La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 16
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Capítulo 16

dieciséis

ROOK

Cada chirrido de mis zapatillas sobre el suelo de mármol resuena por el vestíbulo del complejo deportivo como una acusación. El sonido rebota en el techo abovedado, se multiplica en el espacio hueco bajo los banderines de campeonato y vuelve para burlarse de mí.

¿Y a qué suena?

Eres un bufón, Fitzgerald. Un bufón de corte para un acosador.

Las palabras de Morgan de hace una semana se han instalado de forma permanente en mi cerebro, reproduciéndose en bucle como la peor playlist de Spotify del mundo.

Las oigo en todas partes, todo el tiempo, incluso cuando hay silencio.

Lo peor es que dio en el clavo, y desde entonces mi confianza no ha parado de desangrarse.

Hemos perdido dos partidos desde que me destrozó en aquel pasillo, y ambos fueron el tipo de desastres chapuceros e indisciplinados que acaban en los resúmenes de ESPN por las peores razones. Y yo he sido el peor de todos, dejando entrar goles que normalmente evitaría sin esfuerzo.

Mientras tanto, su equipo ha encadenado dos victorias a base de pura determinación y ejecución de manual. La única sorpresa es que su rendimiento también ha bajado un poco, pero sus partidos flojos han sido más que compensados por la disciplina y el esfuerzo de sus compañeras.

El contraste me hace rechinar los dientes.

He sido un fantasma rondando a mi propio equipo.

En los entrenamientos, cumplo el trámite, con la voz hueca cuando canto las jugadas.

El disco suena diferente al golpear mi guante, más apagado de algún modo, como si hasta el equipamiento supiera que estoy en piloto automático.

En el vestuario, mis chistes caen en saco roto, y los chicos no paran de mirarme con una mezcla de incertidumbre y preocupación.

Pero lo que me destroza es esto: no se han largado.

Schmidt aparece en mi apartamento cada mañana con un café solo. El vaso siempre está un poco demasiado caliente, justo como sabe que lo odio, porque significa que tengo que esperar, que tengo que frenar. Simplemente lo deja y se va, creando una burbuja de normalidad que no merezco.

Leo me arrastra a la biblioteca cada noche y no dice una palabra cuando llevo veinte minutos mirando el mismo párrafo de sociología.

Simplemente se sienta ahí, con su subrayador chirriando sobre las páginas satinadas del libro de texto en un ritmo que sería casi meditativo si mi mente no fuera todo acelerador y nada de freno.

Hasta Kellerman, siempre ansioso y desesperado por aprobación como un golden retriever en forma humana, ha estado dejando PowerBars en mi bolsa de equipo. Siempre son las de mantequilla de cacahuete con chocolate que saben a cartón, pero incluye estas notitas.

«¡Tú puedes, Capi!» fue la especial de hoy.

Soy un desastre, pero soy un desastre con red de apoyo, y lo agradezco.

Lo que me hace pensar en Morgan. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le dejó un café? ¿Cuándo fue la última vez que alguien simplemente… se sentó con ella mientras estudiaba? ¿Quién es su Schmidt? ¿Su Leo? ¿Su Kellerman demasiado entusiasta? ¿Quién la levanta cuando cae?

¿Acaso se viene abajo alguna vez?

El pensamiento me sigue mientras cruzo el vestíbulo, esquivando a un grupo de jugadores de baloncesto.

Están discutiendo sobre algo que implica muchos gestos y la palabra «bro» desplegada como signo de puntuación.

Solo he venido a recoger los papeles de viaje de la oficina administrativa, entrar y salir, y…

Una foto de campeonato me llama la atención desde el Muro de la Fama. Ahí estoy yo, junto a Mike, que sostiene el trofeo en alto. Tengo una sonrisa enorme cruzándome la cara, el pelo pegado a la cabeza por el sudor y el champán, y el brazo de Maine colgado sobre mis hombros.

Ese tipo parece invencible, mientras que yo me siento un fracaso y un impostor.

Sacudo la cabeza y retomo el paso, cuando un movimiento me detiene en seco.

Son ellos.

Galloway y Morgan.

Están dentro de una de las salas de reuniones con paredes de cristal del ala administrativa de deportes. Eso en sí no es nada inusual, pero Galloway la tiene acorralada contra el marco de la puerta, usando su cuerpo como un muro entre ella y la libertad.

Está demasiado cerca, a una distancia calculada, técnicamente profesional pero perturbadora de cojones. Su barriga tira del polo como si intentara fugarse, y hasta desde aquí puedo ver las manchas de sudor bajo sus axilas.

Morgan está de pie con la espalda tan recta que podría dar clases de postura. Lleva la coleta tirante hasta hacerse un estiramiento facial, y la mandíbula apretada hasta partirse las muelas. Todo en ella irradia una energía de apártate-de-mí-de-una-puta-vez.

Pero no puede decirlo y no puede irse, porque él controla su tiempo en el hielo, su presupuesto de equipamiento y la existencia entera de su programa.

O sea, claro, podría quejarse ante la administración de la universidad, pero las mujeres que denuncian a depredadores sexuales en campus universitarios no tienen precisamente un historial de éxito.

Y la destrozaría a ella y a su equipo.

La voz de Galloway llega hasta el vestíbulo, ese retumbar condescendiente que suena como si la decepción y la superioridad hubieran tenido un hijo.

—Solo te digo, Morgan, que tu enfoque es un poco agresivo para los patrocinadores. Esperan cierta… calidez de nuestras chicas —dice.

La palabra calidez carga con una connotación tan pesada que podría acabar guerras, mientras que nuestras chicas le sale de la boca como si estuviera describiendo a otra especie.

Las dos cosas me ponen los pelos de punta, igual que en el vestuario, cuando le clavó la mirada mientras ella no llevaba más que una toalla.

Cuando tú no dijiste nada… me recuerda mi mente, tan servicial ella.

Continúa, claramente entrando en calor con su tema:

—Francamente, no veo el compromiso ni los resultados en el hielo que justifiquen un aumento de presupuesto ahora mismo, Morgan. Unas cuantas victorias está bien, pero quizá si fueras un poco más… amable… podríamos llegar a algún tipo de acuerdo…

Su mano sube para darle una palmadita en el brazo, y su pulgar traza un roce lento y deliberado a lo largo de su antebrazo desnudo, piel con piel, el tipo de contacto diseñado para recordarle quién tiene el poder aquí.

Al verlo, mis manos se cierran en puños, los nudillos crujiendo como hielo bajo presión.

Pero la cara de Morgan no cambia.

Ni un parpadeo.

Pero aún hay señales. Sutiles. Se ha vuelto tan buena haciéndose de mármol que incluso yo, que la he estado observando como si fuera vídeo de partidos que necesito memorizar, casi me pierdo cómo su respiración se vuelve superficial o cómo sus dedos se curvan ligeramente contra su muslo.

Está atrapada. Por su posición, por su poder, y por todo el puto sistema que dice que tiene que quedarse ahí y aguantarlo porque montar una escena sería «poco profesional» y «difícil» y toda la demás mierda codificada que usan para mantener a las mujeres a raya.

Aunque me asesinó verbalmente hace días —joder, porque me asesinó verbalmente hace días—, algo violento y protector detona en mi pecho. No es solo atracción, aunque eso está ahí, zumbando bajo mi piel como una valla eléctrica.

Esto es otra cosa.

Una necesidad abrumadora de ponerme entre ella y él.

Porque nadie la toca así.

El pensamiento llega completamente formado, sin necesidad de montaje, y tengo que pararme físicamente para no cruzar el vestíbulo a la carrera como un corredor desquiciado. Pero entonces otro pensamiento se abre paso a empujones: ¿Quién más lo va a hacer?

Pienso en esta mañana, el café demasiado caliente de Schmidt humeando sobre mi escritorio.

Anoche, el arcoíris de subrayadores de Leo mientras estudiaba a mi lado.

Las PowerBars de cartón de Kellerman. Hay un vestuario entero de tíos que todavía me cubren las espaldas, aunque soy un puto desastre y estamos perdiendo.

Tengo respaldo. Tengo una red.

Morgan tiene… a nadie.

Está ahí de pie, soportando la jugada de poder de Galloway sola, de la misma forma en que soporta todo lo demás.

Dirige ese equipo sola, pelea cada batalla sola y celebra cada victoria sola.

Hasta en el hielo, apenas celebra con su equipo, les da un gesto de cabeza y patina de vuelta a su posición mientras ellas chocan los cinco.

Mis instintos me gritan que cree una distracción. Que me ponga a cantar «Sweet Caroline» a pleno pulmón, o finja un ataque de tos repentino, o tire de la alarma de incendios y culpe a un novato. Lo que sea para romper esta escena horrible sin confrontación.

Pero la voz de Morgan del otro día corta el ruido mental.

Lo hiciste entonces y lo sigues haciendo ahora.

Es el momento. La oportunidad de demostrar que no soy el cobarde que ella diagnosticó con tanta precisión. Puedo salir corriendo y fingir que no lo he visto, o puedo desviar la atención con caos, soltar un chiste, seguir siendo el bufón favorito de Galloway y mantener mi cómoda vida intacta.

O.

Puedo ser el hombre en el que mi equipo sigue creyendo, incluso cuando no lo merezco. Puedo ser la persona que se pone en la esquina de otro. Puedo ser serio y estar presente por primera maldita vez en toda mi vida.

La decisión me golpea con la claridad de salir de una sauna y caer en un banco de nieve.

Fulminante, que te corta la respiración, y absolutamente innegable.

Porque intervenir significa quemar mi relación con Galloway.

Significa renunciar a mi estatus de niño de oro, mi trato preferente y mi tarjeta de libre-de-mierda-administrativa.

Significa elegirla a ella por encima de él, públicamente, de una forma que no se puede deshacer con un chiste y una disculpa.

Mis pies empiezan a moverse antes de que mi cerebro firme la decisión. Cada paso sobre el suelo de mármol se siente cargado de peso. Y, por primera vez en mi vida adulta, no recurro al caos ni hago ruido. Simplemente avanzo con intención callada, deliberada y arriesgada.

Me planto junto a Morgan, lo bastante cerca como para que mi hombro cree una barrera física entre ella y Galloway. No lo miro a él. La miro a ella, encontrando esos ojos que me persiguen desde aquel verano de hace tres años.

—Morgue —digo, manteniendo la voz firme y seria. Sin chistes. Sin actuación—. La entrenadora Walsh te está buscando. Ha dicho que era urgente.

La mentira es tan transparente que se puede leer a través de ella, pero no se trata de ser creíble.

Se trata de darle una salida y elegir un bando.

Y ella lo sabe, porque sus ojos se abren una fracción —por sorpresa, quizá, o incredulidad de que yo sea capaz de hacer algo útil sin convertirlo en un monólogo de comedia.

La mano de Galloway cae de su brazo.

—Fitzgerald —dice, con un filo capaz de grabar cristal—. La capitana Riley y yo estamos teniendo una conversación privada.

Ahora sí lo miro, y lo que sea que ve en mi cara le hace retroceder un poco.

La calidez amistosa a la que está acostumbrado —la energía de querer agradar— ha desaparecido.

En su lugar hay algo frío e inamovible, como si acabara de descubrir que llevo una navaja encima y por fin hubiera decidido sacarla.

—Parecía que habían terminado —digo.

Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros. Los dos sabemos que estoy trazando una línea en la arena con una puta excavadora, y estoy de pie en el mismo lado que Morgan. El lado sin poder, sin protección y sin la red de seguridad de su favoritismo.

La cara de Galloway recorre un ciclo de expresiones —sorpresa, confusión, furia— antes de asentarse en una sonrisa de político que es todo dientes y nada de calidez.

—Ya veo —dice, con las palabras cargadas con la realidad de puentes que no solo arden sino que explotan como si estuvieran en una película de Michael Bay—. Continuaremos esto luego, Morgan.

No es su nombre lo que me hace apretar la mandíbula, sino la promesa en su voz, la amenaza envuelta en cortesía profesional como una cuchilla en algodón de azúcar.

Este hombre tiene tan programado ser un acosador que está dispuesto a quemar su programa de hockey hasta los cimientos antes que cambiar.

Se gira hacia mí, y su sonrisa se afila.

—Fitzgerald, te espero en mi despacho mañana a las ocho de la mañana para hablar de los recientes… problemas de rendimiento de tu equipo.

La amenaza y el subtexto son claros:

Elegiste mal, chico. Ahora vas a pagarlo.

Se aleja, sus mocasines caros repiqueteando contra el mármol en un ritmo que suena como una cuenta atrás hacia mi ejecución. Varias personas en el vestíbulo ya están mirando, ese instinto de curiosidad morbosa que le entra a la gente cuando percibe drama pero aún no sabe de qué va la cosa.

Morgan no se ha movido. Me mira como si acabara de violar alguna ley fundamental de la física al hacer algo útil sin socavarlo inmediatamente con un chiste de pedos. No sé si debería irme, o decir algo, o esperar hasta que ella se vaya y…

—Sígueme —dice, con la voz baja y controlada, sin revelar nada.

Oh, mierda. Segundo asalto.