Capítulo 31
treinta y uno
ROOK
El coche de Schmidt apesta a ambientador de pino y a rabia apenas contenida.
Sentado en el asiento del copiloto, no paro de tirar del cinturón de seguridad, intentando encontrar una posición en la que no sienta que me está estrangulando poco a poco, pero no hay escapatoria.
Schmidt está apretando los dientes tan fuerte que espero que se le parta uno.
En el espejo retrovisor, Leo Cooper se limita a mirar por la ventanilla.
Pero me dan igual ellos.
Porque mi cerebro no para de reproducir la expresión en la cara de Morgan.
Cómo el color se le escurrió del rostro, dejando solo una palidez blanca de shock.
Cómo se le tensaron los hombros, preparándose para el impacto de un golpe que yo ya había asestado.
Cómo se marchó —sin correr, sin montar una escena, simplemente…
yéndose— como si yo no mereciera ni la energía de que se cabreara.
Mi cerebro interviene, servicial: Se largó de esa sala igual que después de que te la follaras en la biblioteca, después de que la rociaras en la pista, y después de que le rompieras el corazón en el campamento de verano.
Eres un desastre absoluto de ser humano, y a ti no debería haberte dado nadie un micrófono.
—Explícamelo paso a paso. —La voz de Schmidt interrumpe mi autodesprecio, cada palabra medida—. ¿Cuál era el puto plan, Rook?
Las palabras activan algo primario —ese viejo y familiar pánico que grita llena el silencio, desvía el peligro, hazlos reír antes de que puedan enfadarse— y aunque sé que es el enfoque equivocado, la boca se me abre y la función empieza antes de que pueda detenerla.
—¿Sabes qué fue lo más gracioso? —Me lanzo de cabeza, las palabras brotando como vómito—. El técnico de audiovisuales…
Schmidt gira la cabeza para mirarme, y su expresión mata mi chiste en seco, y su pregunta se queda ahí, simple y demoledora—: Rook…
—¡Estaba intentando ayudarla! —Las palabras estallan demasiado alto, rebotando contra las ventanillas—. Galloway destripó su programa, Schmidt. Les quitó todo —el presupuesto de viajes, el de equipamiento— así que tenía que hacer algo grande para ayudarlas…
—¿Le preguntaste si quería ayuda? —La voz de Leo interviene desde el asiento de atrás, plana y clínica—. ¿Le enseñaste el vídeo?
La pregunta aterriza, y el estómago se me cae a los pies.
La boca me sigue funcionando, pero la convicción se desangra rápido.
—Se suponía que era una sorpresa. No consigues ese tipo de impacto si lo anuncias de antemano.
Los donantes necesitaban sentir algo, verlas como personas reales luchando batallas reales…
—El impacto —interrumpe Schmidt, y ahora le tiembla la voz— es que acabas de declararle la guerra a Galloway delante de todos los donantes del estado.
—Yo…
—No. —Las manos se le tensan sobre el volante, los nudillos blancos—. ¿Crees que va a dejarlo pasar? ¿Crees que no va a hundirte? ¿Hundir al equipo? —Me mira, los ojos desorbitados de rabia—. Tenemos un campeonato que defender, y tú acabas de… Joder, Rook.
—No pretendía ser—
—Ella no necesitaba un salvador —añade Leo desde el asiento de atrás.
Me giro para mirarlo, el esmoquin alquilado crujiendo. —¿Qué?
Me sostiene la mirada en la penumbra, sin pestañear.
—Necesitaba un compañero. Alguien que estuviera a su lado, no por encima de ella.
—Hace una pausa, dejando que cada palabra caiga como un veredicto—.
No la ayudaste esta noche. La convertiste en una exhibición.
Cogiste su lucha privada y la convertiste en un espectáculo de cena para ricos.
Siento que las costillas se me hunden. Quiero discutir, defenderme, pero las palabras mueren en algún punto entre mi cerebro y mi garganta. Y cuando el coche se detiene junto a la acera frente a mi edificio, Schmidt mete el freno de mano pero no me mira.
El silencio me presiona los tímpanos. Siento la piel demasiado tirante, como si fuera a reventarme si no me muevo, si no hablo, si no algo. La vieja programación se activa una última vez, desesperada y patética, el artista necesitado de público, el ruido necesitado de oyentes.
—Oye… —Me aclaro la garganta, forzando mi sonrisa de siempre—. ¿Quieren subir por pizza y cerveza?
Por favor, no me dejen solo con esto. Haré malabares. Contaré chistes. Me prenderé fuego si con eso evito quedarme a solas con lo que he hecho.
—No. —La negativa de Schmidt es seca, y sigue sin mirarme.
—Tienes que quedarte a solas con esto —añade Leo desde atrás.
El rechazo me sacude mientras busco a tientas la manilla de la puerta, los dedos de repente inútiles.
Consigo abrirla por fin y salgo tambaleándome a la acera, el aire de noviembre cortante contra mi cara ardiendo.
Me giro, una parte desesperada de mí esperando que uno de ellos me llame, que me lance algún tipo de salvavidas.
Pero el coche ya se está alejando, las luces traseras desapareciendo en la oscuridad.
Me quedo ahí, en la acera vacía, hasta que el frío empieza a filtrarse a través de los zapatos de vestir finos, dejándome los dedos entumecidos. Entonces me doy la vuelta y encaro mi edificio, temiendo los tres pisos que tendré que subir cargando con el peso de lo que he hecho.
Las piernas no me responden mientras subo.
La escalera apesta a pizza vieja y a lo que sea que se murió entre los tabiques el mes pasado.
La música de alguien retumba a través de las paredes finas —una fiesta en algún sitio, gente riendo, viviendo sus vidas normales mientras la mía implosiona a cámara lenta— y cada paso resuena demasiado fuerte.
La puerta del apartamento se atasca como siempre.
Tengo que empujarla con el hombro, y casi me caigo en la oscuridad cuando por fin cede.
No enciendo las luces, navegando por memoria muscular y luz de la calle, apartando a patadas lo que parece un mes de ropa sucia.
La rodilla se me estampa contra la mesa de centro y me muerdo la lengua para no soltar un taco.
Me quedo de pie en medio de todo, todavía con este esmoquin ridículo que me hace parecer un crío que saqueó el armario de su padre. Tiro de la pajarita hasta que se suelta, pero el alivio es mínimo. La opresión real está en el pecho, apretando con cada respiración.
Voy hacia mi habitación y me desplomo sobre la cama sin hacer, los muelles protestando.
Y, de repente, ya no estoy en este apartamento de mierda.
Estoy sobre el capó de mi camioneta hace tres años.
El humo de la hoguera me escuece en los ojos.
Hay una chica a mi lado —guapa, brillante, mirándome como si quizá yo valiera algo de verdad— cuyo pelo atrapa la luz del fuego mientras hace una pregunta.
«Y… ¿qué pasa cuando nos vayamos de aquí?»
Ese momento importaba.
Ella importaba.
El silencio entre nosotros importaba.
Y yo no sé cómo existir en ese tipo de silencio que importa.
Así que lo destruí.
Hice chistes. Convertí nuestra conexión en un remate. Convertí su vulnerabilidad en material para mi desesperada función en solitario. Vi cómo se le apagaba la cara. Vi cómo le volvían a subir los muros de golpe. Y después, lo peor de todo, la vi marcharse.
Y la conexión entre aquel momento y esta noche es innegable.
Los chicos tienen razón. Lo de esta noche no iba de ayudar a Morgan. Iba de mí. De mi necesidad de llenar el silencio con ruido, de convertir algo real en algo que pudiera controlar con un micrófono y un foco. Cogí su dolor —real, privado, ganado a pulso— y lo hice mío para regalarlo.
¿Lo peor? Había empezado a confiar en mí otra vez. En la biblioteca, trabajando en mi desastre de trabajo, había bajado la guardia. Se había reído de mis metáforas estúpidas de hockey. Había tenido paciencia con mi cerebro, que funciona como una máquina de pinball pasada de cocaína.
Y me había mirado como si quizá yo hubiera cambiado.
¿Lo peor?
Había cambiado.
Mi capitanía se había vuelto un poco más seria, y nuestros resultados en el hielo habían empezado a mejorar.
Había empezado a tomarme los estudios más en serio, y notaba la mejora.
Seguía siendo yo —James, Rook— pero pasar tiempo con Morgan me había hecho mejor, y estoy seguro de que el tiempo conmigo la había ayudado a ella también.
Y vale, ella había entrado en pánico después de follarnos.
Pero quizá eso podría haberse arreglado, con tiempo, con paciencia y esfuerzo.
Pero en vez de currar, de darle tiempo y espacio, había ido por la jugada grande y le había confirmado sus peores miedos delante de trescientas personas. Había demostrado que sigo siendo el crío de aquel capó, demoliendo cualquier cosa real antes de que pueda exigirme algo real.
Esto es lo que Leo quería decir.
Esto es con lo que tengo que quedarme a solas.
Porque esto no se arregla con energía frenética, con la necesidad de solucionarlo, ni con otro gran gesto.
Todo eso es más actuación, más ruido, y más del mismo veneno que me llevo inyectando en vena desde los siete años.
El trabajo de verdad —si es que hay alguna redención posible después de esta catástrofe nuclear— no es ruidoso y no es público.
Es callado, es pequeño, y consiste en presentarte cada día y hacer el trabajo sin gloria de ser mejor. De verdad mejor, no solo fingiendo serlo para quien esté mirando. Es el tipo de trabajo que haces cuando nadie te ve y cuando no hay aplausos.
Me tumbo en la cama y, por primera vez en mi vida, no intento llenar el silencio.
Dejo que me entierre, me abrume, y me aplaste con tanta fuerza que quizá no vuelva a levantarme de esta cama jamás.
Porque quizá eso es lo que tiene que pasar primero —un entierro completo del artista, del bufón, del conserje emocional que ha dirigido la función durante veintiún años— antes de que algo real pueda crecer.
Así que cierro los ojos y dejo que la oscuridad me presione.
Sin chistes. Sin desvíos. Sin público.
Solo yo y los escombros.
Solo y en silencio.