La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 32
63%

Capítulo 32

treinta y dos

MORGAN

El golpe de mis zapatillas contra el pavimento helado crea un metrónomo brutal, cada impacto enviando ondas de choque por mis tibias que recibo como penitencia.

El aire de noviembre me corta los pulmones, lo bastante frío para que me duelan los dientes, lo bastante afilado para que cada inhalación se sienta como un cuchillo en el pecho.

Es extrañamente apropiado.

Pero no es suficiente.

Ni remotamente suficiente para superar el dolor de trescientos pares de ojos presenciando mi humillación, cada uno mirándome con lástima tras ver uno de mis peores momentos en la pantalla grande.

Todo gracias a que él convirtió la pobreza de mi equipo —y mi único momento de debilidad— en un arma para arrancar aplausos.

Mis cuádriceps ya arden en la milla siete, el ácido láctico acumulándose como veneno en mis fibras musculares, pero aprieto más.

Mi ritmo pasa de castigador a destructivo, lo bastante rápido como para que mi Garmin empiece a pitar alertas sobre zonas de frecuencia cardíaca que elijo ignorar. 170. 175. 180.

Hiciste bien en huir de él.

El pensamiento se repite en bucle en mi cabeza al ritmo de mis pisadas.

Es como una fuente de combustible alojada en mi cerebro que suministra al resto de mi cuerpo la rabia suficiente para alimentar una pequeña ciudad.

Porque en cada puta oportunidad, James me demuestra que es el hombre menos fiable, más caótico y más egoísta del planeta.

Hiciste bien en ignorarlo.

Durante semanas desde que huí de aquella sala de estudio de la biblioteca —desde que me folló contra un escritorio y me hizo olvidar por un momento cada defensa que había construido tan cuidadosamente—, me he estado cuestionando a mí misma. Porque ¿y si ha cambiado? ¿Y si podríamos tener un futuro?

La memoria muscular aún me despierta por las noches. La sensación de sus manos callosas recorriendo mi cuerpo, el sabor de su boca, y la forma en que me miraba como si yo fuera algo digno de estudiar, digno de entender, digno de conservar para siempre a pesar de nuestro pasado.

Había empezado a dudar de mis instintos, como si tal vez hubiera exagerado cuando salí hecha una furia y luego reafirmé mi postura cada vez que borré sus mensajes. Pero lo de anoche demostró que mis instintos estaban en lo cierto y que mi cerebro sí sabe mejor que mi cuerpo lo que me conviene.

Tomo la curva hacia el sendero del campus norte, mi tramo favorito porque es todo cuesta arriba y duele como el infierno. Mis isquiotibiales gritan ahora, sumándose a la sinfonía de protesta de cada grupo muscular principal, porque esto no es entrenamiento, es castigo.

Sigue siendo el mismo chico que rompe cosas bonitas para arrancar aplausos.

Las palabras pulsan a través de mí con cada zancada, cerrando a martillazos cualquier grieta en mi armadura por donde la esperanza pudiera haber intentado colarse.

Esos destellos que había captado —la concentración silenciosa durante nuestras sesiones de estudio, la forma en que se enfrentó a Galloway como si mi honor valiera el riesgo de perder su elegibilidad— eran solo parte del espectáculo.

Tenían que serlo.

Porque el verdadero James es el que se subió a ese escenario anoche, radiante bajo los focos mientras convertía la lucha de mi equipo en pornografía inspiracional para donantes.

Mientras nos convertía en su obra de caridad del mes, tomando mi dignidad y subastándola a cambio de deducciones fiscales.

Una segunda serie de pisadas se acompasa junto a mí, y no necesito mirar para saber quién es. Mills tiene esa zancada particular —más corta que la mía pero el doble de decidida, como si estuviera negociando personalmente con la gravedad por cada pulgada de avance.

—No quiero hablar. —Escupo las palabras entre respiraciones, sin romper el ritmo y sin atreverme a parar aunque el sudor ya se me está congelando en el pelo.

—Enterada. —Mills iguala mi velocidad sin esfuerzo visible—. Voy contigo de todos modos.

Recorremos tres manzanas del campus en un silencio cargado, nuestra respiración sincronizada el único sonido en la oscuridad previa al amanecer.

Las farolas proyectan sombras largas que perseguimos y abandonamos en un ritmo constante.

Siento que está preparándose para decir algo, y me blindo para su análisis.

—El discurso de James anoche fue un fracaso de proporciones épicas —dice al fin, las palabras recortadas entre pisadas—. Reconoce eso primero.

—No jodas.

—Pero aquí es donde no tiene sentido. —Ni siquiera suena agitada—. Explícame los suministros y el hecho de que se enfrentó a Galloway…

No puedo, así que desvío. —Me metió en un puto zoo, Mills.

¿Viste sus caras? ¿Cómo nos miraron después?

—Resoplo—. La profesora Wellington me preguntó si necesitábamos que organizara una colecta de ropa, como si fuéramos la obra de caridad del campus en vez de atletas de élite que solo quieren la misma financiación que los demás…

—No estoy diciendo que la ejecución no fuera una mierda…

—No fue una mierda, fue calculado. —Las palabras salen en ráfagas furiosas entre respiraciones cada vez más entrecortadas—.

Fue él haciendo lo que hace siempre: convertirse en el héroe de la historia de otro.

Porque no le importa una mierda nuestro programa, le importa ser el tío que salvó nuestro programa.

Mis piernas se acercan al colapso, ese temblor revelador que significa que mis fibras rápidas están agotadas.

Mi forma se deteriora: aterrizo de talón en vez de mediopié, los hombros subiéndome hacia las orejas.

Pero aprieto más, lo bastante rápido como para que Mills tenga que esforzarse de verdad para seguirme, su respiración mostrando por fin el esfuerzo.

Mills me deja cocerme en mi rabia unos minutos.

Mientras corremos, los árboles empiezan a emerger de la oscuridad, esa luz gris previa al amanecer que hace que todo parezca una fotocopia de sí mismo.

Entonces su voz baja a ese tono analítico que usa cuando está a punto de asestar una carga demoledora.

—Aceptemos tu hipótesis —dice—. Es un bastardo egoísta al que solo le importa la gloria personal y arrancar risas del público.

—Lo es. —Mi voz se quiebra en la valoración, la garganta en carne viva por el aire frío y por algo más que no pienso nombrar.

—No lo es. —Me obliga a frenar en el siguiente cruce, su mano disparándose para agarrarme del codo cuando intento saltarme el semáforo en rojo. Sus dedos están sorprendentemente cálidos contra mi piel helada, y me doy cuenta de que no siento las puntas de los dedos—. No lo es, Morgan…

Resoplo y niego con la cabeza. —Y una mierda.

—Procesa la información, Morgan —dice Mills, y entonces se desvía.

Sus pisadas se desvanecen por el sendero hacia las residencias del campus este, dejándome sola con una lógica que está desmantelando todo mi sistema defensivo.

Pero no quiero procesar lo que intenta decirme, así que simplemente aprieto más, corriendo lo bastante rápido como para que el procesamiento cognitivo se vuelva imposible.

Los puntos de referencia familiares del campus pasan borrosos —el edificio de ciencias donde me escondí de él y espié sus amistades, la biblioteca donde todo se torció, la pista de hielo donde he construido mi identidad entera en torno a ser intocable, invulnerable y estar a salvo.

Pero no puedo huir de la verdad, y cada pisada trae otro recuerdo.

La forma en que le temblaban las manos —le temblaban de verdad— cuando me enseñó su trabajo final, como si mi aprobación importara más que la nota en sí, aunque la nota determina su futuro en el hockey.

La forma en que me miró en aquella sala de estudio, justo antes de besarme y follarme como un amante.

No. Aprieto más. Eso fue manipulación.

Excepto… excepto que la manipulación efectiva requiere planificación estratégica. Cálculo y ejecución consistente. Y James Fitzgerald, con todos sus otros defectos, jamás ha demostrado pensamiento estratégico. Es caos en forma humana, una bola de demolición sin plan de derribo.

Cada chiste estúpido, cada evasiva, cada momento de ruido insoportable…

La revelación golpea con la fuerza de una carga de cadera a máxima velocidad.

No son armas. Son armadura.

Mis piernas ceden sin aviso. En un momento estoy corriendo, al siguiente estoy tropezando, apenas evitando estamparme de cara contra el asfalto.

Mis cuádriceps se agarrotan, los isquiotibiales bloqueados en un calambre total.

Llego al banco de piedra del mirador junto al edificio de astronomía por pura fuerza de voluntad.

Me desplomo sobre el banco sin ninguna gracia; la piedra es hielo contra mi piel sobrecalentada, lo bastante impactante como para arrancarme un jadeo.

Mi frecuencia cardíaca sigue en zona roja —probablemente por encima de 190— y siento el pulso en las sienes, en la garganta y en las yemas de los dedos.

Mi corazón.

El horizonte sangra rosa, ese momento previo al amanecer en que el mundo se recalibra.

Estoy completamente vacía —sin reservas de energía, sin estructuras defensivas, sin cortafuegos cuidadosamente mantenidos—, nada más que terminaciones nerviosas en carne viva y un sistema cardiovascular llevado demasiado lejos.

Me tiemblan las manos violentamente cuando intento tomarme el pulso, y desisto cuando no puedo contar lo bastante rápido.

Mi sujetador deportivo está empapado, la tela mojada como hielo contra mis costillas.

Y en ese agotamiento, la verdad se ensambla sola con la eficiencia despiadada de un diagnóstico de sistema que no puedo abortar.

Hipótesis inicial: la confianza es un error estratégico. James Fitzgerald siempre elegirá la actuación por encima de la conexión auténtica.

Evidencia a favor: la traición del campamento de verano y un patrón documentado de evasión.

Acción defensiva tomada: retirada emocional total tras el incidente de la biblioteca para prevenir la traición inevitable.

Resultado: el sujeto se comportó exactamente como se predijo anoche. Humillación pública conseguida. Hipótesis confirmada.

Excepto.

Excepto.

Nuevos datos que requieren integración: la expresión de su cara cuando se dio cuenta de que me había hecho daño.

Evidencia complementaria: el reconocimiento genuino, visceral, de alguien que ve cómo sus mejores intenciones detonan. Y el pasado que me reveló sobre su familia.

Mi pecho se contrae con algo que no tiene nada que ver con la deuda de oxígeno.

Espera.

No.

No.

Conclusión final: James Fitzgerald no traiciona la confianza.

Entra en pánico en su presencia. No rompe cosas bonitas por diversión, las rompe accidentalmente mientras intenta hacer lo correcto.

No actúa como el tío más ruidoso de la sala para llamar la atención, lo hace para desviarla de cualquier cosa seria.

Lo que significa…

Lo que significa que no huí de un depredador.

Huí de un compañero.

Un compañero profundamente imperfecto, crónicamente aterrorizado, que maneja la intimidad emocional como un novato maneja su primer partido de eliminatorias, pero un compañero al fin y al cabo.

Alguien que estaba intentando, a su manera catastróficamente incompetente, arreglar lo que creía que estaba roto.

Ser el héroe que nunca le pedí porque no sabe simplemente… existir.

El amanecer se arrastra por el campus, pintándolo todo en tonos cálidos que resultan obscenos contra los escombros de mi cuerpo, mi mente y mi estado emocional.

El sudor se me enfría ya, cada músculo doliéndome con ese agotamiento profundo, a nivel óseo, que viene de intentar huir de algo inevitable.

Pero nada duele tanto como la revelación de que mi fortaleza —mi perfecta, impenetrable fortaleza— no me está protegiendo.

Me está asfixiando.

Todos esos muros que levanté después de la traición de la secundaria y el rechazo de James, toda esa distancia cuidadosamente mantenida…

no me mantuvieron a salvo. Me mantuvieron aislada.

Convirtieron cada gesto de amabilidad en una evaluación de amenaza, y cada momento de vulnerabilidad en un error táctico.

El banco de piedra se calienta levemente con el calor de mi cuerpo, pero no puedo moverme. No puedo procesar los siguientes pasos. Porque si todo mi enfoque del mundo… de la vida… está corrupto —si la confianza no es en realidad un error sino un riesgo calculado—, entonces ¿qué cojones hago ahora?

La respuesta se asienta en mi pecho como una piedra, pesada e innegable.

Reconstrucción total del sistema.

Cada cortafuegos.

Cada protocolo defensivo.

Cada barrera cuidadosamente construida entre el mundo y yo.

Tengo que plantarme en medio de los escombros y descubrir quién es Morgan Riley cuando no es la Morgue. Y quizá tengo que considerar la posibilidad de que James Fitzgerald, desastre humano y destructor accidental, merezca el riesgo de algo real.

La idea es aterradora, pero me quedo con ella, en el banco frío mientras el sol sale sobre Pine Barren. Mi fortaleza es ruinas a mi alrededor, y por primera vez en tres años, me permito sentir lo agotada que estoy de correr sola, manteniendo a todos y a todo a distancia.

Al final, no querer que te hagan daño acaba doliendo exactamente igual.