Capítulo 24
T odos los gritos y las voces enmudecieron cuando Wade se enfrentó al monstruo de llamas en el que acababa de adentrarse.
Un humo denso se arremolinaba a su alrededor, asfixiándolo, y se agachó para intentar encontrar aire que le permitiera mantenerse con vida el tiempo suficiente para dar con ellos.
Las llamas crepitaban y rugían, rodeándolo mientras lamían las paredes y danzaban por el techo.
Se le hizo un nudo en el estómago al oír el siniestro crujido de las vigas: el edificio amenazaba con desplomarse sobre él.
Dame tiempo , suplicó en silencio, incluso mientras miraba hacia la escalera, sabiendo, en lo más recóndito de su mente, que era imposible que nadie hubiera sobrevivido al fuego que rugía en el piso superior.
En cuestión de instantes, todo se vendría abajo, y Wade se resignó a su suerte.
Porque prefería morir intentando encontrar a las personas que amaba antes que salir de allí sin ellas.
—Wade.
Giró la cabeza de golpe. ¿Se había imaginado él mismo aquella voz, o alguien había pronunciado realmente su nombre en voz alta? Miró de un lado a otro, entornando los ojos para intentar ver a través del humo.
Allí... movimiento. Se agachó y avanzó a gatas.
—¡Diana! —la llamó, aunque la voz se le perdió en la densidad del aire y estuvo a punto de ahogarse tosiendo.
Pero allí… sí. El corazón le volvió a latir al reconocer su silueta.
Avanzaba a gatas por el pasillo, y a cada lado llevaba a un niño.
Estaban cerca, pero se movían con una lentitud desesperante.
Con una fuerza que Wade no sabía que poseía, se lanzó hacia delante, tomó a un niño bajo cada brazo y notó que las lágrimas empezaban a resbalarle por el rostro, aunque no sabía a ciencia cierta si era por el humo, por el alivio o por una mezcla de ambos.
—Agárrate a mí —le dijo a Diana con toda la brusquedad que pudo, y ella asintió, agachándose tras él.
La puerta no estaba lejos —seguían en la sala de delante—, pero parecía estar a una milla de distancia. Entonces la casa soltó un gemido atronador y una gran viga cayó desde arriba, y luego otra… y Wade supo que ya no les quedaba tiempo.
Soltó un alarido mientras se abalanzaba hacia delante, con Diana aferrada a la espalda de su chaqueta; los pies apenas la mantenían lo bastante erguida para que él prácticamente la arrastrara hasta la puerta.
Y entonces, un aire que en circunstancias normales jamás habría considerado fresco, pero que ahora le parecía el más limpio y puro que hubiera respirado nunca, le llenó los pulmones mientras unas manos fuertes se tendían hacia él.
Los hermanos de Diana estaban allí, le quitaban a los niños y los ayudaban a ambos a bajar las escaleras y alejarse del edificio.
Él alargó la mano, necesitando tenerla de nuevo a su lado, aun sabiendo que ya no le quedaban fuerzas para sostenerla en pie.
No habían llegado muy lejos cuando el edificio empezó a desmoronarse, reduciéndose a un montón de escombros a sus pies en lo que parecieron segundos, mientras las chispas saltaban hacia el cielo.
Wade dejó caer la cabeza, que le pesaba horrores, aunque la necesidad de saber si Diana y los niños estaban a salvo se imponía a todo lo demás.
—¿Diana? —dijo con voz débil, y descubrió que era sobre los hombros de Arie donde ahora descansaba su brazo.
—Se pondrá bien —respondió Arie con sequedad—. Ven. Nos vamos a mi casa.
—Pero los niños, toda la gente que trabaja para mí…
—De todos se está ocupando alguien —dijo Arie mientras medio lo llevaba andando, medio lo arrastraba—. No hace falta que cargues con todo tú solo.
Wade resopló, aunque el gesto le provocó un acceso de tos casi incontrolable.
—Mira quién habla.
—Sí, bueno, quizá el mejor consejo lo da alguien que sabe exactamente lo que estás pensando.
Wade se limitó a negar con la cabeza ante aquel hombre.
No era de extrañar que los dos se hubieran distanciado.
Lo que había empezado como juegos de infancia se convirtió en una rivalidad feroz…
sobre todo porque ninguno de los dos había sido un niño de verdad, a pesar de sus tiernos años.
Arie ya se ocupaba de Damien, a pesar de ser un crío él mismo, y siempre le había reprochado a Wade que no dejara a Gibson.
Pero él no podía. No cuando Gibson tenía control sobre su madre, algo que Arie nunca había comprendido.
Pero quizá ahora… quizá algo había cambiado.
Porque lo que a ambos les importaba, por encima de todo, era Diana.
Incluso mientras caminaba junto a Arie, Wade sabía exactamente dónde estaba su esposa.
La llevaba en brazos por las calles su hermano Damien, mientras Xander los seguía con los dos niños.
Puede que Wade caminara a su lado, pero su corazón estaba con su mujer, sin separarse de ella ni un instante.
Al fin entraron todos tambaleándose en casa de Arie, y Damien depositó a Diana en el sofá.
—Me parece recordar que no hace mucho eras tú quien me cuidaba en este mismo sofá —le dijo Damien en un evidente intento de quitarle hierro a la situación, y a Wade le dio un vuelco el corazón al ver que Diana le dedicaba una sonrisa débil.
Wade estuvo a punto de apartar a su cuñado de un empujón para llegar hasta ella, pero Damien, por lo visto, lo comprendió, porque le cedió el sitio de buen grado para que Wade pudiera arrodillarse a su lado.
—Diana —dijo, notando la ronquera de su propia voz mientras le agarraba la mano con desesperación, rogando por que abriera los ojos y lo mirara.
—Wade —respondió ella, y parpadeó hasta abrir los ojos, la voz baja y ronca porque era evidente que tenía la garganta llena de humo—, ¿los niños están bien?
—Lo están —dijo él, mirándolos: parecían asustados y afónicos, pero no parecían graves.
—Y el edificio —continuó ella, con palabras lentas y mesuradas, ya que a todas luces las estaba forzando a salir—. Ha desaparecido. Lo siento tanto.
—No digas tonterías —replicó él con fiereza, negando con la cabeza—. Me da igual el edificio. ¿En qué estabas pensando, quedarte allí dentro tanto tiempo?
—Tenía que llegar hasta los niños —dijo ella, y las lágrimas asomaron a sus ojos enrojecidos, empezando a resbalar por la ceniza que le cubría las mejillas—. Seguían en su cuarto. Solos. ¿Estás seguro de que están bien?
—Sí —dijo él al ver que Grace y Juliet atendían a Tiger y Penelope, incorporados y bebiendo vasos de agua—. ¿Fuiste tú quien les cubrió la cara?
Ella asintió.
—La mía se cayó, pero menos mal que las suyas se mantuvieron en su sitio.
—Creo que se pondrán bien. —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Gracias a ti. Oh, Diana, me has asustado.
Entonces ya no pudo contenerse. Alargó los brazos, la levantó y la estrechó contra sí con tanta fuerza que a ella se le escapó un gritito, y él se disculpó al aflojar el abrazo.
Todos los demás en la casa parecían distraídos, ocupados en atender a los niños o en abrir la puerta a quienes llegaban sin ningún otro lugar adonde ir.
—Diana —dijo, tomándole el rostro entre las manos mientras se apartaba un poco para mirarla—. No vuelvas a hacerme pasar por algo así nunca más, ¿me entiendes?
Una leve sonrisa le curvó los labios.
—No puedo prometer exactamente eso, Wade, porque lo haría otra vez si fuera necesario.
Él cerró los ojos con resignación.
—Lo sé. Y esa es una de las cosas que amo de ti.
Abrió los ojos y encontró los de ella muy abiertos, fijos en él.
—Tú...
—Te amo, Diana —dijo con fiereza—. Lo sé desde hace ya tiempo, en lo más hondo de mí, pero hoy, al pensar en perderte...
me habría perdido yo también si hubiera ocurrido.
Porque lo eres todo para mí. Te deseé desde el momento en que te vi, pero no imaginé hasta qué punto llegaría a necesitarte conmigo.
Y entonces besó cada rincón de su rostro manchado de hollín, mientras las lágrimas volvían a formarse y a correrle por las mejillas.
—Wade —dijo ella, con voz temblorosa—. Wade.
—¿Sí? —dijo él, deteniéndose para mirarla una vez más.
—Yo también te amo.
No le importaba que estuvieran en medio del salón de su hermano ni que cualquiera de su familia pudiera estar mirándolos en aquel momento.
Lo único que le importaba era que ella estaba allí, entre sus brazos, y que no iba a ninguna parte.
La besó con todo cuanto llevaba dentro; sus labios la bebían, sellaban su declaración y le decían que era suya y siempre lo sería, sin importar lo que se interpusiera entre ellos.
Ella le rodeó el cuello con los brazos, atrayéndolo más hacia sí, y Wade pensó en la suerte que tenía por haber encontrado un amor así, uno que tantísima gente pasaba toda la vida sin llegar a experimentar jamás.
Y precisamente con la última mujer con la que habría esperado hallarlo.
Solo un carraspeo detrás de él logró por fin llamar su atención, pero incluso entonces Wade se tomó su tiempo para apartarse de Diana, haciéndolo despacio, con suavidad, mientras le acariciaba el rostro con los dedos.
—¿Ya habéis terminado? —masculló Arie, ganándose una mirada fulminante de Diana que hizo reír a Wade.
—¿Tienes alguna prisa, Arie? —preguntó ella con sorna, a lo que su hermano respondió con un gruñido.
—No. Pero no creo que los niños —ni ninguno de tus hermanos— necesiten ver esto.
—¡A mí no me importa! —exclamó Juliet alegremente, provocando a Arie a sabiendas, y los demás soltaron una risita, lo que no hizo más que aumentar el fastidio de Arie.
—Puede que no tenga prisa, pero hay ciertas cosas que deben hablarse más pronto que tarde.
—¿Cómo cuáles? —dijo Wade, enarcando una ceja al caer en la cuenta.
Parecía que su venganza contra Gibson, su plan para acabar con Arie, descubrir quién era en realidad y lo que eso significaría para el resto de su vida...
nada de eso importaba de verdad ya. Lo que importaba era la gente que estaba allí con él, la que hacía que su vida mereciera la pena.
Siguió a Diana hasta el otro sofá, donde estaban sentados Tiger y Penelope, pues los dos parecían necesitar comprobar por sí mismos que los niños estaban bien.
Parecían cansados, pero de bastante buen ánimo mientras apuraban el agua y se acurrucaban contra Diana.
—Como el hecho de que Gibson fuera a por ella, justo como sabíamos que haría —respondió Arie, con tono acusador mientras se quedaba plantado ante Wade con las manos en las caderas—. Dijiste que mantendrías a Diana a salvo.
—Lo sé —dijo Wade, haciéndose crujir los nudillos mientras la culpa lo invadía—.
Sé que lo dije, Arie. Y creía que lo había hecho.
Tenía hombres siguiendo a Diana a todas partes cuando no estaba conmigo.
Tenía gente apostada alrededor del edificio, vigilándolo. Pero habían pasado semanas, y pensé...
—Te confiaste —espetó Arie, apuntándolo con el dedo, y Wade sabía que lo peor de todo era que Arie tenía razón.
Se había confiado , y ahí estaban las consecuencias—.
Por eso nunca serás capaz de dirigir nada tú solo.
Porque nunca has tenido que cuidar por completo de ti mismo. Siempre has tenido a alguien a tu lado.
Wade frunció la frente al juntar las cejas.
—¿Esto va de que me negué a dejar a mi madre para venir a trabajar contigo?
—No —dijo Arie, pero la respuesta sonó débil, y entonces Wade comprendió cuál era el verdadero problema.
Arie había sentido celos. Celos de que Wade tuviera una madre que lo quería, que cuidaba de él, aunque no siempre fuera de la forma que a él le habría gustado.
Aun así, había hecho cuanto había podido, lo mejor que supo, y a Wade no le habían arrebatado la infancia entera como sí le había ocurrido a Arie.
Sintió que su compasión por el hombre crecía a medida que se le iba apagando el enfado.
—Escucha, Arie —dijo, poniendo una mano sobre el muslo de Diana cuando ella pareció dispuesta a levantarse para interponerse entre los dos, pero Wade podía ocuparse de aquello—.
Tienes razón. No protegí a Diana como debía.
Pero la verdad es que solo hay una forma de protegerla... y de protegernos a todos.
—Acabar con Gibson —gruñó Arie, en un acuerdo reacio.
—Sí —convino Wade—. Y creo que la mejor manera de hacerlo —la única manera de hacerlo— es hacerlo juntos. De verdad, esta vez. ¿Qué dices?