Capítulo 33
treinta y tres
ROOK
El camino hasta el despacho del entrenador Pearson se extiende ante mí. No queda energía frenética en mis extremidades, ningún espectáculo gestándose en mi pecho. Solo la marcha fúnebre de un tipo cuya identidad entera detonó frente a trescientos testigos ayer.
Dentro de su despacho, a través del cristal esmerilado, distingo dos siluetas.
Una la reconocería en cualquier parte: el entrenador, hombros anchos, la postura paciente de un hombre que ha sobrevivido treinta años de jugadores de hockey haciendo estupideces espectaculares.
La otra es angulosa, sentada rígida como una mantis religiosa esperando para atacar.
Galloway.
Por supuesto.
Llamo dos veces.
—Adelante. —La voz del entrenador tiene ese tono que dice que dio la cara por mí ante la administración, y yo se lo agradecí prendiéndome fuego en público.
Abro la puerta. Como era de esperar, Galloway ocupa la silla frente al escritorio del entrenador, con los ojos prácticamente brillando de satisfacción.
Su anillo de campeonato de PBU —promoción del noventa y dos, dato que menciona más a menudo que los veganos mencionan que son veganos— atrapa la luz fluorescente mientras lo gira alrededor de su dedo de salchicha.
El entrenador Pearson está sentado detrás de su escritorio, brazos cruzados, aparentando cada uno de sus cincuenta y ocho años más intereses.
Las líneas alrededor de sus ojos parecen más profundas, excavadas por reuniones exactamente como esta.
Y de pronto me doy cuenta de que ser el tipo de entrenador que hace de padre en lugar del que se dedica a gritar duele más en estos momentos.
—Fitzgerald —dice Galloway.
—Siéntate —dice el entrenador.
Me desplomo en la silla vacía y, mientras miro alrededor, el despacho se siente más pequeño de lo habitual, todas esas fotos enmarcadas de campeonatos estrechando el cerco.
La cara de Maine me sonríe desde la foto del año pasado, congelado a mitad de celebración con el brazo sobre mis hombros, los dos sosteniendo el trofeo como si acabáramos de descubrir el fuego.
Joder, ¿qué pensaría él de esta cagada monumental?
—Asumo que comprende la gravedad de sus actos —comienza Galloway, con la voz chorreando ese tipo de placer burocrático que suele reservarse para los funcionarios del DMV cuando deniegan renovaciones de licencia—. Su comportamiento en la gala no fue meramente inapropiado...
Abro la boca.
—Yo...
Pero mi protesta muere antes de nacer cuando Galloway levanta la mano.
—Constituyó una violación flagrante del código de conducta del departamento deportivo. La humillación pública de una compañera deportista es algo que me tomo extremadamente en serio, y dada la reacción de la señorita Morgan... bueno...
—Art. —La voz del entrenador corta el monólogo de Galloway como el silbato de un árbitro—. Acordamos que yo me encargaría de esto.
La mandíbula de Galloway se tensa, pero se recuesta con un gesto magnánimo.
—Por supuesto... —dice.
Sabe que ya ganó.
El entrenador me mira con esa expresión que de alguna manera transmite tanto esperaba más de ti como todavía no te he descartado del todo, y entonces suelta un largo suspiro y se inclina hacia delante.
—James, lo que hiciste estuvo mal. ¿Estamos claros en eso?
Le sostengo la mirada directamente. Esta vez no hay evasivas ni chistes.
—Cristalino, entrenador.
La sencillez los pilla a ambos desprevenidos.
Galloway se adelanta en su asiento, probablemente esperando el circo completo de James Fitzgerald —gesticulación descontrolada, justificaciones elaboradas, posiblemente danza interpretativa— y las cejas del entrenador escalan hacia su línea de pelo en retirada.
—Humillaste a otra deportista y humillaste a este programa —continúa el entrenador, cada palabra deliberada como ganar un saque inicial—. Te humillaste a ti mismo.
Cada acusación impacta como un golpe directo, así que simplemente asiento.
—Una semana de suspensión, efectiva de inmediato —dice el entrenador—. No vestirás para el partido contra BC y tu capitanía se someterá a votación del equipo cuando regreses.
La posible pérdida de la C golpea más fuerte de lo esperado.
No por el prestigio, porque eso nunca me importó una mierda, y nunca pensé que me la mereciera.
Pero la idea de perderla me hace pensar en todos los chicos más jóvenes que de algún modo me miran en busca de un liderazgo que aparentemente soy alérgico a proporcionar.
—Adicionalmente —interviene Galloway, físicamente incapaz de contenerse, prácticamente rebotando en su silla—, su situación académica sigue siendo.
.. precaria. Si no logra levantar su promedio o comete un traspié más, se acabó.
Sin eliminatorias y sin defensa del campeonato.
Será una historia con moraleja para futuros estudiantes.
Está prácticamente resplandeciendo, irradiando satisfacción como un calefactor puesto en modo «ufano».
Este es su momento, su venganza perfecta por mi interferencia con el equipo de Morgan y por haber alzado la voz en su defensa.
El chiste cósmico de que me están crucificando por intentar ayudar mientras él da vueltas de victoria no se me escapa.
El viejo Rook habría explotado y convertido esto en un monólogo unipersonal.
Pero estoy agotado de actuar en mi propia vida.
—Entendido, señor —digo, mirando directamente la cara de hurón de Galloway—. Alto y claro.
Mi aceptación silenciosa le hace cortocircuito. Sus ojos se entrecierran, buscando el remate, el colapso, la salida dramática... como si le estuviera arruinando el guion. Pero el entrenador ya ha visto y oído suficiente, así que misericordiosamente me despide con un movimiento de cabeza.
Salgo, cerrando la puerta con el clic suave de un hombre que finalmente se quedó sin efectos de sonido, y luego me dirijo al vestuario. En el momento en que entro, la conversación se desploma. Veinte pares de ojos giran hacia mí y Schmidt se congela a mitad de palabra.
El silencio suplica mi actuación de siempre. Cualquier otro día, ya estaría a mitad de un número sobre haber entrado en mi propio velorio, preguntando quién trajo la ensalada de papas. La compulsión sube, ácida como bilis en mi garganta, pero me la trago.
Porque las palabras de Leo resuenan: Tienes que sentarte con esto. Solo.
No reclamo el centro del escenario. En cambio, simplemente les hago un gesto a los chicos y me dejo caer en un banco cerca de la pared, la espalda contra las taquillas de metal frío.
El frío atraviesa mi camiseta, anclándome.
Les da a los chicos una salida para ignorarme si quieren, o para elegir activamente si quieren esta conversación.
Quieren.
Uno por uno, se acercan. Schmidt y Cooper me flanquean como guardaespaldas.
Kellerman merodea cerca, prácticamente vibrando en una frecuencia que solo los perros pueden oír.
Hasta Nash y Stiles se ponen a tiro, manteniendo su frialdad contractualmente obligada.
El resto se queda más lejos, pero ahí siguen.
—La cagué. —Las palabras salen desnudas y en carne viva, sin recubrimiento teatral. Miro a Schmidt y Cooper—. Lo de la gala no fue heroico. No fue de ayuda. Fue... —La confesión se pega como mantequilla de maní al paladar—. Fui yo cagado de miedo y fuera de control, haciendo ruido para taparlo.
La confesión quema al salir, pero deja algo casi limpio a su paso.
Tiene un efecto visible en los chicos; mientras los ojos grises de Schmidt permanecen firmes, algo cambia en su expresión.
Cooper se inclina hacia delante, codos en las rodillas.
Sigue siendo un espectáculo, pero uno con algo de profundidad, por una maldita vez.
—Una semana de suspensión —continúo, estudiando la fascinante alfombra de goma del suelo. Las siguientes palabras se sienten como sacarse muelas—. La capitanía se vota cuando regrese.
—Rook, vamos... —empieza Kellerman, con la voz quebrándose como si volviera a tener trece años—. ¿Quién más va a...?
—No, está abierto a cualquiera que quiera levantar la mano, y probablemente merezco perderla —lo corto—. Pero suspenderme no arregla la cagada que me mandé. No ayuda al equipo femenino, no borra la humillación, y no arregla el desastre que llaman vestuario, del que acabamos de escapar.
Tomo una respiración que me llega hasta los dedos de los pies.
—Así que esta noche, a las nueve, voy a ir allá.
Sus instalaciones son criminales. Pintura descascarada, sin almacenamiento, luces que parecen estar enviando código Morse.
Todos lo vimos y todos lo ignoramos, porque para nosotros era temporal, pero para ellas no.
Así que esta noche voy a empezar a arreglarlo.
El silencio se expande, pero dejo que la quietud exista sin rellenarla de palabras. Y, mientras me dirijo a mi taquilla, la mano de Schmidt aterriza en mi hombro. Pesada. Cálida. Real. Solo un segundo, pero el mensaje se transmite con claridad: Esto es lo que parece el liderazgo de verdad, imbécil.
Se siente como el primer día de rehabilitación de mi adicción a ser el más ruidoso en cada habitación.
Al entrar al vestuario femenino —que había sido el vestuario compartido hasta hace poco, mientras el masculino estaba fuera de servicio— las luces fluorescentes del techo me reciben con su versión de Tourette eléctrico, parpadeando a una frecuencia capaz de provocar convulsiones en adultos sanos.
—Joder, no extrañaba este agujero de mierda —susurro.
Dejo caer mis suministros sobre el concreto: dos galones de imprimante, tres de pintura y brochas que me recomendó el tipo de Lowe's.
Todo mi presupuesto de comida de diciembre, transformado ahora en una disculpa, pero no me importa, porque este es el trabajo que necesito hacer, sin público y sin aplausos.