La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Tres
98%

Tres

BEN

El bar se llama The Rusty Tap, y no debería estar aquí.

El suelo está tan pegajoso que mis zapatillas hacen un leve sonido de despegue con cada paso, probablemente por una mezcla de cerveza derramada, sudor y el limpiador industrial que usen para fingir que este sitio cumple las normas sanitarias.

Es como si toda la sala estuviera recubierta de una película de malas decisiones, y yo soy una capa más.

Pero Nash y Stiles habían tenido otras ideas después del entrenamiento de hoy.

—¡Vamos, Kellerman, vive un poco! —había bramado Nash en el vestuario—. No puedes pasarte todas las noches trasteando con chatarra.

Era una lámpara antigua, no chatarra, y vale cuarenta dólares cuando la revenda.

Pero explicárselo a Nash sería como explicar mecánica cuántica a una pared de ladrillos, excepto que al menos la pared tendría la decencia de quedarse callada. Así que probé el enfoque más seguro: una negativa educada seguida de un intento de escabullirme hacia la puerta.

No había funcionado.

Ahora estoy encajado en un reservado que ha conocido décadas mejores, el vinilo agrietado y remendado con cinta americana, escuchándolos hacer de comentaristas de mis perspectivas románticas como si esto fuera ESPN y yo fuera el desfavorecido en un campeonato que nadie quiere ver.

—OK, OK, ¿y qué tal ella? —Stiles señala con el dedo hacia una morena cerca de la diana—. Está buena.

Stiles entrecierra los ojos y luego niega con la cabeza como un juez en un concurso de talentos.

—Se lo comería vivo.

—Cierto —dice Nash—. Y él le daría mil vueltas al acercamiento, se quedaría paralizado intentando pensar en la frase de apertura óptima, y ella se largaría antes de que abriera la boca.

Stiles resopla.

—Qué va, se pasaría veinte minutos explicándole cualquier cosa de ingeniería, y ella se iría antes de que terminara.

Los dos se ríen, y yo le doy otro trago a mi cerveza.

—No creo que necesite encontrar una chica esta noche...

—¿Y la rubia de la barra? —interrumpe Stiles, alzando la voz, haciendo que unas cuantas personas en las mesas de al lado se giren a mirar.

Esta es la parte en la que una persona normal se plantaría y les pediría que pararan.

Y si siguieran insistiendo, le tiraría la cerveza a Nash en la cara, saldría dando un portazo y pasaría el resto de la noche haciendo literalmente cualquier otra cosa.

Pero yo me quedo callado, porque encajar es más importante que destacar.

Con un suspiro, echo un vistazo a la rubia.

Es guapa, pero también está enfrascada en una conversación con un tipo que parece salido de un anuncio de colonia: todo mandíbula afilada y pelo artísticamente despeinado, la clase de tipo que probablemente hace llegar a una mujer al orgasmo con un susurro al oído.

—Está con alguien —digo.

—Solo es un chico, no es su chico —dice Nash—. Ve a usar la magia Kellerman.

—La magia Kellerman —repito con tono plano.

Stiles asiente.

—Confianza… humor autodespreciativo… ¡Se lo va a tragar!

Sé que soy incapaz de eso, porque ya lo he intentado.

Hay una diferencia entre «encantadoramente autoconsciente» y «por favor, deja de hablar, estás haciendo que esto sea raro», y yo siempre, siempre, soy lo segundo.

Así que, normalmente, sufro un cortocircuito, balbuceo algo vergonzoso y salgo corriendo.

Pero Nash y Stiles me miran con la energía expectante y ligeramente maníaca de un público pidiendo un bis, y sé por experiencia que no van a dejarlo pasar.

Si no lo intento con la rubia, se pondrán cada vez más ruidosos e insoportables, mientras que si lo intento y me estrello, se reirán y pasarán a otra cosa.

Quizá.

Así que la única salida es ir hacia delante.

—Bien —digo, y la palabra me sabe a derrota.

—¡Así se habla! —Nash me empuja fuera del reservado.

Me abro camino hacia la barra, con el corazón ya haciendo eso de intentar abrirse paso a zarpazos fuera de mi pecho y correr hacia la salida sin mí.

Podría seguirlo puerta afuera, y me lo planteo brevemente, hasta que recuerdo que no tengo coche y un Uber hasta casa desde aquí me dejaría en la ruina.

Solo es una conversación. Has tenido conversaciones antes. Hablas con gente todos los días. Eres un ser humano funcional. Puedes hacerlo.

Excepto que no puedo. Porque hablar con mi compañera de proyecto, Anya, sobre la ley de voltaje de Kirchhoff en el laboratorio de ingeniería no es lo mismo que hablar con una chica en un bar.

Anya y yo nos comunicamos en el idioma compartido de los diagramas de circuitos y los humos de soldadura. ¿Pero esto?

Esto es saltar por encima de una trinchera para enfrentarse a las ametralladoras enemigas.

La rubia se gira cuando me acerco, y su sonrisa es cálida y amistosa, el tipo de sonrisa que en cualquier otro contexto pondría a alguien a gusto. Pero mi cerebro la interpreta como un foco, un reflector cortando la oscuridad para dejar al descubierto el fraude que soy.

Abro la boca.

No sale nada.

Ni siquiera un sonido.

Su sonrisa flaquea, un destello de confusión cruzándole la cara.

—¿Estás… bien?

Lo intento de nuevo. Esta vez consigo producir algo que generosamente podría llamarse una sílaba, pero sale estrangulada y rota, y su expresión pasa de amistosa a preocupada a —y esta es la peor parte— compasiva.

Es la misma mirada que la gente le dedica a los niños perdidos en el supermercado, y yo la recibo con regularidad siendo adulto.

—Lo siento —dice con suavidad mientras busca una salida con la mirada—. Creo que mi amiga me está haciendo señas.

Se ha ido antes de que pueda siquiera procesar el rechazo, deslizándose entre la multitud con la soltura practicada de alguien con mucha experiencia escapando de situaciones incómodas.

Sé que su amiga no le está haciendo señas; es solo la mentira educada que la gente cuenta cuando necesita alejarse de ti sin montar una escena.

A mi espalda, el reservado estalla.

—¡Y ahí la tienen, señoras y señores! —la voz de Stiles corta el bar como una sirena de niebla—. ¡La Retirada Kellerman, en vivo y en directo!

Tengo dos opciones: volver al reservado y aguantar una hora de esto, o encontrar otro sitio —cualquier sitio— donde estar.

Elijo el mosh, porque la banda acaba de arrancar, y son ruidosos.

Lo bastante para ahogar las risas de Nash y Stiles y las de los pocos en las mesas cercanas que vieron lo que pasó.

Es objetivamente el peor plan posible. El mosh es el caos encarnado, una masa agitada de cuerpos chocando unos contra otros. Pero es el único refugio disponible que no implica volver con Nash y Stiles, así que me abro paso y dejo que la avalancha de desconocidos me engulla.

Es tan fuerte que no puedo oír mis propios pensamientos, lo cual es casi un alivio.

La música es un muro de ruido: guitarra pesada y distorsionada, un ritmo de batería que se siente como un segundo latido en mi pecho, y una línea de bajo tan profunda que me vibra en los huesos.

Me concentro en eso, dejando que ahogue el recuerdo de la sonrisa compasiva de esa chica y la risa de Stiles.

Un tipo me embiste por la izquierda, y otro me roza por la derecha.

Soy demasiado alto, un blanco demasiado fácil, y los demás parecen disfrutar rebotando contra mí.

Así que, mientras las guitarras arrasan, me desplazo hacia el escenario, intentando encontrar un hueco de caos ligeramente menos violento.

Entonces es cuando la veo.

Y durante un segundo, mi cerebro se queda completa y maravillosamente en silencio.

Mide quizá metro setenta, de pie al frente del escenario como retando al público a acercarse.

Un pelo rubio cortado a trasquilones le cae sobre una cara que no sonríe —que ni siquiera lo intenta— y que en cambio luce una mirada feroz y desafiante que la hace parecer lista para pelear con Dios y ganar.

Lleva una falda de cuadros sujeta con imperdibles en unos quince sitios, medias de rejilla rotas y botas militares. Y es casi lo más naturalmente hermoso que he visto en mi vida: una chica cómoda en su propia piel, gritándole al mundo.

Pero no hermosa de la manera segura, ni fácil, ni diseñada para hacerte sentir cómodo. Es hermosa como lo es una tormenta eléctrica: peligrosa, impredecible, imposible de dejar de mirar incluso cuando tu cerebro te grita que te pongas a cubierto.

Tiene las piernas separadas, plantada, la guitarra colgada baja a la altura de las caderas como un arma. No está pidiendo la atención del público. La está exigiendo, y el público se la da —yo se la doy—, mi concentración en ella cortando el caos como una cuchilla.

Incluso desde aquí, puedo ver la intensidad en sus ojos, cómo todo su cuerpo está tenso, un muelle comprimido hasta el punto de ruptura y listo para explotar.

Y entonces explota, sus dedos volando sobre el mástil, rápidos y precisos, produciendo un riff arrollador y furioso que golpea como un tren de mercancías.

No puedo quitarle los ojos de encima.

No es solo que esté buena —que lo está, de una manera que hace que mi cerebro olvide cómo procesar información visual—, es la confianza.

La forma en que se adueña del escenario, la forma en que le importa una mierda lo que piense cualquiera.

No está tocando para el público. Está tocando contra ellos, y se lo comen.

Una chica así jamás se fijaría en alguien como yo.

Ella es todo lo que yo no soy.

Segura de sí misma, sin miedo, y en completo control del espacio que ocupa.

Pero incluso mientras ese pensamiento se asienta, otra cosa se activa.

Algo más silencioso, pero igual de poderoso.

Oigo el sonido.

No solo la música, sino el sonido en sí, el carácter específico de su tono. Es precioso: cálido, denso, con esa saturación ligeramente crujiente que solo ocurre cuando llevas válvulas antiguas justo al límite, trabajando con la guitarra para darle ese gruñido que corta la mezcla como una cuchilla.

Es perfecto.