Capítulo 18
dieciocho
MORGAN
La mesa coja de Pine Barren Bagels está intentando asesinarme.
Cada vez que desplazo el peso entre los dos codos que tengo apoyados sobre la mesa, esta se sacude hacia un lado con entusiasmo vengativo, amenazando con volcar el café negro directamente sobre mi regazo.
La pata de metal se balancea contra el suelo irregular —clic-ras, clic-ras— como una cuenta regresiva hacia el desastre.
Y, sinceramente, a estas alturas sería un acto de misericordia, porque unas quemaduras de tercer grado me darían algo en lo que concentrarme aparte del hecho de que hace menos de doce horas tenía la lengua de James Fitzgerald dentro de mi boca y su polla presionada contra mi estómago, dura y—
La mesa se tambalea de nuevo, como si me advirtiera que pare.
Agarro la taza con ambas manos y la estabilizo como si estuviera desactivando una bomba.
La cerámica me quema las palmas, pero no la suelto.
Porque el dolor físico es simple y tiene sentido, a diferencia de la tormenta eléctrica que sigue crepitando bajo mi piel, enviando descargas aleatorias por mi sistema nervioso cada vez que recuerdo.
El local de desayunos más popular del campus está abarrotado con el caos del sábado por la mañana.
Los estudiantes se agrupan alrededor de mesas diminutas, sus risas brillantes y despreocupadas.
La máquina de espresso silba cada treinta segundos, y alguien está tocando la guitarra acústica en el rincón.
La normalidad de todo esto se siente surrealista frente a la confusión que me arremolina por dentro.
La pareja de al lado comparte un bagel, dándose bocados el uno al otro con una ternura nauseabunda.
Ella tiene queso crema en la nariz. Él se lo quita con un beso.
Están protagonizando su propia película de Hallmark, y me dan ganas de inclinarme hacia ellos e informarles de que las relaciones de verdad son dolor.
¿Pero quizá yo quiero eso?
¿Lo quiero a él?
Mi cuerpo no deja de vibrar. Cada terminación nerviosa se siente expuesta y en carne viva.
Todavía siento el fantasma de sus manos en mi cintura, esos dedos largos abarcándome las costillas.
El calor de él por todas partes, abrumador, ahogándome en un deseo que creía haber matado con éxito hace tres años, después de que me machacara el corazón hasta hacerlo pedazos.
La campanilla sobre la puerta suena, y sé que es él antes de levantar la vista. Alguna parte primitiva de mi cerebro reconoce su presencia como un diapasón reconoce su frecuencia. Y cuando levanto la vista y lo localizo, tomo una bocanada brusca de aire, porque tiene un aspecto terrible.
No físicamente terrible. Físicamente, está como siempre: injustamente atractivo con unos vaqueros gastados y una sudadera de PBU Hockey, con el pelo haciendo esa cosa en la que parece no poder decidir hacia qué lado despeinarse.
Objetivamente, sería un buen partido para cualquier chica del campus, sobre todo porque a la mayoría les parecería encantador su sentido del humor.
Pero hay algo diferente en la forma en que se mueve por el abarrotado local esta mañana. La energía frenética y cinética que suele irradiar ha sido sustituida por algo más callado, más cuidadoso, como si cargara algo frágil que pudiera romperse si lo alteran.
Está buscando la mesa que le prometí conseguirnos, y un segundo después nuestras miradas se cruzan a través del local.
Durante una fracción de segundo, lo veo todo —el mismo deseo, y el mismo qué-cojones-hemos-hecho que me carcome viva— pero entonces su rostro se vuelve deliberadamente neutro, y se dirige al mostrador.
Lo observo pedir. La barista —una alegre chica de segundo año con una coleta alta— intenta coquetear, inclinándose sobre el mostrador para ofrecerle una vista que requeriría un esfuerzo activo para evitar.
Hace tres semanas, Rook se habría inclinado hacia ella, habría encendido ese carisma de mil vatios y probablemente se habría ido con su número de teléfono.
Pero hoy le dedica una sonrisa educada pero distante, con el cuerpo girado hacia otro lado, y no acepta la invitación a mirar por su escote. Ya no está actuando, y la imagen me desconcierta, porque es quizá lo más perturbador que he visto desde que llegué aquí.
Cuando tiene su café, James navega entre las mesas cargando una taza que definitivamente no es solo café negro —hay crema batida de por medio, posiblemente caramelo, y sin duda virutas de chocolate— y me queda claro que este hombre pide bebidas como un niño de cinco años suelto en Starbucks.
—Siéntate —digo, más brusca de lo que pretendía—. Antes de que derrames esa bomba de diabetes por todas partes.
Se sienta, y luego saca algo del bolsillo de su chaqueta, una bolsa de papel ya traslúcida de grasa.
—Te traje algo.
La miro con recelo.
—¿Qué es?
—Un dónut glaseado. Ofrenda de paz. —Lo desliza por la mesa tambaleante—. O desayuno.
—¿Intentas engordarme? —La broma se me escapa antes de poder frenarla, un intento forzado de humor, una reacción a esta situación muy antinatural.
Se le abren los ojos de par en par.
—¡No! Dios, no. Estás… o sea, eres perfecta… no es que te esté mirando… solo quería decir…
—Rook. —Arranco un trozo de dónut; el azúcar me cubre los dedos—. Relájate.
—Claro. Sí. —Parpadea, como si se estuviera recalibrando, y como si no estuviera acostumbrado a que yo haga bromas, lo cual es justo, porque yo tampoco.
—Gracias. —Le doy un mordisco—. Aunque lo que has pedido sugiere que tienes el paladar de un niño de cinco años.
—Se llama alegría, Morgan —me lanza esa sonrisa de un millón de vatios—. Deberías probarla alguna vez.
Una vez que la mesa se estabiliza —relativamente hablando— el silencio se vuelve asfixiante. Él estudia su monstruosidad de crema batida mientras yo termino el dónut y luego me quedo mirando un arañazo en la madera que vagamente parece un rayo.
—Necesitamos reglas básicas —digo por fin, usando mi voz de capitana—. Nuestros equipos no pueden seguir chocando en las instalaciones compartidas.
Levanta la vista.
—Reglas básicas. Claro.
—Tiempos en el hielo separados. Mínima coincidencia. Máxima eficiencia. —Termino el dónut y me lamo los dedos, y entonces lo pillo mirándome y me sonrojo.
—Morgan —dice, en un tono bajo y serio. Se pasa una mano por el pelo—. ¿Podemos hablar de verdad? ¿Sin esquivarlo todo con jerga de hockey?
—Esto es hablar.
—No, esto es tú fingiendo que no pasó nada y organizando agendas para asegurarte de que no vuelva a pasar.
—Porque no puede pasar —digo—. Lo sabes.
—Lo sé. —Su voz es ronca—. Pero no porque estuviera mal.
—Claro que estuvo mal —me burlo—. Estábamos alterados, y Galloway acababa de…
—Para. —Se inclina hacia delante, la mesa se tambalea.
Su rodilla roza la mía bajo la mesa, y aun a través de la tela vaquera, el contacto quema—.
Puedes procesarlo como necesites una vez que termine de hablar, pero necesito que escuches algo primero.
Necesito explicarte lo de hace tres años…
y por qué tenías razón al llamarme bufón…
La expresión de su cara está completamente despojada de sus máscaras habituales. Este es James sin la actuación. Es aterrador. Y es como si todo Pine Barren Bagels se detuviera también, la guitarra y la máquina de espresso callándose justo en el momento exacto en que me suelta la bomba.
—Vale —digo, con cautela, deseando que mis murallas siguieran en pie, cuando en realidad él las demolió ayer.
—Mis padres… —Se detiene, vuelve a empezar—.
Deberían haberse divorciado después de que yo naciera.
Pasan de gritos a días de silencio y vuelta a empezar.
A veces también se pegan. Es horrible, pero al crecer, el silencio era peor.
Era como vivir con una bomba, esperando a que alguien encendiera la mecha.
Sus manos envuelven la taza, y está claro que no ha terminado, así que guardo silencio.
—Descubrí que podía desactivar las cosas.
Hacer un chiste, romper algo, crear el caos.
Lo que fuera para interrumpir la cuenta atrás.
Me convertí en el número de circo de la familia, y funcionó.
—Levanta la vista, encontrándose con mis ojos—.
Dejaban de pelearse para lidiar con cualquier desastre que yo hubiera creado, y yo mantenía la paz siendo el desastre.
Las piezas del rompecabezas de James Fitzgerald encajan de pronto.
—Se convirtió en mi configuración por defecto —continúa—.
Cada vez que las cosas se quedaban en silencio o se ponían serias, mi cerebro gritaba «¡Peligro!
» y la única solución que conocía era el caos.
Porque descubrí que era mejor ser un payaso que esperar la explosión inevitable.
Pero en algún momento del camino, dejó de ser solo con mis padres y simplemente se convirtió en lo que soy…
Cuando hace una pausa, me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración, y asiento para que continúe.
—Aquella noche en el campamento de verano…
—Su voz se quiebra ligeramente—. Me preguntaste qué venía después, y fue la pregunta más aterradora que nadie me había hecho jamás.
Porque los silencios y los momentos intensos contigo no se sentían como peligro, y en ese momento me estabas mirando como si yo valiera algo, como si nosotros valiéramos algo, y quería decir que sí a todo. Pero mi cerebro… ya…
Se me cierra la garganta. El recuerdo de aquella noche, que he reproducido a través del filtro del dolor, se desplaza de repente, mostrándome un ángulo diferente.
Me muestra a un chico —todavía un chico joven— abrumado por el momento y recurriendo a su programación por defecto.
No es una excusa, ni es excusable, pero es lógico.