La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—Bordé el trabajo —trago saliva y continúo—. Pero si no saco al menos un B en el final, mi media cae por debajo del nuevo umbral de Galloway…

Su voz llega inmediata, feroz.

—Te sabes este temario, Rook. Tu problema no es la inteligencia. Tu único problema es traducir lo que tienes aquí —extiende la mano y me toca la sien con un dedo enguantado, y el breve roce me dispara chispas por el cuello— en algo que esos robots académicos reconozcan.

La confianza casual en su voz, la certeza de que soy capaz, es una validación que no sabía que necesitaba desesperadamente. A mis padres solo les importaron los resultados, y a mis entrenadores solo les importó el rendimiento, pero Morgan ve algo más y parece importarle yo.

—¿Has estado estudiando desde que… paramos…, verdad? —continúa, esquivando el hecho de que nuestra última sesión de estudio incluyó quitarnos la ropa, temblando ligeramente cuando una ráfaga nos golpea.

Me acerco más, intentando bloquearle el viento.

—Digiriendo y regurgitando el temario todas las noches —digo, con una sonrisa tirándome de los labios—. Es muy sexy, la verdad. Nada como la bulimia académica para terminar el día.

—No todo tiene que ser sexy, Fitzgerald.

—Discrepo rotundamente —el coqueteo se escapa más bajo de lo habitual, solo entre nosotros, y la forma en que sus mejillas frías se sonrojan más me llena el pecho de manera peligrosa—. Te he visto mordiendo bolígrafos cuando estudias…

—Eres idiota —dice, pero con calidez.

—Tu idiota, aparentemente —digo, y entonces quiero meterme bajo la tierra helada y desaparecer—. O sea… no es que tú… no hemos… joder… yo…

Sin duda está luchando contra una sonrisa, y eso me calla y trae mi propia sonrisa boba a la fiesta.

Caemos en silencio otra vez, pero ahora es diferente.

Cargado. El sol casi ha desaparecido, la temperatura cayendo en picado, pero ninguno de los dos se mueve para irse.

Ya no podemos evitar el elefante con forma de biblioteca sentado entre nosotros.

—Lo de la biblioteca fue… —empiezo, y paro, buscando palabras que no sean chistes ni vías de escape.

—Un desastre —termina ella, pero con humor irónico en la voz—. Aunque terminamos tu trabajo.

—Y luego huiste —sin acusación, solo un hecho. Como «el cielo es gris» o «hace un frío que pela».

Se queda callada el tiempo suficiente para que empiece a preocuparme de que ya la he cagado, acurrucada dentro de su bufanda. Pero entonces habla por fin.

—Sí —dice, su voz un susurro arrebatado por el viento—. Es lo que hago cuando las cosas se vuelven demasiado reales y cuando empiezo a sentir cosas que no puedo controlar. Corro como Flash, pero con más daño emocional y mejor pelo.

La honestidad de sus palabras, la admisión envuelta en el humor justo para hacerla soportable, me hace querer alcanzarla. Pero no lo hago. Todavía no. Porque cuando ese momento llegue, si llega, quiero que lo elija ella, con la esperanza ingenua de que el contacto no la haga huir otra vez.

—Que salieras corriendo me mandó al modo pánico total —digo, igualando su honestidad—. ¿Recuerdas esos dibujos viejos donde el robot se confunde, empieza a echar humo y luego explota? Ese era mi cerebro.

Se gira para mirarme, algo casi suave en su expresión, y entonces extiende la mano y agarra la mía. Sus dedos enguantados se entrelazan con los míos desnudos, la lana áspera pero cálida, y joder si este no es el mejor momento de mi vida.

—Te empujé y creé la condición exacta que te haría entrar en espiral —dice.

Asiento.

—Lo de la gala fue estúpido y egoísta. Estaba en pánico y recurriendo a hacer ruido, ser el héroe, arreglar el silencio. Yo…

—James —dice.

—Lo siento mucho. Solo quería ayudar consiguiéndote los recursos…

—Rook —dice.

El uso de mi apodo me saca de la espiral, y nos miramos, nos miramos de verdad, y de repente los dos nos estamos riendo. No fuerte ni teatral, sino risa genuina y pesarosa ante nuestros propios desastres predecibles, el sonido saliendo en nubes blancas entre nosotros.

—Somos un desastre, ¿no? —dice—. Yo huyo, tú persigues. Yo me callo, tú subes el volumen. Somos como un reloj roto.

—Con la sincronización perfectamente desajustada —coincido, acercándome hasta que nuestros hombros quedan pegados contra el frío—. Aunque ¿sabes qué es gracioso?

—¿Qué? —Su voz se engancha ligeramente, y la pillo bajando los ojos a mi boca, mientras su rodilla sigue tocando la mía y su mano sigue entrelazada con la mía.

—Que somos tan predecibles —me río.

—Hacer lo mismo y esperar resultados distintos —recita.

Los dos estamos sonriendo ahora, y me sorprende lo fácil que es esto cuando no estamos actuando ni defendiéndonos. Simplemente… encajamos. Y, como para ilustrarlo, se inclina hacia mí buscando calor, acurrucando su torso contra el mío, lo bastante cerca como para contarle las pecas de la nariz.

—Bien —digo—. Así que quizá deberíamos intentar algo diferente.

Sus ojos buscan los míos, pupilas oscuras.

—¿Como qué?

Me inclino despacio, telegrafiando cada movimiento, dándole cada oportunidad de huir.

Pero no lo hace.

Me encuentra a medio camino.

Cierra los ojos cuando me acerco, pestañas oscuras contra sus mejillas, y cuando mis labios por fin tocan los suyos, están fríos, pero su boca es cálida.

No se parece en nada a nuestros otros besos.

Ni colisión furiosa ni combustión desesperada.

Es suave y cuidadoso y tierno, una pregunta formulada en voz baja y respondida con delicadeza.

Le acuno la cara, mi mano calentándole la mejilla, el pulgar acariciándole el pómulo, sintiendo piel suave como la seda, y se inclina hacia el contacto como si llevara hambrienta de ternura.

El beso se profundiza sin desesperación. La atraigo más contra mí, intentando compartir calor, intentando mantener el invierno fuera. Su lengua toca la mía, explorando. Mi otra mano le encuentra la cintura a través de la gruesa cazadora vaquera, atrayéndola hacia mí.

Cuando enreda sus dedos enguantados en mi pelo, las uñas raspándome suavemente el cuero cabelludo a través de la lana, el sonido que hago debería darme vergüenza, pero estoy más allá de eso.

Y, en respuesta a ese medio gemido medio gruñido, siento su sonrisa contra mis labios, lo que me hace querer repetirlo.

El beso se rompe de forma natural, sin que ninguno se aparte bruscamente.

Nos quedamos acurrucados, frentes tocándose, y simplemente respiramos, compartiendo el mismo espacio diminuto, nuestros alientos mezclándose en el aire helado.

Mi mano se queda en su mejilla, el pulgar trazando la tenue constelación de pecas.

—Eso ha sido sin duda diferente —susurra contra mis labios, con la voz cálida y un poco sin aliento—. Tú callado, y yo sin salir corriendo ni levantar muros…

—Pues hagámoslo costumbre —susurro de vuelta, y me inclino para besarla otra vez, ignorando la escarcha del suelo y el viento cortante, porque lo único que importa es el calor que hay aquí.