La asistente voluptuosa del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 1) 6
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ADDIE

—No es diminutivo de nada, que yo sepa —le digo a Arthur. Estamos sentados en lo alto de una maravillosa torre abierta que da al vacío del Mar Muerto. El sol pega con una fuerza bestial, pero me encanta.

A Arthur también, está claro. Está sonriendo y mirando directamente al sol, y solo cuando me doy cuenta de que tiene los ojos bien abiertos recuerdo el diminuto dragón que vi en sus iris.

Estamos sentados en tumbonas que parecen sorprendentemente modernas teniendo en cuenta todo el rollo del castillo, y Arthur me tiene cogida la mano con una posesividad que sé que impregna cada parte de su ser.

—Eres un acumulador, ¿verdad? —digo en voz baja mientras lo miro de reojo.

Estoy entrecerrando tanto los ojos que probablemente me saldrán arrugas antes de que anochezca, pero me da igual.

Por alguna razón, siento que voy a envejecer junto a este hombre.

Este «hombre mayor», me digo con una risita.

Apuesto a que todavía tienes camisetas de cuando eras niño guardadas en algún sitio.

Arthur me dirige su sonrisa, y me derrito por cómo me mira, como si fuéramos viejos amantes. Viejos amantes que acaban de empezar a conocerse.

—Cuando yo era niño no existían las camisetas —dice en voz baja, entrecerrando los ojos y lanzando una mirada fugaz hacia arriba y a la izquierda, como si deseara no haber dicho eso.

Cierro los ojos y exhalo lentamente para relajarme.

La última hora ha sido un borrón, pero eso no significa que me haya perdido las cosas extrañas que Arthur ha mencionado: Dragones, Metamorfos, y esa forma suya de hablar con una extraña mezcla de lenguaje anticuado salpicado de expresiones modernas casi de universitario.

—Claro, porque tienes quinientos años —digo—. O eso también era una metáfora. Perdí un poco el hilo de todo hace un rato.

Arthur carraspea y me aprieta la mano.

—Espero no haber sido demasiado brusco. Tendré mucho cuidado cuando te reclame. Tu cuerpo tardará un tiempo en acostumbrarse a mi poder.

Lo miro, tratando de averiguar si va en serio o si solo está haciéndose el machote. Pero está completamente relajado, totalmente tranquilo, hablando con naturalidad como si de verdad estuviera describiendo lo intensa que va a ser nuestra futura vida sexual.

Trago saliva mientras el pánico amenaza con desbordarse y abrumarme, arrastrarme y ahogarme.

Pero mi mano sigue firmemente sujeta en la de Arthur, y aunque una parte de mí se está dejando llevar por el pánico, no puedo imaginarme apartándome.

Siento esa energía protectora tan intensa en Arthur, junto con la necesidad de poseer y dominar.

El pánico no es porque le tenga miedo a Arthur.

Es porque me tengo miedo a mí misma.

Miedo de lo que haré si me cuenta sus secretos, si abre su fortaleza y me invita a entrar, si me deja mirar dentro de su bóveda y luego elegir si quiero compartir lo que guarda en su interior.

—¿Quién eres? —susurro—. ¿Qué eres?

La fuerte mandíbula de Arthur se tensa y esos ojos verdes se entrecierran mientras respira hondo y lento.

—¿De verdad quieres saberlo, Addie? Nunca me creerías. Y si me creyeras, huirías a un millón de kilómetros de aquí.

Bajo la mirada hacia la bata de seda que llevo puesta, con los deditos de los pies asomando por debajo, rosados por el sol. —No vestida así, desde luego que no. Venga. Responde a la pregunta. Puedo con ello.

Arthur respira hondo otra vez, estudiando mi rostro como si me estuviera leyendo.

—No. Responde tú a la pregunta.

Frunzo el ceño.

—Eh, si supiera la respuesta no estaría preguntando, genio.

Arthur sonríe.

—Primero me preguntaste quién era. Pero luego preguntaste qué era. Lo que significa que ya sabes algo sobre mí. Más de lo que estás dispuesta a admitir.

Parpadeo y aparto la mirada. Luego sacudo la cabeza.

—Tienes razón. Probablemente no esté lista para la respuesta. Probablemente no esté lista para nada de esto.

—No —dice Arthur con ese tono práctico suyo—. Pero lo estarás. Y necesitaré que estés lista.

—¿Qué significa eso? ¿Lista para qué?

La mirada de Arthur recorre mi escote y baja por mis curvas. Luego sonríe de una manera que me pone muy, muy nerviosa, aunque de un modo extraño.

—¿Recuerdas cuando creíste ver un dragón en mis ojos y te dije que era una enfermedad? —dice en voz baja.

—Sí, ¿qué pasa con eso?

—Bueno —dice Arthur con un gruñido grave mientras saca con calma sus largas y pesadas piernas de la tumbona y se gira para mirarme—. Prepárate para ser infectada.

Y antes de que me dé cuenta de lo que está pasando, Arthur tira de mí hacia él, abre sus enormes fauces de par en par, ¡y me clava los dientes en el maldito cuello!

Todo mi mundo se vuelve negro, y sé que debo de estar muriendo desangrada. Pero por alguna razón no siento la calidez pegajosa de mi sangre. Tampoco tengo la sensación de que Arthur me esté drenando.

No, él no está bebiendo mi sangre.

Él está... él está...

¡Está inyectando algo en mi sangre!