Capítulo 35
treinta y cinco
MORGAN
Llevo veintisiete minutos mirando el mismo párrafo, lo que significa que o me está dando un derrame cerebral o la operación de vigilancia de Mills está funcionando.
Está frente a mí en la mesa de mi cocina, con el libro de texto abierto en una página que no ha mirado ni una vez.
En su lugar, está realizando labores de reconocimiento con la sutileza de un equipo SWAT en un retiro de yoga.
Cada vez que me muevo, sus ojos rastrean el movimiento.
Cuando mis dedos tamborilean contra la mesa, lo cataloga.
Porque no está aquí para estudiar.
Está aquí en una visita de control, porque aparentemente mi estado emocional ha alcanzado DEFCON 2 y ha activado el protocolo de acompañamiento. Ha sido así desde nuestra carrera y el descubrimiento de que el vestuario había sido... renovado... aunque no ha dicho una maldita palabra al respecto.
Mi irritación debería ser más fuerte, pero debajo de la molestia hay una calidez diminuta y traicionera. Porque a Mills le importa lo suficiente mi estabilidad emocional como para sacrificar su noche de martes y asegurarse de que no entre en espiral de disfunción total.
Han pasado cuarenta y ocho horas desde que descubrí lo que hizo James, y mi respuesta ha sido mi versión clásica: repliegue táctico total de cualquier muestra de emociones, con muros levantados, puentes quemados y toda comunicación cortada.
James no ha intentado contactarme, ni yo a él, y normalmente eso estaría perfectamente bien.
Salvo que esta vez, el aislamiento no está entregando el entumecimiento que prometía.
Mi apartamento se siente mal —demasiado limpio, demasiado silencioso, demasiado parecido a un apartamento piloto para alguien que olvidó que los humanos necesitan oxígeno y alegría— y el silencio del que he dependido durante años se ha vuelto en mi contra.
Dios, estoy tan jodidamente sola que duele.
Por mucho que todavía no haya descifrado qué hacer con el pequeño gesto de disculpa de James, la parte habitual de mí que se contenta con cerrarse y mantener a la gente a distancia está fracasando estrepitosamente.
No necesariamente lo quiero a él —¿verdad?
—, pero estoy empezando a preguntarme si quiero. .. necesito... algo...
¿A alguien?
El libro de texto de Mills se cierra de golpe con la fuerza suficiente para provocarle un paro cardíaco a mi té.
—OK, hora de intervenir. —Su voz tiene ese filo de determinación que adquiere antes de hacer algo espectacularmente desaconsejable—. Llevas dos días disfrazada de viuda victoriana, así que nos vamos a O'Neil's, y te vas a tomar una cerveza y algo de comer...
El «no» automático me sube por la garganta, pero entonces me detengo.
Porque ¿cuál es la alternativa? ¿Otra noche perfeccionando mi imitación de mueble? ¿Otra noche de sueño inquieto, dando vueltas sobre cómo manejar lo de James y los nuevos descubrimientos sobre él? ¿Otra semana asegurándome de no sentir nada al no arriesgar nada?
Mills me observa, su expresión pasando de sargento instructor a algo más suave.
—Morgue, vamos —dice—. Una cerveza...
Se me cierra la garganta mientras cierro el portátil. La palabra sale en bruto, sorprendiéndome incluso a mí.
—OK —digo.
Las cejas de Mills se disparan hacia la línea de su pelo, su boca formando una O perfecta de asombro.
—Espera, ¿en serio? ¿Estás aceptando salir del búnker? ¿Voluntariamente?
Asiento, sin confiar en mí misma para oraciones complejas. Esto no es rendirme ante su orden; es rendirme ante la posibilidad de que mi sistema esté fundamentalmente roto y una distracción sea lo que necesito para darle largas a la reconciliación con mis sentimientos hacia James.
Su sonrisa podría dar electricidad a una ciudad pequeña.
—Joder. Que alguien marque el calendario. Morgan Riley acaba de aceptar divertirse.
—No nos pasemos —consigo decir, poniéndome de pie sobre piernas que se sienten teóricas—. Acepté cenar. Todo el mundo necesita comer, ¿no?
—Cinco minutos para cambiarte —ordena—. Y deshazte de la sudadera de la depresión. Apuntamos a «humana viva», no a «fantasma del semestre pasado».
Me dirijo a mi habitación a prepararme, intentando ignorar el pavor existencial que viene con abandonar mi cueva de la depresión.
Como si percibiera mi incertidumbre, Mills se posiciona estratégicamente junto a la puerta como la portera del club nocturno más triste del mundo, lista para placarme si intento escapar.
Me quedo paralizada cuando me encuentro con mi reflejo en el espejo de cuerpo entero de la puerta del armario.
Dios.
¿Quién es esta persona?
Mi pelo, normalmente recogido en una coleta que grita «tengo mi vida bajo control», cuelga lacio y grasiento alrededor de mi cara.
Las ojeras no son simples bolsas, son equipaje de lujo.
Hasta mis pecas parecen agotadas, como si hubieran renunciado a intentar darle carácter a mi cara y estuvieran cumpliendo el expediente.
Pero son mis ojos los que me detienen en seco.
¿Dónde está la chica de los ojos brillantes? ¿La que solía mirar el mundo como si fuera un rompecabezas que podía resolver si se esforzaba lo suficiente? ¿Cuándo la reemplacé con alguien que parece haber sobrevivido a base de una dieta constante de cortisol y resentimiento?
Así es como se ve ganar, aparentemente.
He defendido con éxito mi posición, mantenido mis muros, mantenido a todos a la distancia exacta necesaria para asegurarme de que nunca más me hagan daño.
Misión cumplida, capitana, salvo que parezco un cadáver recalentado y hay menos de cinco personas en el mundo a las que les importaría una mierda si me quedara en la cama hasta fosilizarme.
Y peor es la verdad que se filtra como agua a través de unos cimientos agrietados: protegerme del dolor no me ha protegido de nada. Solo ha intercambiado un tipo de sufrimiento por otro. En lugar del dolor agudo y punzante de una posible traición, he elegido el dolor crónico del aislamiento total.
No he estado viviendo. He estado existiendo en una burbuja estéril de mi propia creación, tan concentrada en no sufrir que he olvidado lo que se siente sentir algo bueno. Y huir de James en la biblioteca fue solo el último episodio, huyendo de los sentimientos y del peligro y del desorden.
Y de la posible alegría.
Así que una cerveza será.
Y una cena.
Pasitos, pero pasos.
Y después de eso, quizá algunos más.
Es absolutamente terrorífico.
También es lo primero real que he sentido en días...
De repente, me pregunto por qué acepté salir de mi apartamento.
Mills me abandonó hace diez minutos por un grupo de jugadores de fútbol cerca de la diana, deslizándose en su círculo con ese encanto natural que jamás poseeré. Se están riendo de algo que dijo, dejándome en mi mesa de la esquina, que existe en su propia zona muerta social.
Porque aparentemente, incluso cuando intento socializar, repelo a cualquiera y a cualquier cosa.
Doy otro sorbo a mi cerveza y escaneo el local.
Miro más allá de las chicas de primer año cuyas camisetas cortas de noviembre son un ejercicio de negación de hipotermia, más allá de los dos tipos de mi seminario de ciencias políticas que le explican el colegio electoral a una chica que lleva diez minutos intentando escapar, y más allá de. ..
Todo mi cuerpo se paraliza.
Está en el otro extremo de la barra. Durante un segundo, mi cerebro rechaza los datos, porque eso no puede ser James, la encarnación humana de la energía cinética que trata el silencio como un virus.
Porque ese tipo está sentado inmóvil en un taburete, con los hombros curvados hacia dentro, una mano envolviendo un whiskey.
La quietud es fundamentalmente incorrecta en él.
No hay dedos tamborileando ni movimiento inquieto. En su lugar, su mano libre reposa plana sobre la madera marcada, completamente inmóvil. El letrero de neón de Coors sobre la barra le pinta sombras bajo los ojos, envejeciéndolo una década. Y, más que nada, simplemente parece solo y triste.
Mi cuerpo me traiciona al instante. El calor me inunda el estómago. El pulso me martillea en la garganta. Cada terminación nerviosa decide de repente hacer notar su presencia. Cada sinapsis me grita que camine hasta allí, lo abrace y le diga que lo perdono.
Para, intento ordenarle a mi corazón... demonios, a todo mi cuerpo. ¡Por favor, no!
Pero parar requiere un control que no tengo, porque su perfil en la luz tenue es lo más sexy que he visto, la mandíbula áspera de barba incipiente y el pelo cayéndole sobre la frente de esa manera que pide que le pasen los dedos.
Y, en el momento exacto en que me siento sola y vulnerable y un poco arrepentida de cómo lo alejé. ..
Bueno, es letal.
Su pulgar recorre el borde de su vaso lenta, metódicamente, mientras procesa en silencio lo que sea que tenga en la cabeza. Es la misma manera en que sus manos se movieron sobre mi piel en la biblioteca, con el mismo toque reverente que me hizo sentir como algo que vale la pena conservar.
Cada instinto entrenado me grita que me vaya, pero entonces recuerdo el envoltorio de la barra de proteínas en el vestuario recién pintado, la evidencia obligándome a modificar mi pliego de cargos, y cómo me asusté, huí y luego lo traté como residuo radiactivo.
La culpa llega aguda e inmediata, porque es lo que he estado evitando: yo ayudé a provocar el desastre de la gala. No deliberadamente, sino con silencio y cobardía. Huí, y James hizo lo que hace la gente rota cuando está en shock y alterada.
Volvió a sus patrones.
Hizo un gesto ruidoso y grandilocuente, cuando durante el último mes me había estado demostrando que hay más en él que eso. Y ahora está pagando por ello, suspendido de su equipo, todo porque intentó ayudar usando el único método que su programación le permitía una vez que lo excluí.
Mills sigue mi mirada y silba bajo.
—Joder. ¿Tú y Rook?
Las palabras de Mills quedan suspendidas en el aire.