La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 38
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Capítulo 38

treinta y ocho

ROOK

La puerta del apartamento de Morgan se cierra a mi espalda con un clic que suena definitivo como el de una celda.

El espacio es exactamente lo que esperaba.

Estéril, organizado hasta el último milímetro, y cada superficie reluce.

No hay un solo calcetín perdido ni una botella de agua vacía que rompa la perfección militante, ni nada del caos que hace que mi apartamento parezca la casa de vacaciones de un huracán.

Me quedo plantado cerca de la puerta, con los brazos colgando torpemente a los lados mientras mis dedos tamborilean un ritmo nervioso contra los muslos.

Cada superficie inmaculada parece juzgarme, y tengo un miedo genuino de que mi mera presencia esté de algún modo contaminando su ecosistema perfecto.

Mi instinto habitual me grita que llene este silencio asfixiante con ruido, pero mi garganta ha olvidado su función principal. Porque Morgan me está mirando —no, no solo mirando, acechando— mientras se apoya contra la puerta que acaba de cerrar con llave.

Joder, ¿cuándo aprendió a sonreír así?

El control rígido que normalmente la define se ha derretido en algo líquido y peligroso.

Sus ojos gris pizarra me rastrean con una concentración depredadora, y de repente entiendo cómo se sienten las gacelas cuando se dan cuenta de que la hierba se movió raro o de que uno de sus compañeros no apareció para el almuerzo…

—Estuviste ahí para mí —dice—. Con Galloway, te pusiste de mi lado.

La sala de juntas destella en mi mente, llena de la coalición que pasé tres días construyendo en silencio a base de cadenas de mensajes y sobornos con café.

Luego vino el hermoso silencio de una rebeldía unificada, la forma en que sus ojos se abrieron de par en par con genuina sorpresa al darse cuenta de lo que había orquestado.

—Así que ahora —continúa, despegándose de la puerta con una gracia fluida— quiero ayudarte.

Avanza hacia mí con paso acechante, y mi cerebro primitivo empieza a lanzar bengalas de emergencia.

¡Peligro! ¡Depredador acercándose!

¡También, extremadamente excitado!

¡Confundido, envíen ayuda!

¡O no!

¡De hecho, definitivamente no! ¡Nos arriesgamos!

—¿Ayudarme? —Mi voz se quiebra como si tuviera trece años otra vez, plantado frente a todo octavo grado con una erección inoportuna durante mi presentación de historia.

Su sonrisa se profundiza, algo perversamente divertido bailándole en los ojos. —Tu examen final de sociología es mañana.

—Sí, yo…

—Y necesitas sacarte un diez.

No es una pregunta, pero asiento de todas formas.

El peso de eso cae con fuerza, porque incluso con las restricciones de Galloway suspendidas, necesito esto.

Necesito demostrarme a mí mismo, a mi equipo y a ella que soy más que el idiota ruidoso que hace reír a todo el mundo cuando las cosas se ponen demasiado serias.

Tengo que demostrar que puedo hacerlo.

—Bien. —Se desliza hasta la mesa de centro, donde descansa un libro de sociología—. Entonces vamos a estudiar.

—Vale… —digo.

—Pero —añade, girándose para encararme del todo, cambiando el peso de una forma que hace que sus caderas hagan algo clasificado X— vamos a hacerlo interesante.

Mi cerebro suministra de inmediato unas diecisiete interpretaciones distintas de «interesante», cada una más pornográfica que la anterior. —¿Interesante?

Coge el libro, abriéndolo por una página marcada sin mirar, con los ojos clavados en los míos. —Por cada pregunta que respondas correctamente, obtienes una recompensa.

La palabra «recompensa» en su boca golpea como una promesa envuelta en alambre de púas: peligrosa pero imposible de resistir. Y de pronto soy vísceralmente consciente de cómo su blazer entallado traza curvas que acechan mis sueños, y de cómo la luz del atardecer le prende fuego al pelo.

—¿Qué tipo de recompensa? —Mi voz sale rasposa, como si hubiera estado haciendo gárgaras con grava y malas decisiones.

En vez de responder, cambia directamente a modo profesora. —¿Cuál es el argumento principal de Durkheim sobre la función de la desviación en la sociedad?

La pregunta es como un cubo de agua helada volcado sobre mi libido. Mi cerebro, que hace dos segundos calculaba el tono exacto de sus labios, tiene que ejecutar un giro de emergencia de vuelta a lo académico. Rebusco entre archivos mentales, esquivando el pánico como si fuera un defensa. —Eh…

—Esto te lo sabes, James —me reprende—. Supongo que no quieres tu recompensa…

—La desviación sirve para… para clarificar los límites morales. —Sonrío, como si acabara de conquistar el Everest o ganar la Stanley Cup—. Define lo que es aceptable mostrando lo que no lo es. Como que solo valoramos lo normal porque vemos cómo luce lo jodido.

—Bien.

La aprobación en su voz me llega directa a la polla.

La validación académica no debería ser tan excitante, pero aquí estamos, abriendo nuevos caminos en fetiches educativos que no sabía que existían.

Pero cualquier exploración adicional de ese tema muere cuando ella alza los brazos y, despacio, deliberadamente, se quita el blazer.

Sí, en ningún universo esperaba ver a Morgan haciendo un striptease.

El blazer se desliza por sus brazos a cámara lenta, revelando una blusa blanca impecable que de repente es la prenda de ropa más erótica jamás creada. Lo deja sobre el sofá, cada movimiento deliberado, controlado y específicamente diseñado para asesinarme por frustración sexual.

—Siguiente pregunta —dice, con la misma naturalidad de quien comenta el tiempo—. Explica el concepto de alienación de Marx bajo el capitalismo.

Me lleva tres intentos recordar que las palabras existen y que teóricamente soy capaz de producirlas. Ella está ahí de pie con su blusa y sus pantalones, completamente serena mientras yo estoy sufriendo lo que parece un evento cardíaco, pero al final escupo la respuesta.

—Los trabajadores se… alienan del producto de su trabajo —logro decir—.

No controlan lo que producen ni cómo lo producen.

Solo venden su tiempo, sin crear nada significativo.

Lo comprendo perfectamente, porque en este momento estoy experimentando esa misma alienación respecto a mi capacidad de formar pensamientos.

—Muy bien. —Sus dedos se desplazan al primer botón de la blusa—. Dos de dos, al parecer…

Joder, Jesucristo.

Miro hipnotizado cómo abre el botón con una paciencia agónica. Luego el segundo. Luego el tercero. Cada uno revela otro centímetro de piel pálida, un atisbo de encaje negro. Para cuando llega al último botón, he olvidado mi nombre y posiblemente todo el inglés.

No se quita la blusa, solo la deja abierta como cortinas enmarcando la mejor vista que existe.

El sujetador negro es sencillo, elegante y absolutamente devastador contra su piel.

Puedo ver los músculos definidos de su abdomen, cada línea esculpida por años de entrenamiento brutal, y joder, cómo la deseo.

—Los tres tipos de autoridad de Weber —dice, arrancándome de mis pensamientos, ignorando que está ahí de pie pareciendo cada fantasía que he tenido jamás.

—Tradicional —grazno—. Basada en… en la costumbre y la historia. Legal-racional, basada en normas y leyes. Y carismática…

Se desliza la blusa de los hombros. —¿Carismática? —me insta, dejando caer la blusa.

—Basada en… en las cualidades personales del líder. —Las palabras salen a trompicones, desesperadas—. Su capacidad de inspirar devoción.

—Perfecto.

Lleva las manos a la cintura de los pantalones, y tengo que agarrarme al brazo del sofá para que las rodillas no me cedan. El botón se abre con un suave chasquido que retumba en el apartamento silencioso. La cremallera sigue, cada diente separándose tan lento que es una tortura.

Se baja los pantalones por las caderas, revelando unas bragas negras a juego que me inundan la boca de deseo. Sus piernas son una puta perfección: muslos poderosos que podrían aplastar el cráneo de un hombre (y qué forma de morir) y pantorrillas definidas que hablan de miles de horas sobre patines.

Cuando sale de los pantalones y los aparta de una patada, me lanza la siguiente. —Describe el enfoque dramatúrgico de Goffman sobre la interacción social.

¿Cómo cojones se supone que voy a recordar a sociólogos muertos cuando ella está así?

¿Cuando puedo ver el leve moratón en su cadera del partido de la semana pasada, morado verdoso y absolutamente hermoso en su imperfección?

¿Cuando la luz que entra por sus ventanas impolutas le hace brillar la piel?

—Las personas… las personas interpretan roles —tartamudeo, mi voz descubriendo nuevas octavas—.

El escenario es cómo actuamos en público, los bastidores son lo privado.

Gestionamos impresiones, controlamos lo que los demás ven.

Personalmente, en este momento estoy sufriendo un fracaso escénico total y no recibiría críticas positivas.

—Excelente comprensión.

Lleva las manos a la espalda, y sé lo que viene, pero aun así estoy completamente desprevenido cuando el sujetador se suelta. Lo sujeta en su sitio un momento, esos ojos analíticos oscurecidos por algo que no tiene nada que ver con la evaluación académica.

Luego lo deja caer.

Sus pechos son perfectos. No perfectos-de-revista-retocada, sino reales, tocables, devastadoramente perfectos.

Suaves y pequeños, con pezones rosa pálido ya duros, suplicando por mi boca.

Ante la visión, se me escapa un sonido que generosamente podría llamarse un gemido pero que probablemente se asemeja más a un alce moribundo.

—Una pregunta más —dice, enganchando los pulgares en sus bragas—. Y obtienes tu primera recompensa de verdad.

—Morgan… —Tengo la voz destrozada, como si hubiera estado gritando en un partido durante tres períodos más prórroga.

Descarta mi intento de interrumpir con un gesto. —Explica la relación entre el poder institucional y la agencia individual.