Capítulo 22
W ade permaneció despierto hasta bien entrada la noche.
No podía dormir.
Siempre había sabido que lo que se proponía no sería fácil: restaurar la reputación de los Bronze Reapers como una banda a la que temer y respetar, asegurarse de que su nombre se convirtiera en uno admirado. Pero no había previsto todas las complicaciones que surgirían por el camino.
Los niños. Diana. Su padre. Gibson.
Miró a su esposa, que ahora dormía plácidamente, el cabello rubio extendido sobre la almohada. Se giró de costado y alzó una mano para deslizarla por la suave piel desnuda de su brazo.
Por mucho que no quisiera pedirle nada a su padre, quien sí parecía un buen hombre, empezó a considerar qué estaría dispuesto a hacer por Diana, para poder ofrecerle la vida que merecía.
Sabía que ella pertenecía a este barrio tanto como él, a pesar de lo que su nacimiento pudiera demostrar.
Pero, a sus ojos, ella era una reina: su reina.
La reina de St. Giles. Deseaba poder quitarle cualquier dolor que aún guardara, pero sabía que lo único que podía hacer era estar allí para ella y escucharla.
—¿Wade? —murmuró ella, con los ojos aún cerrados—. ¿Qué hora es?
—Es tarde —susurró él—. Sigue durmiendo. Siento haberte despertado.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, como si percibiera su inquietud.
—Nada.
Ella se giró entonces, abriendo los ojos, y aquellos ojos color avellana que todo lo sabían parecieron escrutarle el alma.
—Dímelo.
Él le sonrió, pasándole la mano por el cabello a ella.
—No hay nada por lo que debas preocuparte.
—Wade —dijo ella, parpadeando, como si ahora terminara de despertarse y el sueño se desvaneciera de sus ojos—. Hoy estuviste a mi lado. Yo estoy aquí para hacer lo mismo por ti. Siempre que lo necesites. Lo sabes, ¿verdad?
Él asintió.
—Lo sé.
—Entonces dime: ¿qué ocurre?
Él suspiró.
—Solo me pregunto… si estoy haciendo lo correcto con todos los que están a mi cargo.
Cómo proteger como es debido a todos —y sobre todo a ti — de Gibson.
Tenemos un plan para sacarlo de su escondite, para tenderle una trampa cuando menos lo espere.
Pero hasta entonces, volverá a por nosotros, y esta vez tenemos que estar preparados.
—Lo sé. Y lo estaremos.
—¿Y nuestros sueños? ¿La casa de huéspedes? —Levantó la mano hacia el edificio—. ¿Esperamos?
—No —dijo ella con firmeza—. La vida es demasiado corta para esperar.
Mira a tu madre y a tu padre. Seguiremos adelante, como hasta ahora, pero con los ojos y los oídos bien abiertos.
—Hizo una pausa, ladeó ligeramente la cabeza y le pasó la mano por la barba incipiente.
Él se inclinó hacia su tacto, disfrutando de la sensación de sus dedos sobre la piel.
Diana tenía unas manos largas y elegantes, aunque ligeramente ásperas por los callos.
Podría haber optado por sentarse y dar órdenes, dejando que otros hicieran el trabajo por ella, pero insistía en participar personalmente, sin darse nunca por satisfecha.
—Wade —empezó ella—, si todo lo que hemos descubierto sobre tu padre es cierto, y yo creo que lo es, sabes lo que esto significa, ¿no?
Él bajó la mirada y trazó el dibujo de la sábana con el dedo. Lo sabía, aunque no quería decirlo en voz alta.
—Que soy futuro vizconde.
—Sí. Te espera una nueva vida.
Él negó con la cabeza, burlón.
—No veo cómo podría ser cierto.
—No puedes cambiar tu nacimiento. Eso lo sabemos mejor que nadie. ¿Sabes cuánta gente daría lo que fuera por estar en tu lugar?
—Quizá —concedió él—. Pero ¿y luego qué?
No sé nada de cómo se vive en un mundo fuera de St. Giles.
Ni siquiera sé ganarme la vida. Solo sé sobrevivir, Diana.
Quiero tener una relación con mi padre, sí, pero ¿heredar el título algún día?
¿Se supone que yo, un criminal más que conocido, voy a presentarme en la Cámara de los Lores y ocupar mi escaño?
Se reirían de mí hasta echarme de allí a empujones.
—Eso depende de ti —dijo Diana con suavidad—. Y nadie dice que tengas que decidirlo hoy. Pero creo que te conviene conocer a tu padre y descubrir lo que puede ofrecerte. Y mientras tanto… —sonrió—, ¿no será maravilloso cuando él y tu madre vuelvan a verse?
Wade hizo una mueca.
—Eso también me preocupa.
—¿Por qué?
—Ella ha pasado por mucho. No quiero verla sufrir otra vez.
Diana guardó silencio un momento.
—Lo entiendo —dijo—, pero es una mujer adulta, Wade. A fin de cuentas, es decisión suya.
Él asintió antes de inclinarse y besarle la frente.
—Ya hemos resuelto todos los problemas del mundo. Ahora te toca dormir.
Ella sonrió.
—No tengo sueño.
—¿No?
—No —negó con una sonrisa descarada—. Y bien, ¿qué crees que podemos hacer al respecto?
Empezó a deslizar los dedos por el pecho de él, por la cadera, hasta acariciarlo con la suavidad justa para arrancarle una respuesta, y Wade tragó saliva.
—Diana, ¿estás segura de que quieres hacer eso? —dijo en voz baja.
Ella asintió, sentenciándolo. Él sonrió con la satisfacción del depredador que encuentra a su presa y se lanzó sobre ella.
* * *
Diana tarareaba mientras fregaba. Encontraba consuelo en la limpieza. La centraba, la ayudaba a concentrarse en terminar una tarea cada vez. Había algo en fregar los suelos y ver desaparecer la suciedad que le daba una sensación de control que últimamente le faltaba en otros aspectos de su vida.
Ella y las demás mujeres trabajaban en perfecta armonía, pasando de una habitación a otra, vaciándolas y preparándolas para quienes pudieran necesitarlas.
—Es maravilloso lo que estáis haciendo —dijo Bridget, asintiendo con aprobación—. Eres una buena mujer, Diana.
Diana notó cómo se le encendía el rostro.
—Solo estoy ayudando a Wade —dijo, restando importancia al elogio.
—Bueno, entonces los dos —dijo Bridget, agitando el cepillo en el aire—. Formáis una pareja estupenda, y nos alegra tenerte aquí. Lo has hecho feliz, y eso es algo que nadie había conseguido antes.
—Gracias —dijo Diana en voz baja.
No estaba acostumbrada a que nadie reparase tanto en ella. Puede que fuera vital para los asuntos de Arie, pero apenas había sido una voz susurrando al oído. Y nada de lo que habían hecho había supuesto una diferencia real; al menos, nada de lo que había hecho ella .
Un escalofrío empezó a recorrerle la espalda, y supo quién estaría de pie en el umbral incluso antes de levantar la vista.
Inclinó la cabeza y encontró los ojos de Wade fijos en ella, vio el brillo que tenían y supo exactamente lo que estaba pensando.
Aunque los labios se le curvaron en una sonrisa ante su apetito insaciable, negó con la cabeza para indicarle que aquel no era el momento. Él le guiñó un ojo.
—Diana, ¿te apetece dar un paseo?
—Estoy un poco ocupada —dijo, levantando la mano con la bayeta.
—Hemos recibido una invitación —dijo él, sacando un papel del bolsillo de la chaqueta y tendiéndoselo.
Cogió la cartulina gruesa y abrió mucho los ojos al ver la elaborada caligrafía que los invitaba a cenar con el vizconde Lowell... y con la madre de Wade.
—Dios mío. Será mejor que vaya a cambiarme.
—¿No te gusta lo que llevas puesto? —bromeó él, bajando la vista hacia el vestido oscuro y deslucido de lino grueso que se había puesto aquel día para limpiar.
Ella se limitó a poner los ojos en blanco, y él le sujetó la muñeca cuando empezó a pasar a su lado.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, con tono cargado de deseo.
Ella respondió tirándole la bayeta sucia. Él apenas consiguió atraparla antes de que alcanzara su impecable camisa blanca y su inmaculada chaqueta negra.
—Bajaré enseguida —dijo ella, antes de volver la vista atrás—. ¿Te importa encargarte de las señoras, Bridget?
—En absoluto —dijo Bridget, con la risa brillándole en los ojos al mirar de Diana a Wade—. Portaos bien, ¿eh?
Diana asintió antes de subir corriendo las escaleras, deteniéndose para asegurarse de que Tiger y Penelope estaban bien atendidos.
A petición suya, Arie le había dado el nombre de un hombre que, cuando ellos eran pequeños, les había proporcionado un tutor.
Ese hombre se había asegurado de que el tutor pudiera enseñarles todo cuanto los niños necesitaran en la vida, sin juzgarlos por el entorno que los rodeaba.
La mujer había llegado unos días antes y se había puesto manos a la obra; las únicas protestas venían de Tiger y Penelope, que habrían preferido con mucho seguir correteando por las calles todo el día.
Mientras tanto, Dotty se había encariñado de su papel de niñera en los momentos en que Diana no podía atender a los niños.
De hecho, Diana disfrutaba pasando con ellos todo el tiempo que podía, mucho más de lo que jamás habría imaginado; aunque aquella punzada conocida en el pecho volvía a menudo cuando no podía evitar preguntarse si algún día se unirían a ellos otros niños.
Diana se cambió tan deprisa como pudo y se puso un vestido que consideraba respetable, aunque sabía que no se parecería en nada a lo que llevaría la mayoría de las mujeres por las calles de Mayfair.
Se quedó mirándose en el espejo como si se viera por primera vez, dándose cuenta de que no solo Wade sería algún día vizconde, sino que ella sería vizcondesa.
Casi parecía imposible, teniendo en cuenta quién era y de dónde venía.
No pudo contener la burbuja de risa que le brotó de lo más hondo al pensar en una carterista codeándose con las mismas damas a las que antaño había robado mientras se deslizaba entre ellas a las puertas de las fiestas de Mayfair.
Se recogió los mechones rebeldes en el práctico moño bajo de la nuca y bajó a reunirse con Wade.
—¿Lista? —preguntó él, ofreciéndole el brazo.
Ella asintió.
—Lista.
Y lo decía en serio. No solo para aquel día, sino para todo lo que les aguardaba. Aunque estuviera nerviosa, aunque no tuviera ni idea de cómo lograría encajar o encontrar su lugar, asumiría aquel papel si eso significaba estar allí con Wade. Porque con él a su lado, cualquier cosa parecía posible.
Ese era el único problema. Porque ¿qué haría si un día decidía que ya no la quería, que se había cansado de ella y comprendía que se había casado demasiado deprisa?
—¿Qué ocurre? —preguntó él, con la mirada acariciándole el rostro.
Ella negó con la cabeza.
—Nada.
—Me parece recordar que eso mismo se lo dije una o dos veces a cierta mujer, y ella me dejó muy claro que no pensaba aceptar semejante respuesta.
Diana se rió.
—Parece una mujer sensata.
—Lo es —dijo Wade, apretándole el brazo—. Ahora, vayamos a ese reencuentro antes de que mi madre vuelva a cambiar de opinión.
* * *
Wade había pensado que estaba nervioso la última vez que había subido aquellos escalones.
Pero aquello no era nada comparado con hoy. Porque hoy ya no se trataba solo de él. Según cómo transcurriera el día, también podía cambiar la vida de las dos mujeres que lo flanqueaban.
Habría pensado que su madre sería la que estuviera más nerviosa, pero en lugar de eso parecía serena, relajada, con una sonrisa apacible en el rostro. Llevaba uno de los vestidos que él le había comprado hacía poco y parecía tan cómoda como cualquier otra mujer habituada a subir aquellos escalones.
—Madre, el azul te sienta de maravilla —dijo Wade después de llamar a la puerta, y ella le dio las gracias justo cuando se abría para revelar al mismo mayordomo desaprobador.
Esta vez parecía ligeramente incómodo, y Wade se preguntó si el vizconde —su padre— se habría encargado de que la acogida fuera mucho más cordial.
—Adelante, por favor —dijo el mayordomo, tendiendo un brazo y conduciéndolos de nuevo al mismo salón de su visita anterior.
Wade y Diana se sentaron a ambos lados de su madre, y él se dio cuenta de que Diana sentía la misma necesidad de protegerla que él; el hecho de que pareciera haber aceptado su lugar en su familia lo reconfortó hasta lo más hondo.
—Nunca pensé que llegaría este día —dijo su madre en voz baja mientras permanecían allí sentados, los tres en fila—. Me parecía un sueño que ya había venido y pasado.
Diana alargó la mano y le apretó la suya.
—Me alegro muchísimo por ti —murmuró, aunque Wade frunció el ceño y negó con la cabeza al mirarla, todavía convencido de que todo aquello era demasiado bueno para ser verdad.
Diana desestimó su desaprobación con un gesto, pero cuando la madre de Wade se quedó inmóvil, todos siguieron su mirada hacia la puerta.
Allí estaba el vizconde.
Se había detenido en el umbral, con la mandíbula tensa y los ojos muy abiertos, mirándolos fijamente. Entonces, de pronto, la inmovilidad se quebró con un grito de:
—¡Claudette!
Y prácticamente echó a correr por la estancia hacia ellos. Wade solo pudo mirar como un intruso, fascinado mientras su madre se ponía en pie y empezaba a dar pasos lentos, vacilantes, hacia el vizconde, hasta que ambos se encontraron en mitad del salón.
El padre de Wade extendió los brazos, aparentemente dispuesto a rodearla con ellos, pero entonces se detuvo, esperando, aunque a apenas un suspiro de distancia.
—¿Claudette? —dijo, inclinando la cabeza, con la mirada vacilante fija en ella.
Y entonces, apenas por encima de un susurro, exhaló:
—John
y se refugió en sus brazos.
Se abrazaron con fuerza, dos personas que habían estado perdidas la una para la otra durante años y que por fin encontraban el camino de vuelta al lugar donde siempre deberían haber estado.
Wade solo pudo contemplarlos, hechizado, hasta que oyó un leve sorbido a su lado y se volvió para descubrir que Diana parecía contener un sollozo.
Le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí mientras su madre encontraba por fin la felicidad que llevaba tanto tiempo esperando.
Wade notó que también se le humedecían los ojos y tuvo que secárselos.
—Quizá deberíamos esperar en el vestíbulo —le susurró Diana al oído, y él asintió mientras pasaban junto a sus padres —sus padres , un término que nunca había pensado que usaría—, perdidos el uno en el otro, con el rostro de su madre entre las manos de su padre.
Cuando él y Diana llegaron al vestíbulo exterior y cerraron suavemente la puerta tras de sí, Wade se apoyó en la pared y se pasó las manos por la cara.
—Esto es una locura —murmuró.
—Lo es —convino Diana—. Pero también es maravilloso. Has hecho muchísimo por tu madre, pero siempre hubo una cosa que nunca podías darle: el amor de su vida. Hasta ahora.
—Hasta ahora —repitió él, asintiendo despacio, mirando a su alrededor, dándose cuenta de que aquel también podía ser un día decisivo para él, sin saber si de verdad quería que fuera así—.
Hasta ahora —repitió, comprendiendo que todo estaba cambiando.
Y, al mirar a Diana, se preguntó si eso era realmente algo malo.