La apuesta del lord perdido (Pasiones robadas 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

W ade conocía mejor que nadie los efectos que podía tener en una persona crecer en St. Giles. Bastaba con mirar a su propia madre.

Por suerte, Arie, por muy canalla que fuera, había salvado a Diana de lo que podría haber sido la peor de las situaciones.

Pero eso no significaba que no llevara cicatrices por dentro, en lugares que quizá ni siquiera ella misma veía.

Wade se prometió ahondar más, intentar comprender cómo podía ayudarla.

Pero tal vez la mejor forma de hacerlo era abrirle una parte de sí mismo, aunque fueran partes que no le apetecía compartir.

Miró a su esposa, que llevaba una mano apoyada en su brazo y una cofia impecable en la cabeza.

Se habían puesto sus mejores galas, las mejores que podían encontrarse en todo St. Giles, que quizá no eran tan refinadas como las de la gente que caminaba por las calles a su lado en Mayfair, pero tendrían que servir.

Wade también sabía que lo correcto habría sido enviar una nota con antelación para anunciar su visita y preguntar si el vizconde siquiera estaba en casa, pero ¿qué se suponía que debía decir? Soy su hijo perdido hace mucho tiempo, ¿puedo ir a visitarlo mañana? Ni hablar.

Por suerte, aunque la división social entre ellos era mayor que la distancia de Liverpool a Nueva York, no quedaban lejos el uno del otro, y él y Diana pronto se encontraron en el umbral de una modesta mansión londinense al final de una hilera de casas en Adam’s Row.

—Es aquí —dijo, mirando la tarjeta que Archibald le había dejado.

—¿Qué vas a decir? —preguntó Diana, alzando la vista hacia él por encima de su preciosa nariz respingona, ligeramente salpicada de pecas.

—No tengo ni idea —respondió—. Pero eso nunca me ha detenido.

A su firme llamada, la puerta se abrió y apareció un hombre que Wade supuso que sería el mayordomo.

—¿Sí? —dijo el sirviente, recorriendo primero a Wade de arriba abajo y luego a Diana, y a Wade no le hizo ninguna gracia aquel juicio.

—Hemos venido a ver al vizconde Lowell —dijo Wade con toda la seguridad que en realidad no sentía.

—¿Tienen tarjeta de visita?

Wade se quedó sin palabras y miró a Diana, con la esperanza de que, entre todas las lecciones que Arie les había dado sobre el funcionamiento de una casa noble, hubiera aprendido qué significaba exactamente aquello.

—No la tenemos —dijo, mirando a Wade con una pequeña inclinación de cabeza, y él entendió, sin que ella dijera nada más, que había decidido que lo mejor era hablar con franqueza—. Hemos venido porque el vizconde ha estado buscando a mi marido por medio de un detective llamado Matthew Archibald.

Wade había supuesto que la expresión del mayordomo cambiaría, pero en lugar de eso su desdén pareció acentuarse.

—Ya veo —dijo—. ¿Y cómo sé que son quienes dicen ser?

Wade dio un paso al frente, irguiéndose hasta toda su estatura.

—Le sugiero que permita al vizconde decidir eso por sí mismo —dijo con la mandíbula tensa—. Tengo la impresión de que no le agradará en absoluto que me cierre la puerta, teniendo en cuenta lo mucho que ha gastado en encontrarme.

Su amenaza surtió el efecto deseado: el mayordomo tragó saliva y se apartó, permitiéndoles entrar.

—Iré a ver si está recibiendo visitas —dijo, dejándolos en un vestíbulo modesto pero decorado con elegancia antes de salir de la estancia.

—Eso es una forma de decir: «Iré a ver si tiene algún interés en recibirte» —murmuró Diana, y Wade asintió con una mueca irónica.

—Ya me lo imaginaba.

Por una vez, Wade no tuvo nada que decir mientras permanecían en el vestíbulo de la casa donde, al parecer, su madre había trabajado en algún momento de su vida y donde, si era cierto lo que decía Archibald, se había convertido en mucho más que eso.

—¿Has hablado con tu madre? —murmuró Diana con suavidad, como si le hubiera leído el pensamiento, y él negó con la cabeza.

—No —dijo—. No quería preocuparla hasta haber tenido ocasión de hablar yo mismo con el vizconde y ver si había algo de verdad en las afirmaciones de Archibald o si todo esto no era más que una gran artimaña.

—No confías fácilmente, ¿verdad? —dijo ella, más como una afirmación que como una pregunta.

—No. Aunque tú tampoco.

Ella asintió, y ambos compartieron una mirada de comprensión nacida de unas infancias muy parecidas.

El mayordomo reapareció, con la cautela de su saludo inicial sustituida por una expresión de resignación, y los invitó a tomar asiento en el salón, situado junto a la entrada.

Diana y Wade se quedaron un momento de pie en la puerta, contemplando la estancia, que era práctica, aunque estaba amueblada de una forma que dejaba claro que su dueño poseía una gran fortuna.

Las paredes eran azul marino y crema, y los muebles, oscuros.

Las cortinas estaban echadas hacia atrás, dejando entrar la luz, y Wade comprendió que la casa probablemente estaba de luto por la anterior vizcondesa.

Cuando una presencia llenó el umbral, tanto Wade como Diana se pusieron en pie.

El corazón de Wade empezó a latir con rapidez, porque por primera vez comprendió la importancia de aquella reunión.

No se trataba solo de determinar si las afirmaciones de Archibald eran ciertas o de descubrir qué podía sacar Gibson de todo aquello.

Tal vez estaba a punto de conocer a su padre.

Wade no creía haber mostrado señal alguna de nerviosismo, pero entonces Diana alargó la mano y tomó una de las suyas entre las de ella, y él se la apretó con fuerza, aferrándose a ella como a un salvavidas que lo mantuviera con los pies en la tierra y le permitiera conservar el control.

El vizconde se quedó en el umbral, con el rostro sumido en sombras.

Era alto y corpulento, igual que Wade. Por fin empezó a avanzar despacio, con pasos vacilantes, mientras Wade se mantenía estoico, intentando repetirse que no había nada por lo que ponerse nervioso, que nada iba a cambiar como resultado de aquella reunión.

Aunque sabía perfectamente que eso era mentira.

Por fin, el hombre se detuvo frente a él, aproximadamente a mitad de la estancia. Wade lo estudió, buscando algún parecido, alguna certeza que le dijera, con absoluta seguridad, que estaba emparentado con él.

Wade supuso que podía decirse que tenían una mandíbula parecida, la misma estructura ósea, pero también sabía que él se parecía más a su madre. Ella siempre había comentado que tenía un aire a su padre, un hombre al que él nunca había conocido.

—¿John? —dijo el hombre, tendiéndole una mano, y Wade soltó la de Diana para inclinarse y estrechar la del vizconde.

—Milord —dijo Wade, dejando clara la diferencia entre ambos, al tiempo que intentaba no dar demasiada importancia a aquella relación, fuese lo que fuese a llegar a ser—. Esta es mi esposa, Diana.

—Gracias por venir —dijo el vizconde, señalando con un gesto el sofá que tenían detrás mientras tomaba asiento en la silla frente a ellos, cruzando una pierna sobre la otra y moviendo el pie nerviosamente—. Archibald no estaba seguro de si debía esperarles o no.

—Yo mismo dudé si venir o no —admitió Wade—. Sus afirmaciones parecían bastante inverosímiles.

El vizconde bajó la vista un momento, inquieto en su asiento.

—¿Su madre le ha hablado alguna vez de mí?

—No —dijo Wade con firmeza, preguntándose por qué habría de hacerlo—. Y yo tampoco le he preguntado nada. No quería alterarla si al final esto no era cierto.

—No sé qué le habrá contado Archibald —dijo el vizconde, con visible incomodidad—, pero su madre fue el amor de mi vida.

Wade miró a Diana y encontró fuerza en su presencia, agradecido de que estuviera allí. Era la mujer más inteligente que había conocido jamás, y sabía que, aunque sus propias emociones nublaran su juicio sobre la situación, ella sabría exactamente qué hacer.

—Entonces, ¿por qué la dejó marchar? —le preguntó con rabia—. ¿Qué esperaba de ella?

El vizconde se frotó la frente antes de soltar un suspiro.

—No es una historia fácil, y no puedo decir que me enorgullezca lo que hice —dijo—.

Era joven. No es una excusa, ya lo sé, pero así fue.

Me enamoré de su madre, que servía como doncella en esta casa.

Cuando me dijo que estaba embarazada, juré casarme con ella.

Se lo dije a ella y también a mis padres.

No se mostraron precisamente complacidos, como podrá imaginar. Así que ella y yo huimos juntos.

Wade se inclinó hacia delante, consternado.

—Entonces, ¿de verdad se casaron?

—Sí —dijo Lowell—. Pensé que, cuando regresáramos como marido y mujer, mis padres no tendrían más remedio que reconocernos a nosotros y al bebé que iba a nacer.

Wade soltó un resoplido, sabiendo que algo así jamás habría sucedido.

—Pero se llevó una decepción.

—Sí —dijo Lowell—. Investigaron el matrimonio y nos dijeron que habían determinado que era nulo.

Le dije a su madre que volvería a casarme con ella, tantas veces como hiciera falta.

Hicimos un plan para marcharnos al día siguiente, para siempre esta vez.

Tenía pasajes reservados en el próximo barco rumbo a América.

—¿Y luego? —preguntó Wade, con un nudo de aprensión en el estómago, aunque ya conocía el final de aquella historia.

—Cuando me desperté a la mañana siguiente, ella había desaparecido. Cometimos el error de quedarnos aquí, en dormitorios separados. Mis padres nunca admitieron lo ocurrido, pero sé que estuvieron implicados. Lo que entendí mal fue cómo había sucedido todo.

—Explíquese mejor —dijo Wade. No estaba preguntando; necesitaba entender cómo aquel hombre había dejado marchar a la mujer a la que, al parecer, tanto había amado sin siquiera intentar recuperarla.

—Creí que mi madre y mi padre le habían pagado para que se fuera. Que había aceptado el soborno y me había abandonado, decidiendo que prefería el dinero. Debo admitir que permití que la ira se impusiera a cualquier otra emoción. Me dije a mí mismo que no iría a buscarla, no si ella no me quería.

—¿Y yo? —no pudo evitar preguntar Wade, carraspeando al oírse la voz quebrada.

—Cuando vencí mi orgullo y comprendí que ya debía de estar cerca la fecha de su nacimiento, fui a buscarles —dijo, descruzando las piernas y entrelazando las manos ante sí—. Pero no había ni rastro de usted ni de su madre.

—Entonces, ¿qué ha cambiado ahora?

—Mi madre murió —dijo, sin demasiado pesar—.

Mi padre murió hace años, pero ahora, al revisar sus cosas, he descubierto que llevaba todos estos años pagando a Gibson para impedir que os encontraran a usted y a su madre.

Contraté a Archibald para que diera con usted, y cuando empezó a hacer preguntas, fue entonces cuando Gibson desapareció.

—Hizo una pausa—. Al parecer, mis padres no eran los únicos miembros de la nobleza que contrataban a Gibson para ese tipo de trabajos.

Wade trató de digerir toda aquella información mientras empezaba a sudar.

Las paredes de la habitación parecían cerrarse sobre él; no sabía qué hacer con todas aquellas revelaciones.

Tenía —tal vez— un padre. Un hombre que lo había querido.

Que había estado dispuesto a desafiar todas las expectativas de sus padres y de la sociedad para conservarlo a su lado.

—¿Se casó?

—Sí, con su madre —dijo con una leve sonrisa—.

Mis padres me mintieron. El matrimonio era tan válido como cualquier otro.

Yo era demasiado joven e ingenuo para darme cuenta.

No sé qué creían que iba a pasar; que, si su madre desaparecía, quizá podrían de algún modo hacer que la declarasen muerta.

Pero, a ojos de la ley y de la Iglesia, seguimos casados, y nunca tomé otra esposa.

Wade oyó un leve murmullo a su lado y se quedó atónito al volver la cabeza y ver una lágrima resbalando por la mejilla de Diana.

Ella se la secó enseguida con la mano enguantada, intentando fingir que no había pasado nada.

Wade no pudo evitar apretarle la mano, y la reacción de ella lo devolvió a la habitación y a sí mismo, lo suficiente para recobrar la compostura.

—Debe comprender que es mucho que asimilar en una sola visita —murmuró Wade, y el vizconde asintió.

—Lo sé.

—Supongo que solo queda una cosa por hacer —dijo Wade—. Tendré que hablar con mi madre.