mía! Mía. Mía. ¡Mía!
—¡Dios mío, estás totalmente fuera de control, Addie! Toma, ¡quédatela! Pero no me mates, ¿vale? Soy tu mejor amiga. Al menos era tu mejor amiga hasta que hiciste esa trampa tan descarada.
—Yo no hago trampas —digo mientras me inclino sobre el tablero de ajedrez y capturo la reina de Bonnie con mi humilde peón. Se le da fatal el ajedrez, pero me da igual. Ganar es ganar, y me encanta ganar. ¡Me encanta de cojones!
—Además, tu reina ya es mía y tu rey estará muerto en dos movimientos.
—Espera, ¿el juego sigue aunque muera la reina? Eso es sexista, y me niego a jugar. Así que quedamos en empate.
Resoplo y niego con la cabeza mientras repaso mentalmente los tres movimientos siguientes. Luego asiento con petulancia.
—Sí. Dos movimientos como mucho. Y eso siendo generosa. Mejor ríndete y echamos otra partida.
—¡Dios mío, no me estabas escuchando para nada! —chilla Bonnie en ese tono agudo que sabe que me saca de quicio. Tengo el oído supersensible, y hay veces que juro que oigo a los bichos reptar por dentro de las paredes.
Vuelvo la cabeza a la izquierda y frunzo el ceño mirando las paredes azul claro de lo que llamo mi «sala de sol», aunque ya no le da nada de sol desde que construyeron esa monstruosidad de complejo de apartamentos justo al lado de mi pequeño dúplex.
Oído sobrehumano aparte, casi pude oír cómo se desplomaba el valor de mi propiedad en cuanto pusieron los cimientos.
Bonnie está diciendo algo, pero no la escucho. Estoy atenta a eso. Ese extraño zumbido que creía que era de la obra de al lado, pero que parece venir de mis paredes.
—¿Oyes eso? —digo, y alzo la ceja izquierda, lo que hace que Bonnie se lleve la mano al pecho y jadee con ese dramatismo exagerado tan suyo.
—No —dice, y deja el numerito con un suspiro—. Bueno, sí, oigo un montón de cosas si presto atención. Pero todo es ruido de fondo.
—A eso me refiero —digo—. Ruido de fondo. Escucha. Ese zumbido. ¿Lo oyes?
Miro a Bonnie y ladeo la cabeza.
—En realidad es más como un runrún, ahora que lo pienso.
—No, es un zumbido —dice Bonnie, y pone los ojos en blanco—. Un zumbido, fijo.
De repente se inclina y me coge la taza de café. La huele y gruñe.
—Hum. Solo café.
Vuelvo en mí y me río.
—¿Qué, pensabas que estaba bebiendo vodka todo este rato? Son las once de la mañana, Bonnie. Eso va más contigo que conmigo.
—Eh, ese era el estilo de las dos en la universidad, cielo —responde Bonnie—. Desde luego que vivimos la experiencia completa de hermandad universitaria.
Me río otra vez mientras recuerdos borrosos de nuestra casa de hermandad me vienen a la mente, revoloteando como la brisa extrañamente cálida que entra por la ventana entreabierta. Hace un día soleado (aunque no en mi «sala de sol», claro...), pero estamos a mediados de enero.
—Bueno, no la experiencia completa —digo, y me sonrojo sin saber por qué mientras encojo mis piernas gruesas hacia mi cuerpo, que reconozco que es grande, y me abrazo como una colegiala—. Nos saltamos totalmente la parte del sexo borracho.
—El sexo borracho está sobrevalorado —dice Bonnie con una risita—. Pero es mejor que nada de sexo. Que es más o menos la situación de las dos ahora mismo, por desgracia.
Estallo en carcajadas, dando palmas y meciéndome adelante y atrás hasta que mis pechos grandes rebotan y se agitan de una forma que me hace sentir un estremecimiento cálido por todo el cuerpo.
Sé que Bonnie está siendo sarcástica, o irónica, no estoy segura.
Pero le pillo el humor. Nos hicimos amigas en la universidad porque éramos chicas grandes a las que habían criado para querernos a nosotras mismas, querer nuestros cuerpos, querer la vida y todo lo que hay en ella.
—Entonces, ¿dónde nos desviamos? —murmuro en voz alta mientras mi mente repasa la década desde que nos graduamos, una década en la que las dos fracasamos en el amor más veces de las que parecía justo.
—Eh, está claro que estás manteniendo una conversación contigo misma, pero aun así, mi respuesta es: habla por ti —dice Bonnie con firmeza, y se cruza de brazos sobre su busto generoso mientras me mira por encima del hombro—. Yo voy avanzando hacia mis objetivos según lo planeado.
—Ah, claro —digo, y se me borra la sonrisa mientras fulmino a Bonnie con la mirada.
La quiero con locura, pero también me encanta ganar, especialmente una discusión—.
Bonnie la gran banquera. A un ascenso de...
¿qué? ¿De qué, Bonnie? ¿Felicidad? ¿Familia?
¿Bebés? No. A un ascenso de otro peldaño más en la puñetera escalera.
No te cortes cuando rompas el techo de cristal, cielo.
Bonnie me mira como si se preguntara si hablo en serio. Mi comentario fue un poco hiriente, pero no me echo atrás en una pelea.
Y cuando veo sus ojos marrones entrecerrados y sus labios curvarse en una sonrisa competitiva, sé que ella también va a por todas.
—Al menos yo tengo una carrera, objetivos, algún maldito propósito en la vida —contraataca—.
Tú te gastaste todo el dinero que te dejaron tus padres en esta casita tonta y ahora estás arruinada.
Y sola. Y en paro. ¿Cuál es tu plan, eh?
¿Esperar a que un Príncipe Disney sin nombre aparezca montado en un unicornio saliendo de una nube blanca y esponjosa?
O sea, ¿matrimonio, familia, bebés? ¿Es eso en lo que piensas todo el día?
Joder, necesitas salir más, hermana. Deja de vivir en el pasado.
Una mujer no necesita nada de esa mierda para ser feliz y sentirse realizada.
Parpadeo mientras su respuesta me escuece como una bofetada.
Sé que tiene razón. He visto a un montón de mujeres que son solteras convencidas y viven vidas estupendas.
Pero al mismo tiempo no me gusta que Bonnie esté insinuando que querer a alguien especial, querer la tradición de una boda, el futuro de una familia, bebés y jardines y perros y todo eso, pertenece al pasado.
Estoy a punto de soltarle mi propio sermón sobre el tema, pero en el último momento me contengo.
Sé que Bonnie está ocultando sus propios miedos e inseguridades igual que yo.
Sé que hay una parte de ella que anhela a ese hombre único e irrepetible, esa pareja perfecta, alguien que la haga perder la cabeza como en todas las novelas románticas, alguien que conquiste su imaginación y su corazón, su mente y su maldita alma.
Que la conquiste y la haga suya.
—Mi tipo de príncipe no monta un unicornio —digo, echándome atrás y forzando una sonrisa mientras intento controlar mis ganas de pelea—. Más bien una Harley.
Bonnie resopla y esboza su propia sonrisa.
—Oh, por favor. Lo del chico malo no va contigo. Tu tipo es el artista atormentado y melancólico. Lo que significa que tu príncipe va a llegar en un Escarabajo de Volkswagen salpicado de pintura.
—Sí, buena suerte intentando meter mi gran trasero en un Escarabajo de Volkswagen —digo, y ahora las dos sonreímos ampliamente mientras el ambiente se relaja un poco.
Las dos respiramos hondo y luego suspiro—.
Pero en serio, Bonnie. Sabes que estoy contigo en eso de que cada mujer debe elegir su propio camino.
Pero últimamente hay una necesidad que me bulle por dentro...
quizá sean las hormonas o algo así, no lo sé.
Simplemente siento que algo se acerca, ¿sabes? Para las dos.
—Vale, eso suena a maldito presagio de muerte —murmura Bonnie.
Intenta poner los ojos en blanco pero no lo consigue del todo.
Siempre he sido la más soñadora de las dos, pero aunque nunca lo admitiría, Bonnie también quiere esa historia de amor a la antigua—.
¿Algo se acerca para las dos? ¿Intentas asustarme o es que... ?
Nos interrumpe un pitido en mi gran teléfono rojo, y lo agarro horrorizada. No quiero que Bonnie sepa que he vuelto con lo de las citas online. No después del desastre de hace seis meses, que me hundió en la peor racha de soledad de mi vida.
—Vale, tienes prohibido conocer a tíos por Internet —chilla Bonnie mientras intenta agarrar el teléfono—.
Quedamos en que necesitas salir y conocer a alguien en persona.
Si no, te quedas atrapada en estas relaciones de puro mensaje y cuando por fin conoces a tu príncipe no se parece en nada a la foto y no es ni de lejos tan majo como por escrito. Y otra cosa...
La hago callar lanzándole el teléfono al regazo y soltando un gruñido, como si al menos hubiera ganado esta pequeña batalla.
—No es una cita. Es una oferta de trabajo. ¿Sin rumbo y en paro? Ya no por mucho tiempo. Echa un vistazo.
Bonnie parpadea y se concentra en el teléfono. Navega por esa aplicación nueva tan chula donde los autónomos pueden publicar su perfil y este se envía a todo tipo de empresas y particulares que buscan contratar a alguien para cualquier cosa, desde cortar el césped hasta gestionar sus inversiones.
—Eh, esto es para un puesto de asistente.
Tienes un título universitario, Addie. ¿Por qué ibas siquiera a solicitar ser la asistente personal de un ejecutivo cualquiera?
Además, esto es de una empresa random llamada Dead Sea Drilling en Oriente Medio o algo así.
¿Dead Sea Drilling? ¿En serio? Suena a tapadera de una productora de porno clandestino.
—Las empresas que aparecen en esta web están todas verificadas y comprobadas —digo, inventándomelo sobre la marcha.
Por supuesto, ni siquiera voy a plantearme responder a un mensaje misterioso de una empresa llamada Dead Sea Drilling, pero Bonnie no necesita saber eso—.
Seguro que es un negocio totalmente legítimo.
—A ver —dice Bonnie con firmeza. Me devuelve el teléfono y saca el suyo, negro y de aspecto profesional—. Dead Sea Drilling. Vamos a ver qué dice Internet. Oh, mira. Nada de nada. Una empresa fantasma.
Suspiro y espero esa mirada de triunfo, pero entonces Bonnie vacila.
—Mmm —dice, frunciendo el ceño mientras desliza el dedo—. Déjame ver qué tiene la base de datos de mi banco sobre esta gente.
—Podrían ser mujeres, ¿eh? —digo.
—Ninguna mujer va a montar una empresa llamada Dead Sea Drilling. Además, creo que perforar en busca de petróleo es ilegal en el mar Muerto. Ahí está.
Bonnie frunce más el ceño mientras lee lo que sea que esté sacando de los archivos privados de su banco. Luego levanta la vista con una media sonrisa perpleja.
—Vaya. Así que la empresa es real. El banco tiene un expediente sobre ellos. Es un holding, lo que significa que no hace nada salvo poseer otras empresas. También es privada, lo que significa que pertenece a un individuo o a una familia.
Otra pausa y otro deslizamiento. Luego un toque en la pantalla y se le abren los ojos como platos.
—Una familia, parece —dice, con los ojos clavados en la pantalla de una manera que despierta mi curiosidad como la de un gato en una casa nueva—. Dos hermanos.
Una pausa cargada, puntuada con un jadeo y un aleteo de párpados.
—Dios. Mío. Vas a aceptar este trabajo, Addie. Aunque vayas a ser una criada en un castillo en medio del mar Muerto, vas a aceptar este trabajo.