Capítulo 36
treinta y seis
ROOK
La hierba del North Campus está muerta, crujiendo bajo mi peso como cristal de azúcar, y el suelo debajo está duro por una escarcha que empieza a calarme los vaqueros.
Está creando una mancha helada y húmeda que sin duda va a hacer que parezca que me he meado encima, pero estoy demasiado ansioso para que me importe.
Mi pierna rebota con la energía frenética que no consigo quemar —tac-tac-tac-tac, como un pájaro carpintero enganchado a la metanfetamina—, desde que mi suspensión me dejó con nada más que tiempo y el silencio en mi cabeza.
Pero al menos tengo las manos ocupadas con el libro de sociología que estoy medio intentando leer, los dedos entumecidos y torpes al pasar las páginas.
Me estoy congelando, pese a la sudadera con capucha y la camisa de franela debajo. Son casi las cuatro de la tarde, lo que en diciembre significa que el sol ya se arrastra hacia el horizonte, llevándose consigo el poco calor que ofrecía. Pero estoy aquí porque ella me lo pidió.
Mi mente sigue volviendo a hace dos días, en O'Neil's, cuando me invitó a una copa desde el otro lado de la barra abarrotada y me dedicó un gesto con la cabeza que sugería que quizá no estábamos del todo perdidos. Fue como una disculpa ofrecida y aceptada, una ofrenda de paz propuesta y acordada.
Desde entonces, miro el teléfono cada treinta segundos, borro y reescribo mensajes que nunca enviaré, y me quedo mirando su contacto como si la telepatía pudiera desarrollarse espontáneamente si me concentro lo suficiente.
Y entonces, esta mañana, envió un mensaje que hizo que mi corazón intentara fugarse por la garganta:
Colina del North Campus. 4 p.m.
Miro el teléfono. 3:58. Mi aliento sale en nubes blancas que se desvanecen al instante en el viento.
Eligió este sitio a propósito. Es un rincón tranquilo al que nadie viene en invierno, salvo fumetas lo bastante valientes para luchar contra el viento y parejas que buscan intimidad a costa de una hipotermia. Porque aquí no hay público ni escenario para mí, ni rutas de escape fáciles para ella.
Un movimiento me llama la atención, y ahí está, caminando por el campo.
Va bien abrigada —una bufanda gruesa y gris enrollada dos veces alrededor del cuello y una cazadora vaquera desgastada sobre capas que no alcanzo a ver—, pero el viento le azota el pelo contra la cara.
Se me corta la respiración —literalmente se me corta, como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el plexo solar—, porque está…
Joder.
La coleta severa que normalmente grita «te destruiré tanto en el hockey como en la vida» ha desaparecido, y en su lugar el pelo le cae en ondas sueltas que atrapan la luz moribunda como fuego de cobre.
Tiene las mejillas sonrosadas por el frío y, por una vez, los hombros no están cuadrados para la batalla.
Se parece a la chica de aquel verano, la que se reía de mis chistes horribles y me dejaba besarla bajo las estrellas hasta que se nos hinchaban los labios. Pero también a la que espanté con mi cobardía, dando lugar a la mujer de hierro que esperaba encontrar hoy.
Pero esta versión… bueno… me gusta esta versión.
A medida que se acerca, veo que la cazadora vaquera cuelga abierta y deja ver una camiseta blanca sencilla debajo de una franela que se le ciñe de maneras que deberían requerir un permiso.
Cada célula de mi cuerpo rastrea su avance: la gracia atlética de su caminar, la forma en que hunde la barbilla en la bufanda contra una ráfaga repentina, la forma en que la luz menguante le tiñe la piel de dorado.
Ya casi está en lo alto de la colina, y me sudan las manos dentro de los bolsillos a pesar del aire helado. Tengo que recordarme conscientemente que debo respirar. Dentro por la nariz, fuera por la boca. Y, mientras tanto, mi mente dispara sin parar.
No llenes el silencio con chistes. No conviertas esto en un espectáculo. No la cagues siendo tú mismo… Espera, no, eso es un consejo horrible. Sé tú mismo, pero como… la versión no mierda que no prende fuego a las cosas…
Se detiene a mi lado, mirando el suelo húmedo y medio helado.
—Estás sentado en el barro —señala, con la voz ligeramente amortiguada por la bufanda.
—Error táctico —admito, con los dientes amenazando con castañetear—. Pero me comprometí con la posición.
Ofrece una sonrisa diminuta, casi imperceptible, y luego saca un impermeable de su bolsa —siempre preparada para todo— y lo extiende sobre la hierba a mi lado antes de sentarse.
Eso la deja cerca —sin tocarnos, pero lo bastante cerca como para oler el aire frío que se le pega y el champú debajo—.
El espacio entre nosotros vibra con energía potencial.
—Resulta que la televisión diurna es todo un mundo que no sabía que existía —digo, manteniendo la voz ligera pero no alta. Sin actuar, solo… hablando.
Sus labios se curvan hacia arriba otra vez.
—Eso es lo que pasa cuando te suspenden. Descubres el lado oscuro de la programación por cable.
—Ayer vi tres horas de un programa sobre gente emocionalmente atada a sus coches. Tipo, románticamente atada —me encojo más en mi sudadera mientras el viento arrecia, atravesando las capas—. Había un tío convencido de que su Mustang le estaba tirando los tejos.
Se ríe de verdad —en voz baja, pero genuina— y el sonido me golpea como dopamina pura. No es una risa amarga ni cautelosa, sino un sonido fácil que le arruga la nariz un poco. La imagen es preciosa, y ahora mismo quiero contarle cómo llevo repitiendo esa noche en la biblioteca dentro de mi cabeza.
Pero reprimo el impulso.
Nada de espectáculos. Nada de grandes declaraciones.
Solo esto.
A donde sea que nos lleve.
Nos sentamos en un silencio cómodo un momento, viendo el sol hundirse más, proyectando sombras largas y frías por el campus. Es extraño, este silencio entre nosotros. No asfixiante como la casa de mis padres, donde puedes oír el matrimonio muriendo un comentario sarcástico a la vez. Solo… silencio.
Es como aquel verano de hace unos años, en una playa con ella, pero unos treinta grados más frío.
—Ayer me dieron una noticia —dice finalmente, con la voz cuidadosamente neutra de una forma que significa todo lo contrario—. De la entrenadora Walsh.
Me giro para mirarla. El viento le ha echado el pelo sobre la cara y se lo aparta con una mano enguantada.
Algo en su expresión me oprime el pecho.
Agotamiento, como si llevara demasiado tiempo cargando con algo pesado.
Es evidente que está esperando que suelte algo, un chiste o una evasiva, o que revele que ya sé lo que va a contarme.
Pero, por una vez en mi vida, mantengo la boca cerrada.
—Galloway ha iniciado una revisión formal del programa del equipo femenino y su viabilidad para el año que viene —tira de un hilo suelto en sus vaqueros, con los dedos enguantados torpes—.
Presentado como una necesidad presupuestaria, por supuesto.
Todo muy legítimo y diseñado para matarnos lentamente mientras queda razonable sobre el papel.
Las palabras flotan entre nosotros en el aire helado.
Puedo ver lo que no dice en la línea tensa de su mandíbula.
Es una sentencia de muerte envuelta en lenguaje burocrático.
Porque, aunque Morgan se graduará en seis meses y tiene futuro en una liga profesional, muchas de sus compañeras vinieron a Pine Barren con la promesa de un programa de calidad en el futuro.
No uno que esté un año y luego desaparezca.
Mi instinto inmediato me grita que salte y lo arregle.
Las palabras se amontonan en mi garganta, desesperadas por estallar en un tsunami de heroicidades mal planificadas.
Cada fibra de mi ser quiere levantarse de un salto, caminar de un lado a otro, esbozar un plan de diecisiete puntos para salvar a su equipo.
Pero la miro —cansada, decidida, sonrosada por el frío, sin pedir un salvador— y me obligo a tragarme cada palabra.
Porque no está pidiendo un héroe, está buscando un compañero, y después de nuestra tregua en el bar está claro que —deliberado o no— esto es una prueba.
Y tengo la sensación de que si la suspendo, no habrá convocatoria extraordinaria.
—Menuda puta mierda —digo en voz baja, con la voz ronca de contenerme—. Lo siento, Morgan.
Me mira, la sorpresa cruzándole las facciones como si esperara que ya estuviera a medio camino del despacho de Galloway con una horca en la mano. Y, en ese momento, bajo la luz menguante, hay una suavidad en su rostro que me hace querer ser su compañero en cada subida y bajada que traiga la vida.
Porque…
Joder, me grita la mente. Estás enamorado de Morgan Riley.
—Decidas lo que decidas hacer al respecto —continúo, sosteniéndole la mirada aunque el viento me hace llorar los ojos—, estoy contigo.
No delante de ti, no intentando arreglarlo por ti.
Solo… contigo. Como un compañero… o un escudero realmente competente…
y seguro que van a estudiar este tipo de elocuencia en las clases…
La sorpresa en sus ojos se transforma en algo que hace que mi corazón se lance contra mis costillas. Me estudia la cara como si buscara la trampa, la actuación, el momento en que empezaré a hacer grandes proclamaciones mientras probablemente rompo algo.
Cuando no lo hago, algo en sus hombros se libera.
—Gracias —dice en voz baja, y es solo una palabra, pero suena a absolución.
Tomo aire, viendo mi aliento convertirse en vaho frente a mí.
—Mañana tengo el examen final.
Se gira para encararme más, orientando su cuerpo hacia el mío para bloquear el viento. Su rodilla roza la mía, y aun a través de los vaqueros, el roce es eléctrico. No se aparta. Se queda cerca, reclamando su terreno en cualquier alianza frágil que estemos construyendo aquí.
Es algo tan pequeño, este contacto mantenido, pero viniendo de Morgan resulta monumental. No se retira, no se blinda. Está eligiendo quedarse cerca. Y, por mucho que mi silencio sea algo grande, ese hecho parece aún más grande.