Capítulo 9
nueve
ROOK
El vestuario compartido y las instalaciones de entrenamiento se han convertido en mi propio infierno.
Ha pasado una semana desde nuestra invasión, y la proximidad forzada ya no se limita al vestuario.
La tubería reventada —esa puta tubería reventada que de algún modo se ha convertido en el asesinato del archiduque Francisco Fernando de nuestro departamento deportivo— lo ha contaminado todo en la zona de hockey masculino del pabellón.
La sala de pesas.
Las salas de tratamiento.
Hasta las putas máquinas expendedoras.
Ahora cada metro cuadrado de este sitio se ha transformado en un campo de batalla de agresividad pasiva.
El equipamiento se limpia con asco teatral, como si los piojos del recreo hubieran sobrevivido hasta el deporte de Division I.
Hasta los putos espejos tienen fronteras invisibles, las líneas de visión cuidadosamente mantenidas para evitar contacto visual accidental.
El olor es su propia tortura especial. Mis chicos apestan a sudor rancio y batidos de proteína de ayer, mientras que el lado de las chicas desprende un aroma limpio y cortante, como si se hubieran bañado colectivamente en eucalipto y superioridad moral.
Es como si hubiera dos territorios distintos marcados por guerra olfativa.
Y hoy, la batalla tiene sonido.
El gimnasio vibra con bandas sonoras en duelo: el rap estridente de mi equipo contra la playlist de las chicas —pop femenino sin tregua, que de algún modo hace que cada repetición se sienta como un referéndum sobre la masculinidad—.
Los graves chocan entre sí, creando una guerra sónica que me hace doler las muelas.
Nash está intentando lo que generosamente podría llamarse ligar con una de las novatas del equipo femenino junto a las pesas libres.
Ella lo mira como se mira a un vendedor puerta a puerta que no capta la indirecta: sin enfado, simplemente desinteresada en cualquier salvación espiritual o juego de cuchillos que esté intentando colocarle.
Parece que esta ronda de nuestra batalla permanente ha terminado, hasta que él se flexiona, literalmente se flexiona, joder, en mitad de una frase, como si eso fuera a marcar la diferencia y llevarla a la cama.
Pero ella ni parpadea. Simplemente vuelve a sus curls de bíceps como si él fuera un aparato del gimnasio que desgraciadamente aprendió el habla humana.
Joder, estamos actuando para un público que ya se marchó del teatro.
La guerra fría que Morgan declaró con su silencio cuando la rocié de hielo la ha librado todo su equipo, con un desdén evidente hacia nosotros. Y mis chicos no saben qué hacer con que los ignoren. Están acostumbrados a ser el plato fuerte, y de repente son música de ascensor… ahí, pero ignorados.
Así que se han puesto más ruidosos.
Más insoportables.
Tanteando los límites como niños pequeños con utensilios de cocina.
Stiles gruñe en el press de banca como si intentara comunicarse con las ballenas. El peso ni siquiera es tanto —le he visto sacar el doble sin despeinarse—, pero está creando deliberadamente una banda sonora que haría sonrojarse a un tenista.
A este ritmo, el jueves nos estaremos golpeando el pecho y el viernes meando en el suelo para marcar territorio. Aunque, conociendo a Stiles, probablemente fallaría y se marcaría a sí mismo.
Y a través de todo esto, día tras día, el equipo de Morgan se mueve con una intensidad disciplinada que nos hace parecer exactamente eso: unos niños creciditos.
Se asisten entre ellas con confianza. Rotan por los aparatos sin discutir.
Joder, hasta tienen hojas de cálculo con planes de entrenamiento y asistentes asignados.
Se comunican con cabeceos y ojos en blanco, como si tuvieran un elaborado lenguaje silencioso que sin duda incluye gestos específicos para «ignorad a los neandertales».
E incluso las que entraron sin beca al equipo femenino, chicas que llevan años en Pine Barren y que solían salir de fiesta con nosotros, ahora se aseguran de ignorarnos.
Son un equipo perfecto, liderado por la Morgue.
Está en la barra de dominadas, y yo intento no fijarme en cómo se le flexionan los hombros con cada repetición, la potencia controlada que habla de horas de entrenamiento dedicado.
Su coleta pelirroja oscila con precisión de metrónomo.
Su forma es perfecta, porque todo lo que hace es correcto y eficiente y competente.
Entonces un estrépito metálico me arranca de la ensoñación, metal deslizándose contra metal, pesado e inestable.
Mills —la dínamo defensiva de Morgan, que parece lista para empotrar a alguien contra las bandas a base de pura rabia— se está preparando en el press de banca. La barra está cargada con peso. Dos discos a cada lado, quizá más, y sé que esto no es una serie de trabajo.
Esto es un intento de marca personal.
Su compañera habitual, una delantera desgarbada cuyo nombre no he aprendido porque me mira como si fuera radiactivo, no aparece por ningún lado. Mills escanea la sala, y la veo calcular el riesgo frente a la recompensa de necesitar a alguien que la asista versus aceptar ayuda del enemigo.
Entonces Kellerman —el dulce, entusiasta e ingenuo Kellerman, un golden retriever con forma de estrella de hockey en ciernes— prácticamente vibra de energía nerviosa.
—Puedo asistirte —ofrece, con la voz quebrándosele como si tuviera trece años otra vez—. Si tú… o sea, sé cómo. No voy a…
¿No va a qué? ¿Tocarla inapropiadamente? ¿Dejarle caer la barra en la cara? ¿Combustionar espontáneamente por la proximidad femenina?
Mills duda, pero el pragmatismo gana. Le da un cabeceo lo bastante afilado para hacer cirugía con él.
—No toques la barra a menos que me quede atascada. Solo guíala si pido ayuda.
Kellerman asiente con tanto entusiasmo que me preocupa el latigazo cervical.
—Sí, claro. Te tengo.
Famosas últimas palabras de alguien que definitivamente no la tiene.
Mills saca la barra de los soportes con una exhalación controlada.
La primera repetición es limpia. En la segunda se frena a mitad, pero la saca adelante.
La tercera… choca contra el muro y sus músculos se rebelan, la barra congelada a quince centímetros de su pecho y los brazos temblándole violentamente.
—¡Ayuda! —suelta entre dientes.
El desastre se despliega a cámara lenta. Mi cuerpo se pone en movimiento antes de que mi cerebro reaccione, gracias a ese mismo instinto de portero que me hace lanzarme antes de que el tiro salga. Y, mientras cubro la distancia, veo a Kellerman entrar en pánico y cagarla con la asistencia.
En lugar de ayudarla con presión ascendente constante, encontrando la cantidad justa de carga para asistirla sin hacerse cargo del todo, tira de la barra de un tirón.
Tiene el agarre mal, un apalancamiento pésimo, y la física toma el control.
La barra se inclina, un extremo hundiéndose hacia la garganta de Mills.
El tiempo se fragmenta.
La barra inclinándose sin retorno.
Los ojos de Mills abriéndose de par en par.
La cara de Kellerman transformándose en horror.
La trayectoria que termina con una tráquea aplastada.
Muévete.
Cubro la distancia en lo que parece un solo latido y meto las manos bajo el lado que cae con milímetros de margen.
El moleteado me muerde profundo, desgarrándome la piel mientras rujo y empujo hacia arriba con todo lo que tengo, pero la alternativa es ver cómo le aplastan el cuello a alguien bajo mi mando.
La barra se estrella contra los soportes.
El silencio después es tan completo que oigo la respiración entrecortada de Mills, cada exhalación una plegaria de alivio.
Mi propio corazón intenta escapar por la caja torácica, porque a pesar de toda la mierda que ha estado pasando entre los dos equipos, alguien casi se hace mucho daño.
Kellerman balbucea:
—Mierda, joder, Mills, no quería… joder, ¿estás bien?
Mills está blanca como el papel, las manos aún agarradas a la barra, los nudillos de un blanco hueso.
La vulnerabilidad le destella en los ojos durante exactamente un segundo, mientras su mente sin duda procesa lo que casi ocurrió, y luego la mirada es reemplazada por una furia dirigida a Kellerman.
—¿Estás…? —empiezo.
Pero Morgan se materializa a nuestro lado. No comprueba cómo está Mills, su foco clavado en mí.
—Aléjate de mi jugadora —dice.
—Morgan, yo…
—No. —Su voz es baja, controlada, peligrosa—. Enséñales a tus malditos cachorros a asistir antes de que maten a alguien. Puede que tus chicos te adoren por el caos y las risas constantes, pero a veces necesitas liderar de verdad si quieres ser capitán de un equipo, James.
Sus palabras aterrizan como una cadena de golpes al cuerpo. El silencio en el gimnasio es algo físico, presionando desde todos los lados. Su furia es un calor que siento en la piel. Y el viejo y conocido pánico empieza a treparme por la garganta. Arréglalo. Hazles reír. Haz que no sea serio.
Es como si mi cerebro tuviera una secuencia de anulación automática para catástrofes sociales, porque mi boca se mueve antes de que la parte más inteligente de mi cerebro pueda objetar.
Una sonrisa ancha y quebradiza me parte la cara.
Mi voz es demasiado alta, una actuación desesperada para toda la sala en silencio.
—¡Venga, gente, se acabó el espectáculo!
¡Aquí no hay nada que ver! —Gesticulo vagamente con una de mis manos ahora sangrando, y luego me centro en el mortificado Kellerman—.
Excepto tú, chaval. Tú y yo tenemos una cita con un vídeo de formación básica llamado «Introducción a los Objetos Pesados». Tranquilo, tiene dibujos. Casi todo.
Unos cuantos compañeros sueltan risas nerviosas y estranguladas, pero el sonido muere al instante en el denso y horrorizado silencio que sigue. El chiste no solo cae en seco: se estrella y arde, un Hindenburg de humor fuera de lugar que se incendia igual de rápido y se desploma igual de fuerte.
La expresión de Morgan, que había sido una máscara de furia incandescente, simplemente se vacía.
La rabia desaparece, reemplazada por una quietud profunda y vacía.
Es la mirada de alguien que acaba de presenciar algo tan patético que está por debajo de una respuesta.
Me mira como si fuera la cosa más decepcionante que ha visto en su vida.
Se me contrae el pecho cuando su mirada aterriza como una bala, porque el asco en su expresión y la leve curvatura de su labio dejan claro que me considera personalmente responsable de lo que acaba de pasar, y que nada de lo que diga o haga va a cambiar eso.
Se gira hacia Mills con una transformación instantánea de hielo a calidez.
—Estás bien —murmura, apenas audible—. Respira hondo. Cuenta conmigo.
Las palmas me sangran y me arden como el infierno donde el extremo de la barra me cortó, pero no puedo dejar de mirar cómo examina a Mills sin hacerlo evidente, posicionándose entre su jugadora y nosotros como un escudo humano. Entonces, a la vista de todos, Morgan camina hacia una barra vacía.
Sin calentamiento. Sin ceremonia. La carga ella misma, cada disco de veinte kilos deslizándose con precisión mecánica. El metal canta con cada adición. Está cargando más peso del que intentó Mills, y el mensaje es claro: no nos necesitan, ni nuestra ayuda, ni nuestra presencia en su espacio.
El último disco encaja con un estrépito metálico, mientras todos en la sala observan.
Erik Schmidt aparece a mi lado.
—Le salvaste el culo. Todo el mundo lo vio.
Asiento, pero sé que ese es el problema.
Todos me vieron salvar a su jugadora porque mi jugador la cagó.
Todos vieron al equipo de Morgan necesitarnos y odiarnos por ello.
Todos vieron la disciplina de su jugadora al intentar levantar el peso y la falta de concentración y técnica de mi jugador al joderlo todo.
Todos me vieron soltar un chiste cuando en la mente de Morgan soy el villano designado.
Morgan se posiciona bajo la barra, y aun en mi frustración, la observo.
Su forma es perfecta, y tengo que sacudir la cabeza para desterrar pensamientos de cómo se ve esa forma perfecta sin ropa deportiva encima.
Entonces saca el peso de los soportes y completa tres repeticiones perfectas, cada una una demostración de control absoluto.
Cada una un dedo medio a la idea de que pudiera necesitar a alguien.
Deja el peso en los soportes y se levanta, sin siquiera respirar con dificultad.
Sus ojos encuentran los míos al otro lado del gimnasio, y el mensaje bien podría emitirse por megafonía para todo mi equipo.
Nos está diciendo que aunque el equipo femenino recibe menos atención y menos financiación, los considera más talentosos y más disciplinados que nosotros.
Y no estoy seguro de que se equivoque.
—Tío —dice Nash, apareciendo a mi lado, aún apestando a desesperación y malas decisiones—. Eso ha sido jodidamente heroico. Literalmente le salvaste…
—Déjalo —le corto.
Empiezo a entender que con Morgan, cada interacción es un escenario sin victoria posible.
¿Salvarle a una jugadora? Soy el gilipollas cuyo equipo creó el peligro.
¿Intentar hacer las paces? Soy un cobarde que no afronta los problemas.
¿Hacer un chiste? No soy lo bastante serio.
¿Existir en el mismo espacio? Soy el invasor de su santuario.
Lo peor es el calor que no se va. La atracción hacia ella que tres años no pudieron matar y que su desprecio solo hace más fuerte. Mi cuerpo parece empeñado en torturarme con el deseo por alguien que ha convertido la indiferencia armada en una forma de arte.
Pero no puedo dejar de mirarla.
Yo hice esto. Le enseñé que necesitar a alguien era debilidad. Que confiar te hace daño. Que bajar la guardia significa convertirte en un chiste.
La certeza me pesa en el pecho más que cualquier barra mientras Erik por fin me arrastra hacia la salida. A nuestras espaldas, el gimnasio vuelve lentamente a la vida, las conversaciones reanudándose en voz baja. Pero el daño está hecho, las líneas de batalla trazadas con rotulador permanente.
Estoy en el lado equivocado, sosteniendo el arma humeante de la incompetencia de mi equipo, marcado con todo lo que ella cree que soy. Todo lo que yo creo que soy: el fraude, el impostor, el tipo que enmascara toda su mierda siendo tan ruidoso y tan constante que no queda tiempo para pensar.
Y lo peor es que tiene razón en todo.