La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 25
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Capítulo 25

veinticinco

MORGAN

Estoy mirando mi pizarra —sí, pizarra, porque no podemos permitirnos iPads y el programa masculino no tiene excedentes— como si contuviera el sentido de la vida.

Pero me conformaría con encontrar el sentido del colapso en nuestra zona defensiva del partido de esta noche, que nos costó un gol y casi nos costó la victoria.

No somos vistosas ni goleadoras. Somos disciplinadas y duras, y eso significa que un solo gol puede hundirnos.

Por suerte, esta noche sacamos el partido por los pelos, gracias a una buena jugada de nuestra segunda línea, pero sigo molesta de que todo dependiera de eso.

Yo cometí un error, así que cometimos un error.

Pero antes de que pueda descifrarlo, o al menos seguir castigándome, Mills se planta delante de la pizarra.

Lo cual es irónico, dado que Mills es la que falló la asignación defensiva y permitió el gol.

Pero ahora tiene los brazos cruzados, mientras cerca de ella, Sarah y Jen sonríen como conspiradores que acaban de dar un golpe.

—Salimos, capitana. —La voz de Mills tiene esa misma energía de que-te-jodan-no-me-muevo que lleva a la defensa de zona—. Y tú vienes.

—No. —Mi respuesta sale plana y automática, porque salir significa un bar, y un bar significa idiotas con las manos largas—. Pero diviértanse.

Mills no se mueve. Si acaso, baja su centro de gravedad, como si yo fuera a empujarla.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo divertido?

—La revisión de vídeo y el análisis de colapsos defensivos me resultan satisfactorios —digo—. Y hay comida china sobrante en mi nevera con mi nombre puesto. Literalmente.

Sarah resopla.

—Acabamos de ganar. Ejecutamos cada ejercicio que nos machacaste, y ahora queremos celebrar contigo.

La esperanza en sus ojos golpea más fuerte que cualquier carga corporal, porque normalmente están más que contentas con la dinámica de la capitana, yo, y el equipo, ellas. Bromean entre ellas y luego se tensan cuando estoy cerca, ya sea por respeto o por miedo.

Es la primera vez que buscan incluirme.

Pero parte de mí también se pregunta si han notado el cambio en mí.

A estas alturas es innegable hasta para mí.

Porque, en las dos semanas que llevo «aliada» con James —él consiguiéndome equipamiento y yo consiguiéndole una nota decente— me he sentido empezar a aflojar un poco.

De hecho, en vez de que mis muros vuelvan a subir, es como si los hubieran reemplazado con un jardincito y un poco de sol.

Lo sentí primero de maneras pequeñas, negables.

Una sonrisita o una sacudida irónica de cabeza ante un chiste.

Pero las demás también lo están notando.

Yo —nosotras— seguimos siendo tremendamente profesionales sobre el hielo, pero también ha habido un alivio mínimo de la tensión en el equipo, como si yo las tuviera a todas nerviosas y con miedo de meter la pata.

Y nuestro juego ha mejorado aún más por eso.

Somos un equipo con garra, sin concesiones en lo básico, con más brillo.

A veces solo necesitas apagar tu cerebro y ser idiota durante una hora.

La voz de James resuena sin permiso, un recuerdo de nuestra última sesión de estudio, cuando estaba tan tensa por su trabajo que me quitó físicamente el bolígrafo rojo de la mano, sus dedos rozando los míos el tiempo justo para que mi cerebro olvidara lo que era una tesis.

Pero aunque afloje un poco, no puedo nadar del todo hasta la parte honda.

Así que busco la lógica y la manera de agarrarme emocionalmente al borde de la piscina.

Y está claro: la cohesión de equipo requiere experiencias compartidas, y la vulnerabilidad controlada puede fortalecer los lazos del grupo, así que salir es una opción razonable.

—Bien. —La palabra sabe a rendición mezclada con ácido de batería—. Salgo una hora, porque no hacerlo sería malo para la moral del equipo.

Mills suelta un grito que rebota en las paredes de hormigón.

—The Down Low, en una hora, y ni se te ocurra dejarnos plantadas, capitana.

Se dispersan antes de que pueda cambiar de idea, dejándome sola con mi pizarra y la aterradora revelación de que acabo de aceptar entrar voluntariamente en una situación social sin estrategia de salida.

The Down Low asalta cada sentido en el momento en que cruzo la puerta.

Los graves me hacen vibrar los huesos, el aire es tan denso que se podría masticar, y mientras atravieso el local buscando a mi equipo, hay tanto contacto físico.

El codo de alguien me golpea, el pelo de una chica me azota la cara, y cuando dos tipos de fraternidad no se quitan de mi camino, tengo que contenerme para no pegarle a uno.

Encuentro a mi equipo en unas mesas altas cerca de la barra, ya con varias copas encima a juzgar por su volumen y las mejillas sonrojadas de Sarah.

Rachel está demostrando algún tipo de maniobra defensiva que se parece más a danza interpretativa, y cuando Mills me ve, levanta su cerveza en señal de triunfo.

Se ven… felices.

Jóvenes.

Como estudiantes universitarias de verdad en vez de las guerreras que he estado forjando.

Después de un viaje a la barra, mi agua con gas me suda en la mano.

Hago una evaluación de amenazas de cada tipo con gorra al revés en las inmediaciones: una mesa de jugadores de fútbol americano, lo bastante borrachos para creerse encantadores; un grupo haciéndose chupitos, con los ojos escaneando en busca de objetivos; y un tipo solo que lleva treinta segundos mirándole el culo a Mills…

Entonces una risa familiar corta el ruido, y mi cuerpo se pone en alerta máxima.

James.

Está en una mesa del rincón con Schmidt y Cooper, con la cabeza echada hacia atrás de la risa.

Aquí, en su hábitat natural, es magnífico.

El bar abarrotado que a mí me hace sentir que me ahogo parece cargarlo de energía.

Transforma el caos en algo magnético, atrayendo a la gente a su órbita sin proponérselo.

Su cabeza gira, y nuestras miradas se cruzan a través del local lleno.

La sonrisa no abandona su cara, pero cambia, suavizándose en algo privado, algo que existe solo entre nosotros. Su mirada baja a mi boca un segundo —lo suficiente para saber que está pensando en la escalera, en la presión desesperada de mi cuerpo contra el suyo…

… y en aquella noche en la playa.

Yo también estoy pensando en eso. En sus manos en mi cintura, los dedos abiertos con posesividad.

En el sonido que hizo cuando le mordí el labio…

mitad jadeo, mitad gemido, todo deseo. En cuánto quería dejar que me levantara contra esa pared y me follara ahí mismo donde cualquiera podría habernos pillado.

Hace un mes, este momento me habría hecho salir corriendo.

Pero esta noche, le doy el más mínimo asentimiento.

Su sonrisa se ensancha, y es lenta y linda y encantadora y demoledora, porque ahora sé que este hombre es capaz de profundidad y de amabilidad.

Levanta su cerveza ligeramente para brindar por mí, y luego vuelve con sus amigos.

—¡Capitana! —Mills se materializa a mi lado, la cara encendida de victoria y Bud Light—. ¡Deja de ser un florero y baila con nosotras!

—No bailo.

—Y una mierda. Todo es baile. El hockey es baile. Pelear es baile. Esto solo es bailar con música de mierda.

Antes de que pueda enumerar las diferencias tácticas —nada de equipamiento protector, ningún objetivo claro, la inquietante cantidad de perreo— me agarra la mano y tira.

Podría resistirme, plantando los pies y manteniendo mi posición donde es seguro y controlado, pero entonces miro de reojo y veo a James observando con esa sonrisa.

Una sonrisa que casi parece un desafío.

Algo en la luz de sus ojos me recuerda lo jóvenes que somos los dos y cuánto tiempo he perdido teniendo miedo.

Todo ese tiempo, protegiéndome del dolor en vez de perseguir la alegría, desperdiciado.

Así que, soltándome y viviendo solo por esta vez, dejo que Mills me arrastre al círculo que mi equipo ha formado en el borde de la pista de baile.

La música es objetivamente terrible —una pesadilla de autotune sobre botellas y modelos— y los graves se sienten como compresiones torácicas repetidas, pero a mi equipo le da igual. Se mueven con entusiasmo desgarbado, brazos sobre hombros, riéndose de su propio ritmo ridículo.

¿Pero yo?

Me quedo congelada.

Cada músculo bloqueado.

Esto fue un error.

No sé cómo simplemente… soltar.

Como si percibiera mi vacilación, Sarah me agarra una mano, ligeramente pegajosa de bebidas derramadas, y Rachel me agarra la otra.

Empiezan a moverme físicamente, como animando a un maniquí, y es tan ridículo que se me escapa un sonido que no es exactamente una risa, pero se acerca, como si la maquinaria oxidada de la alegría empezara a funcionar con chirridos.

—¡Ahí está! —grita Mills, la voz quebrándosele de alegría—. ¡Sabía que Morgan estaba ahí en algún lado debajo de todo ese hielo!

Cruzo la mirada con James otra vez. Está reclinado hacia atrás, Cooper diciendo algo que requiere gestos, pero James no le presta atención. Me observa con una expresión que no logro descifrar del todo, algo que se parece peligrosamente al orgullo mezclado con deseo.

Caen los graves, y en vez de resistirme, los dejo entrar.

Dejo que vibren a través de mí. Mis caderas encuentran el ritmo primero, memoria muscular de antes de encerrarme en una fortaleza, cuando era solo una chica bailando en su habitación o con sus amigas, y antes de que la traición me enseñara que la felicidad era munición para los demás.

—Joder, lo está haciendo de verdad —dice Jen, riendo, sin burla, y la distinción importa.

El movimiento se siente ajeno al principio. Mis hombros están trabados, la columna rígida, pero pronto entro en calor y de repente me estoy moviendo y riendo. No el ladrido seco que uso como signo de puntuación, sino algo que sale del fondo de mi pecho y me hace doler la cara de sonreír.