La Apuesta Más Arriesgada (Universidad Pine Barren 5) Capítulo 11
19%

Capítulo 11

once

MORGAN

El agua fría es la gota que colma el vaso y convierte la guerra fría en caliente.

Mientras agujas árticas me perforan el cuero cabelludo y descienden por mi columna, el sonido que se arranca de mi garganta no tiene nada de humano. Es el ruido que haces cuando tu cuerpo decide que más de una semana de presión ha reventado por fin y se acabó hacerse la buena.

Siete putos días, y por fin encontraron mi punto de quiebre. No con su música, ni con su equipamiento colonizando nuestros bancos, ni siquiera con el robo sistemático de nuestros suministros que Mills ha estado documentando en un cuaderno titulado «Evidencia para La Haya».

No. Me quebraron con la temperatura del agua.

Porque en la jerarquía de necesidades de Pine Barren University, el equipo masculino aparentemente requiere cuarenta y cinco minutos por cabeza para alcanzar el pico de rendimiento varonil, lo cual implica suficiente producto para el pelo como para abastecer un salón de belleza y un acicalamiento que haría a un pavo real presentar una demanda por sentirse inadecuado.

Golpeo la manija de la ducha con la palma con la fuerza suficiente para que escueza, y el movimiento brusco le arranca un grito a mi hombro, justo donde me habían estampado contra las bandas durante el entrenamiento.

Pero el dolor no es nada comparado con la astilla helada de rabia y odio que siento clavada en el cráneo como un picahielo.

Después de una semana entrenando en condiciones de segunda mientras el equipo masculino se queda con el buen hielo, el buen equipamiento, lo bueno de todo.

.. se acabó. No la clase de «se acabó» de estar molesta o frustrada, sino esa variedad impoluta en la que la corteza prefrontal se toma un café y le deja el volante al cerebro reptiliano.

La toalla que me espera es otro insulto más: tan fina que se puede leer a través de ella y tan áspera como para exfoliar a un rinoceronte. Apenas cubre lo esencial, llega a medio muslo siendo generosa y deja los hombros completamente al aire, pero el pudor dejó de importarme hace rato.

Irrumpo en el vestuario compartido y la presencia de ellos me asalta con toda la sutileza de una despedida de soltero en Las Vegas: un cóctel de testosterona y privilegio que viene de nunca haber tenido que cuestionar si perteneces.

Ignorando las risas, mis ojos lo encuentran antes de que mi cerebro pueda intervenir.

James está de espaldas, y el universo oficialmente tiene un doctorado en ironía cruel, porque queda claro que él no se está congelando y que sí se llevó lo último del agua caliente. Pero ahora es como si estuviera atrapada en un trance, furiosa pero paralizada, rabiosa pero embobada.

Se pasa una mano por el pelo, y el movimiento hace que cada músculo de su espalda se desplace de maneras que deberían requerir un permiso. Mi cuerpo responde con un calor que nace en lo bajo del vientre y se propaga por mis venas como si me hubiera inyectado estupidez pura.

No. Ni de broma.

Pero mis hormonas aparentemente no recibieron la nota sobre la dignidad.

Están demasiado ocupadas catalogando la envergadura de sus hombros, la forma en que su pelo mojado se riza ligeramente en la nuca.

.. detalles que no me corresponde notar, y mucho menos recordar cómo se sentían bajo las yemas de mis dedos.

Se gira —quizá porque oye las pisotadas de mis pies, o quizá porque siente mi mirada asesina perforándole la columna— y nuestros ojos se encuentran.

El vestuario no se queda en silencio y el tiempo no se ralentiza, nada de esas mierdas de cliché, pero su sonrisa fácil sí muere a medio formarse cuando se da cuenta de que soy yo.

Chorreando y furiosa y enfundada en un conjunto de rizo que apenas cuenta como prenda.

Su mirada desciende, y la siento como algo físico: un recorrido lento y ardiente sobre mi piel que me aprieta el estómago y hace que mis muslos se junten de manera involuntaria.

El agua aún se aferra a mi clavícula, cada gota repentinamente viva bajo su mirada, rodando hacia el borde de la toalla como una invitación.

De pronto, la toalla se siente más fina y más pequeña.

Sus ojos trazan más abajo, siguiendo el camino del agua, y el calor florece en lo bajo de mi vientre a pesar del hielo que aún gotea de mi pelo. Me imagino su lengua siguiendo ese mismo recorrido, caliente contra mi piel fría, y mis pezones se tensan dolorosamente bajo la toalla inadecuada.

El pensamiento me cabrea conmigo misma por desearlo, y más aún con él por hacerme desearlo.

Su pecho sube bruscamente con una inhalación rápida que contrae sus abdominales, y que Dios me ayude, sigo cada ondulación de músculo como si mi cuerpo estuviera llevando la cuenta. Tres años, y todavía me afecta así, como si una sola chispa pudiera incendiar la habitación.

El vestuario se desdibuja en ruido blanco. Solo quedan sus ojos, oscuros y hambrientos a pesar de todo, a pesar del público, a pesar de que se supone que ahora somos personas diferentes. Están clavados en mí, enviando señales a su cerebro, y de repente me pregunto si él está recordando.

A qué sé.

Cómo sueno cuando me toca en el punto exacto.

Cómo se siente tener su polla en mi boca.

Cómo se sentía llenarme en el asiento trasero de su camioneta.

Lo bien que encajábamos antes de que él decidiera que éramos mejor como chiste.

El momento se estira, tenso como un cable, los dos atrapados en esta suspensión terrible y perfecta donde cualquier cosa podría pasar.

Observo cómo trabaja su garganta al tragar, su nuez subiendo y bajando.

Su mandíbula se aprieta, se relaja, se aprieta de nuevo.

El deseo y la culpa y todo tipo de mensajes tan claros como neón en su cara.

Habría sido tan fácil.

Un momento de honestidad hace tres años y podríamos ser personas distintas ahora.

Pero eso ya pasó.

Sacudo la cabeza, obligándome a apartar los pensamientos, rompiendo el trance.

—¿Hay alguna razón —digo— por la que tu equipo se sienta con derecho a cada gota de agua caliente de este edificio? ¿O es que la consideración básica no se cubre en Neandertal del Hockey 101?

Las risas y el parloteo mueren al instante y todas las cabezas giran hacia nosotros.

Puedo sentirlos catalogando la escena: su capitán niño de oro con cara de puñetazo en las tripas, la Reina del Hielo en una toalla a un estornudo de la catástrofe, y suficiente tensión sexual sin resolver como para abastecer de energía a la costa este.

James abre la boca. Su lengua asoma para humedecerse el labio inferior —otro tic, otro recuerdo que no necesito— y por un segundo estúpido creo que podría decir algo real.

Pero entonces su mirada se desvía más allá de mí, siguiendo un movimiento detrás de mi hombro, y todo su lenguaje corporal cambia.

—Señor Galloway —dice, irguiéndose, la advertencia en su voz provocándome un vuelco en el estómago antes siquiera de darme la vuelta.

Pero antes de que pueda evolucionar más allá de su programación base, la nueva voz corta el aire húmedo.

—¿Algún problema, hijo? —dice Art Galloway, rodeándome para posar una mano posesiva sobre el hombro desnudo de James.

Los ojos de Galloway me encuentran, y su expresión pasa por varias fases distintas de lo espantoso.

Primera: evaluación. Cataloga mi estado con la eficiencia de alguien que ha hecho de ello una carrera.

Segunda: cálculo. Prácticamente puedo verlo haciendo las cuentas de cuánto puede salirse con la suya.

Tercera: consumo.

Su mirada empieza por mi cara, se detiene en mi garganta donde el pulso me martillea visiblemente, y luego emprende un descenso deliberado.

Se demora en todo lo que la toalla no cubre —mis hombros, donde la toalla apenas contiene nada, y después la extensión de muslo que de pronto se siente como una pista de aterrizaje para su atención.

—Riley —dice, y mi nombre en su boca necesita ser quemado—. Espero que nuestros capitanes manejen estos pequeños... desacuerdos... de manera profesional.

Sus ojos hacen otro repaso, más lento esta vez.

—Y, bueno —dice, cada palabra lenta y sus ojos sin apartarse jamás de mi cuerpo—. Quizá con una vestimenta un poco más... apropiada.

La pausa antes de «apropiada» carga suficiente subtexto como para requerir una advertencia de contenido.

Ha logrado que estar en toalla en un vestuario después de una ducha suene como si hubiera cometido algún tipo de delito moral, su capitana de hockey femenino de pronto culpable de algo pornográfico.

—No hay agua caliente —digo, manteniendo la voz firme a pesar de querer presentarle la cara a una pared—. Como todos los días desde que nos obligó a compartir.

La sonrisa de Galloway se ensancha.

—Estos edificios viejos tienen problemas de mantenimiento, pero seguro que ustedes las chicas pueden... arreglárselas.

Fuego me quema el estómago, pero me trago el ácido que quiero escupirle, porque sé que mi equipo pagará el precio si le contesto a Galloway. Así que me trago el orgullo, porque veinte mujeres dependen de que mantenga la boca cerrada y juegue el juego.

Pero ¿James?

Esa podría ser otra historia.

Porque ya no estoy mirando a Galloway. Estoy mirando a James. Sus manos cerradas en puños a los costados, los nudillos blancos contra los muslos, el pecho subiendo y bajando con respiraciones controladas, las fosas nasales dilatadas: todas las señales de alguien que lucha por hablar.

Está claro que sabe ser un héroe cuando es sencillo y no hay costo.

Pero ¿ahora?

¿Con la mano de Galloway en su hombro como una marca de propiedad?

¿Cuando Galloway venera el suelo que pisa su niño de oro?

Di algo.

La vena en su sien palpita con más fuerza y sus labios se entreabren, y yo me quedo ahí, esperando palabras que lo significarían todo pero que no le costarían nada, porque el equipo masculino tiene cada recurso, cada ventaja y cada gramo del favor del director deportivo.

Joder, si alguien podría hablar sin consecuencias, es él.

Pero el silencio se estira, y James no hace absolutamente nada.

—Ustedes trabajan duro, muchachos —anuncia Galloway al vestuario, dándole a James otro apretón en el hombro—. Se merecen esas duchas calientes.

El descarte es quirúrgico.

Los hombres merecen comodidad, y las chicas merecen sobras.

Se da la vuelta para irse, se detiene en la puerta para un último vistazo, y entonces la puerta se cierra con un clic decisivo, dejando atrás el tipo de silencio que te hace desear la muerte o al menos sordera temporal.

Nadie lo llena, ni los chicos que de repente están súper interesados en el contenido de sus taquillas, ni las pocas chicas que están aquí.

Pero entonces lo hace.

De verdad lo puto hace.

Hace un chiste.

—Ustedes las chicas siempre dicen que quieren más atención, Riley... —dice, sonriendo—. Parece que la conseguiste.

El chiste no es que no aterrice, es que se evapora al contacto con la furia gélida del vestuario.

Porque no solo se había quedado callado y no me había defendido, sino que había tomado el sentimiento de la agresión visual babosa de Galloway, lo había reempaquetado como broma de vestuario e intentado devolvérmelo.

No digo ni una palabra. Solo lo miro, y dejo que vea la certeza fría y dura de que es la persona más decepcionante que he tenido la desgracia de conocer. Hasta sus compañeros desvían la mirada, encontrando de pronto fascinantes las marcas en sus botas.

Su sonrisa estúpida flaquea, y después muere por completo.

Sin decir una palabra más, me doy la vuelta y camino de regreso a las duchas, mis pies descalzos golpeando las baldosas mojadas con cada paso.

No corro, porque correr les daría satisfacción.

Camino con la columna recta, los hombros hacia atrás, y cuando llego a la ducha sigue estando ártica cuando la abro.

Pero ahora se siente apropiada.

El «te lo dije» líquido del universo.

Apoyo las palmas abiertas contra la pared de azulejo y dejo que el agua helada me castigue por mi propia estupidez. Que se lleve la agresión visual de Galloway, el calor de la cercanía de James, el sabor amargo de esperar algo diferente de cualquiera de los dos y acabar decepcionada.

El frío se me mete en los huesos, y lo recibo. Me quedo ahí hasta que los labios se me entumecen, hasta que los dedos adquieren ese blanco violáceo preocupante, hasta que no siento nada excepto la bendita ausencia de sentir. Es como si el agua me devolviera a mi estado natural, me guste o no.

Fría.