Capítulo 29
veintinueve
MORGAN
El agua que sale de la vieja alcachofa de mi apartamento quema lo suficiente como para levantar ampollas, y he decidido que si me quedo aquí el tiempo necesario, puedo escaldar lo que acaba de pasar.
Lo que dejé que pasara, si soy honesta, y lo que mi cuerpo está montando una revuelta biológica en toda regla para repetir.
Me froto con la esponja, ignorando que han florecido verdugones rojos por los brazos, el pecho y la cara interna de los muslos, donde sus dedos dejaron su tarjeta de visita.
Las pruebas físicas puedo manejarlas —soy jugadora de hockey con más moretones que extremidades cualquier día de la semana—, pero son las otras pruebas las que me preocupan.
Las pruebas que descienden en este momento con obscena parsimonia por mi muslo.
Su ADN literalmente escurriéndose de mí.
El pensamiento debería activarme el reflejo nauseoso. Esa es la meta: asco y repulsión, o cualquier cosa menos esta punzada vacía que mis neuronas siguen confundiendo con deseo. Pero mientras su semen se mezcla con el agua de la ducha, lo único que me queda es un cóctel de malas decisiones.
La parte racional y sensata de mi cerebro me escalda más que el agua. «Esto es lo que cuestan cinco minutos de debilidad. Tu peor error se reencontró con tu cérvix, y de alguna forma fuiste tú la que decía por favor...»
Me echo más gel de ducha en la esponja, cuya etiqueta promete «purificar y restaurar el equilibrio». Pero cuando me exprimo medio bote directamente sobre la piel, frotándome hasta generar una espuma lo bastante densa como para ocultar pruebas, me siento igual de impura y desequilibrada que antes.
Esto no está funcionando.
Giro el grifo hasta el ártico, castigando mi cuerpo como hago después de cagarla en el hielo. El golpe de frío me roba el oxígeno de los pulmones, pero mis pezones simplemente se endurecen hasta doler, enviando señales directas a donde —joder— sigo resbaladiza a pesar de la ducha punitiva.
Mi cuerpo se ha amotinado, funcionando con algún programa primitivo que anula veintiún años de condicionamiento cuidadoso, cada neurona encendiéndose como un árbol de Navidad y enviando órdenes para que responda con solo pensar en él.
Mi teléfono se ilumina a través del cristal de la ducha:
¿Estás bien?
No, James. Estoy goteando mientras mi vagina hace campaña por un segundo asalto.
Soy la antítesis de bien.
Se ilumina otra vez:
Morgan, por favor. Solo dime que llegaste bien a casa.
El por favor casi funciona.
Casi resucita a la chica que creía en los finales felices.
Una última vez:
Sé que la cagué antes, pero... es que no lo entiendo, ¿sabes?
Cierro el grifo con la fuerza suficiente para hacer vibrar las tuberías. Después, una vez fuera de la ducha y seca (aunque aún temblando por el golpe de frío), borro las notificaciones y bloqueo su número con la eficiencia de alguien que lleva tres años ensayando este simulacro mental.
Todo nuestro historial de mensajes.
Desaparecido.
Ojalá lo real fuera así de fácil.
En piloto automático, me pongo el pijama; necesito desesperadamente dormir antes de un día brutal de entrenamiento mañana. Pero mi apartamento se siente contaminado y caótico, como si sus moléculas hubieran infiltrado de algún modo mi entorno herméticamente sellado, y sé que el sueño será esquivo.
La cocina brilla bajo una iluminación quirúrgica, cada superficie ya estéril por la rutina de esta mañana. Pero eso no importa ahora. Ataco las encimeras ya impolutas, vertiendo productos químicos sobre un granito que ya podría albergar una cirugía a corazón abierto.
Los vapores me hacen llorar.
Son los vapores, sin duda.
Cuando ya estoy de rodillas atacando unas juntas inmaculadas con un cepillo de dientes, me veo reflejada en la puerta del horno.
Aquí está Morgan Riley: capitana de un programa de hockey D1, restregando contaminación imaginaria a las dos de la madrugada porque dejó que James Fitzgerald le superara la defensa y anotara.
El moretón en mi cuello está a la vista, recordándome que mañana toca cuello alto.
Mis jugadoras lo sabrán de todas formas —las jugadoras de hockey huelen el sexo como los tiburones huelen la sangre—, pero no se atreverán a comentar.
Reconocen la expresión facial que dice menciona esto y haré que te arrepientas.
Porque esa es mi marca.
Me siento sobre los talones, rodeada de suficientes vapores tóxicos como para arrancar pintura.
Tengo las manos en carne viva y las rodillas magulladas por las baldosas, haciendo juego con los moretones que él dejó en mis muslos.
El apartamento huele a escena del crimen, lo cual cuadra, porque asesiné tres años de control y ahora soy solo el equipo de limpieza.
Después de más limpieza y unas pocas horas de sueño, el camino a la pista de hielo a la mañana siguiente presenta un reto táctico.
He trazado tres rutas distintas, evaluando la probabilidad de encontrarme con James según su horario, sus rutas habituales y los puntos donde nuestros mundos podrían cruzarse.
La Ruta A me lleva por la explanada principal: treinta por ciento de probabilidad de contacto.
Inaceptable. La Ruta B pasa por la biblioteca: rotundamente no, ese edificio entero es ahora territorio enemigo.
La Ruta C, por la explanada este detrás de los edificios de ciencias, añade siete minutos pero reduce la probabilidad al cinco por ciento.
Perfecto.
Es lo único perfecto de todo este desastre.
Mientras camino, con los puños cerrados y emitiendo mi mejor vibra de no-me-hables-bajo-ninguna-circunstancia, el aire de noviembre me corta la cara.
Cada respiración sale de mí en pequeñas nubes que se disipan en la nada —ahí y luego no, como si nunca hubieran existido, como la noche de ayer jamás debería haber existido.
Todo el rato, mi visión periférica permanece en alerta máxima mientras mantengo un paso vivo y decidido.
Cada figura alta me dispara el pulso, cada cabeza de pelo oscuro activa una memoria muscular que no he desprogramado todavía, y cada grupo de tipos activa mi alarma porque él podría ser el cabecilla entre ellos.
Un grupo de chicos sale del edificio de física.
Mi cuerpo se bloquea, listo para ejecutar maniobras evasivas, pero sus risas suenan demasiado agudas para ser la suya.
Aun así, giro bruscamente a la izquierda, añadiendo otro desvío.
Y mientras camino, intento convencerme de que esto no es evitación, que es una escisión estratégica, extirpando a James como un quiste.
Finalmente, después de tardar mucho más de lo habitual, llego al vestuario femenino.
O, mejor dicho, al vestuario compartido.
Y, por suerte, no hay chicos —ni James— por aquí ahora mismo.
Pero lo que encuentro en su lugar es a la entrenadora Walsh, paralizada, sujetando una sola hoja de papel con la delicadeza de quien manipula un artefacto explosivo. La he visto en muchas situaciones estresantes en los últimos meses desde que empezamos a trabajar juntas, pero nada parecido a esto.
—Nos ha destripado, Morgue. —Su voz tiene esa quietud peligrosa que precede a la detonación—. El cabrón se ha pasado de la raya esta vez.
Acorto la distancia entre nosotras y cojo el memorando, mi mente cambiando a modo analítico con el alivio de una articulación dislocada al volver a su sitio. Porque cualquier cosa es mejor que pensar en él y en eso y en qué demonios pasa ahora.
Membrete de la universidad.
Departamento deportivo.
La firma de Galloway trazada de un tajo en la parte inferior.
Los primeros recortes son una brutalidad predecible.
Nuestro presupuesto de viaje ha sido reducido al mínimo indispensable.
Y, peor aún, nos han «suspendido pendiente de revisión» la financiación de desplazamientos y las tasas de inscripción para asistir al Winter Showcase, donde aparecen ojeadores reales buscando posibles fichajes.
Traducción: que tus chicas se olviden de que las vean.
Se me encoge el estómago pensando en las jugadoras que se transfirieron aquí desde programas menores con la esperanza de que esto las acercase a las profesionales.
Todavía hay posibilidades, claro, pero en un ecosistema donde cada gramo de atención y esfuerzo puede marcar la diferencia, esto podría apartar a algunas de mis chicas de su sueño.
Pero eso no es todo.
Presupuesto de equipamiento: congelado.
¿Quién necesita cinta, palos o discos, de todos modos?
Acceso a las instalaciones: las cinco de la mañana cada día es nuestra única franja de tiempo en el hielo.
La pulidora de hielo tiene prioridad...
Horas de la entrenadora Walsh: limitadas a veinte por semana.
Mátense trabajando gratis, señoritas. Contamos con ello.
Esto es más que enredar solicitudes de compra en burocracia. Es reducir nuestra capacidad para ser un equipo viable. Es muerte por mil cortes, cada uno más profundo que la tanda anterior de condiciones que impuso a nuestro programa, las cuales nos obligaron a aliarnos con James.
Entonces lo veo.
Enterrado al final:
«Nuevas directrices institucionales sobre la distribución de recursos entre equipos y los servicios de apoyo académico.»
Las palabras cristalizan en significado con una claridad de cámara lenta:
«Para mantener la integridad... queda estrictamente prohibida la distribución no autorizada de recursos entre equipos, incluyendo equipamiento, material de entrenamiento o servicios de tutoría académica...»
El memorando continúa su masturbación burocrática, pero he dejado de procesar. Mi sangre se vuelve ártica, congelándome desde dentro, porque las referencias a la distribución de recursos entre equipos y los servicios de tutoría académica me dicen que lo sabe.
Joder, lo sabe.
Lo del material robado y las tutorías de sociología.
Lo de que James y yo estábamos trabajando juntos para superar sus gilipolleces.
—¿Morgan? —La voz de Bri suena como si estuviera bajo el agua—. Te has puesto muy pálida.
—Lo sabe. —Las palabras me salen en carne viva.
—¿Sabe qué?
La verdad me pesa en la lengua: que hice un pacto con el diablo con James, que negocié equipamiento de contrabando, que lo comprometí todo por rollos de cinta y la patética fantasía de que alguien me cubría las espaldas, y que sucumbí a una tentación a la que no podía ceder.
—Morgan. —Bri se acerca, con el rostro marcado por una preocupación que aún no le han apaleado—. Si tiene algo contra ti, lo afrontamos juntas.
—Nada. —Mi voz suena mecánica—. Solo está... socavando el deporte femenino porque es su configuración por defecto.
Sus ojos se estrechan —está claro que huele las gilipolleces—, pero no presiona. Quizá reconoce la expresión que llevo puesta, o que la jugada de poder de Galloway es un ataque dirigido contra ambos programas de hockey, no una campaña general porque sea un cabrón.
—Lo resolveremos —ofrece, aunque ni su idealismo logra venderlo del todo—. Siempre...
—Yo siempre lo resuelvo. —La corrección se me escapa antes de poder frenarla—. Esta es mi pelea, Bri, y no quiero que arruines tu carrera por esto.
Abre la boca para discutir, pero le doy la espalda y camino hacia mi taquilla con movimientos automáticos.
Porque, de repente, tengo una salida para toda mi frustración, una cura para la enfermedad, y una forma de expiar todos mis errores.
Igual que hace tres años, cuando convertí un corazón roto en una concentración que me llevó al hockey D1.
Estoy concentrada.
O eso necesito contarme.
Porque si no estoy concentrada, podría pensar en cómo lo besé, como si me estuviera ahogando y él fuera oxígeno. En cómo lo atraje más cerca en vez de mantener una distancia segura. En cómo lo dejé atravesar cada defensa que había pasado tres años fortificando.
Y esos veinte minutos de caos —de placer— no son reembolsables.
Y quizá el error más caro que he cometido en mi vida.