La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

veintitrés

ROOK

Esta noche soy un ladrón en mi propio reino.

Mi teléfono brilla como un faro de culpa en la oscuridad del almacén de equipamiento de hockey masculino, una sala cavernosa llena de todo, desde parches de «capitán» de repuesto hasta un par de Zambonis, y todo lo que existe entre medias.

Todo lo que mi equipo tiene y el de Morgan necesita.

Desde que mantenimiento por fin arregló el desastre de las tuberías y volvimos a nuestro propio vestuario la semana pasada, he intentado no pensar en el hecho de que dejamos al equipo femenino atrás en esa caja de hormigón mientras nosotros regresábamos a nuestros suelos con calefacción.

Pero estar aquí esta noche, rodeado de suficiente material de sobra como para equipar a un pequeño ejército, hace que la desigualdad sea imposible de ignorar.

Su mensaje de texto está en la pantalla, una lista exacta de lo que su plantilla necesita para sobrevivir a los próximos partidos.

Ya hemos completado un pedido de uniformes nuevos y otro equipamiento que tiene que fabricarse y enviarse, pero esta misión de suministro es simplemente para lo básico de existir como equipo de hockey.

La lista no solo es detallada, es de una precisión forense.

No solo cinta, sino marcas y anchos específicos.

Ha desglosado todo hasta el gramaje de la cera para palos, con alternativas aceptables ordenadas por preferencia.

Joder, apuesto a que tiene una hoja de cálculo para organizar sus hojas de cálculo.

O siempre es así, o piensa que soy demasiado idiota para descifrar la lista yo solo.

Probablemente lo primero, teniendo en cuenta cómo han ido los últimos días.

Un calor se extiende por mi pecho, lento e inevitable, mientras el recuerdo de las últimas sesiones de estudio en la biblioteca me inunda. No solo el hecho de que me ayudó, sino cómo me hizo sentir… no estúpido… por primera vez en todo mi tiempo en la universidad.

No se rio cuando me emocioné y empecé a dibujar jugadas de hockey en los márgenes para explicar el estado de naturaleza de Rousseau. Y, por primera vez desde primer año, estar sentado en una biblioteca no se sentía como llevar un disfraz tres tallas más pequeño.

«No eres estúpido, Rook», había susurrado, casi como si no hubiera querido decirlo en voz alta. «Es que piensas en diagonal».

Así que ahora estoy decidido a hacerlo bien y conseguirle lo que necesita, y trato los últimos artículos de su lista como si fueran la diferencia entre la vida y la muerte.

Ah, aquí está: cinta atlética, una pulgada y media, blanca, adhesivo hipoalergénico…

la buena, la que no deja residuos ni arranca la piel cuando la quitas.

Listo.

La tarea, aunque probablemente ilegal o inmoral como mínimo, es extrañamente reconfortante. No hace falta actuar. No hay público al que entretener. Solo yo, a solas con el chirrido de mis zapatillas en el suelo pulido, robando en silencio a mi propio equipo para salvar al de ella.

—¿Pero qué cojones?

El sonido casi me hace soltar la caja de cinta; mi corazón intenta salírseme por la garganta.

Erik Schmidt está en la puerta, mirándome como si me hubiera puesto a hablar en lenguas.

Su expresión pasa de la confusión a la sospecha y luego a algo que podría ser genuina preocupación si Schmidt realmente procesara emociones.

—¿Te está dando un ictus? —Se acerca un paso—. ¿Por qué estás en el almacén a medianoche?

En cualquier otro momento me habría lanzado de cabeza: un chiste sobre haber desarrollado un fetiche con la cinta adhesiva, o alguna mentira elaborada sobre que el entrenador quería todo catalogado según la fase lunar.

Pero la energía maníaca que normalmente alimenta mis evasivas se ha evaporado, reemplazada por algo más pesado.

—El equipo de Riley está siendo asfixiado por Galloway —digo, y las palabras salen graves y serias, sin remate, solo la verdad flotando en el aire entre los dos.

Las cejas de Schmidt ascienden hacia la línea del pelo.

—¿Y?

Me encojo de hombros.

—Pues que necesitan cosas, y nosotros tenemos cosas. Demasiadas, si soy honesto. Así que lo estoy arreglando.

El silencio se extiende entre nosotros, pegajoso e incómodo.

Erik Schmidt me conoce desde hace un par de años.

Me ha visto en lo más bajo —tan borracho y llorando tras una derrota desgarradora que le vomité en los zapatos (dos veces)—, pero apostaría a que nunca, ni una sola vez, me ha visto tan serio con algo.

—¿Esto va de la chica? —dice, la pregunta cuidadosa y clínica.

—Va de hacer lo correcto.

—¿Desde cuándo tú…? —Se frena—. ¿Galloway o Pearson lo saben?

—¿Tú qué crees?

Otro silencio, pero este es distinto… más pensativo… y entonces asiente.

Observo cómo Schmidt se acerca al soporte de palos de composite y descuelga un Bauer Vapor nuevo —tope de gama, de los que tienen el logo holográfico que atrapa la luz— y lo añade a la bolsa con el cuidado de quien manipula explosivos.

Su voz es plana, práctica.

—Los números de serie están rastreados, así que no les des ninguno de los palos comprados por PBU —dice—. Pero ese se lo pueden quedar. Es un regalo de cumpleaños de mis padres, así que si alguien pregunta, te lo di para tu primo o algo.

—Gracias, Schmidty.

Me pone una mano en el hombro.

—Buen trabajo.

El gesto —tanto el palo como el elogio— me golpea más fuerte de lo esperado. Schmidt no hace gestos. Hace logística, sistemas y honestidad brutal, así que este acto silencioso de rebelión compartida significa más que cualquier sesión de vínculos etílicos.

No lo arruino contándole que yo —nosotros, el equipo— vamos a recibir algo a cambio.

Además, ya va camino de la puerta. Está claro que no le va a decir nada a nadie, pero tampoco quiere estar metido hasta el cuello en mi gran robo de hockey. La puerta se cierra con un chasquido definitivo y estoy solo otra vez con mi teléfono, mi botín y el recuerdo del rostro de Morgan.

Cuando me miraba como si estuviera viendo algo nuevo.

Como si quizá no fuera solo una decepción esperando a ocurrir.

Cierro la cremallera de la bolsa y compruebo su peso, satisfecho de que es lo bastante ligera como para que ella la cargue sin levantar sospechas.

Mi pulgar flota sobre la pantalla del teléfono, y tengo que reescribir el mensaje tres veces porque encontrar el equilibrio justo entre informal, amigable y correcto es difícil.

Al final, opto por la eficiencia brutal:

Salida de servicio. Diez minutos.

Bajo hasta la salida de servicio detrás del Devil's Cauldron, donde los programas de hockey esconden todas las necesidades feas —el equipo de mantenimiento de la pista, los compresores industriales y los contenedores donde los palos rotos y las camisetas manchadas de sangre van a morir.

Perfecto para un intercambio clandestino entre dos personas que no logran descifrar qué son el uno para el otro.

El aire de noviembre tiene dientes esta noche, mordiendo a través de mi sudadera con la fuerza suficiente como para que me duelan las costillas.

Podría haber cogido mi chaqueta del equipo —la buena, con el forro polar y el año del campeonato bordado en la espalda en hilo dorado—, pero se sentía mal de alguna forma.

Como alardear delante de una chica que tiene que mendigar, arañar y robar cinta de hockey.

La bolsa pesa sobre mi hombro como una mala conciencia.

No por el robo —eso apenas registra en mi radar moral, que admito no está calibrado para mucho más allá de que no te pillen y no seas un completo gilipollas—, sino porque la silenciosa simplicidad de todo esto se siente como territorio extranjero.

Ningún gran gesto.

Ningún espectáculo público.

Ningún público cuyo aplauso mida mi valor.

Solo yo, en la oscuridad, intentando ser la clase de persona que no necesita una ovación de pie para saber que hizo algo bien.

Un concepto novedoso, en serio. Mi terapeuta estaría orgullosa, si tuviera una, que probablemente debería.

Añádanlo a la lista de cosas de adulto que sigo prometiéndome hacer, justo después de aprender a cocinar algo.

Espero un rato, y justo a tiempo, una figura emerge del vapor.

Morgan.

Incluso en una simple sudadera gris y unas mallas negras que no hacen nada por disimular su figura, se mueve con esa misma energía contenida de siempre. Lleva la capucha puesta, su rostro envuelto en sombras, pero puedo ver sus ojos recorriendo el callejón, catalogando salidas y amenazas.

Parece una soldado entrando en territorio enemigo.

Se detiene a tres metros de distancia, manteniendo la separación como si yo fuera contagioso.

Su postura grita desconfianza —el peso en el pie de atrás, lista para salir corriendo—, como si yo hubiera orquestado todo esto para dejarla en evidencia y de un momento a otro se fueran a encender las luces y Galloway fuera a aparecer con seguridad del campus.

Por una vez, no suelto un chiste sobre la estética de película de espías de nuestro punto de encuentro ni sobre que deberíamos tener nombres en clave.

Simplemente dejo que la bolsa se deslice de mi hombro, la dejo caer al suelo con un golpe sordo que parece rebotar en las paredes de ladrillo y la empujo hacia ella con el pie.

Es una ofrenda.

Una disculpa.

Una alianza cumplida.

Y, quizá, la promesa de un futuro de algún tipo.

Se acerca como si pudiera explotar y se arrodilla sin quitarme los ojos de encima.

Abre la bolsa, su teléfono aparece en la mano, la linterna proyectando una luz blanca y cruda que convierte su rostro en un estudio de sombras y agotamiento.

Y puedo ver el momento exacto en que la sospecha da paso a la gratitud y al alivio.

La máscara no solo se agrieta, se hace añicos, y durante tres segundos veo a Morgan Riley, la chica que conocí durante dos semanas en aquel campamento de verano, sin guardia y tierna. No la Morgue, no la capitana Reina del Hielo… solo una chica que una vez supo lo que era confiar.