La asistente voluptuosa del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 1)
© inepub.com
1
ARTHUR
Remolinos rojos.
Rayas amarillas.
Trazos de púrpura iridiscente.
Salpicaduras de azul medianoche.
Me alejo del enorme lienzo y arqueo la ceja izquierda mientras examino mi última obra maestra. El sol entra a raudales por la ventana abierta de la Torre Este de mi castillo, y respiro hondo el aire caliente y salado que fluye sobre el Mar Muerto y se arremolina contra mi piel desnuda.
—Es igual que todas las malditas pinturas que has hecho en los últimos trescientos años —gruñe Brogan con sorna desde la escalera de piedra que conduce a las entrañas de mi castillo de piedra negra y pan de oro—. ¿Qué tal si pintas algo que realmente parezca... no sé... algo?
—Tienes razón —murmuro, frotándome la barba incipiente de mi enorme barbilla, tan puntiaguda como las torres afiladas de mi castillo.
Sé que mi molesto hermano menor Brogan solo está jodiéndome, pero no le falta razón—.
Es una mierda. Todo es una mierda. Soy un fracaso. Un fraude. Un maldito chapucero.
Oigo los pasos pesados de Brogan a mi espalda mientras trepa hasta la estancia abierta y cruza los brazos sobre el pecho, dejando escapar un lento suspiro de satisfacción.
—Llevo siglos diciéndotelo, Arthur —me pincha—. Venga, hermano mayor. Haz pedazos ese lienzo. Destrózalo y tíralo al viento para que nadie tenga que ver tu horrible mierda de arte moderno. Hazlo, Arthur. Hazlo.
Las últimas palabras salen en un siseo, y huelo el humo de dragón en la habitación mientras Brogan se mete conmigo como siempre.
Sabe que siempre me pongo en este modo hipercrítico cuando termino una pintura.
Sabe que siempre odio la pintura, odio mi talento, odio mi maldita vida que parece tan inútil como estas salpicaduras aleatorias de color que llamo arte.
Pero también sabe que nunca soy capaz de destruir una de mis pinturas, arruinar una de mis creaciones, tirar lo que es mío.
Porque es mío.
Mío.
Todo mío.
Propiedad.
Posesión.
Esa es la esencia del espíritu del dragón, y arde con fuerza en mí aunque no me he Transformado en casi quinientos años.
Sí, todavía arde con fuerza en mi alma atormentada.
La necesidad del dragón de acumular.
La necesidad del dragón de poseer.
La necesidad del dragón de reclamar, de apoderarse, de ¡joder, poseer!
—No puedes hacerlo, ¿verdad? —susurra Brogan a mi espalda.
Sigue bromeando, pero puedo oír la admiración a regañadientes en su voz, la complicidad que nace de pasar siglos como hermanos aunque siempre será un crío en mi mente—.
Bueno, quizá valga algo cuando estés muerto, Arthur.
El único problema, claro, es ¿dónde coño vas a guardar esta monstruosidad?
¡Tu castillo está hasta arriba de lienzos!
¡No queda ni un centímetro de pared libre!
Tus bóvedas están repletas de... eh, «obras maestras» enrolladas...
que no valen ni lo que cuesta el lienzo barato que usas para—
Me giro de golpe, y una sonrisa feroz se dibuja en mi rostro enjuto y lleno de cicatrices mientras cuadro los hombros y clavo la mirada en mi hermano pequeño. Soy más ancho y más alto que ese imbécil, pero él es puro músculo, igual que yo, igual que todos los Cambiadores de Dragón que quedamos.
Aunque ¿cuánto tiempo sobreviviremos sin descendencia?
¿Sin compañeras?
¿Sin... amor?
—¿Qué tal si enrollo ese lienzo de cuatro metros y medio y te lo meto por la garganta para guardarlo?
—le suelto, cerrando los puños mientras mi sangre ardiente bulle y mi aliento sale en volutas blancas de humo.
Parpadeo sorprendido al sentir al Dragón enroscarse dentro de mí como si quisiera emerger, extender sus alas negras y doradas, estallar en vida ardiente y atravesar los muros de piedra de esta prisión autoimpuesta.
Por supuesto, eso no va a pasar. No ha pasado en siglos, así que ¿por qué iba a pasar ahora?
—. O quizá por el culo —añado, tragando saliva mientras siento a mi Dragón sisear dentro de mí, recordándome que no todo está perdido, que no está muerto todavía, yo no estoy muerto todavía, los Dragones no están muertos todavía—.
Así mataría dos pájaros de un tiro. No solo mi lienzo estaría bien guardado, sino que tú también cerrarías la puta boca.
—¿Por qué? —dice Brogan, rascándose la cabezota y gruñendo mientras pica el anzuelo por completo.
—Porque la mayor parte del tiempo hablas por el culo y no por la boca —gruño, con una sonrisa diabólicamente triunfante retorciéndome el rostro.
Con un rugido, Brogan se me echa encima, cruzando la amplia estancia de un salto mientras yo grito de alegría y salgo a su encuentro.
Y entonces estamos peleando como dos críos en el patio del colegio, dando puñetazos y patadas como animales, gruñendo y escupiendo como ninguna criatura sobre la faz de la tierra.
—¡Los ojos no! —aúlla Brogan cuando le cruzo la cara engreída de una bofetada, y mi dedo largo le pincha en el ojo izquierdo mientras él lanza puñetazos a lo loco.
—Aguanta como un hombre, niñato —grito mientras la cara de Brogan se pone roja por la fuerza de mi golpe, que sé que duele tanto por el insulto de recibir una bofetada como un crío en vez de un puñetazo como un hombre.
Peleamos como críos hasta quedar exhaustos, y finalmente rodamos cada uno hacia un lado y nos quedamos tumbados boca arriba en el suelo de piedra fría de mi castillo oscuro. Nuestros enormes pechos suben y bajan, y el humo de dragón flota denso en el aire salado.
Pero es solo humo.
Sin fuego.
Sin alas.
Sin escamas.
—Mira lo que has hecho, zoquete —digo al sentarme y ver que mi obra maestra recién terminada tiene un agujero enorme del tamaño y la forma del puño carnoso de Brogan—. ¿Dónde coño está mi aguja y mi hilo?
Brogan se incorpora, pero enseguida se deja caer otra vez y se revuelca mientras se burla de mí.
—No vas a coser este maldito agujero. Eso ya es demasiado, Arthur. En serio, tío. Creía que lo había visto todo, pero esto tengo que verlo.
Tardo un momento, pero luego esbozo una sonrisa hasta que al final yo también me echo a reír.
—Tío, tenemos que salir más —murmuro, sacudiendo la cabeza.
—Habla por ti, hermano —dice Brogan—. Tú sí que necesitas salir más.
Yo llevo una vida activa y plena. Dirijo doce negocios en ocho países diferentes —hace una pausa y mira hacia la izquierda como si estuviera contando—.
Bueno, quince si cuentas los ilegales. Pero como esos no existen legalmente, mejor no los contemos.
—Sí, mejor no contar los negocios turbios e ilegales por si Hacienda está escuchando —digo mientras sacudo mi gran cabeza con resignación.
Brogan se ríe, pero entonces sus ojos verdes se entornan y casi se suavizan al fijarse en mí.
—Pero en serio, hermano. Que nuestros Dragones estén perdidos no significa que estemos muertos de mierda, ¿sabes? Todavía hay vida fuera de las murallas de este castillo, ¿sabes? Vida y amor.
Resoplo mirando a mi hermano.
—¿Amor? ¿Así es como llamas a tus rollos de una noche estando borracho?
—Una y listo, nena —dice Brogan con un gruñido—. Hasta que lleguen nuestras compañeras predestinadas, por supuesto. Voluptuosas y desnudas, cabalgando unicornios entre una puta nube de polvo de estrellas.
—Compañeras predestinadas —gruño, intentando poner los ojos en blanco pero sin lograrlo del todo por alguna razón.
De nuevo siento a mi Dragón enroscarse y sisear en lo más profundo de mi alma, y parpadeo y miro hacia la izquierda mientras trago saliva.
Luego parpadeo otra vez y logro soltar un resoplido ante el comentario de Brogan—.
¿Así que estás listo para creer en el mito o todo esto es tu nueva fantasía?
—¿Por qué no? ¿Acaso no es también tu fantasía? —espeta Brogan.
—¿Fantasía? ¿De qué hablas? —gruño.
—¡Me refiero a esto, Arthur! —dice mientras se incorpora y extiende sus gruesos brazos—.
Encerrarte durante siglos en un castillo oscuro en medio del Mar Muerto.
Al menos yo estoy ahí fuera buscando a mi Compañera Predestinada.
¡Tú solo estás aquí sentado esperando a que ella venga a ti! Así no funciona la mierda, hermano.
—¡Así es exactamente como funciona la mierda!
—rujo, sintiendo cómo mi ira aumenta mientras ahora soy yo quien muerde el anzuelo y me dejo arrastrar a una discusión que no quiero tener—.
¡Eso es lo que significa el destino, Brogan!
De eso va el destino. Fe en el universo.
Fe en el futuro. Fe en lo que es mío. Mío. ¡Jodidamente mío!
El humo brota de mis fosas nasales, y juro que siento el fuego en mi sangre, oigo a mi Dragón sisear y gruñir como si percibiera que algo se acerca, como si siglos de espera estuvieran llegando a su fin, como si el destino por fin estuviera recompensando mi paciencia con el regalo prometido por el antiguo Mito del Dragón:
El Mito de las Compañeras Predestinadas.
Una mujer perfecta para cada uno de nosotros.
Una mujer perfecta para volver a despertar al Dragón en nosotros.
Para portar nuestra semilla.
Para ser nuestra para siempre.
Mía para siempre.
¡Mía!