Capítulo 10
diez
MORGAN
El cursor parpadea frente a mí como una acusación, y he escrito exactamente tres palabras en dos horas:
Queja formal ref.:
Eso es todo. Es lo único que he logrado.
Y la última ni siquiera es una palabra de verdad.
La pantalla del portátil me quema las retinas con su resplandor, la única fuente de luz en mi apartamento. Me duelen los hombros de estar encorvada, y el borde del escritorio me presiona los antebrazos con una línea que va a dejar marca.
La línea del destinatario está casi tan vacía como el campo del asunto, porque no logro decidir quién merece esta variedad particular de rabia: Galloway con su mirada errante, el rector de la universidad, que probablemente juega al golf con él los fines de semana…
o alguien a quien le importe una mierda que hoy casi le aplasten la tráquea a Mills.
Completo la línea del asunto:
Queja formal ref.: Conducta peligrosa, hockey masculino
Es tan aséptico. Tan profesional. Como si esto fuera sobre infracciones de normativa en vez de cómo se me paró el corazón al ver esa barra inclinándose hacia la garganta de Mills, o de que todavía puedo oír el chirrido de metal contra metal, la voz de Kellerman quebrándose en un «Oh, mierda», el jadeo húmedo que soltó Mills cuando la barra le besó la garganta.
Mis dedos flotan sobre las teclas, pero las palabras no se ordenan en nada que lo capture.
¿Cómo cuantificas un casi desastre en lenguaje burocrático?
¿Cómo explicas que tu mejor jugadora y única amiga casi se hace daño porque un golden retriever sobredimensionado no supo asegurar un press de banca?
Pero eso no puedo escribirlo, aunque sea verdad.
Así que, con un suspiro, me froto los ojos con tanta fuerza que veo estrellas.
La verdad es que no debería sorprenderme, porque esto es lo que pasa cuando te obligan a compartir instalaciones con un equipo que trata los espacios profesionales como la casa de su fraternidad.
Ayer, Nash y Stiles convirtieron las jaulas de sentadillas en su club de comedia privado, con chistes de pollas lo bastante altos como para oírlos a través de mis auriculares.
El día anterior, alguien —uno de los hombres, sin duda— dejó un batido de proteínas fermentando en la sauna hasta que olió como si algo se hubiera muerto.
Pero todo eso puedo documentarlo.
Lo que no puedo documentar es cómo James se materializó como una especie de ángel de la guarda, moviéndose más rápido de lo que nunca le he visto moverse fuera del hielo, ni cómo todo su cuerpo cambió en ese instante de payaso de clase a algo completamente distinto.
Algo que me apretó el pecho.
Una sensación que odio, especialmente aquí.
Como siempre, mi apartamento está en silencio salvo por el zumbido mecánico del ventilador del portátil.
He cultivado este silencio, lo he construido ladrillo a ladrillo.
No hay compañeras de piso con sus derrames emocionales desordenados ni decoración que invite preguntas.
Solo yo, mi bolsa de equipo en la esquina y la disciplina que me mantiene afilada.
Pero esta noche el silencio se siente viscoso, presionando contra mis tímpanos.
Me obligo a concentrarme en la pantalla.
Los últimos días de cohabitación se despliegan en mi mente, y la guerra de colonias del lunes merece su propia mención especial.
Porque por lo visto el equipo masculino descubrió una oferta de almacén de Axe y decidió marcar su territorio mediante guerra química.
Luego está el saqueo sistemático. Tres rollos de cinta atlética desaparecidos como por arte de magia, solo que lo único que desaparece de verdad es nuestro presupuesto.
Mills me había enseñado el armario de suministros vacío con esa furia tensa y controlada que me recordó por qué la hice mi lugarteniente.
—Veintisiete dólares el rollo —había dicho, aporreando la calculadora del móvil con fuerza suficiente para romper la pantalla—. Tienen diez veces nuestro presupuesto y nos roban nuestra mierda.
Y su música… filtrándose por las paredes… bajos retumbantes sobre zorras y botellas que me dan dolor de muelas. Hemos probado a poner la nuestra más alta, pero se convierte en una carrera armamentística sónica que acaba dejando a todo el mundo con migraña.
Sin embargo, todo esto es soportable.
Molesto, exasperante, pero soportable.
Lo que verdaderamente me rompió fue ver cómo Mills casi se hace daño de verdad.
Joder con Kellerman y su entusiasmo de cachorro y la conciencia espacial de un pez de colores con conmoción cerebral.
Falló por una fracción de segundo, entró en pánico y sobrecompensó, pero la física no perdona.
Todavía lo veo: la barra deslizándose a la izquierda, los ojos de Mills abriéndose de par en par.
Me estaba moviendo, pero demasiado lenta, con las manos estirándose hacia una barra que ya caía.
Entonces aparece James, de la nada, con las manos atrapando la barra a quince centímetros de la garganta de Mills.
Mills se había levantado del banco de un salto, la mano en la garganta, respirando en jadeos superficiales, como un pájaro.
Y James había mirado a Kellerman con una expresión que nunca le había visto en esa cara suya de eterno payaso.
Fría. Enfocada. Aterradora.
Kellerman había soltado un quejido. De verdad.
Después James se había girado hacia mí, y durante un segundo nuestras miradas se cruzaron. Le sangraban las manos, y había algo en su expresión que parecía—
No. No voy a hacer esto.
Empiezo a teclear.
A las 15:42 horas, la atleta del equipo femenino de hockey de PBU Amelia Ramirez se encontraba realizando entrenamiento de fuerza supervisado cuando una negligencia grave—
Borrar.
Demasiado clínico, como si estuviera redactando un informe por un golpe de chapa.
Nuevo intento:
El acoso sistemático que hemos soportado ha culminado hoy en un incidente que requirió la intervención de James Fitzgerald para evitar una tragedia que su propio equipo—
Borrar.
Ahora sueno histérica. Exactamente lo que Galloway espera: otra mujer emocional que no puede con la presión.
Mi cerebro de ciencias políticas se activa, trazando el escenario y cómo se desarrollará.
Si mando este correo, Galloway lo leerá con esa media sonrisa condescendiente que hace que sus ojos ya de por sí lascivos parezcan aún más depredadores.
Programará una reunión, jugará a ver quién la tiene más grande, y se acabó para mí y para mis chicas.
Morgan, diría, usando mi nombre de pila como si fuéramos amigos, como si no llevara semanas dirigiéndose a mi pecho cada vez que hablamos.
Entiendo que estás teniendo dificultades con la integración, pero aquí necesitamos gente de equipo, y las quejas y la publicidad no ayudan a nadie.
No le pasó nada, y los chicos lo sienten, así que ¿lo dejamos correr?
Después vendría el cuchillo envuelto en preocupación:
Quizá deberíamos reconsiderar si este acuerdo está funcionando. No me gustaría ver al programa femenino perjudicado por… conflictos de personalidad.
—Joder —susurro.
La palabra rebota en las paredes desnudas, y me giro desde la pantalla para mirar de verdad lo que he creado aquí. El salón que no es para vivir. La ausencia de fotos porque las fotos invitan preguntas. Ni cojines porque la comodidad sugiere vulnerabilidad. No es un apartamento; es un búnker.
Mi teléfono está a oscuras sobre la mesa. Lo agarro, lo desbloqueo y el registro de llamadas se ilumina:
Entrenadora Walsh.
Mills.
Mamá.
Papá.
Gino's Pizza.
Eso es todo. Cuatro obligaciones y un servicio de reparto.
Dios, tengo veintiún años y mi relación más íntima es con un repartidor, que probablemente ha visto más emoción auténtica en mí que cualquier otra persona, porque al menos él ha presenciado la combinación de pantalones de chándal y pelo sin lavar.
No hay nadie más ante quien me dejaría ver tan desastrosa.
Mi pulgar se queda suspendido sobre «Mamá».
Me encantaría hablar con ella del incidente, pero un recuerdo destella y me congela el dedo en su sitio.
Tengo dieciséis años otra vez, sentada en la isla de nuestra cocina.
El granito está frío bajo mis palmas, presionadas planas para que no tiemblen.
Estoy sollozando tan fuerte que me duelen las costillas, cada respiración desgarrándome al bajar.
Mi mejor amiga acababa de terminar su destrucción sistemática de tres meses de mi vida, solo porque a mí me habían nombrado capitana del equipo de hockey y a ella no.
Y después de descubrir que cada mentira y cada susurro quirúrgico en el vestuario era obra suya…
bueno… todo salió a borbotones entre sollozos entrecortados.
Mi madre había escuchado con esa quietud particular que significaba que estaba procesando datos, no emociones. En todo momento, su cara no cambió. Ni cuando le conté lo de los rumores. Ni cuando le expliqué el muro de silencio. Ni siquiera cuando admití que había estado almorzando en los baños.
Pero lo que más me destrozó fue que, cuando se me acabaron las palabras y las lágrimas, se levantó y se fue. El clic de sus tacones sobre el mármol fue preciso mientras caminaba a su despacho y volvía con un bloc de notas, y lo deslizó por el granito con dos dedos.
—Escribe los hechos —dijo, clínica como una forense—. La emoción es un mal cimiento, Morgan, así que anota cada incidente: horas, fechas y testigos. A partir de ahí, los hechos, la lógica y la documentación son lo que te sacarán adelante… si vas a salir adelante.
Sin abrazo.
Sin lo siento.
Solo un bloc de notas y una lección de asepsia emocional.
No he vuelto a llorar delante de ella ni de nadie más desde entonces.
Dejo el teléfono.
Mis dedos encuentran el teclado de nuevo. Esta vez, no intento ser profesional:
James:
Que te jodan. Que se joda tu complejo de héroe. Que se joda la manera en que apareciste de la nada cuando tu chico casi mata a Mills. Que se joda la manera en que me miraste, durante un segundo, antes de parpadear y enterrarlo, porque había algo en tus ojos que parecía comprensión.
Que te jodan por aquel verano, cuando confié en alguien —en ti— por primera vez en años. Que te jodan por hacerme creer que la conexión emocional era segura. Por enseñarme que bajar la guardia significa convertirme en un chiste. Por ser un cobarde que huye de todo lo real.
Pero sobre todo, que te jodan por obligarme a escribir esto. Por ocupar terreno en mi cabeza tres años después. Y que te jodan por estar justo ahí hoy, lo bastante cerca para tocarte, y seguir siendo inalcanzable. Por sangrar por mi jugadora cuando no fuiste capaz de ser real conmigo.
Lo selecciono todo.
Cada admisión de debilidad.
Y le doy a borrar.
Cierro el portátil y la habitación se hunde en la oscuridad.
No hay luz aquí dentro, solo yo y la conciencia que ha ido reptando como una intoxicación por monóxido de carbono.
El conocimiento de que tengo todo lo que creía querer —el equipo, el título, el respeto— pero que estoy completa y catastróficamente sola.
La oscuridad se cierra sobre mí, y por primera vez en tres años, me pregunto si la seguridad no estará matándome.
Si los muros que levanté para mantener fuera a los James Fitzgerald me han dejado sin más compañía que mi rabia.
Me quedo sentada en la oscuridad, escuchando mi respiración, el ritmo mecánico de sobrevivir sin vivir.
En algún lugar al otro lado del campus, el equipo masculino probablemente está en una fiesta, haciendo el pino sobre barriles de cerveza y tomando malas decisiones que al menos involucran a otras personas.
James probablemente está acaparando la atención, haciendo que todos se sientan parte de algo más grande, y haciendo que la soledad parezca una opción que solo tomarían los idiotas.
Siendo todo lo que yo ya no puedo ser porque elegí no serlo.
Y, probablemente, he olvidado cómo.
Mi teléfono vibra. Seguramente es Mills, comprobando con esa lealtad sincera que me hace sentir un fraude, o la entrenadora Walsh con otro conflicto de horarios, o mi madre preguntando por el LSAT porque por lo visto querer estudiar Derecho significa que tu futuro ya está tallado en piedra.
Alguien que necesita a la mujer que les he hecho creer que soy.
Pero no contesto, y el teléfono se apaga como la habitación.
Tan a oscuras como yo.
Durante unos minutos más, me quedo sentada en mi fortaleza perfecta, recreándome en el autodesprecio.
Todo ese rato, intento no pensar en cómo se veían las manos de James, sangrando pero sin soltar, fuertes de una manera que no tenía nada que ver con músculo.
Intento no pensar en cómo, cuando me miró, por un momento, me vio.
Más allá del hielo, hasta la chica ahogándose debajo.
Pero entonces me lo sacudo de encima. Porque mañana me despertaré y lo elegiré otra vez, porque la alternativa —necesitar a alguien, confiar en alguien— es lo único que no puedo sobrevivir una tercera vez.
La primera traición fue cirugía sin anestesia.
La segunda fue la prueba de que la herida no sanará. Una tercera sería fatal.
—¿Esto es todo? —me pregunto—. ¿Para siempre?
Pero la oscuridad no contesta.
Nunca lo hace.