Capítulo 30
treinta
ROOK
¿De quién fue la brillante idea?
Estoy de pie a un lado del escenario en la gala anual de recaudación de fondos del departamento deportivo de Pine Barren University, después de haberme ofrecido para dar el discurso principal de los capitanes, el turno que ocupa uno de los capitanes deportivos de la universidad.
Es una tradición que se remonta generaciones, y a los capitanes de hockey que me precedieron les han pedido a menudo que hablen.
Pero el hecho de que pasé por encima de Galloway para pedir hablar hace que esto sea una idea todavía peor.
Y ahora, mientras el presidente de la universidad suelta su monótono discurso sobre la importancia del programa deportivo para la cultura y el futuro de la universidad, mis manos no dejan de temblar.
Para empeorar las cosas, mi esmoquin alquilado está intentando asesinarme activamente, la pajarita apretándose con cada trago como si supiera lo que se avecina y quisiera huir.
Buen plan de juego, Fitzgerald.
Da el discurso de tu vida, conquista a la chica y salva tu carrera.
Fácil, ¿verdad?
Durante tres semanas, Morgan ha sido un agujero negro donde antes había una persona, al menos en lo que a mí respecta.
Mi teléfono es la prueba: veintisiete mensajes sin leer y unas cuantas llamadas desesperadas sin respuesta.
Y, a estas alturas, he abierto el hilo de mensajes tantas veces que me lo sé de memoria.
Morgan, por favor. Solo dame cinco minutos.
Sé que la cagué. Déjame explicarte.
Lo de la biblioteca significó algo. Tú lo sabes.
Cada mensaje es más patético que el anterior, rebotando contra sus muros como tiros de muñeca sin fuerza.
En los pasillos, me mira como si fuera transparente.
Cuando nos obligan a interactuar, me llama «Capitán Fitzgerald» con un tono gélido.
Es como si la fortaleza que tenía no solo se hubiera reconstruido, sino que la hubiera hecho aún más formidable.
Pero a pesar de todo, estoy más seguro que nunca de que quiero a Morgan.
Así que me queda una jugada.
Es el recurso por defecto de James Fitzgerald.
Cuando llega el silencio, sube el volumen.
Cuando lo privado no funciona, hazlo público.
Toda mi infancia fue un campo de entrenamiento para este momento. Cuando mamá le daba a papá el tratamiento de silencio, era hora de que el pequeño James rompiera «accidentalmente» algo caro. Si la mesa de la cena estaba a punto de explotar, contaba un chiste, bueno o malo, no importaba.
Siempre funcionaba.
La tensión se hacía añicos, se concentraban en mí y pateaban el problema para después.
Esto es lo mismo, pero a lo grande.
A por todas con Morgan, o morir en el intento.
A fondo, sin frenos.
La coordinadora del evento —una mujer cuya cara sugiere que vive perpetuamente decepcionada de todo el mundo, pero que tiene su puesto porque probablemente se le da de maravilla sacarle dinero a capullos ricos— me da el aviso de dos minutos de que casi es mi turno.
—Esta noche soy un puto héroe —digo en voz baja, intentando convencerme.
Mi plan es sencillo.
Galloway subió la apuesta contra Morgan y contra mí, apretando las tuercas aún más a su equipo e imponiéndome condiciones académicas todavía más duras a mí y a mis chicos.
Pero esta noche, solo pienso en ella. Así que pasaré por encima de Galloway, trabajaré a estos patrocinadores como una superioridad numérica y los inspiraré para que abran sus carteras por su programa.
Y entonces, ella por fin me verá.
No como el tipo que lo arruina todo.
No como el cobarde que se esconde detrás de chistes.
Sino como el tipo que dio la cara cuando nadie más lo hizo.
El tipo digno de su confianza, su amistad, y quizá algo más.
Me costará con Galloway, porque se va a poner furioso, pero ¿qué me queda por perder?
Mi promedio está explorando profundidades hasta ahora desconocidas.
Ese requisito de promedio de 2.5 bien podría exigirme que cure el cáncer.
Mi capitanía, mi último año, todo lo que me hace ser yo…
todo se está yendo por el desagüe de todas formas.
Mejor apostar todo a una última tirada de dados por ella.
—Treinta segundos, señor Fitzgerald.
El esmoquin pelea conmigo cuando intento alisarlo, arrugándose en lugares que sugieren que es alérgico a mi tipo de cuerpo.
Pero sé que estoy tranquilo, porque cuando has sobrevivido cañonazos a cien millas por hora y te han estampado contra las bandas por futuros defensas de la NHL, puedes con un puñado de trajeados.
—Adelante —dice.
Cruzo las cortinas, las luces del escenario me golpean y, por un segundo, nado en blanco mientras mis ojos se ajustan.
Luego la sala se materializa en forma de trescientos de los mayores donantes de Pine Barren University, observándome con el interés moderado de gente que ya va por su tercer martini.
Y ahí, tres mesas más atrás a la izquierda, está Morgan.
Verla me golpea con fuerza. Lleva negro —cuello alto, hasta la rodilla, puro negocio— pero en ella me revuelve el cerebro por completo. Lleva el pelo recogido en esa coleta despiadada que siempre me dan ganas de deshacer, de verlo suelto y salvaje mientras ella…
Concéntrate, desastre hormonal.
Pero incluso desde aquí, puedo leer su lenguaje corporal: hombros tensos, sentada rígida. La flanquean Mills y la entrenadora Walsh, ambas con expresiones neutras. Está claro que están cabreadas por tener que estar aquí, dado que Galloway ha destripado su programa, y no quieren darle más munición.
La sala espera, pesada y expectante.
Llena el silencio antes de que te devore.
—Buenas noches a todos. Puedo confirmar que este esmoquin es alquilado y sí, busqué en YouTube lo de la pajarita. —Tiro de la soga que llevo al cuello—. Tres tutoriales después, todavía no estoy seguro de haberlo logrado, así que si se rinde a mitad de discurso… finjan que es intencional.
Risas genuinas recorren el público.
Vale, puedo trabajar con esto. De momento, bien.
—Ya sé lo que están pensando: ¿qué hace el portero aquí arriba?
—Hago una pausa cuando hay más risas y sonrío cuando alguien suelta un resoplido—.
Bueno, tienen la suerte de que, mientras nuestros últimos cuatro capitanes cobran cheques de la NHL, les ha tocado el tipo que aspira a un D en sociología…
Más risas, e incluso las joyerías ambulantes esbozan sonrisas.
No me jodas. Los tengo.
—Pero escuchen. —Mi voz baja, se pone seria—. Ser un Devil no es solo llegar a la NHL y colgar banderines, aunque siete campeonatos quedan bastante bien. —Pausa, porque a esta gente le excita ganar—. Ser un Devil es lo que nadie ve.
Hago una pausa, dejo que unos cuantos asentimientos recorran el público, y continúo.
—Son los entrenamientos a las cinco de la mañana cuando tu cuerpo ya no da más. O el momento en que vas perdiendo por tres con dos minutos en el reloj y sacas algo extra. Porque no juegas para ti. Juegas el uno por el otro y por esta universidad.
La sala está en un silencio de iglesia.
Arriesgo una mirada hacia Morgan. Sigue congelada, pero algo ha cambiado.
Parece menos un muro de ladrillos, y está… ¿escuchando?
—Y por eso estoy aquí arriba —empujo, ganando impulso—. Porque hay otro grupo de Devils que encarnan todo lo que acabo de decir, pero que han sido tratadas como ciudadanas de segunda y que han tenido que luchar por cada trozo de cinta, cada minuto de hielo, cada gramo de respeto.
Todo el mundo está enganchado.
—Hablo del equipo femenino de hockey.
Murmullos recorren el público, y la cara de Galloway pasa de satisfecha a un púrpura de derrame inminente. Perfecto. Intentó sacarme de la lista de oradores, pero el presidente de la universidad insistió, y ni siquiera él puede joderme cuando el de arriba insiste en algo.
—Esas mujeres son guerreras. —La convicción en mi voz es de acero—. Entrenan a horas que no deberían existir legalmente. Se compran su propio equipamiento. Se llevan ellas mismas a los partidos, quemando gasolina que no pueden pagar, viviendo a base de Red Bull y perritos calientes de gasolinera.
Clavo la mirada en Morgan, pero no puedo descifrar su expresión.
—Esta noche quiero enseñarles lo que yo veo, y por qué estas mujeres merecen más que las migajas y por qué ya son campeonas.
—Le hago la señal al técnico en la cabina, las luces se atenúan y las pantallas se encienden—.
Conozcan a las verdaderas Devils, las que luchan en las sombras mientras los chicos se divierten bajo los focos.
La música arranca y las primeras imágenes aparecen: el equipo femenino en un movimiento bello y violento, cuerpos colisionando con furia controlada y el caos precioso del hockey en su forma más pura.
El metraje es nítido, cada fotograma una obra de arte, y de repente el coste de sobornar al estudiante de artes visuales para que lo hiciera parece barato.
Perfecto. Absolutamente perfecto.
El público se inclina hacia adelante. Los teléfonos desaparecen. Están enganchados.
El montaje continúa. Entrenamiento al amanecer, el aliento visible en la pista de hielo. La marca de tiempo —5:07 a.m.— lo vende. No son solo atletas; son soldados. Luego hay material de la sala de pesas, pura determinación, y el equipo apiñado antes de un partido.
La música cambia a algo emocional y las imágenes se vuelven más íntimas. Una jugadora sonriendo a través de la sangre, otra poniéndose cinta en unos dedos claramente rotos y volviendo a patinar, y otra de Mills en el banquillo, jadeando, obligándose a levantarse porque su línea la necesita.
Aquí es donde Morgan ve que lo entiendo, que yo…
La imagen cambia.
Mi corazón no se detiene. Explota.
Es Morgan. Sola.
Está llorando.
No un llanto de película. Llanto crudo, feo, roto.
Del tipo que viene de tan profundo que deja cicatrices.
Su cara es irreconocible por el dolor. Los hombros temblando con cada sollozo.
Una mano presionada contra su boca, intentando contener sonidos que escapan de todas formas.
La otra cerrada en un puño tan apretado que hay sangre en su palma.
La música sube, convirtiendo su agonía privada en entretenimiento.
La imagen se mantiene cinco segundos. Cinco segundos de Morgan Riley, la Morgue, destrozada y servida para consumo.
Y yo quiero que sea el golpe emocional definitivo que le diga a Morgan que lo entiendo y que haga que estos cabrones abran sus carteras.
Mientras el montaje continúa, la miro, mi cara estúpida todavía con gesto de triunfo, esperando gratitud. Pero en cambio, la veo morir en tiempo real. Primero, esa pequeña arruga entre sus cejas, como si estuviera procesando. Luego sus labios se entreabren y el color le abandona la cara.
Se queda pálida como un cadáver, cada músculo bloqueado.
Sus manos agarran el mantel con fuerza suficiente para rasgarlo.
Pero sus ojos.
Joder, sus ojos.
Muestran el momento exacto en que decide que no la he elevado, sino que la he ultrajado. Y mientras me mira, sé que piensa que he tomado su momento más privado y la he convertido exactamente en lo que ha luchado por no ser: una historia triste para dar pena.
Sus ojos no son fríos. Son nucleares.
Pero debajo de la rabia hay algo peor.
Traición.
El montaje termina, pero yo me quedo ahí, mirando a Morgan, porque nada más existe.
Ella no arma un drama ni monta una escena.
En cambio, simplemente coloca su servilleta con precisión quirúrgica y se levanta con una gracia que me destroza lo que queda de pecho.
Mills extiende la mano hacia ella, pero Morgan niega con la cabeza una vez.
No me mira.
No reconoce mi existencia.
En cambio, se da la vuelta, columna recta como un militar, hombros erguidos contra el peso de trescientas miradas, y camina hacia la salida.
Sus tacones suenan sobre el mármol mientras se va con la dignidad que hace que mi gran gesto parezca exactamente lo que es: la rabieta de un niño con ropa prestada.
Es exactamente igual a lo que pasó cuando la rocié con el hielo.
La última vez que intenté un gran gesto para arreglar las cosas.
¿Y esta vez?
Trescientas personas la ven irse en absoluto silencio.
No hay un solo sonido mientras Morgan Riley sale del salón, sale de la gala y sale de mi vida. La puerta se cierra con un clic que resuena como un disparo, y yo sigo en el atril, roto pero vertical, sin saber muy bien qué hacer ahora que todo está perdido.
Mis notas.
El hockey.
La chica que quiero.
El público murmura, pero es solo ruido blanco.
El foco arde, haciendo que el sudor me corra por la espalda.
Nunca he estado más solo. No durante las guerras de mis padres.
No después de que mis compañeros se graduaran.
No en el hielo, mirando hacia arriba a ese banderín de campeonato, sintiéndome un impostor.
Ni siquiera después de que ella me dejara en aquella biblioteca.
Porque, al menos entonces, había esperanza.
Esto es diferente. Esto es saber con perfecta claridad que eres el malo. Que cada buena intención era falsa. Que ella necesitaba protección de ti más que de nadie, y en cambio causaste más daño y, de paso, cometiste el mayor error de toda tu vida.
La cagué en la situación seria y armé un desastre.
Como todas las putas veces.