Capítulo 8 #2
Wade también cruzó los brazos sobre el pecho mientras evaluaba a Arie, intentando decidir cuánto contarle. Al final, decidió que no haría daño compartir la verdad.
—Sé que se marchó por voluntad propia. Faltaban ciertas pertenencias de las que jamás se separaba, y uno de los chicos lo vio escabullirse de madrugada. En cuanto a adónde fue… eso no lo sé.
Cuanto más hablaba, más se tensaba Diana a su lado.
—Sabes que nuestra Diana tiene cierta historia con Gibson y los Reapers, ¿no?
Aquello era nuevo para él, pero Wade no tenía el menor deseo de proporcionarle a Arie más munición contra él. Recordaba a la muchacha que Arie había rescatado de las manos de Gibson, pero le costaba reconciliarla con esta mujer.
—Yo no soy el pasado de los Reapers —dijo con sequedad—, así que no veo qué importa eso.
Pero sí importaba. Importaba muchísimo. Porque no quería pensar en qué clase de pasado podía tener Diana con Gibson, en lo que él le había hecho ni qué cuentas pendientes quedaban aún por saldar.
—¿Por qué no le cuentas a tu amante lo que me estabas diciendo antes? —dijo Arie con una sonrisa burlona, pero Diana negó levemente con la cabeza.
—Preferiría hablar con cada uno de vosotros a solas, si me lo permitís. Arie, ¿me das un minuto?
Arie se quedó donde estaba, y Wade se preguntó si, entrecerrando lo bastante los ojos, llegaría a verle salir humo por las fosas nasales.
—Necesito que sepas, Diana —dijo Arie, cortante—, que te hemos estado buscando por todas partes .
Llevas horas fuera y no le dijiste a nadie adónde ibas ni qué ibas a hacer.
He tenido que reunir a toda la familia. Y pensamos…
pensamos lo peor. Hasta que por fin supimos por Hargreaves, de entre todas las personas, adónde habías ido exactamente.
Wade miró a Diana, cuyo rostro se había vuelto ceniciento.
—Te doy un minuto —se burló Arie, la máscara de nuevo en su sitio—. Aprovéchalo bien.
Diana asintió, y cuando la puerta se cerró tras Arie, avanzó despacio, apartándose de él antes de darse la vuelta para encararlo.
Tenía la mirada velada, pero a él le sorprendió que sus propios sentimientos hacia ella no hubieran cambiado; que, a pesar de saber quién era, la siguiera deseando con la misma intensidad que antes de que Arie irrumpiera en la habitación.
—Esto es… sorprendente.
Wade asintió, esperando a que ella dijera algo más.
—¿Por qué no me dijiste tu nombre? ¿Tu nombre completo? ¿Sabías quién era yo?
Wade tomó aire, necesitando que ella lo entendiera.
—No te lo dije porque, sin importar quién fueras, sabía que el nombre de John Wade podría ahuyentarte. Supongo que quería que me conocieras a mí antes de cargar con ninguna expectativa. —Rió algo avergonzado—. Suena ridículo, pero es la verdad.
Ella asintió despacio.
—Arie tiene razón en una cosa.
—¿En cuál?
—Los Bronze Reapers forman parte de mi pasado, y no de un pasado que recuerde con cariño.
Si Arie no me hubiera sacado y alejado de allí…
bueno, habría sido como una de las otras mujeres que trabajan para ti: ganando dinero para tu banda con mi cuerpo en vez de con mi mente, como puedo hacer para Arie.
El pánico le atenazó el corazón al imaginar a Diana atrapada en semejantes circunstancias.
—Quiero que sepas que las mujeres de aquí ya no hacen esa clase de trabajo. Al menos, no para mí, a menos que ellas mismas lo elijan.
—Aun así —dijo ella, ladeando la cabeza—, para mí ya sería demasiado tarde.
Él asintió despacio.
—¿Qué estás pensando, Diana? —susurró, llevando las manos a cada lado de su cabeza—. Dime qué pasa por esa hermosa mente tuya.
Ella alzó los ojos hacia él.
—¿Sinceramente? Ya no tengo ni idea de qué hacer, ni de lo que siento. Necesito pensarlo, y necesito hablar con Arie.
Él asintió, comprendiendo, aun cuando notaba cómo ella se le escapaba, y le sorprendió el vacío que aquello dejaba en su interior. Con qué rapidez había pasado de ser un hombre sin intención de vincularse a nadie de forma permanente a un hombre dispuesto a casarse.
No podía explicarlo. Si fuera otra persona, se juzgaría a sí mismo por ese apego ridículo y repentino que no tenía ningún sentido… sobre todo por una Hondros.
—Muy bien —dijo, deslizando los dedos por sus mejillas, y descubrió que, sin importar las revelaciones que hubieran ocurrido en esa habitación, no podía dejar de alargar la mano para tocarla, de desearla cerca—.
H—Habla con él. Pero que quede claro... Su voz se volvió fiera, pues necesitaba que ella entendiera lo sincero que era.
Te deseo, Diana. Del modo que tú quieras.
Así que habla con él, pero recuerda que hay un hombre que arde de pasión por ti, que te necesita en sus brazos, en su cama, en su vida. ¿Me entiendes?
Ella parpadeó una vez, aparentemente tan atónita como él por la fiereza de su tono, antes de asentir despacio.
—Te entiendo.
Su voz fue apenas un susurro, pero eran las palabras que él había deseado, que había necesitado oír.
—Bien. —Se inclinó y la besó rápido, apasionado, ferviente, antes de apartarse, satisfecho al ver que ella se había quedado sin aliento y estaba tan alterada como él—. Recuérdalo cuando tomes tu decisión.
Ella no dijo nada; se alejó sin mirar atrás.
Mientras la veía marcharse, Wade se preguntó si volvería a verla alguna vez.